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De guetos, horrores y efemérides, neurocirugía mediante…

Al maestro de escuela A. Yerushalmi, un judío lituano, le debemos uno de los escasos Diarios escritos en los guetos del Este de Europa bajo la ocupación nazi. He dedicado el fin de semana y parte del día de hoy a trabajar en su traducción al español. Un documento de veras extraordinario: la obra de un notario que da fe de una esquina del Holocausto.

Como saben mis allegados, y mucho mejor mis colegas, traducir textos donde uno se pasa horas trasegando con el horror, me requiere desarrollar estrategias de contención, vías de escape. Algo, por cierto, que no es privativo de este oficio ni mucho menos. Recuerdo mi impresión cuando hace años un neurocirujano amigo me invitó a pasar una mañana en el quirófano. Tenían tres operaciones quirúrgicas previstas para la jornada y dos de ellas buscaban extirpar tumores ubicados sobre la silla turca, operaciones estas que, al menos entonces, se realizaban abordando al enemigo por medio de un corte sobre la encía del maxilar superior del paciente y levantándole la piel del rostro como quien descorre una cortina. Un espectáculo nada alegre para profanos. No tuve espejo a mano, pero sé que mi cara, aun pegada a mis huesos, fue blanca y lila, lila y blanca, mientras se descolgaban aquellas caras de tipos anestesiados y condenados a muerte, o casi. Eso sí, los neurocirujanos amables que se divertían con mi turbación metían el bisturí y discutían sobre baseball. Así se relajaban, me explicaron más tarde.

Con el Diario de Yerushalmi he ensayado juegos distintos que me distraigan de la relación de muertes que anota, una a una, millar a millar. Una de ellas es la de conectar las fechas de las entradas con otras fechas, con efemérides. Así, por ejemplo, esta entrada, escrita exactamente diez años antes de que Fidel Castro comenzara su ascenso al poder, me arrancó una sonrisa, salvas sean las abismales distancias [1].

26 de julio de 1943. La noticia de la dimisión de Mussolini fue recibida en el gueto con estupor a la vez que con alegría. No obstante, todos se comportan con serenidad. Saben cuánto les puede costar la menor ostentación de sus sentimientos. ¡Es mucho lo que nos queda por sufrir todavía!

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