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IKEA, Bruno y la mano de obra cubana

Así me encontré hoy a Bruno al volver a casa:

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—¡Bruno! —grité—. ¿Qué haces con esas bolsas de IKEA?

—Me fui a comprar unos detallitos para la perrera nueva. Sabes que estoy a punto de echarme novia, ¿no? —Y añadió, socarrón—: Lana, la peluíta esa de la esquina.

[2]

—Pero ¿cómo vas a ir a IKEA, alma de Dios? ¿Tú no sabes que utilizaron a presos cubanos para hacer unas mesas y unos sofás [3]? Lo publicaron hace unos días y hay tremendo buzz con eso.

—¡¿Cubanos fabricando muebles para IKEA?! —saltó Bruno meneando como loco el ridículo apéndice que cierra su espinazo sin llegar a merecer el nombre de cola—. ¡Esa es una noticia estupenda! ¡Eso hay que celebrarlo ahora mismo!

—Explícate, cánido, nene, porque no le veo la gracia.

—A ver, amo. IKEA es una de las empresas más prósperas del mundo y encarna como pocas la idea de la globalización exitosa. Y nuestra Cuba —Bruno, como Marco Rubio [4], no ha visto a Cuba en su vida, pero igual que aquel cada vez que pronuncia el topónimo lo hace con lacrimosa firmeza— tiene una oportunidad de oro de subirse a esa estela. ¿No lo ves? Saber que hubo cubanos produciendo esos muebles que se venden en el mundo entero y son un símbolo de calidad sitúa a la clase trabajadora cubana en un lugar de privilegio. ¡Nos lloverán las inversiones en cuanto se vayan los Castro! ¡Todo el mundo querrá dar trabajo a esa mano de obra cualificada que ya cuenta con la bendición de IKEA! ¡Obreros de excelencia! ¡Es tremendo, de verdad! Huelo ese próspero futuro y ya sabes que mi olfato nunca falla.

—A ver, Bruno, hay una cosa, espera…

—¡La Silicon Island, amo! ¡Cuántas veces no te he dicho que seremos una Silicon Island!

—A ver, Bruno, ejem, lo cierto es que cuando IKEA recibió los muebles fabricados en Cuba, ejem, los desechó…

—No puede ser…

—Sí, por lo visto dijeron que eran una mierda, vaya… [5]

Gruñó, se rascó un flanco con rabia. Olisqueó una de las bolsas.

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—Entonces, todo sigue igual, ¿no? —preguntó con aire derrotado.

—Sí, bueno, esa es una forma de verlo que hasta ahora nunca ha fallado.

—¿Te importa que Lana se quede a dormir mañana? Se cumple una semana desde que nos olisqueamos por primera vez y no sé, va y…

—Ta’bien, dale, pero no quiero bulla.

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