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Alan Gross, preso en Cuba

Café Fuerte publica hoy una entrevista a Judy Gross [1], la mujer del contratista norteamericano que se está dejando la vida, libra a libra, sueño a sueño, en una cárcel de La Habana. Les recomiendo la atiendan. También allí el facsímil de la declaración de Gross ante el tribunal cubano que lo juzgó y condenó a 15 años de privación de libertad, un documento que sobrecoge [2].

Desde que Alan Gross fue detenido en La Habana en diciembre de 2009 esa familia se ha despeñado en caída libre herida por el cáncer, las penurias económicas y sobre todo por la sospecha de que el Alan Gross que algún día les será devuelto, si lo fuera con vida, será un hombre roto por la cárcel y la desesperación. La que fue una familia judía regular de Maryland es hoy un tableau vivant sangrante.

Todas sus esperanzas de obtener clemencia del gobierno de La Habana se han estrellado contra una tozudez a medias rabiosa, a medias pragmática. El exgobernador Bill Richardson, quien viajó hace unos días a La Habana para tratar el caso de Gross, acaba de anunciar que se marcha mañana, sin haberlo visto ni poder discutir siquiera el tema con las autoridades cubanas [3]. Un papelazo en toda regla, vaya. Pero también una señal.

Rabiosa, porque el gobierno cubano sabe que toda política que busque desde el exterior el fortalecimiento de la incipiente sociedad civil es una amenaza. Que hoy los módems son más peligrosos que los marines, las asociaciones independientes más peligrosas que los comandos entrenados en Miami, los individuos que desde Cuba generen y consuman información más desestabilizantes que cuarenta zeppelines de Radio Martí.

Pragmática, porque conservar a Gross entre rejas resulta apetitoso. No solo porque pueda servir a un canje por los cinco espías, que tenerlos en La Habana regentando paladares —imagínense los anuncios: «La gorda pizza de las penitenciarías de Colorado»; «Coge aquí tus 5 héroes por 5 CUC: yuca, bistec de palomilla, arroz, frijoles y una Bucanero»; «Llévese su sangüichito con la receta que le espié al Versailles»— les interesa a los Castro lo que a mí la fórmula de la Mecca Cola [4]. Y no canjearlo es miel aún más dulce porque les permite mantener la permanente tensión con los Estados Unidos que ha resultado el combustible de mayor octanaje para que buena parte de los cubanos de la isla se levanten cada mañana creyendo que hay un enemigo que los mantiene cercados. Creyéndose, pues, que son algo más que cubanos, que viene a ser lo mismo que ser senegalés, chileno, vietnamita o egipcio. (Bueno, egipcio no…) Y a los cubanos, ya se sabe, creerse excepcionales les gusta más que a los bueyes la siesta de las moscas.

Ahora mismo, me parece, la suerte de Alan Gross, un hombre de buen corazón que viajó a Cuba a repartir medios para acceder a la información, debe interesarnos a todos. Sé que me gustaría ver a ese hombre de vuelta con su madre y su hija enfermas y con su esposa destrozada. Cueste lo que cueste. Es lo menos que le debo como cubano.

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