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Confesión (que ya era hora)

Ya va semana de ausencia. Ay, ¡haberlos acostumbrado a que esto es una feria constante! ¡En mala hora (si la expresión vale para cinco años y pico)!

Algunos me han pedido explicaciones. «¿Dónde te metes?», exigen. «Mucho trabajo», me excuso. Y es cierto, pero igualmente falso, porque un blog se alimenta hasta con el meñique si está dispuesto el muchachito para algo más que para rascar la última de las costillas.

Y no les basta, claro. «¡Con Cataluña clamando por la independencia y tú callado!», reclaman otros y esgrimen lo del millón y medio de manifestantes que, en verdad, no pasaron de trescientos mil, ya saben. Y toda una tropa, sé. Pero entre 300.000 manifestantes y 1.500.000 hay la misma diferencia que entre una paja y un coito.

«¡Con la Arab Spring convertida en aquelarre antiamericano!», protestan otros. «¡Obamista!», me acusan, cuando yo no tuve siquiera la desgracia de ser cederista. ¡Y mira que hay excederistas acusando hoy a diestra y siniestra en este Comité de Defensa de-la-que-sea-ción diasporizado!

«¡Con más huelgas de hambre en La Habana y tú mudo como un pez!», me reclamaron hoy sentado yo a la mesa de comer, que es distinta a la de escribir, porque es posterior.

Bueno, vale, ok, sea: es hora de complacer mostrando la disposición que me ha dominado esta semana, ¿estos últimos meses?

Delirios secesionistas, energúmenos mascatrancas, huelguistas de quita y pon.

Esta grabación fue hecha sin mi consentimiento y me muestra cavilando sobre un mundo que cada vez me seduce menos, mientras muevo sus piezas por la mesa de mis intereses, cambiantes.

(Y sí, el perro que gime es Bruno, criatura.)

https://www.youtube.com/watch?v=nebX1eNj4Gk [1]

Las imágenes corresponden a la secuencia final de Stalker, de Andrei Tarkovsky.

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