- El Tono de la Voz - https://www.eltonodelavoz.com -

Odesa, la ciudad sustantiva

El artículo “Odesa, la ciudad sustantiva” apareció publicado en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 15 de abril.

El original se puede leer aquí [1].

Odesa, la ciudad sustantiva

Por Jorge Ferrer

 

Hay ciudades a las que la geografía, el destino o la voluntad de sus vecinos conceden un lugar especial en el imaginario de un país. A veces, también en todo el mundo. Empujadas a morar dentro del círculo de tiza de un tópico, lo irán alimentando o desmintiendo en su avance por la historia y su registro en la literatura. En el Imperio Ruso, a San Petersburgo le tocó ser el asiento de la cultura, la patria chica de la intelligentsia. A Moscú, en los años de poder soviético, le correspondió la condición de proa de un mundo que vivía a la sombra de los muros del Kremlin. A ambos lados del parteaguas que fue 1917, a las urbes de Siberia les tocó ser símbolos del ostracismo y el destierro.

A la ciudad de Odesa le cupo en suerte acomodarse en el rol de la excepcionalidad: la metrópolis singular habitada por personas distintas. Ayudados por el afán de los odesitas, sus escritores elevaron el tópico a mito. El de la ciudad cosmopolita, el humor negro como el mar que baña su puerto, la fragancia del mundo delincuencial en los barrios. A uno de esos barrios, la Moldavanka, lo coló Isaak Bábel (1894-1940) en la historia de la literatura del siglo XX con la magia anticipada que después se desparramaría por las páginas de Caballería roja, el gran libro sobre los cosacos y la guerra civil rusa y soviética. Un libro que es un producto puramente odesita, porque en él la verdad, el erotismo, la muerte y el odio que separa a los hombres forman un mosaico tan sobrio en la expresión como memorable.

Pero antes estuvieron los relatos de Cuentos de Odesa, un monumento a la ciudad con sus bandidos contados por decenas de miles, rateros encaramados por la guerra civil y la literatura a la estatura del mafioso como personaje trágico. La prosa de Bábel es un espejo del rostro que la ciudad tenía en sus calles y la efigie que la urbe ponía cuando se vestía con el traje almidonado del mito: es talmúdica y es europea, la vivacidad de los diálogos es pura calle, la profundidad de su mirada y la milimetrada economía de su estilo admiraron a escritores tan distintos como Hemingway y Borges.Bábel no trabajó a solas en la construcción del relato que la ciudad polifónica pedía a gritos por sus esquinas y recovecos, porque lo merecía con creces. Ilyá Ilf (1897-1937) escribió libros extraordinarios junto a Evgueni Katáyev (1902-1942), quien utilizó el seudónimo de Evgueni Petrov para el juego a cuatro manos que los inscribió a ambos en la historia de la literatura salida de Odesa. Libros como Las doce sillas y El becerro de oro, en los que el cáustico humor propio de la ciudad cristalizó en artefactos literarios que moldearon la sensibilidad soviética, lo mismo la rusa que la ucraniana, y cautivaron a lectores de todo el mundo.

De la tentación universal de la literatura de Odesa da testimonio otro de sus escritores más peculiares, Yuri Olesha (1899-1960), autor de libros como Los tres gordinflones, un clásico de la literatura infantil soviética, y la notable novela corta Envidia. Olesha, quien cultivó también una escritura diarística excepcional escribió de la ciudad donde creció: “En Odesa aprendí a considerarme próximo a Occidente. Siendo un niño allí, sentía que vivía en Europa”. Pero Olesha, quien sobrevivió inexplicablemente la saña punitiva del estalinismo, los años del miedo, la delación y el paredón, escribió también: “¿Sabéis lo que es el terror? Es algo mucho más interesante que una noche ucraniana. El terror es una nariz enorme que te vigila oculto tras una esquina”. 

Puerto de entrada y salida, por Odesa el Imperio Ruso fue inundado de sangre, lenguas y sabores de todo el mundo: griegos, cosacos, italianos, rusos, ucranianos, judíos… Por ella salieron también los que huyeron del nuevo mundo soviético como Iván Bunin, que llevó un diario formidable en la ciudad dislocada por la Revolución bolchevique. El puerto de Odesa fue siempre manantial y sumidero. Y en ese torbellino de aguas se forjó la leyenda confrontada por la historia una y otra vez. Un mito, y la existencia misma de la ciudad, acosados hoy por la guerra que brama a sus puertas.

Isaak Bábel, el más grande de los escritores de Odesa no alcanzó a escribir las memorias que se proponía titular Historia de un adjetivo. Fue fusilado por Stalin en 1940 lejos de la ciudad sustantiva que se ha resistido siempre a toda gramática que no sea la prosa libérrima y fecundante del desparpajo y el mito.

[2] [3] [4] [5]