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Para desdramatizar hay que descubanizar

Para desdramatizar hay que descubanizar. Para recobrar el sentido de la realidad uno debe antes desalojar toda esa cosa falazmente llena de taínos, mambises, próceres republicanos, barbudos, revolucionarios y exiliados. Si queremos que nuestro relato sea legible y verosímil, ¡ni un cederista ni un buscavisas más dejando su rastro de baba por sus páginas!

Escribir y actuar, ¡ja!, en serio. Despojarnos de esa cosa plañidera que llamamos «Cuba», sobre todo cuando la apellidamos «martiana». Esa es la vía de excelencia. Recuperar el origen —el Ursprung dicho a la nietzscheana y heideggeriana manera. Convencernos de que el origen de nuestro relato no está ni en Espejo de paciencia ni en «Nuestra América» ni en La historia me absolverá ni en los carteles del ICAIC o la Tricontinental. Como su telos no tiene estación de llegada en la «transición», el «socialismo inamovible» o la ciénaga del postcomunismo. (Ciénaga de Zapata sería un hashtag de mal gusto, ya sé, por lo de aquel muchacho.)

Hay que salir a buscar el origen en las esquinas donde no lo hemos buscado antes o lo hemos buscado apenas y a regañadientes. Reinventar nuestra tradición amparados en un paisaje donde no estamos ni estuvimos, pero que podamos habitar alguna vez. He ahí la cifra del post- (comunismo, castrismo) y la sisa de su manga ancha en la que cabrán los sujetos de la comparsa por venir. Una manga de aire, una manga de agua. El imperio del flí.

De muestra, un botón. Scarface, la de Howard Hawks y 1932 [1] es más cubana que Scarface de Brian de Palma —ñangárico Oliver Stone mediante— y 1983 [2].

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