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Ghost stories: cuentos de espías

El FBI ha hecho públicos hoy una serie de documentos y videos de la red de agentes rusos que operó en los EE.UU. durante buena parte de la primera década del siglo XXI [1]. Los espías que fueron repatriados en una operación que recordó a los años de la Guerra fría [2].

Hasta donde he alcanzado a ver en una primera ojeada, no hay revelaciones de peso. Más bien se trata de rastros del trabajo operativo sobre espías que nunca llegaron a penetrar verdaderamente servicios de inteligencia, organismos de gobierno o consejos de empresas relevantes. Pero a mí me estimulan las historias de espías, forman parte del mundo cinematográfico y literario en el que me crié, y aquí comparto (sígase el primer enlace allá arriba) los fragmentos de esta.

El delicioso nombre de la operación —«Ghost stories»— es el título de la novela o colección de estampas para la que se quedan cortos como personajes de intriga. (Yo antes pensaba que no. [3]) Tan solo el clamoroso atractivo sexual de Anna Chapmann parece aquí materia de sujet, pero de uno cinematográfico.

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En los espías de otras épocas —los que espiaban para los Aliados, por ejemplo— había una dimensión heroica. En los que espiaban para los soviéticos había una profundidad enigmática que los supervivientes del comunismo solemos confundir con la mera imbecilidad.

En cambio, los espías que pululan ahora por los pliegues de la historia que vemos hacer —y no me refiero a los infiltrados en Al-Qaeda o los narcos, por citar dos enclaves de la lucha undercover contemporánea— son gente corriente que sirve a una geopolítica rizomática y lábil. Son, y me quito el sombrero ante quien puso membrete a esta operación, fantasmas. Y las suyas son desvaídas historias de fantasmas.

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