La ya inminente visita de Susan* a Santiago de Cuba y La Habana tiene revolucionada a la blogosfera cubiche y opinadores adyacentes. Todo a partir de una extraordinaria, castrísima, unanimidad en presentar al cardenal Jaime Ortega como el mamporrero que sirve a los Castro para jodernos vivos, y perdónenme la gráfica expresión.
El argumento es otro más en una serie eterna: siempre es otro el que tiene la culpa de que los cubanos estemos como estemos. Batista, Kennedy, los rusos, los americanos en general, Venezuela… y ahora son la iglesia y Susan. ¡Qué mala suerte tenemos, chico! ¡Cuántas fuerzas se confabulan para impedir que diez millones de cubanos que querrían vivir en democracia no consigan hacerlo!
En esencia, la película que están pasando en todos los cines es esta que sigue con Raúl y Jaime en los papeles estelares. Lástima que no sea igualmente muda y contenga intertítulos más apropiados. Y, sobre todo, nos permita indagar a fondo en el guión que subyace a estos déjame-echarte-aquí-una-mano-tortugón sin recurrir a tragicómicos salpafueras:
Volveré en los próximos días a lo que hay de cierto y lo que hay de incierto en este relato de tortugas de caparazón a prueba de aporías.
*Susan es la forma apocopada con que me gusta llamar a Su Santidad el Papa Benedicto XVI –se pronuncia así.
Bien, porque, y esto nunca lo repetiremos lo suficiente, nosotros no somos como ellos.
Y aunque esa constatación nos ponga cara de bobo tantas veces, vale más tener rostro de eso, de bobo, que jeta de hijoputa.
René González ha cumplido su pena de internamiento en la cárcel y aunque las precauciones de la jueza Joan A. Lenard nos arranquen sonrisa, su decisión demuestra el respeto a la ley, la sobriedad y la humanidad que jamás veremos en los castristas.
Otros son los malos. Nosotros, esa jueza, no le negamos a un hombre que ha cumplido el grueso de su condena la posibilidad de despedir a un hermano al borde de la muerte.
Somos distintos y en esa distinción radica buena parte de nuestra fuerza moral.
…Susan, que es la forma apocopada con que me gusta llamar a Su Santidad el Papa Benedicto XVI –se pronuncia así-, mientras esperan días de júbilo a decenas, acaso centenares de miles de creyentes cubanos que acudirán a escuchar al heredero de Pedro, mientras asisto al escasamente divertido espectáculo de la antesala de esa visita, preparo hígado y retinas para la obscena sobreabundancia de noticias que vendrá y adivino los entusiastas titulares que nos regalarán los periódicos, este fin de semana repasaré algunas páginas de Cecilia Valdés.
¿Ha contado alguien las veces que aparece el nombre de Jesús en esa novela de Cirilo Villaverde, la pieza más shakespeareana del puzzle que nos tocó?