¿Se acuerdan de aquellos norcoreanos que lloraban en diciembre pasado la muerte de Kim Jong Il [1]?
Pobres criaturas, entonces sin consuelo.
Bueno, es sabido que Dios aprieta, pero no ahoga. Y el Dios de los norcoreanos otro tanto.
Medio año después salen a bailar a las plazas, porque tienen noticia que festejar: el hijo del entonces difunto, ese Kim Jong Un, ufano gordito [2] en país de famélicos [3], ha accedido al rango de Mariscal. Una tradición familiar, se diría.
Y aquí los tienen, a los llorones de antes, bailoteando por las plazas de Pyongyang para felicitarse ante tamaña sorpresa.
Y sí, ya sé que a algún malpensado se le ocurrirá que hay algo coreográfico ahí. Ná, bobos, todo eso es tan espontáneo como la pasión cubiche por la moringa oleifera [4].