Una sensación que nunca me abandona…

- 02/10/13
Categoría: Viajes
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Una sensación que nunca me abandona antes de emprender un viaje que me separe más de una semana de mi mesa, mis meriendas tasadas y el barrio donde las tomo: la de comenzar a contar de antemano, aun antes de emprender el viaje, los días que me separan del regreso.

–¿Qué? ¿Cuánto falta para las vacaciones? –me preguntó hoy el plomero de aquí abajo, quien sabía del inminente viaje por mi insistencia en que acudiera antes a casa.

–Veintitrés días –le respondí con falaz precisión.

–¿Pero no me dijiste que te ibas esta semana?

–Ah, sí, sí, falta poco ya…

No obstante, ya sé por experiencia que basta con que uno se instale en otro paisaje, y en mi caso ahora en postcards tan repasadas como amables, para que se deje ganar enseguida por otras meriendas.

A fin de cuentas, qué es esto que llamamos estar-ahí si no una sucesión de estampas y momentos que nos vamos merendando, bocadito a bocadito.

Tomo nota, por cierto, para la pregunta, de haberla, en la barrera de inmigración. “¿Oficio?”, preguntaría el agente. Y yo, la lengua hurgando en una muela y con la consiguiente mueca: “Merendador”.

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Desafortunadamente, ese tipo…

- 01/10/13
Categoría: Agua corriente
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Desafortunadamente, ese tipo que me mira desde el fondo del espejo no soy yo. ¡Ya me gustaría serlo –pagaría por ello–, pero no lo soy!

Sonríe más que yo, tiene hombros más anchos que los míos y los dientes más blancos; lleva una camiseta con leyenda cursilona y al menos dos días sin afeitarse. Me gusta ese tipo, lo que excluye de plano que ese pueda ser yo.

Salgo del cuarto de baño a la carrera y voy al dormitorio contiguo desde donde me estaría mirando, apostado al otro lado del espejo, para interpelarlo. No hay nadie allí. Pego el oído a la pared. La golpeo con los nudillos. No suena a hueco. Vuelvo al cuarto de baño y el tipo se muestra otra vez. Parecía esperarme y estar entrenado para asomarse al espejo al tiempo que lo hago yo. «¡Tiene gracia!», me digo y él sonríe por encima de sus gafas.

Lo miro fijamente a los ojos y me pregunto si habrá aprovechado mi escapada para imitarme y palpar también él la pared, pegarle el oído, asegurarse de que no somos el mismo.

Aunque remota, la posibilidad de que también él dude si somos uno, y acaricie esa posibilidad, me conmueve y consuela.

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Una despedida (versión impresa)

- 27/09/13
Categoría: Uncategorized
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Una despedida

Jorge Ferrer

Afuera, desparramados sobre la acera, muebles de cocina desmontados deprisa y con cierta violencia, un par de colchonetas, otros muebles decrépitos, piezas de vajilla, trapos que alguna vez fueron ropas. La puerta del vestíbulo está abierta de par en par, guardada por una viejecita que apoya las dos manos, y se apoya casi toda ella, sobre un bastón. No la reconocí.

Un hombre de más de setenta años, tal vez frisando ya los ochenta, está de pie en medio del vestíbulo. No me cuesta comprender que está esperando que baje el ascensor cargado con más desechos. Están vaciando un apartamento de mi edificio. El hombre, esbelto para sus años y con aires de quien está habituado a mandar, se disculpa conmigo: “Tardará un poco, porque acaba de subir”, nos dice. “Esperaremos”, le digo. Y me explico: “A Bruno le cuesta subir las escaleras”. El hombre mira a Bruno. “No parece viejo”, dice. “Pero las patas cortas casan mal con las contrahuellas altas”, le aclaro. Asiente. Sabe lo que significa la voz “contrahuella” y yo siempre me fío de quien conoce palabras de escaso uso. “Tampoco tenemos prisa” , añado. Porque no la tenemos.

La figura sentada junto a la puerta suspira. El hombre tuerce el gesto. Entonces reconozco a la anciana. Apenas una semana atrás era la elegante vecina del tercero primera. Una mujer en los setenta, maquillada siempre, olorosa a perfumes de fragancia bien distinta de esa suerte de formol adelantado con que se bañan otros viejos de mi edificio y todos los edificios del mundo. Espigada, sonriente, imbuida de una dignidad transparente, solía subir a taxis que la esperaban en la puerta. Reparo ahora en que en los siete años que hemos compartido escalera, jamás la vi acompañada.

“¿Hace mucho que vive aquí?”, me pregunta el hombre. Le digo. “Yo compré en el sesenta y dos, cuando lo construyeron”, explica. “¿Por qué lo está vaciando? ¿Lo vende?”, pregunto. “Sí… Aunque ya nada vale la pena, ni tener, ni alquilar, ni vender, ni nada…”, dice con menos pena que indiferencia. Yo asiento, sin saber por qué, pero ya puesto en guardia. “Ya ve cómo está todo esto”, añade y subraya la presunta decadencia ambiente trazando un círculo con la mano derecha. Pudo referirse a la ciudad de Barcelona, a España o al mundo.

Miro a la anciana. Tiene los ojos clavados en el suelo. Pero adivino que sigue nuestra conversación. Veo de repente lo que no he sabido ver antes. A esa mujer que ahora va camino de un asilo o, lo que es lo mismo, de una convivencia que pondrá fin a sus afeites y sonrisas, su paso elegante y su solitario bienestar. Me pregunto qué parentesco la une a ese hombre adusto, pero franco y hasta afable, que le está echando el cierre a su vida. ¿Fue su mujer y juntos compraron ese apartamento en el lejano sesenta y dos? ¿Será su hermana, a la que cedió el apartamento hasta que decidió, ahora, venderlo, por mucho que ya nada valga la pena? ¿Qué drama terrible se vive en ese vestíbulo iluminado por luces fluorescentes y, valga la expresión, azulejado de beige?

Se abre la puerta del ascensor y, sin molestarse en saludar o excusarse, un sujeto contrahecho, maloliente y de rostro simiesco me avisa de que tardará en vaciarlo. En efecto, viene lleno hasta los topes. El anciano, su patrón, lo mira con desprecio y lo apremia. Parece saber que la elección de empleado tan miserable, en semblante y gesto, descubre la sordidez de un acto que su prestancia buscaba, y casi conseguía, disimular.

Bruno y yo nos apartamos. Reculamos hacia el rincón que ocupa la anciana. Esta levanta los ojos apenas lo suficiente para encontrar los de Bruno y lo acaricia con una mano que parece haberse arrugado tanto la víspera como no lo hizo en el lustro anterior. Bruno se la lame y ella se deja. Bruno sabe, porque no hay inteligencia como la de los perros, si acaso solo comparable a la de los ancianos que se ven en el trance de abandonar su mundo, antes de que les toque abandonar el de todos.

La columna “Una despedida” aparece en la edición de hoy de El Nuevo Herald.

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