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Un Nobel para Rusia: “Los lametones del Kremlin”

La columna “Los lametones del Kremlin” de Jorge Ferrer fue publicada en el diario El Mundo el 14 de octubre de 2021.

El original se puede leer aquí [1].

Los lametones del Kremlin

Por Jorge Ferrer

La penúltima ocasión en la que un ruso recibió el Premio Nobel de la Paz fue en 1990. Se llamaba Mijail Gorbachov y era sólo ruso a medias, porque era también soviético. No cualquier soviético, por cierto, porque era uno que había puesto fin a una guerra, aun si fría, y parecía haberle bajado la persiana a un siglo. Tampoco fue un soviético cualquiera el único otro ruso que recibió ese galardón. De hecho, el físico, opositor y referente moral Andrei Sajarov, cuyo nombre lleva otro premio, a la Libertad de Conciencia, que concede el Parlamento Europeo desde 1988, practicó una de las maneras más elegantes de ser un ciudadano soviético, que era ser antisoviético. 

Treinta y un años más tarde, el pasado viernes, el periodista Dimitri Muratov se convirtió en el primer ruso a secas que recibe el Premio Nobel de la Paz. Le fue concedido junto a la periodista filipina Maria Ressa, cuyo medio digital, Rappler, es un muro de resistencia a la vulgaridad autoritaria de Rodrigo Duterte. 

En Moscú, en Crimea, en Chechenia y en el este insurgente de Ucrania, Muratov se las ve con otra vulgaridad y el Comité noruego ha hecho bien en reunir dos casos que se parecen como dos gotas de agua, el agua sucia de estos tiempos en los que el periodismo es acosado, a un tiempo y en muchas esquinas del mundo, por la precariedad, el poder autoritario del Estado y el desprecio por la verdad y la libertad.  

No obstante, la concesión a Dimitri Muratov de un galardón tan significativo como codiciado ha tenido una recepción dispar en Rusia. Y no, no se trata de la disparidad prevista en un terreno político convencional, donde un acto político de esta envergadura encontraría la alabanza de los propios y el reproche desdeñoso de los ajenos. Nada es convencional en el poscomunismo ruso, un campo minado donde patriotismo rima con anexión, la de Crimea, y el liberalismo democratizador es tildado, como en la Rusia zarista, de rusofobia.

De modo que, si bien la mayor parte de la oposición al putinismo, un magma dostoievskiano que se mueve entre el nihilismo y la exhortación, saludó el premio al periodista y editor, algunos deploraron que no fuera Alexei Navalny el que se llevara un reconocimiento que creían tenía concedido de antemano. Navalny, el opositor más célebre al Kremlin, lleva preso desde el 17 de enero pasado, cuando volvió a Rusia desde Alemania, donde le salvaron la vida después de haber sido intoxicado con el agente nervioso novichok y nada parece indicar que vuelva a tomarse un helado por las calles de Moscú en los próximos años.

Paralelamente, y en un movimiento algo desconcertante, Dimitri Peskov, el portavoz del Kremlin, felicitó a Dimitri Muratov por la concesión del premio con elogios de las que antaño se dedicaban a los camaradas: «Es alguien que trabaja de manera consecuente persiguiendo sus ideales, y a ellos se debe. Es un hombre de talento, un hombre valiente», dijo. Sus palabras, construidas con esa espléndida mezcla de cinismo y cálculo que es propia de uno de los hombres fuertes del entorno de Vladimir Putin, enturbiaron el ambiente.

La ofensiva del Kremlin contra la oposición y la prensa independiente ha sido feroz en el último año. Desde el mes de abril pasado, sesenta y ocho periodistas y medios de comunicación han engrosado la lista de «agentes extranjeros» que alimenta el Ministerio de Justicia ruso en una estrategia eficaz de llevar a esos medios al cierre y conducir a los periodistas críticos al silencio o el exilio. Novaya Gazeta, el semanario que dirige el premiado Muratov, no ha entrado en ese registro y el Kremlin felicita a su redactor jefe por el reconocimiento que ha merecido en Occidente su independencia. El mensaje que manda el poder de Moscú no puede ser más claro: aquí hay prensa independiente, hay periodistas que ejercen el oficio de acuerdo a sus ideales y el Kremlin los tolera y hasta los felicita. Esto sucede, además, a pocas semanas de que Muratov escribiera una columna en la que criticaba la estrategia del «voto inteligente» propugnada desde prisión por Alexei Navalny, en un gesto que muchos opositores no entendieron y repudiaron. 

Es difícil saber cuánto molesta el sabor de la fruta envenenada del elogio gubernamental a Dimitri Muratov, que ha visto morir a seis de sus colaboradores en estos años. A Anna Politkovskaya, por ejemplo, asesinada a tiros en el portal de su casa. Más importante aun es saber cómo gravitará ese premio en el porvenir inmediato del ejercicio del periodismo en la Rusia postcomunista. Los regímenes autoritarios como el ruso, que en estos menesteres cuenta con un pedigrí insuperable, lo pudren todo y a todos buscan pudrir con la saña de su acoso y la saliva ponzoñosa de sus lametones. No iba a librarse de ninguna de esas molestias el tercer Nobel de la Paz nacido en el país que se ufanaba de ocupar la sexta parte de la tierra firme del planeta.

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