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¡Lo que no inventa el cubano!

El Nuevo Herald trae hoy una pieza que titula “La creatividad cubana para lidiar con la escasez no tiene límites” [1].

Siempre son divertidos de leer estos catálogos de la utilería con que los cubanos sortean la escasez, ese donde la carne sin carne sería epítome. También divierten, más o menos, esas tantas imágenes del sobado ingenio cubano que circulan por internet: burros tirando de chasis recortados o balsas hechas de cualquier cosa que parece capaz de todo menos de flotar, por ejemplo.

No obstante, a mí siempre me ha divertido el rotundo carácter de oxímoron que conllevan esas loas al ingenio y la creatividad de los cubanos ante la miseria. Un ingenio, por cierto, al que el régimen llegó a dar carta de naturaleza institucional con aquella ANIR, ¿la recuerdan?, la Asociación nacional de inventores y racionalizadores que reunía y premiaba a los ingeniosos cubanos que se las sabían todas, lo resolvían todo, derrochaban inventiva e ingenio haciendo de la escasez, si no virtud, al menos materia de congreso anual.

Pero reléase el titular, piénsese la idea toda y repárese en esa dimensión de oxímoron que siempre me pasma: “La creatividad cubana para lidiar con la escasez no tiene límites”.

“No tiene límites”, dice y solemos decir, alborozados y enorgulleciéndonos de lo listos que son esos cubanos que le encuentran solución a todo: “¡Lo que no inventa el cubano!”, repetimos una y otra vez babeando.

Y olvidando que ese ingenio que no tendría límites tiene al menos uno, tal vez uno solo, y un problema al que no ha conseguido encontrar, ay, solución sea por la vía del invento o la racionalización: la capacidad de ingeniarse la herramienta que sepulte al régimen que los ha sumido en esa escasez que los hizo tan rabiosamente listos e ingeniosos.

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