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Alejo Carpentier: los orígenes de la música cubana

Esta reseña del libro La música en Cuba, de Alejo Carpentier, se publicó en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 12 de julio de 2022.

Para acceder al original véase aquí [1].  

El pasado de una irrupción

Por Jorge Ferrer

 

Cuando Alejo Carpentier [2] (1904-1980) se sentó a escribir La música en Cuba [3] no escuchaba el pasado, pero tarareaba el futuro. No era aún el novelista mayúsculo que con libros como Los pasos perdidos y El reino de este mundo fabricaría prosa barroca a partir de la historia de América, del Orinoco a la revolución haitiana, y se convertiría en una de las figuras más conspicuas de la novelística latinoamericana que iba de camino al boom, su milla de oro impreso.

La música en Cuba

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Lo cierto es que el cubano, que era también un poco ruso y francés, cuarterón de todos los censos de la sensibilidad, y repartido también entre la música, el periodismo y la novela, dio a luz con este libro al primer compendio de lo que la música cubana era y sería: un artefacto cultural deslumbrante, ritmo e industria, materia prima de exportación y cadencia. Una colección de los materiales primarios que convirtieron a Cuba, a todas las Cubas sucesivas, en una fiesta del ritmo.

El volumen le fue encargado en un viaje a México, donde apareció la primera edición en 1946. El propósito era contar la historia de la música hecha en Cuba, desde los orígenes de la colonización española hasta la madurez republicana, un momento en que los sones cubanos pugnaban por las salas de baile de Occidente. Nadie había emprendido esa aventura antes, más allá de tientos parciales que aquí se mencionan con desdén. Y mucho menos lo había hecho un investigador acucioso como lo era Carpentier, musicólogo de patio de butacas y redacción de periódico, cuya colección de artículos sobre música, que desparramó por diarios y revistas durante décadas, llevaría el más preciso de los títulos: Ese músico que llevo dentro.

Durante meses, Carpentier buscó en los archivos partituras y registros documentales de la música como espacio de la emoción y la identidad, y también de la construcción de una nación. El saldo tiene el peso y el brillo de un tesoro. Este viaje por la historia de la música en Cuba no omite una sola nota. Es sinfonía y ópera, es baile de salón y recorrido por los solares donde cantan los ñáñigos, bañando de sudor el cuero terso de los tambores.

Va desde Esteban Salas, el primer compositor cubano, hasta el prodigio que fue Julián Orbón, pasando por el Son de la Má Teodora y el nacionalismo de Manuel Saumell o el teatro bufo cubano, que fue la expresión criolla del teatro ligero español. Rastrea el surgimiento de una identidad cubana, ese “ritmo nuestro” que el crítico Buenaventura Pascual Ferrer detectó en la contradanza que se bailaba en Cuba en el alba del siglo XIX. Una cubanidad que encontrará momentos de singular concreción en Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla.

Se ocupa también el autor del danzón, “el baile nacional” hasta la tercera década del siglo XX. Y de los ritmos “más nuevos”. Hay que leer al adusto Carpentier previniendo de las fusiones falaces, “productos híbridos despojados de savia popular y autenticidad” entre los que nombra con los pelos de punta a la “rumba-Fox, el capricho afro, la conga-Fox o la rumba musulmana, que se escuchan por todas partes”.

Buena parte de la narración se ocupa de la tensión entre el folclore y el canon culto. «El músico del Nuevo Mundo acaba por liberarse del folclore…, hallando en su propia sensibilidad las razones de su idiosincrasia», escribe. La música en Cuba [3] se hizo sobre la base de la música culta llevada a la isla por compañías europeas, pero sobre todo con el impacto crucial de los ritmos aportados por los africanos arrastrados al Caribe por la esclavitud. Tal vez en la decisiva manera en que Carpentier subraya la virtud de todos esos afluentes, los ritmos y cadencias que pusieron a bailar a un pueblo y a la humanidad con él, esté el mérito inmarcesible de esta indagación que ya es arqueología.

Cabe imaginar a Carpentier pasmado hoy ante la centralidad que el Caribe cubano, boricua y dominicano sigue representando para la música comercial con sus bases rítmicas y el Auto-Tune, con su poesía efímera y peleona, epicentro de una revolución nada silenciosa: la de Bad Bunny [4], la música urbana, el reguetón más procaz. Viendo a “la música de Cuba” habitar un mundo que vino después de Cuba.

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