También a mí me ha entusiasmado que el papa Francisco calzara hoy estos, sus zapatos. Gastados. Con las puntas elevadas al techo, sea cielo o mero artesonado.

También a mí me entusiasma, a mí que no soy católico y que de pecados, ay, alguno, toda esta euforia de papado que se vuelve hacia los pobres. Y me entusiasma también que en la historia de la religión que se escribirá en mañana distante, lo de Benedicto XVI con su piar quede como una mera anécdota ante este Francisco que está revolucionando la percepción mediática del papado. Es decir, la percepción.
Pero antes de que mi entusiasmo suba peldaños en la escalera del mira-qué-bien-tú, me gustaría que Francisco nos diga que el uso del preservativo previene la extensión del SIDA en esa África que está ahí abajo con su silueta grandiosa de niños panzudos, safaris y madres corajudas y tristes; que los homosexuales no son otra cosa que ciudadanos que tienen una orientación sexual distinta a la mía y a la de Francisco, sea la célibe suya la que sea, que son ciudadanos que merecen gozar de los mismos derechos que cualquier otro; que las mujeres, por último, no son meras acompañantes de los hombres, que son sus pares, y tienen derecho a decidir sobre sus vidas y vientres…
Ahí Francisco me vería más entusiasmado que lo que estoy ahora mismo, que lo estoy, con que se llame Jorge Mario, como mi padre, y con que hable y sueñe en la misma lengua en la que lo hago yo.
Entusiasmado estoy, sí, que era hora, año, siglo, de más virtud desenvuelta, de más piedad voceada en tono llano, de más darle la espalda a tanta pompa y hasta a aquellos monos zapaticos rojos.
Los católicos ya tienen papa. ¡Mi enhorabuena! Ojalá, desde su presunta humildad, ese papa nos haga más grandes a todos.