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De los viajes de Yoani Sánchez, Rosa María Payá, Berta Soler…

De viajar y de llegar

Jorge Ferrer

El poeta y disidente ruso Joseph Brodsky cuenta que cuando arribó a Londres en ocasión de los funerales de su amigo Stephen Spender fue recibido con la tópica pregunta de un oficial de inmigración: “ Business or pleasure?” Brodsky, que no viajaba por ninguno de esos afanes, replicó preguntándole cómo llamaría un británico a un funeral dentro de esa taxonomía maniquea.

Tampoco los disidentes cubanos viajan por negocios o placer. Y aunque no lo hagan vestidos de luto, suben a aviones a dar cuenta de otro funeral del que son a un tiempo testigos y heraldos. El de la llamada revolución cubana. Un funeral del que no son responsables, pero que ayudan a acelerar con sus denuncias y su estatura ciudadana y acompañan, en alentador cortejo fúnebre, con un multiplicado quehacer cívico que la Cuba opositora no había conocido jamás.

La reforma migratoria puesta en vigor por el gobierno de La Habana despertó en algunos la expectativa de un súbito éxodo. Otros auguraron la denegación de pasaportes a las voces más críticas contra el régimen. Un par de meses después no se ha producido una cosa ni la otra. Ni “acabóse”, ni cerrojo.

Lo que se ha visto es la virtuosa presencia en foros disímiles de voces distintas de la oposición cubana. La manera en que ganan titulares y atraen cámaras y micrófonos ante los que denuncian la situación de los derechos humanos en Cuba, describen la Cuba en la que quieren vivir, que no es la de una transición gatopardista, manifiestan con claridad los perfiles de los proyectos democráticos a los que quieren prestar su empeño. Es significativo que las tres voces más emblemáticas de las que se pasean estos días por Europa y las Américas sean las de tres mujeres, Yoani Sánchez, Rosa María Payá y Berta Soler, con historias de vida bien distintas y adscritas a distintos sectores de la oposición: las Damas de Blanco, el Movimiento Cristiano Liberación y la apuesta por una dinamización ciudadana desde las redes.

Es difícil imaginar paisaje más alentador. Un paisaje que muestra una Cuba opositora desacomplejada, plural y capaz de ofrecer discursos diversos y atractivos todos.

Hay más. Porque hay la emergencia de una situación que el régimen de La Habana ha temido siempre y de la que se había cuidado ejerciendo el corsé del finiquitado “permiso de salida”. Antes, los intercambios en foros académicos o auspiciados por organizaciones internacionales excluían a los opositores cubanos –a Yoani Sánchez se le negó la posibilidad de asistir a un congreso de LASA, por ejemplo– y eran monopolizados por cubanos que defendían posturas oficialistas. La presencia ahora de opositores nos aboca a una experiencia casi inédita, porque podrá haber cubanos de uno y otro signo ideológico debatiendo sobre Cuba en espacios públicos. Fuera de Cuba, claro, porque la dictadura no admite esos intercambios entre la cayería sur y la norte, entre punta y punta de la Isla recostada sobre el mapa.

Con ello se ha abierto una singular ventana a una Cuba futura. El afuera se erige por fin en espejo cabal de los debates de adentro. La oposición y el disenso de adentro paseándose por el afuera, a medida que esos trasvases de un lado a otro de la cada vez más porosa frontera de Cuba se conviertan en norma. Pensar a Cuba fuera de Cuba, como ha sido larga seña. Pero ahora con la Cuba disidente dando saltos entre una y otra orilla. Y con el Exilio participando del diálogo con los disidentes en torno a la mesa, la de pensar y la de comer, sobre mantel en el que dibujar ideas, manifestar afectos y debatir diferencias.

Está por ver, claro, de qué nos vale exactamente esta transmutación de los panes de la prohibición en los peces de la permisibilidad y, sobre todo, qué efecto tendrá en la dinámica opositora dentro de Cuba. Con todo, difícilmente habríamos podido imaginar escenario más promisorio y embajadoras más dignas de admiración.

La columna “De viajar y de llegar” aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald [1].

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