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Prohibido el reggaetón: no está colaborando

Leo entrevista a Orlando Vistel [1], presidente del Instituto Cubano de la Música que trae hoy el Granma. Desconozco sus talentos artísticos o gerenciales, pero el tipo, ¡oh!, es un muelero de primera. Y dado que de música se trata y sin que me lo tenga a mal Faustino Oramas, es también un guayabero de cuidado.

No suelo atender a estos Orlandos, pero la entradilla, una cita de su muela, me cautivó:

«Ni la vulgaridad, ni la mediocridad podrán mellar la riqueza de la música cubana; para ello trabajamos coordinadamente desde las instituciones culturales con todos los factores que intervienen en la promoción, difusión y uso social de las producciones musicales».

Cuando alguien se baja con tales chorros de plomo es previsible que enseguida se le descuelguen los nuestro-pueblo por la boca. Y en efecto, el Orlando se embaló:

“Tenemos plena conciencia, y en consecuencia actuamos, de la altísima sensibilidad de la mayoría de nuestro pueblo cuando advierte que se le quieren homogeneizar en patrones ajenos, que vulneran los más elementales principios de la ética”… “No podemos olvidar que en nuestra población se registran elevados niveles de instrucción y una cultura acumulada a lo largo de más de medio siglo de empeños educacionales y culturales”.

Pedro de la Hoz, mamporrero profesional y a la sazón entrevistador, tiene prisa por acabar de cargar contra el reggaetón, que a eso hemos venido ―¿eh, Orlando?― y lo propicia con una pregunta rotunda, una de mamporrero que trabaja con las dos manos, sudado y con sonrisa en la cara: «¿Pudiera caracterizar esos fenómenos contraproducentes y transgresores?», pregunta. Contraproducentes y transgresores ―y el Orlando enseguida corre a tildar de seudoartísticas a «esas expresiones, que van más allá de la música y tienen que ver con actitudes marginales»―: a estos tipos les gustan más los prefijos que los caramelos de fresa.

Léanla completa. No tiene desperdicio. [1] Cuenta la historia de un pueblo culto y sofisticado que se encontró un buen día con que una música vulgar y primitiva ―el reggaetón o reguetón― pretendía invadir sus oídos. «¡Oh, sacrilegio!», se dijo el pueblo de marras, uno de verbo tan lacio que jamás se escuchó por allí a nadie decir ni «pinga». Pero el gobierno sabio del que ese pueblo devoto de Bach y Buxtehude se había dotado y las benéficas instituciones que le sirven a modo de brazos ejecutores actuaron con presteza para erradicar el monótono ritmo de soez poesía. Fin.

Ay, Orlando, Rolando, «yo sé que tú estás colaborando» [2].

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