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Wilman Villar, y todos nosotros

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Es la foto de casi todos nosotros, pero sobre todo es la de un difunto [2].

Una bandera cubana a medias sujeta, a medias acariciada; un pobre tipo a la vez que tipo pobre que se dejó morir; una puerta tapiada a sus espaldas. Suprema metáfora: un kamikaze en tierra de vividores.

Ni hubo tiempo para cubrir de yeso los ladrillos que cerraron esa puerta, ni palabras que le salvaran la vida a Wilman Villar, la última víctima de la sinrazón cubana. Y la bandera es una mierda de bandera, como todas las que sirven para adornar a un hombre vivo que acabará muriendo por ella, creyendo que muere por ella, suponiendo que le importa a alguien ese pedazo de tela pintada.

Wilman, ¡que vaya nombre para apuntar a la voluntad de un hombre!, es otra víctima con la que cargamos todos. Los hermanos Castro y sus esbirros los primeros. Pero yo también. Y tú. Porque ser incapaces de «armar» un país en el que un Wilman cualquiera no se sienta animado a dejarse la vida por gusto, por nada, por nadie, es sobrado motivo de vergüenza.

Veo ahora en paseo rápido por la charlatanería que nos define que si ese Wilman es mártir o es delincuente. ¡Qué asco de indagación forense, nenes, con el tipo, el cuerpo del tipo, recién rociado de tierra de Contramaestre!

El falso martirio y la episódica delincuencia son dos de nuestras más arraigadas señas. Dos rasgos de entre los muchos que aceitan el motor de nuestra identidad; dos ejercicios a los que tan habituados estamos.

Nunca mártires más falaces que nosotros fueron más delincuentes. (Todos nosotros.)

En paz descanse ese pobre Wilman.

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