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(Memoria y honestidad): Dos regalos de cumpleaños

Cumplí años hace un par de días. Bobadas, porque en realidad apenas sumé uno más al calendario de mi vida. No es que se me encaramaran varios de golpe, no. Fue uno solo. ¡Bah! Uno es nada.

Dada la insignificancia del trámite, el día transcurrió como cualquier otro domingo. ¡Y, feliz simetría, recayó en domingo! Dormí hasta tarde, bajé a dar un paseo y a la vuelta compré un par de cajas de comida tailandesa en Wok Verdi. Y Coca Colas. Después cargué con el peso leve del Kindle, me bajé algo desde Amazon, leí un rato y a las cinco y media ya nos encaminábamos —con M.— de vuelta a la calle Verdi —BeVerdi Hills la llamamos en sorna los de Gràcia— a ver una película en el cine del barrio. Verdi, también.

La película —la «romana» de Woody Allen—, mala. Pero uno cultiva los viejos afectos, más si es día de cumpleaños, y se ríe y hasta da alguna patadita de aprobación cuando gag anticomunista. Uno es así. Uno tiene sus vicios. Casi todos nobles.

Salimos del cine y tomamos un par de copas. Charlamos. Que si el cumpleaños, que si esto, que si aquello, que si Woody Allen está acabado, el pobre, pero lo queremos, que si el cumpleaños.

Hacia las nueve de la noche volvíamos a casa. Dejamos atrás la calle Bruniquer y subimos por Escorial para alcanzar Sant Lluis y buscar la nuestra.

Y ahí apareció X. De repente. Desde el pasado.

Con X. comencé a trabajar cuando llegué a Barcelona hace diecisiete años. Colaboramos durante algo más de un lustro y nos despedimos de manera nada ortodoxa —si lo ortodoxo es despedirse con un abrazo— hace unos diez años. Jamás lo volví a ver desde entonces. Apenas supe de él durante el primer año de nuestro desencuentro. A partir de ahí se desvaneció. Una pena, porque nos unieron momentos extraordinarios. Pero la vida no es otra cosa que una sucesión de momentos extraordinarios y penas. Las buenas vidas, que las hay peores.

Charlamos unos minutos. Me emocioné, aunque supe disimularlo con mi legendaria cara de palo y las manos bien sujetas en los bolsillos. Los detalles de la conversación no les interesan a ustedes, así que nos los ahorro. Confirmé que pasaba por esa calle, a un tiro de piedra de mi casa y en mi cumpleaños, por una circunstancia totalmente azarosa. De hecho se lo veía como extraño en ella, como un viajero perdido en un paisaje ajeno. Estaba ahí, deduje, porque era un regalo que me hacía la vida en día en que cumplía años de cifra redonda. Un regalo con trampa, porque me obligaba a hacer memoria, a serla. (Cifra redonda, dije, y alguno querrá adivinarla. Me la callo, pero al que me dé 35 le consigo descuento en alguna tienda de Miami, Madrid o Barcelona, según IP y énfasis. Y al que me dé 40, lo mismo.)

No quedó ahí la cosa. Cuando X. se alejaba, sonó mi teléfono. Tengo instalado un timbre muy peculiar —la voz (auténtica) de un policía cubano llamando a «planta», pero de eso les hablo otro día. Esa llamada requiere flashback: la víspera de mi cumpleaños un muy pero que muy reducido número de familiares y amigos habíamos bebido una copa en mi casa. Brindamos cuando el reloj marcó la Medianoche. Z., allí presente, me había llamado a la mañana siguiente, la del día que nos ocupa, el del cumpleaños, para contarme que se había dejado la billetera en el taxi que lo devolvió a su casa. Perdió carnés y tarjetas e imagen de la Virgen del Cobre, y también una nada desdeñable suma en efectivo. Cuatrocientos euros, para ser más preciso en este guarismo que en el de los años cumplidos. Habíamos lamentado juntos esa pérdida y le recomendé llamar a las compañías de taxis y a la Oficina de objetos perdidos del Ayuntamiento de Barcelona, por si acaso. Lo descartó.

Y bien, mientras X. se alejaba y yo pensaba que el pasado es un animalito tierno, Z. me llamó para decirme que acababa de recibir la visita de un taxista que le traía su billetera intacta. Guiado por la dirección que consta en el documento de identidad, ese hombre que se gana la vida con dificultad en esta ciudad con más licencias de taxis que sonrisas, se tomó el trabajo de buscar a su cliente y devolverle la billetera.

Recibí unos cuantos regalos golosos en mi cumpleaños —¡di que treinta y cinco, dale!; ¡di que cuarenta al menos, porfa!—, pero la inopinada aparición de la memoria de mi pasado en esta ciudad y el testimonio de la integridad de sus ciudadanos fueron los más brillantes. Todavía refulgen.

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