Aleksandr Pushkin: una traducción de “La tempestad”

- 10/02/22
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Hace unos meses compartí aquí una traducción de un relato de Pushkin, “La señorita campesina”.

Comparto ahora un segundo cuento del gran autor ruso que traduje: La tempestad.

Ambos textos fueron publicados por la barcelonesa editorial Alma. Allí publican unos libros ilustrados estupendos y admira que encarguen traducciones nuevas de los clásicos rusos para ellos. En el caso de estos cuentos de Pushkin que traduje, los incluyeron en sendas Antologías de relatos románticos. Una de amores “apasionados”. Otra, de amores “tormentosos”.

Mi traducción de “La tempestad” cupo en la segunda, cuya cubierta copio abajo.

Los libros de Alma están a la venta en librerías online y a pie de calle. El catálogo completo se puede consultar en el sitio de la editorial.  

 

La tempestad

Aleksandr Pushkin

 

Corren los caballos por las colinas,

Hollando la nieve honda…

Mientras una casa de Dios a la vera

Se alza solitaria.

……

De repente la ventisca se levanta

Caen los copos sin parar;

Y un cuervo negro de alas sibilantes,

Revolotea sobre los trineos.

¡Su pesado lamento anuncia pesar!

Y los caballos veloces

Escrutan la penumbra distante,

Erizadas las crines.

Zhukovski

 

A finales de 1811, en una época de grata memoria para nosotros, habitaba en su hacienda de Nienarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R**. Célebre en toda la comarca por su hospitalidad y bonhomía, los vecinos no paraban de tomar el camino de su casa para comer, beber, jugar al Boston con su mujer a cinco kópeks la partida, y algunos también para echarle el ojo a María Gavrílovna, la hija de ambos, una joven pálida y esbelta que, a sus diecisiete años, muchos codiciaban para sí mismos o para sus hijos.

María Gavrílovna había sido educada en la lectura de novelas francesas y, por lo tanto, estaba enamorada. El objeto de su amor era un pobre alférez del ejército, que pasaba las vacaciones en su pueblo. Es de suyo evidente que el joven alimentaba una pasión pareja por la joven y que los padres de su amada, conscientes de las inclinaciones de ambos, le habían prohibido a su hija ponerlo en sus mientes siquiera, mientras que a él lo recibían con menos ceremonias que a un funcionario jubilado.

Los amantes de nuestra historia mantenían correspondencia y cada día se veían a solas en un bosque de pinos o junto a una vieja capilla. Allí se prometían amor eterno, se lamentaban de su suerte y daban rienda suelta a su imaginación. Escribiéndose y conversando de tal guisa fue natural que ambos llegaran a la siguiente conclusión: si no podemos respirar uno sin el otro y la voluntad de nuestros padres se interpone entre nosotros y nuestra felicidad, ¿acaso no haríamos mejor ignorándola? Como se comprenderá, esta feliz idea se le ocurrió primero al joven y cautivó enseguida a la romántica imaginación de María Gavrílovna.

Con la llegada del invierno, los encuentros se interrumpieron, pero la correspondencia se hizo aún más frecuente. En cada una de sus misivas, Vladimir Nikoláyevich le imploraba que se entregara a él para contraer matrimonio en secreto y después de ocultarse un tiempo se prostraran ante los padres de ella, quienes, naturalmente, se sentirían emocionados por la heroica fidelidad y la infelicidad de los amantes y exclamarían emocionados: «¡Venid a nuestros brazos, hijos!»

A María Gavrílovna no la abandonaban las dudas y muchos de los planes de fuga fueron desechados. Finalmente, se mostró de acuerdo con uno: el día señalado rechazaría la cena y se encerraría en su dormitorio con la excusa de una jaqueca. Más tarde, junto a su doncella, también consciente del plan, ambas debían salir al jardín por la puerta trasera, encontrar allí el trineo que las estaría aguardando, y salvar las cinco verstas que separaban Nienarádovo y la población de Zhádrino, donde se dirigiría a la iglesia en la que Vladimir ya las estaría esperando.

La víspera del día decisivo, María Gavrílovna no pegó ojo en toda la noche. Los preparativos la absorbieron. Ató la ropa interior y los vestidos, escribió una larga carta a una sentimental señorita que era su amiga y otra a sus padres. De ellos se despidió en los términos más conmovedores, disculpaba su comportamiento por la ingobernable fuerza de la pasión y concluía asegurándoles que no habría un momento más placentero en su vida que aquel en el que le fuera permitido prosternarse de nuevo ante ellos. Tras sellar ambas cartas con estampillas de Tula que representaban dos corazones ardientes y llevaban una digna leyenda, la joven se tumbó en la cama a poco de amanecer y se quedó adormecida. Pero entonces la asaltaron terribles ensoñaciones que la despertaban constantemente. En una de ellas, su padre la abordaba de repente cuando acababa de sentarse en el trineo que la conduciría al altar y la arrastraba por la nieve tirando con fuerza hasta arrojarla un oscuro sótano sin fondo por el que ella volaba cabeza abajo con el corazón encogido. En otra era su enamorado quien aparecía tumbado sobre la hierba, pálido y ensangrentado. A punto de exhalar su último suspiro, él le rogaba con voz penetrante que se casaran enseguida. Otros sueños igual de terribles e insensatos cruzaron su mente, uno tras otro. Por último se levantó, más pálida que de costumbre y con una jaqueca que no era nada fingida. Sus padres percibieron la inquietud que la embargaba. La tierna preocupación que ambos mostraron y las insistentes preguntas que hicieron —«¿Qué te sucede, Masha?»; «¿Acaso te has puesto enferma, hija?»— le desgarraron el corazón. Intentó tranquilizarlos, parecer alegre, pero no lo consiguió. Cayó la tarde. La idea de que era el último día del que se despedía acompañada de su familia le estrujó el corazón. Apenas se tenía en pie. Y se iba despidiendo en secreto de todos las seres y objetos que la rodeaban.

 Llamaron a la cena. A María Gavrílovna el corazón parecía querer salírsele del pecho. Con voz temblorosa anunció que no le apetecía cenar y comenzó a despedirse de sus padres. Estos la besaron y, como era costumbre, le dieron la bendición. La joven apenas conseguía contener las lágrimas. De vuelta en su habitación, se dejó caer en una butaca ahogada por los sollozos. Su doncella la convenció de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo ya. En apenas media hora Masha abandonaría para siempre su casa paterna, su habitación, la vida apacible de las muchachas solteras… La tempestad azotaba el patio. El viento ululaba y los postigos temblaban y golpeaban. La joven se tomó la tormenta como una amenaza, un mal augurio. Muy pronto la casa quedó en calma con todos ya en la cama. Masha se envolvió en un chal, se puso un buen abrigo, tomó el neceser y salió por la puerta de atrás. La criada la seguía cargando sendos fardos. Salieron al jardín. La tempestad no amainaba. El viento la golpeaba de frente, como si empujara para detener a la joven delincuente. Avanzando a duras penas, las dos jóvenes alcanzaron el fondo del jardín. Un trineo las esperaba en el camino. Los caballos impacientes no se estaban quietos y el cochero de Vladimir se paseaba frente a las pértigas que sobresalían por delante del trineo para sosegarlos. Cuando hubo acomodado a la señorita y a su doncella junto a los bultos y el neceser que traían, tomó las riendas y los caballos echaron a correr. Tras encomendar a la joven al cuidado del destino y las mañas del cochero Terioshka, veamos qué tal le va a nuestro joven enamorado.

Vladimir se había pasado el día yendo de un lado a otro. En la mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, a quien persuadió con esfuerzo. Después se fue a buscar testigos entre los hacendados de la región. El primero a quien acudió, el corneta retirado Dravin, de cuarenta años de edad, aceptó de buen grado. Aquella aventura, le aseguró, le haría recordar sus viejos tiempos haciendo travesuras en el cuerpo de húsares. Dravin convenció a Vladimir para que se quedara a comer con él y le aseguró que no le costaría nada encontrar a los otros dos testigos requeridos. Y en efecto, en cuanto hubieron acabado de comer se aparecieron el agrimensor Schmidt con sus bigotes y espuelas, y el hijo de un capitán del correccional, un joven de dieciséis años que acababa de ingresar en el cuerpo de ulanos. Ambos no sólo acogieron calurosamente la propuesta de Vladimir, sino que además le juraron estar dispuestos a dar sus vidas por él. Vladimir los abrazó dominado por la emoción y corrió a su casa a prepararse.

La noche había caído hacía ya rato, cuando Vladimir encomendó a su fiel Terioshka tomar el camino de Nienarádovo con su troika y llevando instrucciones minuciosas y precisas. Para sí mismo ordenó ensillar un pequeño trineo tirado por un solo penco y se puso en marcha sin más cochero que él mismo hacia Zhádrino, adonde María Gavrílovna llegaría unas dos horas más tarde. El camino lo conocía bien y no serían más de veinte minutos de viaje.

Pero apenas Vladimir salió a campo abierto, se levantó tal ventolera, que no alcanzaba a ver nada delante de sus narices. La nieve cegó el camino en un minuto. Todo desapareció cubierto por una penumbra espesa y amarillenta que sólo conseguían atravesar los blancos copos de nieve. El cielo y la tierra se fundieron en uno. Vladimir se vio de pronto en medio del campo y no conseguía retomar el camino. El caballo avanzaba al buen tuntún y lo mismo clavaba una pata en un montón de nieve, que se hundía en un hueco. El trineo no paraba de volcar. Vladimir se las veía y deseaba para mantener el rumbo. Pensó que aunque ya llevaba media hora de camino aún no había alcanzado la linde del bosque de Zhádrino. Pasaron otros diez minutos y el bosque continuaba sin aparecer. Vladimir avanzaba a través de un campo surcado por hondas zanjas. La tempestad no amainaba, ni se despejaba el cielo. El caballo dio señales de cansancio y su pasajero sudaba a mares, a pesar de que estaba metido en la nieve hasta la cintura.

Al fin comprendió que no había tomado la dirección correcta. Se detuvo un momento, analizó la situación, hizo memoria, calculó… y acabó convencido de que tenía que girar a la derecha. Así lo hizo. El caballo apenas se tenía en pie. Llevaban más de una hora de viaje. Zhádrino no podía estar lejos. Y, sin embargo, por mucho que avanzaban el campo no daba señales de tener fin. Todo eran montones de nieve y zanjas; el trineo volcaba una y otra vez y él tenía que enderezarlo para retomar la marcha. El tiempo pasaba y al joven lo fue invadiendo una gran inquietud.

Por fin aparecieron unas sombras a la derecha y Vladimir enfiló el trineo en esa dirección. Al acercarse constató que se trataba de un bosque. Dio gracias a Dios: ya iba por el buen camino. Avanzó bordeando la linde con la esperanza de rodear el bosque o alcanzar el camino que conocía. Detrás de la floresta estaba Zhádrino. No tardó en encontrar un camino y lo tomó para adentrarse en la penumbra creada por los árboles desnudados por el invierno. Aquí ya el viento no podía hacer de las suyas y el camino estaba limpio, el caballo se animó y Vladimir recuperó la calma.

Pero por mucho que avanzaba, Zhádrino no se dejaba ver: el bosque no parecía tener fin. Vladimir tuvo que reconocer que se había metido en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Pegó al caballo con la fusta y la pobre bestia echó a correr al galope, primero, pero acabó aminorando la marcha y al cuarto de hora ya iba al paso, sorda a todos los esfuerzos del desventurado novio.

El bosque empezó a ralear poco a poco y Vladimir salió por fin a campo descubierto. No se veía Zhádrino. Ya sería medianoche. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Continuó camino ya sin ton ni son. La tempestad había amainado, el cielo se había despejado y delante de él se extendía una llanura cubierta por una mullida alfombra blanca. La noche era bastante clara. A lo lejos asomaba una minúscula aldea de cuatro o cinco casas. Hacia ella se dirigió Vladimir. Saltó del trineo al llegar a la primera de las casas y golpeó la ventana. Unos minutos después se levantó el postigo de madera y asomó la barba gris de un anciano. «¿Qué se te ofrece?», preguntó. «¿Está lejos Zhárino?» «¿Que si Zhádrino queda lejos?» «¡Sí, eso! ¿Queda lejos?» «¡Quia! A diez verstas, más o menos» Aquella respuesta hizo que Vladimir se tirara de los cabellos y se le helara el gesto como a un hombre acabado de condenar a muerte.

«¿Y tú de dónde vienes?», preguntó el anciano. Vladimir no tenía fuerzas para responder. «Escucha, viejo: ¿me prestas unos caballos que me lleven a Zhádrino?» «¿Qué caballos te voy a dejar yo a ti, hombre?», replicó el campesino. «¿Y alguien que me lleve? Pagaré lo que sea», dijo Vladimir. «Espera, que mandaré a mi hijo a que te lleve», zanjó el anciano bajando el postigo. Vladimir se quedó esperando, pero la impaciencia lo dominaba y enseguida volvió a golpear la ventana. Se levantó el postigo otra vez y asomó otra vez el anciano. «Y ahora ¿qué quieres?» «¿Qué pasa con tu hijo?» «Ya sale, se está calzando. ¿Te estás helando ahí fuera? Pasa y caliéntate», ofreció el campesino. «No, gracias, tú mándame pronto a tu hijo».

Chirriaron las puertas y apareció un joven que empuñaba un garrote. Sin decir palabra, echó a andar señalando dónde estaba el camino o buscándolo cuando se perdía bajo los montones de nieve. «¿Qué hora es?», le preguntó Vladimir. «Ya amanecerá pronto», le respondió el joven campesino. Vladimir no tuvo fuerzas para decir nada más.

Ya era de día y cantaban los gallos cuando arribaron a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada a cal y canto. Vladimir pagó al joven campesino y dirigió sus pasos a la casa del sacerdote. Nada más entrar al patio se percató de que su troika no estaba allí. ¡Qué noticias aún le esperaban!

Mas volvamos con los buenos hacendados de Nienarádovo y veamos qué está sucediendo en su casa.

En esencia, nada.

Los viejos han abandonado sus aposentos y ya se encuentran en el salón. Gavrila Gavrílovich lleva el gorro de dormir y su chaquetón de paño. Praskovia Petrovna lleva chaqueta guateada. Cuando les sirven el samovar, Gavrila Gavrílovich manda a la criada a interesarse por María Gavrílovna y preguntarle qué tal durmió y cómo se encuentra. La chica, mordiendo las palabras, informó que la señorita había pasado mala noche, pero que ahora, ejem, se encontraba mejor y bajaría enseguida. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna se acercó a saludar a su papaíto y su mamaíta.

—¿Qué tal va tu cabeza, Masha? —preguntó Gavrila Gavrílovich.

—Mejor, papaíto —contestó Masha.

—Diría que has tenido fiebre ayer, ¿no es cierto, hija? —intervino Praskovia Petrovna.

—Es posible, mamaíta —le respondió Masha.

El día transcurrió sin novedades, pero en la noche Masha se sintió indispuesta. Mandaron a buscar al médico, que llegó a media tarde y se encontró a la paciente delirando. Las fuertes fiebres tuvieron a la pobre enferma dos semanas con un pie en la tumba.

En la casa nadie conocía el intento de fuga de la víspera. Las cartas escritas antes de escapar ya habían sido quemadas. La criada no había dicho esta boca es mía, temerosa de la ira de los señores. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor y el joven ulano mantuvieron un bajo perfil, como les convenía. El cochero Terioshka siempre había sabido mantener la boca bien cerrada, aun en estado de ebriedad. De ese modo, el secreto permaneció a salvo entre algo más de media docena de conjurados. Y, no obstante, la propia María Gavrílovna lo reveló en un momento de su angustioso delirio. Por suerte, lo hizo de tal forma que su madre, que no se apartaba del lecho de su hija ni un instante, nada alcanzó a comprender de las palabras inconexas, más allá de la idea de que su hija estaba perdidamente enamorada de Vladimir Nikoláyevich y que, con toda probabilidad, en ese amor radicaba la causa de su enfermedad. Establecido esto y después de pedir consejo a su marido y a algunos vecinos, acabaron decidiendo unánimemente que no había dudas de que el destino de María Gavrílovna estaba escrito, las cosas hay que aceptarlas como vienen y la pobreza no es un vicio, que no se vive con la riqueza, sino con la persona amada, etc. Los proverbios de tono moral suelen ser muy útiles en tales circunstancias, cuando somos incapaces de inventarnos mejores justificaciones.

Entretanto, la joven comenzó a recuperarse y a Vladimir hacía mucho que no se lo veía aparecer en casa de Gavrila Gavrílovich. Ya estaría bien escarmentado de los recibimientos que solían hacerle. Entonces se dispuso mandar a buscarlo anunciándole enseguida la feliz nueva: el consentimiento otorgado por los padres de la novia al matrimonio. ¡Pero cuál no sería la sorpresa de los hacendados de Nienarádovo cuando en respuesta a su invitación recibieron de él una carta que sólo un hombre privado de la razón podía haber escrito! En ella les anunciaba que jamás volvería a poner un pie en su casa, y les rogaba olvidarse de un desgraciado al que ya sólo le quedaba depositar alguna esperanza en la muerte. Unos días más tarde conocieron que Vladimir se había alistado en el ejército. Corría el año 1812.

A Masha, aún en proceso de restablecimiento, no se atrevieron a comunicarle lo ocurrido hasta pasado un buen tiempo. A partir de ese día, el nombre de Vladimir no apareció nunca más en sus labios. Y sólo unos meses más tarde, al toparse con sus particulares en un listado de heridos graves en la batalla de Borodinó, sufrió un desvanecimiento, que hizo que se temiera le volvieran las fiebres. Sin embargo, gracias a Dios el desmayo no tuvo consecuencias.

Otra fue desgracia que se abatió sobre ella. Su padre, Gavrila Gavrílovich, falleció legándole toda la hacienda. Una herencia que no le sirvió de consuelo, no obstante. Compartía con todo su corazón el dolor de la desventurada Praskovia Petrovna y juró no separarse de ella jamás. Ambas dejaron Nienarádovo, lugar que tantos malos recuerdos les traía, y se fueron a vivir a la comarca de ***.

No faltaron pretendientes allá merodeando en torno a la graciosa y rica novia, pero ella jamás dio a ninguno el menor atisbo de esperanza. De tanto en tanto, su madre la animaba a dejarse cortejar. Pero cada vez María Gavrílovna negaba con la cabeza y se ensimismaba. Vladimir ya no vivía: había muerto en Moscú la víspera de la toma de la ciudad por los franceses. Masha alimentaba un recuerdo reverencial por su memoria y se dio a la tarea de conservar todo aquello que la ayudara a tenerlo presente. Los libros que alguna vez leyó, sus dibujos, notas y los versos que había copiado para ella. Entretanto, sus vecinos, asombrados de su entrega a la memoria de Vladimir esperaban con curiosidad al héroe que se alzaría un día con la victoria sobre la triste fidelidad que profesaba aquella virginal Artemisa.

Entretanto, la guerra había terminado gloriosamente y nuestros regimientos volvían del extranjero. La gente corría su encuentro. Se escuchaban las canciones que traían los vencedores: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían marchado a la campaña siendo unos niños, volvían ya con las maneras viriles incorporadas en el campo de batalla y con las cruces al mérito colgadas en el pecho. Los soldados intercambiaban palabras en son de camaradería mezclando palabras francesas y alemanas. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Tiempos de gloria y júbilo! ¡Con qué fuerza latía el corazón de los rusos al escuchar la palabra «patria»! ¡Qué dulces eran las lágrimas que se derramaban en cada encuentro! ¡Cómo todos a una supimos juntar los sentimientos de orgullo nacional y amor al soberano! ¡Qué gran momento para él, por cierto!

Las mujeres, las mujeres rusas se comportaron de una manera única. Su frialdad habitual se esfumó como por ensalmo. Su júbilo resultaba de veras embriagador, cuando saludaban a los vencedores dándoles vivas y arrojaban sus cofias al aire.

¿Qué oficial de los que estuvieron allí entonces, no reconocerá que a las mujeres rusas debió su mejor condecoración, la más valiosa?

En aquellos tiempos espléndidos María Gavrílovna vivía con su madre en la provincia de *** y no presenció la manera en que en ambas capitales se saludó el regreso de las tropas. Pero tal vez el júbilo que se vivió en comarcas y aldeas fuera aún mayor. La llegada de cualquier oficial a esos lugares generaba un entusiasmo general y cualquier pretendiente vestido de frac palidecía a su lado.

Ya habíamos mencionado que, a pesar de la frialdad que mostraba, María Gavrílovna continuaba rodeada de pretendientes. Pero todos ellos debieron recular cuando apareció en su castillo un coronel de húsares herido, con la orden de San Jorge en el ojal y una interesante palidez, como solían expresarse las damas de entonces. El joven se apellidaba Burmín y tenía unos veintiséis años. Había venido a pasar las vacaciones en sus tierras, ubicadas cerca de la aldea de María Gavrílovna. Ella lo distinguía con su atención. Su habitual ensimismamiento desaparecía en presencia del joven. Nadie podría afirmar que coqueteaba con él, pero el poeta habría dicho: S’amor non è, che dunque?

Burmín era, efectivamente, un joven encantador. Poseía ese tipo de inteligencia que fascina a las mujeres. Hacía gala del raciocinio de la decencia, la capacidad de observación, un talante sin recelos y siempre tenía una sonrisa presta. A María Gavrílovna la trataba con sencillez y desapego, pero su mirada y su alma estaban atentas a cada cosa que ella decía o hacía. Burmín daba la impresión de ser un hombre de talante moderado y modesto, aunque las malas lenguas sostenían que en el pasado fue un caballerete de mucho cuidado. Ello, no obstante, no hacía mellas en la estima que por él tenía María Gavrílovna quien, como cualquier otra dama joven, sabía perdonar las travesuras que demostraban un carácter dotado de arrojo y fervor.

Pero había algo más (más que la ternura, que la conversación dilecta, más interesante que la palidez y que el brazo vendado) y era la manera en que el silencio del joven húsar alimentaba su curiosidad e imaginación. María Gavrílovna no podía no ser consciente de cuánto le gustaba. Y es probable que él, con su inteligencia y experiencia, hubiera percibido también que ella lo distinguía sobremanera: ¿cómo era posible que aún ella no lo hubiera visto arrojándose a sus pies y declarándole su amor? ¿Qué lo frenaba? ¿La timidez que suele acompañar a los amores genuinos, el orgullo o la coquetería de un seductor experimentado? Un enigma aquel que ella, tras meditarlo largamente, resolvió adjudicándoselo a la timidez, única explicación que concebía. Así, decidió dedicarle más atención aún para animarlo e incluso permitirse, cuando la situación lo admitiera, alguna muestra de cariño. María Gavrílovna anticipaba el desenlace más inesperado y esperaba con impaciencia el instante de la romántica declaración. Los misterios, cualquiera que sea su naturaleza, han tentado siempre los corazones femeninos.

Con el paso de los días, el despliegue de la estrategia de María Gavrílovna comenzó a acariciar el éxito. Al menos, Burmín fue dejándose envolver en un aire taciturno y sus ojos negros se posaban en María Gavrílovna con un nuevo fuego, de modo que parecía que el minuto decisivo no se haría esperar mucho más. Los vecinos ya hablaban del enlace matrimonial como de algo inevitable y la buena de Praskovia Petrovna se felicitaba de que su hija hubiera encontrado un novio digno por fin.

Un día la anciana estaba haciendo el solitario en el salón, cuando Burmín entró de repente y, sin más preámbulo, preguntó por María Gavrílovna. «Está en el jardín», le informó la anciana. Y lo animó: «Vaya con ella, que yo os espero aquí». Mientras Burmín avanzaba hacia el jardín, Praskovia Petrovna se santiguó y pensó que ojalá aquel fuera por fin el día tan anhelado.

Burmín encontró a María Gavrílovna bajo un sauce, junto al estanque. Llevaba un vestido blanco y tenía un libro en las manos, como la heroína de una novela. Después de las consabidas preguntas, la joven se abstuvo de animar la conversación con lo que multiplicó la incomodidad que ambos sentían y llevó la situación a un punto muerto del que sólo podía sacarla una declaración súbita y decidida. Y así fue. Consciente de lo penoso de su situación, Burmín le declaró que llevaba ya mucho tiempo esperando la ocasión de abrirle su corazón y le rogó un minuto de atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó los ojos en señal de asentimiento.

—Yo a usted la amo —dijo Burmín—. La amo con pasión…

María Gavrílovna se ruborizó y bajó aún más la cabeza. Él continuó:

—He sido imprudente al haberme entregado al dulce hábito de verla y escucharla a diario.

María Gavrílovna recordó la primera carta de St.-Preux.

—Ahora ya nada puedo hacer para escapar de mi destino: el recuerdo de usted, de vuestro dulce e incomparable semblante me perseguirá ya siempre como un tormento, a la vez que como un motivo de gozo. Y, sin embargo, aún tengo que cumplir un penoso deber y descubrirle un terrible secreto que pondrá entre los dos un obstáculo insalvable.

—Ese obstáculo ha estado ahí siempre —lo interrumpió con fuego María Gavrílovna—: ¡Yo nunca habría podido convertirme en su esposa!

—Sé muy bien que usted alguna vez ya amó —le dijo él en voz baja—, pero la muerte y tres años de duelo… ¡Dulce, querida María Gavrílovna! ¡No quiera privarme de un último consuelo: la idea de que usted habría aceptado hacerme feliz de no ser por… ¡Oh, calle, por Dios, calle! Usted me atormenta. Sí, tengo esa certeza. Siento que habríais sido mía, pero yo, la más desventurada de las criaturas… ¡estoy casado!

María Gavrílovna lo miró sorprendida.

—Estoy casado —continuó Burmín—, llevo ya cuatro años casado y no sé quién es mi mujer, ni dónde vive, ni siquiera si debo volver a verla algún día.

—Pero ¿qué dice? —exclamó María Gavrílovna—. ¡Qué cosa tan rara! Continúe. Ya le contaré yo después una… Pero continúe, se lo ruego.

—A principios de 1812 —contó Burmín— me encontraba viajando a toda prisa hacia Vilna, donde estaba acampado mi regimiento. En una ocasión llegué tarde en la noche a una casa de postas y al mandar que me prepararan enseguida los caballos, vi que se desencadenaba una furiosa tormenta de nieve. Tanto el responsable como los cocheros allí presentes me recomendaron esperar. Y aunque estaba dispuesto a seguir su consejo, una incomprensible inquietud se apoderó de mí. Tenía la sensación de que me empujaban. Entretanto, la tempestad no amainaba y, sin poder contenerme, ordené ponernos en marcha y me metí en el ojo de la tormenta. Al cochero se le ocurrió avanzar sobre el río helado, lo que debía ahorrarnos tres verstas. Pero como las orillas del río estaban completamente cegadas por la nieve, dejamos atrás el lugar por donde debíamos salirnos y tomar nuestro camino y al final acabamos en un paraje que nos era desconocido. Como la tempestad seguía azotándonos, al ver una luz encendida a lo lejos ordené que nos dirigiéramos allá. Llegamos a una aldea. La luz que había visto ardía en la iglesia. Tenía las puertas abiertas, había unos cuantos trineos afuera y se veía a algunas personas caminando por el atrio.

—¡Venga! ¡Venga! —gritaron algunas voces al vernos llegar.

Ordené al cochero que se aproximara.

—¿Dónde te habías metido? —me reprochó una voz—. La novia está al borde de un ataque de nervios. El pope no sabe qué hacer con ella. Estábamos a punto de marcharnos ya. Entra deprisa, corre.

Sin decir palabra, salté del trineo y entré en la iglesia alumbrada apenas por dos o tres velas. En un oscuro rincón, había una joven sentada en un banco. Otra muchacha le frotaba las sienes.

—Gracias a Dios que aparece —dijo la segunda—. ¡Por poco mata de angustia a la señorita!

El anciano sacerdote se acercó a preguntarme si me parecía bien comenzar la ceremonia.

—Sí, comience, padre, comience —le ordené distraídamente.

Levantaron a la joven. Me pareció de muy buen ver, por cierto… Con incomprensible e imperdonable frivolidad me situé a su lado ante el altar. El sacerdote tenía prisa. Tres hombres y la criada mantenían a la novia en pie y sólo tenían ojos para ella. Nos juraron en matrimonio.

—Besaros —nos mandaron.

Mi esposa volvió su pálido rostro hacia mí. Quise besarla… Pero al verme gritó:

—¡No es él, ay! ¡No es él! —y se desplomó sin conocimiento.

Los testigos me clavaron sus ojos asustados. Yo me di la vuelta y abandoné la iglesia sin obstáculo alguno, me subí de un salto al trineo y grité:

—¡En marcha!

—¡Dios mío! —intervino María Gavrílovna—. ¿Y nada sabe del destino de vuestra pobre esposa?

—Nada sé de ella —respondió Burmín—, ni conozco el nombre de la aldea donde contraje matrimonio. Tampoco recuerdo las señas de la casa de postas de la que salí para llegar allá. Frívolo como era entonces, concedí tan poca importancia a la criminal travesura que había hecho, que en cuanto nos alejamos de la iglesia me dormí y no desperté hasta la mañana siguiente, ya con tres casas de postas por medio. El criado que me servía entonces murió durante la campaña, de manera que no tengo esperanza alguna de encontrar a la mujer a la que gasté broma tan cruel, la misma que es vengada ahora con crueldad pareja.

—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —exclamó María Gavrílovna tomándolo de la mano—. ¡Entonces fue usted! ¿Es que no me reconoce, acaso?

Burmín palideció… y se arrojó a sus pies…

Traducción de Jorge Ferrer

Traducido a partir de Obras de A. S. Pushkin en diez volúmenes. Moscú, GIJL, 1960, volumen 5.

© Editorial Alma y Jorge Ferrer. La reproducción de este texto sin autorización expresa de los titulares de los derechos está prohibida.

 

 

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La Habana y el Malecón: fotografía y poesía

- 14/06/21
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La fotógrafa cubana y mexicana Mina Bárcenas me hizo parte de un proyecto que ha acabado en un libro hermosísimo.

Para él, Apostillas, Mina invitó a una docena de amigos a escribir lo que se les antojara a partir de una foto suya y un texto literario que cada escribiente y ella compartieran como jalones de una educación sentimental común.

Yo elegí (o lo eligió ella, no lo recuerdo ya) ‘Tres Tristes Tigres’, la novela de Guillermo Cabrera Infante y recreé un viaje en Buick junto al muro del Malecón de La Habana, el que ahí se ve en esa fotografía espléndida.

Se trata de una suerte de poema en prosa recreando a Guillermo, buscando a Guillermo, recreando a La Habana y su frontera mitificada que es el Malecón, buscándola. 

El libro fue publicado por la editorial Tres Nubes en México, donde está a la venta. 

La introducción de Juan Antonio Molina fue reproducida en RIALTA.

 

 

El muro

Por Jorge Ferrer

 

MALECÓN,  promenade, paseo marítimo, набережная. Malecón, así en cursivas temblequeantes, como quien no quiere decir que Seawall, que Waterfront. El coche vuela de punta a punta llevado por Bach, “Bacho”. Dos habaneros —dos hombres sin más, porque todos los humanos son en cierto modo habaneros que fijan los ojos en un muro— corren en un descapotable y uno supone que bajo un techo “tachonado de estrellas”, pero los astros están a pie de calle. La Habana fue un trasunto de la Vía Láctea.

Rrrrr, ruge el motor. La gomina es una fábrica de artistas que fija el cabello. Todavía no hay melenas en La Habana. No sobre las cabezas de los hombres, al menos. Rrrrr. El carro se desplaza a lo largo de un muro largo que es un muro antes de los muros. Ni Berlín sabía entonces del que le iba regalar Chruschtschow, hasta que así de chucrutesco se lo tropezó. Zzz, zumbaba La Habana de los Zzzifties. ¿O eran Fifties? Una ciudad que silbado siempre. Una urbe que chifla porque es una metrópolis chiflada.

Y ahí, en medio esto “…la cosa que es en el presente lo más perturbador y si existe el tiempo que es en el presente lo más perturbador es la cosa que hace al presente lo más perturbador…” (en TTT, que es más que la apoteosis del té).

Medio siglo y pico después, el muro no ha sido capaz de abolir el presente. Ni el azar…Rrrr. Rugen los motores. Hay rugidos nuevos, pero hay motores que continúan rugiendo como antaño, porque son los mismos. ¡Cuánto gustan esos motores a la lente del bobo armado con su Canon! Y el muro, el murito, el malecón, el maleconcito: ¿el canon de los bobos?

Rrrr. Hay otro muro. Divide tierra y cielo. Ciudad y país y mundo. Mundo y mundo. Un murito. Un trozo de muro y del muro un segmento. Rrrr, ruge, renquea, raja.

Si closeupe-ado, divide vía bacheada y playa de dienteperro. Abres la lente y hay mar, a un lado, y fachadas mordisqueadas por la carcoma del salitre, del otro. Igual paz y misma guerra: la Vía Láctea es la vía laxa de esa Habana que es un tanto una ciudad como una frontera. No la guardan los hombres. La cuida el runrún. La eterniza su condición de mero fragmento de un muro —un mundo— que vemos correr a toda prisa ahí al lado. Rrrr.

 

Publicado en: Mina Bárcenas, Apostillas, Tres nubes, México, 2020

 

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Crónica de Berlín en World Literature Today

- 26/01/20
Categoría: Uncategorized
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Una versión en inglés de la crónica Citas en Berlín: cuidado con esa gaveta que tiene cucarachas, apareció en espléndida traducción al inglés de Jacqueline Loss en World Literature Today, la revista de la University of Oklahoma.

Publicada inicialmente en español en la revista El Estornudo, allí cuento un viaje a Berlín para entrevistar a Svetlana Aleksiévich con Arcadi Espada, mi primer viaje a Berlín desde que treinta años atrás lo visitaba al otro lado del Muro.

La versión original en español aquí en El Estornudo.

Para continuar leyendo la traducción al inglés haz click en la imagen después del fragmento.

A Date with Svetlana Alexievich in Berlin: or, Smuggling Bugs into Soviet Moscow

By Jorge Ferrer (Translated by Jacqueline Loss)

I hadn’t been back to Berlin since the mid-1980s, but I used to go there quite often as a teenager. In fact, Berlin was the first city I set foot in outside of Cuba. We stopped there on the way to Moscow for what back then was called “habilitation,” meaning the purchase of clothes at the state’s expense so that impoverished Cubans would not look so impoverished when they were seen in foreign lands. There were a couple of stores on Calle Galiano in Havana where travelers were sent as well. In fact, the visit to Galiano was the first leg of the trip. Buying shirts and underpants, ties and moccasins, was a trip unto itself!

The most senior of functionaries like my father—who back then held a position in a bank that was responsible for counting the money that Eastern Bloc countries owed one another—traveled to Berlin to “habilitate” themselves. If you were going to work in the East, you traveled first to Berlin, to East Berlin; if you were going to work in the West, you’d go instead to Paris or Madrid for such purchases. Thanks to that, I was able to see the Wall when it was still standing. I saw it from the front and from the side. And I saw it from above, from the window of an apartment where we stayed on one of the “habilitation” trips, and from where you could also see the West. Later we’ll return to that window, not to look outside, but rather to observe what’s going on inside.

It was on a night in East Berlin in 1982 when I discovered that real socialism allowed for the possibility of a table with decent provisions on it. I couldn’t accept anything less now.

I’m still the little savage I was then, and when I enter the apartment on Hussitenstrasse, 5, I go straight to the refrigerator. It’s empty. I have forty-six hours ahead of me in Berlin, an appointment with a lady who can lead me to another, the vague idea of locating the building where I spent my first night in Berlin in 1982. The empty refrigerator vexes me. I hoped to see a yogurt, at least, or a sausage or two. Though I certainly wouldn’t have touched anything. But it was on a night in East Berlin in 1982 when I discovered that real socialism allowed for the possibility of a table with decent provisions on it. I couldn’t accept anything less now.

I go outside and walk along the green space that follows the course of the Wall and its exclusion zone. It’s the Berlin Wall Memorial. The words of the trapeze artist in Wings of Desire come to mind, the film Wim Wenders shot shortly before the city and the world grew up in 1989: “In any case, you can’t get lost. You always end up at the Wall.” “Even when it’s no longer there,” I say to myself as I walk toward the Supersonico on Bernauer Street 71–72. A name for an Italian restaurant that seems particularly suitable for a continued overlapping of past and present, flooding the Berlin air with its accordion sound (…)

 




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