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Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto

Algunos lectores recordarán aquel post de hace poco menos de medio año dedicado a un pobre hombre «atrapado» en el exterior de un cajero automático [1]. El de La Caixa en la calle Escorial con Fraternitat.

Pasamos por delante cada noche Bruno y yo. Y venimos de hacerlo.

Ahora había tres policías en la puerta y un cuarto junto a una de las dos patrullas, hablando por la radio.

Adentro, al fondo, el cadáver de un indigente.

Bruno se abalanzó sobre los policías no más verlos. Dócil ataque, claro, que a Bruno le gusta más la gente que lo que a Michael Jackson le gustaban los niños.

Dos de los policías se acuclillaron para jugar con el perro. Con el tercero, más circunspecto, quise asegurarme.

—Está muerto, ¿no? —le pregunté mirando al cuerpo tumbado sobre cartones entre dos cajeros de color amarillo pollito.

—Es cachorro, ¿no? —preguntó uno de los acuclillados, antes de que el otro me respondiera que sí, que el tipo era fiambre.

Me maravilló la geometría de la escena. No la geometría moral, que en esa los roles habría que asignarlos con otras mañas, porque todos se quieren hipotenusa. La mera geometría que reunía al cadáver, al perro, a los cuatro policías y a mí: ellos uniformados; yo en sandalias, con la camisa del mismo color que la tez del muerto, en la pendiente de una calle que a estas horas desanda gente sin rostro.

Tres árboles y el doble de minutos más allá, Bruno adoptó gimnástica postura de cagar. Me di la vuelta mientras extraía del bolsillo la bolsa de nylon perfumada con la que recoger las heces. A la espera del juez o la ambulancia o lo que llamen en tales circunstancias, y de espaldas al muerto, los policías —los cuatro ahora—, nos miraban. Y sonreían.

Sentí un súbito escalofrío al que Bruno no fue ajeno. No sé él, inocente, pero a mí se me ocurrió que inmersos en ciertos roles adjudicados por caprichosos —¿o debo decir «azarosos»?— trazos sobre la regla que dibuja el paisaje, o eres policía o eres fiambre.

Y corrimos ambos a echarnos aquí en casa. Él sobre la alfombra; yo, sobre estas teclas.

A buen resguardo ahora, Bruno es un simpático perrito y yo un tipo que junta palabras. Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto.

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