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Algunos vuelven a Cuba

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Viajes de ida y vuelta

Jorge Ferrer

Un colega regresa de Cuba y me cuenta anécdota jugosa. Acudió a fiesta en casa donde asaban puerco. Al fondo, en el patio, varios invitados se afanaban en torno a la caja china donde la carne comenzaba a dorarse. Una animada discusión dividía a los improvisados cocineros. Mi colega se acercó, a medias generoso, a medias intrigado, a ver en qué podía ayudar. Muy pronto descubrió que poco podía aportar viniendo de Barcelona.

En torno al animal que se asaba en una casa de Marianao, la discusión la protagonizaban dos espadachines. Uno empuñaba botella de mojo comprado en Winn-Dixie; el otro se defendía con botellín de la marca Badia adquirido, aseguraba, en “el Publix ese latino de Hialeah”. Y dirimían, en La Habana, las virtudes de cada uno de esos jugos venidos del Norte para sazonar la carne del pinareño puerquito que yacía, crucificado y sordo, a un palmo del carbón.

La anécdota, con lo suyo de criollo, resulta ilustrativa de un proceso que ha convertido la frontera entre la Florida y Cuba en un muro de una porosidad extraordinaria. Se viaja desde el aeropuerto de Miami con ajustadores y plasmas desajustados, pero también con los sabores y las marcas del supermercado. La Habana y Camagüey, Miami y Hialeah, comparten una misma lengua.

Que los bienes de consumo que ansían en la isla se queden allá no es novedad. Sí lo es que un número escaso, pero creciente, de cubanos que alguna vez se marcharon del país regrese a establecerse en la isla. Que lo hagan con proyectos parejos a los que los hicieron emigrar es una cifra con la que no contábamos antes, pero ahora pide turno en la cola de esa matemática tan sofisticada que es la cubanología. Que lo hagan decepcionados de la vida que imaginaban llevar fuera de las fronteras de Cuba y estén dispuestos a pedir el último en el aeropuerto de Rancho Boyeros para manifestar que vuelven de regreso es consecuencia de la crisis económica que afecta a Occidente y, con especial saña, a los inmigrantes que acudieron a comer del pastel inflado por la levadura del bienestar.

Pero también es anuncio de una Cuba con paisaje distinto al que empujó a muchos a emigrar. Hasta hace bien poco solíamos decir que con tal de abandonar Cuba, los cubanos huían hasta a los rincones más inhóspitos del mundo. Ahora son pocos los que no saben de alguien que haya regresado desde España, México o Miami. O que estudie hacerlo.

A alguno le podrá tentar la idea de que vuelven los perdedores. Que regresan quienes no consiguieron emprender vidas prósperas más allá de las fronteras de la isla. Pero hay elementos que conspiran contra esa opinión, porque son muchos los que vuelven con proyectos profesionales que esperan hacer avanzar en el nuevo marco legal cubano y beneficiarse de oportunidades de negocio que no descubren en los países a los que emigraron.

Hay más. Por ejemplo, que dos de los proyectos contestatarios más interesantes que enfrenta el régimen de La Habana sean obra de sendos retornados. Tanto Generación Y –el blog de Yoani Sánchez– como Estado de Sats –el espacio público independiente que anima Antonio G. Rodiles– se deben a personas que “escaparon” de Cuba y años después volvieron a asentarse en la isla.

Los cubanos no han renunciado a emigrar en busca de un futuro mejor en la Florida, Barcelona o Yucatán. Tampoco estamos ante retornos numerosos como tal vez se produzcan ante una transición hacia la democracia. Pero es evidente que la evolución de lo que alguna vez llamaremos “modelo cubano” está conociendo, aun desde su extenuante parto, una curiosa revolución que es un reto para cierta “idea del exilio”, como también para la manera en que imaginamos la Cuba presente y también la futura.

Este artículo aparece publicado en la edición de hoy, 16/02/2012, del diario El Nuevo Herald [2].

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