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Con Laura Pollán en el Versailles

Tomé esta foto ayer en el restaurante Versailles, en Miami.

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Se trata de un humilde cartel sin acentos que no concitaba demasiada atención. Llovía sobre Miami, llovía mucho, y me aparté del paraguas de la marquesina del restaurante para tomar esa fotografía. Media docena de personas que se resguardaban de la lluvia me vieron empuñar el teléfono para este click.

Unas pocas se asomaron al cartel al que atendía el tipo, yo, con pinta de forastero. Sospechaban qué sé yo qué. Alguno puso muy mala cara. A mí Miami me gusta más que el boniatillo, pero como quiera que me ponga tengo jeta de forastero allí. No tienen la culpa ellos: yo soy un alien hasta en mi calle.

También el nombre de Laura Pollán, homenajeada por el printer que parió esa hoja luctuosa, parecia ajeno al entra y sale del que se tiene por el emblema culinario-sentimental del exilio cubano.

Llámenme cursi, oigan. Llámenme ñoño, coño. Tíldenme de como quiera que gusten llamarle a quien inquita la vecindad de un almuerzo y un opositor muerto más.

Y sin enmbargo el restaurante Versailles, ese comedor de historia, ese refectorio al que acude tanta gente, toda la gente, a masticar el sabor de una nación deslocalizada, es el lugar improbable donde asistí ayer a la exposición pública del luto por Laura Pollán, Dama de Blanco, antes de encargar un sandwich cubano que comerme en un avión.

No pude hacerlo. Lo dejé, sin querer, en el carro que me llevó al aeropuerto. Se quedó en Miami… Como un quinto de Cuba.

Últimamente, medio siglo en ese adverbio, a los cubanos se nos queda todo en el carro que nos lleva a pasearnos por el dolor, la memoria y el exilio.

Solo a veces conseguimos firmar la desazón, un mero gesto. Felipe Valls, aquí.

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