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Mariela Castro, Bruno y los Hohenzollern

1) Mariela Castro se denomina a sí misma «disidente» en un acto público en Nueva York [1]. «Disidente». Una Castro. Al fin le encuentro sentido a la idea de Nueva York como la ciudad que nunca duerme. ¡Cómo se va a quedar dormida la muchacha con las carcajadas que se echa!

2) Aunque la idea es ingeniosa y muy castrista. Y ni siquiera es nueva. Los Castro siempre han sido ingeniosos poniéndole nombres a las cosas. Le pusieron «no básico» a un juguete. O «Unidad militar de ayuda a la producción» a los campos de reeducación comunista. O «libreta de abastecimiento» a las cartillas de racionamiento. Luego, Mariela Castro puede llamarse a sí misma «disidente», como su padre y su tío bautizaron a Cuba «Primer territorio libre de América» cuando lo hundían en las sombras del totalitarismo.

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3) Lo comenté con Bruno. Últimamente siempre consulto a Bruno las cosas que parecen importantes, sin serlo. Por su autoestima, ya saben. «Mariela tiene muchas cosas en común conmigo», me dijo. «¿En serio?» «Sí, porque le debe a su pedigrí toda la atención que concita». (Bruno, nacido en una aldea de Centroeuropa, se reclama heredero del pedigrí de cierta estirpe que mimaron los Hohenzollern. Estuve a punto de mencionar que la presunta homosexualidad de Federico el Grande y aquella vieja historia con Voltaire le darían mucho juego a su tesis, cenesexizándola.) Preferí decirle: «Pero a ti nadie te invita a hablar en San Francisco para LASA [3] ni en la Biblioteca Pública de Nueva York para un ilustre público que aplaude hasta con las orejas [4]». Suspiró. Enarcó las cejas que no tiene: «Es que los Hohenzollern fueron cualquier cosa menos de izquierdas y las Hohenzollern fueron conocidas por muchas cosas menos por mover alegremente las caderas como las cubanas», dijo.

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