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(Poscomunismo): Dos escenas moscovitas

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Acabo de regresar de un viaje a Moscú. Más que entretenerlos con asuntos políticos como hice en artículo para El Nuevo Herald en julio pasado [2] y que podría repetir ahora letra a letra, verificado ya el ponte tú que me pongo yo protagonizado el sábado por Putin y Medvedev, comparto dos escenas. Sirven para imaginar a Rusia desde la anécdota, ese asomo inconstante de la realidad.

1) Por asuntos a medias profesionales, a medias sentimentales, me interesaba aprovechar el viaje para visitar la Casa-Museo de Alexander Herzen, el liberal ruso del s. XIX víctima del destierro y el exilio bajo el zar Nicolás I.

Había escollo parecía que insalvable: el museo fue cerrado el año pasado para una reforma general y su reapertura se anuncia para el 2012, en ocasión del 200 aniversario del natalicio del ensayista. Unas gestiones me permitieron hacerme con el número de teléfono de una responsable del museo. La llamé y le expliqué en poco más de tres minutos por qué me interesaba entrar a esa casa y pasearme por sus salones. Una hora más tarde me recibieron ella y la investigadora principal del museo en el edificio en reformas. Sorteando escaleras y latas de pintura, me regalaron una visita absolutamente fantasmagórica. En un edificio con las paredes desnudas y con la ayuda de un catálogo editado hace veinte años, me mostraron el museo que fue y me describieron el que será.

He visitado muchos museos en mi vida, pero es probable que no haya visto antes con tanta claridad una colección como la que no vi, pero imaginé, en la casa de Herzen.

Toda Rusia es un poco así de gogoliana. Es la imaginación dando vida a los fantasmas.

(Fotografía: En compañía de dos responsables de la Casa Museo de Herzen en Moscú.)

2) Acudo a una reunión con un personaje muy importante en la vida política y empresarial de Moscú. Tan importante que me dispensarán omita aquí su nombre, dada la naturaleza de la anécdota. Cuando abandono su despacho me tropiezo en la antesala –la cosa era puro Chéjov-, a tres peticionarios que iban a ser los próximos en ser recibidos. Trajes de políticos de provincia, cabezas gachas, cuerpos contrahechos por la humillación y una cesta de flores de metro y medio de diámetro. Una ofrenda al gran jefe a quien acudían en busca de algún favor. Me entretengo en la antesala a la espera de unos papeles que firmar y los tipos entran al despacho del jefazo. Unos instantes después se escucha gritar al anfitrión:

—¡Saquen de aquí estas flores!

Su ayudante corre a abrir la puerta del despacho y alcanzo a ver la mesa en la que nos habíamos reunido. En torno a ella, los tres visitantes y el político. Toda la mesa ocupada por la inmensa cesta que no les dejaba verse las caras.

La muchacha se vuelve hacia una suerte de antesala de la antesala donde esperaban sendos guardaespaldas de dos metros de estatura y hombros como robles.

—¡Saquen de aquí esa cesta! —clama.

Los guardaespaldas entran a la carrera, las manos en la sobaquera, me rodean y uno grita con voz ronca:

—¿A quién sacamos? ¿A este? —”Este” era yo.

—No es «a quién», sino «qué» —les aclara la ayudante en frase que suena encantadora en ruso—. ¡La cesta! ¡La cesta es lo que tienen que sacar de aquí!

Por un instante se me ocurrió que pudieron haberme pegado un tiro.

También eso es Rusia. Un guión escrito en el s. XIX, un mar de gestos soviéticos y un decorado poscomunista.

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