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Sobre Cuba y el sesgo de confirmación

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La perversión de un sesgo
Por Jorge Ferrer

 

Pocas cosas me enojan más, cuando de trasegar con la opinión sobre Cuba se trata, que asistir a la manera apoteósica en que lectores, periodistas y “opinadores” suelen incurrir en lo que las ciencias cognitivas denominan “sesgo de confirmación” — confirmation bias, en inglés.

Simplificando bastante, el sesgo de confirmación es la tendencia a compilar e interpretar la información que recibimos en forma que favorezca y afiance nuestras ideas previas. Luego, es el mecanismo que nos sirve para llevar siempre la razón, una razón preconcebida, en lugar de valorar los datos nuevos que asoman al paisaje y confrontan nuestras opiniones.

No somos los únicos que caemos víctimas de ese flagelo de la inteligencia. En esta época en la que todos alcanzamos desde el teclado la información más disímil, muchos estudios muestran que desechamos la dulce natilla de la diversidad para fabricarnos un cómodo castillo por el que solo vagan los fantasmas de nuestras opiniones. Rechazamos los datos que contradicen nuestros juicios y no nos molestamos siquiera en considerarlos, porque el mullido sofá del prejuicio largamente acariciado resulta mucho más seguro que el riesgoso ejercicio de darnos un paseo por el acantilado de una realidad que muta con abismo debajo.

Los cubanos que vivimos fuera de la Isla, los que leen ahora mismo este artículo o lo abandonaron en el primer párrafo, pueden acceder a la misma sobreabundancia de noticias que cualquier ciudadano de este mundo. La cuestión es si la exposición a esa panoplia de datos nos sirve para ensanchar los horizontes de comprensión del pasado, el presente y el porvenir de Cuba o si, por el contrario, reos de ideas inamovibles, nos dedicamos a cultivar visiones pobres y, aun, tóxicas.

El sesgo de confirmación es más que una mera forma de la pereza intelectual; también es un acto de cobardía. Lo es en el periodista remolón y también en el lector que se atrinchera en la idée fixe que lo complace. Tratándose de Cuba, claro, de la Cuba castrista, es evidente que se trata también de un ejercicio de ventajismo: anclarse en la posición de que todo movimiento de una dictadura no es más que un esfuerzo de esta por perpetuarse en el poder resulta una suerte de eficaz apuesta a caballo ganador. Ahí el sesgo de confirmación regala premios mayúsculos porque la dictadura no se va a desmontar por sí sola y los cambios que implemente –pero esto ya lo he dicho y escrito demasiadas veces–, serán en buena parte gatopardistas o no serán; serán movimientos adhocistas que persigan perpetuar a sus elites o no serán.

Con todo, lo cierto es que esta película cubana a la que asistimos desde las lunetas del exilio no es una pieza de cine mudo por mucho que algunos espectadores prefieran permanecer sordos. Sus murmullos, su música de fondo, me sugieren, más bien, ese recurso de la edición de sonido que los cineastas llaman overlapping. Es decir, el efecto que nos hace oír la música de la escena siguiente cuando aún vemos la anterior. Imágenes a punto de desaparecer, en las que ya se escuchan las voces de los héroes y los antihéroes del mañana.

Se me ocurren pocas maneras más pobres de imaginar el porvenir de Cuba que desde el cómodo asiento del sesgo de confirmación, torpe herramienta que le da la espalda a un presente complejo y nos condena, fíjate tú qué cosas, a perseguir una utopía –la del súbito fin de la tragedia cubana– o una antiutopía –la irremediable eternización de una Cuba fallida. Por suerte, las lindes del campo de batalla en el que se dirime la Cuba futura rebasan los muros que buscan mantener los fósiles políticos de La Habana y son más amplias también que el corral donde alimentamos el resentimiento y el pesimismo.

La columna La perversión de un sesgo apareció publicada en la edición del viernes 25 de mayo de 2012 en el diario El Nuevo Herald [2].

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