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La Habana y el Malecón: fotografía y poesía

La fotógrafa cubana y mexicana Mina Bárcenas [1] me hizo parte de un proyecto que ha acabado en un libro hermosísimo.

Para él, Apostillas [2], Mina invitó a una docena de amigos a escribir lo que se les antojara a partir de una foto suya y un texto literario que cada escribiente y ella compartieran como jalones de una educación sentimental común.

Yo elegí (o lo eligió ella, no lo recuerdo ya) ‘Tres Tristes Tigres’, la novela de Guillermo Cabrera Infante y recreé un viaje en Buick junto al muro del Malecón de La Habana, el que ahí se ve en esa fotografía espléndida.

Se trata de una suerte de poema en prosa recreando a Guillermo, buscando a Guillermo, recreando a La Habana y su frontera mitificada que es el Malecón, buscándola. 

El libro fue publicado por la editorial Tres Nubes [3] en México, donde está a la venta. 

La introducción de Juan Antonio Molina fue reproducida en RIALTA [4].

 

 

El muro

Por Jorge Ferrer

 

MALECÓN,  promenade, paseo marítimo, набережная. Malecón, así en cursivas temblequeantes, como quien no quiere decir que Seawall, que Waterfront. El coche vuela de punta a punta llevado por Bach, “Bacho”. Dos habaneros —dos hombres sin más, porque todos los humanos son en cierto modo habaneros que fijan los ojos en un muro— corren en un descapotable y uno supone que bajo un techo “tachonado de estrellas”, pero los astros están a pie de calle. La Habana fue un trasunto de la Vía Láctea.

Rrrrr, ruge el motor. La gomina es una fábrica de artistas que fija el cabello. Todavía no hay melenas en La Habana. No sobre las cabezas de los hombres, al menos. Rrrrr. El carro se desplaza a lo largo de un muro largo que es un muro antes de los muros. Ni Berlín sabía entonces del que le iba regalar Chruschtschow, hasta que así de chucrutesco se lo tropezó. Zzz, zumbaba La Habana de los Zzzifties. ¿O eran Fifties? Una ciudad que silbado siempre. Una urbe que chifla porque es una metrópolis chiflada.

Y ahí, en medio esto “…la cosa que es en el presente lo más perturbador y si existe el tiempo que es en el presente lo más perturbador es la cosa que hace al presente lo más perturbador…” (en TTT, que es más que la apoteosis del té).

Medio siglo y pico después, el muro no ha sido capaz de abolir el presente. Ni el azar…Rrrr. Rugen los motores. Hay rugidos nuevos, pero hay motores que continúan rugiendo como antaño, porque son los mismos. ¡Cuánto gustan esos motores a la lente del bobo armado con su Canon! Y el muro, el murito, el malecón, el maleconcito: ¿el canon de los bobos?

Rrrr. Hay otro muro. Divide tierra y cielo. Ciudad y país y mundo. Mundo y mundo. Un murito. Un trozo de muro y del muro un segmento. Rrrr, ruge, renquea, raja.

Si closeupe-ado, divide vía bacheada y playa de dienteperro. Abres la lente y hay mar, a un lado, y fachadas mordisqueadas por la carcoma del salitre, del otro. Igual paz y misma guerra: la Vía Láctea es la vía laxa de esa Habana que es un tanto una ciudad como una frontera. No la guardan los hombres. La cuida el runrún. La eterniza su condición de mero fragmento de un muro —un mundo— que vemos correr a toda prisa ahí al lado. Rrrr.

 

Publicado en: Mina Bárcenas, Apostillas, Tres nubes, México, 2020

 

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