Entre Rusia y Cuba. Contra la memoria y el olvido

- 17/04/24
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La editorial Ladera Norte publica mi libro Entre Rusia y Cuba. Contra la memoria y el olvido

Es un libro sobre las revoluciones; un libro sobre los destinos de mi abuelo, mi padre y el mío, marcados los tres por las revoluciones rusa y cubana, el exilio, el poder y la necesidad de encontrar un sentido a la historia: la personal y la otra, la Historia con inicial mayúscula.

Después de haber desatendido esta página durante demasiado tiempo, la iré actualizando con los acontecimientos y comentarios en torno al libro. 

En la web de la editorial se puede acceder a información sobre el libro. También se pueden leer las primeras páginas. Accedan pulsando en la imagen de la cubierta.

 

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Odesa, la ciudad sustantiva

- 14/08/22
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El artículo “Odesa, la ciudad sustantiva” apareció publicado en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 15 de abril.

El original se puede leer aquí.

Odesa, la ciudad sustantiva

Por Jorge Ferrer

 

Hay ciudades a las que la geografía, el destino o la voluntad de sus vecinos conceden un lugar especial en el imaginario de un país. A veces, también en todo el mundo. Empujadas a morar dentro del círculo de tiza de un tópico, lo irán alimentando o desmintiendo en su avance por la historia y su registro en la literatura. En el Imperio Ruso, a San Petersburgo le tocó ser el asiento de la cultura, la patria chica de la intelligentsia. A Moscú, en los años de poder soviético, le correspondió la condición de proa de un mundo que vivía a la sombra de los muros del Kremlin. A ambos lados del parteaguas que fue 1917, a las urbes de Siberia les tocó ser símbolos del ostracismo y el destierro.

A la ciudad de Odesa le cupo en suerte acomodarse en el rol de la excepcionalidad: la metrópolis singular habitada por personas distintas. Ayudados por el afán de los odesitas, sus escritores elevaron el tópico a mito. El de la ciudad cosmopolita, el humor negro como el mar que baña su puerto, la fragancia del mundo delincuencial en los barrios. A uno de esos barrios, la Moldavanka, lo coló Isaak Bábel (1894-1940) en la historia de la literatura del siglo XX con la magia anticipada que después se desparramaría por las páginas de Caballería roja, el gran libro sobre los cosacos y la guerra civil rusa y soviética. Un libro que es un producto puramente odesita, porque en él la verdad, el erotismo, la muerte y el odio que separa a los hombres forman un mosaico tan sobrio en la expresión como memorable.

Pero antes estuvieron los relatos de Cuentos de Odesa, un monumento a la ciudad con sus bandidos contados por decenas de miles, rateros encaramados por la guerra civil y la literatura a la estatura del mafioso como personaje trágico. La prosa de Bábel es un espejo del rostro que la ciudad tenía en sus calles y la efigie que la urbe ponía cuando se vestía con el traje almidonado del mito: es talmúdica y es europea, la vivacidad de los diálogos es pura calle, la profundidad de su mirada y la milimetrada economía de su estilo admiraron a escritores tan distintos como Hemingway y Borges.Bábel no trabajó a solas en la construcción del relato que la ciudad polifónica pedía a gritos por sus esquinas y recovecos, porque lo merecía con creces. Ilyá Ilf (1897-1937) escribió libros extraordinarios junto a Evgueni Katáyev (1902-1942), quien utilizó el seudónimo de Evgueni Petrov para el juego a cuatro manos que los inscribió a ambos en la historia de la literatura salida de Odesa. Libros como Las doce sillas y El becerro de oro, en los que el cáustico humor propio de la ciudad cristalizó en artefactos literarios que moldearon la sensibilidad soviética, lo mismo la rusa que la ucraniana, y cautivaron a lectores de todo el mundo.

De la tentación universal de la literatura de Odesa da testimonio otro de sus escritores más peculiares, Yuri Olesha (1899-1960), autor de libros como Los tres gordinflones, un clásico de la literatura infantil soviética, y la notable novela corta Envidia. Olesha, quien cultivó también una escritura diarística excepcional escribió de la ciudad donde creció: “En Odesa aprendí a considerarme próximo a Occidente. Siendo un niño allí, sentía que vivía en Europa”. Pero Olesha, quien sobrevivió inexplicablemente la saña punitiva del estalinismo, los años del miedo, la delación y el paredón, escribió también: “¿Sabéis lo que es el terror? Es algo mucho más interesante que una noche ucraniana. El terror es una nariz enorme que te vigila oculto tras una esquina”. 

Puerto de entrada y salida, por Odesa el Imperio Ruso fue inundado de sangre, lenguas y sabores de todo el mundo: griegos, cosacos, italianos, rusos, ucranianos, judíos… Por ella salieron también los que huyeron del nuevo mundo soviético como Iván Bunin, que llevó un diario formidable en la ciudad dislocada por la Revolución bolchevique. El puerto de Odesa fue siempre manantial y sumidero. Y en ese torbellino de aguas se forjó la leyenda confrontada por la historia una y otra vez. Un mito, y la existencia misma de la ciudad, acosados hoy por la guerra que brama a sus puertas.

Isaak Bábel, el más grande de los escritores de Odesa no alcanzó a escribir las memorias que se proponía titular Historia de un adjetivo. Fue fusilado por Stalin en 1940 lejos de la ciudad sustantiva que se ha resistido siempre a toda gramática que no sea la prosa libérrima y fecundante del desparpajo y el mito.

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Ucrania: territorio, utopías, tragedia

- 14/08/22
Categoría: Agua corriente, Democracia, En El Mundo, Guerra de Rusia contra Ucrania, Letra impresa, Literatura, Memoria, Periodismo, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: , , , ,
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La pieza “Ucrania, territorio de utopías marcadas por la tragedia”, de Jorge Ferrer, fue publicada en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 11 de febrero de 2022.

El original puede ser leído aquí.

Ucrania, territorio de utopías

Por Jorge Ferrer

 

Nikolái Gógol, el autor de ‘Las almas muertas’, uno de los libros más traviesos de la literatura escrita en lengua rusa, tiene motivos para un ataque de celos. Nacido en 1809 en Ucrania, cerca de Poltava, su prosa vivísima, sus historias de una modernidad feroz o sus personajes alucinantes no forman parte de la cultura popular del siglo XXI, con su apetencia de ‘buzz’ y ‘streaming’. Sí lo hace, en cambio, el argumento parido la noche del 26 de abril de 1986 en otro rincón ucraniano, donde estalló el reactor nuclear de Chernóbil y la Ucrania soviética puso a Europa al borde de una catástrofe continental que parecía dispuesta a borrar, con sus nubes de isótopos y ceniza, las fronteras de antaño y amenazar incluso con deslindes futuros.

Fue ‘Chernobyl’, la serie de 2019 escrita por Craig Mazin y salida de un libro de Svetlana Aleksiévich, la que puso a Ucrania en la mirilla de la atención contemporánea. Ahora ha vuelto a encaramarse a los titulares con la amenaza de la guerra que le sopla en el cachete que da al Este. La trajo una catástrofe y la devuelve la anticipación de otra. Ucrania se nos pone en la lengua y el salón de estar sólo cuando el mundo amenaza acabarse. Es un país extremo. Un país en el límite, en el borde. Y sólo asoma, como la policía o las madres, cuando estamos a punto de matarnos.

Pero Ucrania es también un país enclavado entre dos mundos. De un lado Occidente y del otro la inmensa y quimérica Eurasia. Y es parte fundamental de ambos. A veces, según las fronteras se agitan como una culebra sobre la piel del continente en su centro y su flanco oriental, Ucrania parece más de un mundo que del otro. En ocasiones, ensimismada en busca de su propio rostro, como en los afanes identitarios del poeta Tarás Shevchenko y el folklore elevado a la tentación de un destino, parece que no fuera de nadie.

Es ese estar en medio, esa condición de bisagra, de articulación que lo mismo sirve para hincarse de rodillas ante los poderes que para abrirse paso a codazos en la historia, la que la ha marcado con su fatal condición de marca y parapeto. «Sobrevivir entre rusos y alemanes. Ésa es sin duda la predestinación de Europa Central. La consternación centroeuropea se columpia entre dos contingencias: que vienen los alemanes, que vienen los rusos», explica el escritor ucraniano Yuri Andrujóvich sobre esa permanente condición de huidizo animal a punto de ser cazado, que es propia también de Polonia, otra isla azotada por las mareas del poder y sus pretendientes.

Ucrania, una palabra que alude en su raíz a esa condición de margen y límite, a la tierra última, es también terreno de paso y tierra de partida de los que huyen de la maldición. Un país de nómadas, guerreros y emigrantes. Como en el desgarro de un bolero o una romanza zíngara, Ucrania lo es todo y no es nada. Y lo mismo se agita en las ciudades del Oeste -la Ucrania occidental que tiene tan mala prensa política como colosales asientos en la historia de la literatura y la sensibilidad de la Mitteleuropa-, que vibra, gime y se retuerce en su condición soviética y postsoviética. O supura por la herida abierta por la ocupación alemana y los 3,9 millones de muertos del Holodomor, el terrible exterminio por hambre que padeció en los peores años de la colonización soviética.

Encajada, por fin, en el territorio de tantas utopías, de esas expresiones acabadas y terminantes de las utopías que son los imperios -el otomano, el austrohúngaro, el soviético…- de Ucrania parece hablarse siempre en son de rememoración, siempre en clave de ay, siempre recordando «las nieves de ayer» con su rumor de pogromo o el ruido de los pasos hacia el barranco de Babi Yar, donde los nazis asesinaron a más de 100.000 personas con la preindustrial cirugía del horror.

Pero bueno es también reparar en que su nombre, Ucrania, recuerda menos a las utopías que a las ucronías. Además de haber sido un país con asiento poco firme en el mapa, Ucrania no ha conocido sosiego en el calendario. ¿De dónde viene y a dónde va? ¿Con qué alba llegó y en qué tarde se marcha? Tal vez solo Svetlana Aleksiévich le registró un porvenir, cuando estiró el título de ‘La plegaria de Chernóbil’, su libro rotundo sobre el dolor privado que siguió a la catástrofe, hasta contener el imposible asiento de una «crónica del futuro». En las voces que Aleksiévich recogió en torno a la estación nuclear vecina del hoy fantasmagórico Pripyat, que de repartir energía horrorosamente multiplicada se convirtió en el inmenso catafalco que ahora la sujeta, asoma también un mundo que se muestra con la insolencia del poeta díscolo o el ‘gopnik’ y la vergüenza del tonto del pueblo. Tan sólo la catástrofe, anticipando su existencia como país independiente en el fin de un mundo y un siglo, le parió a Ucrania un futuro. Parece difícil imaginar una condena mayor, una sentencia más cruel, una existencia más en permanente vilo.

Cuenta Yuri Andrujóvich, que es el escritor ucraniano contemporáneo que mejor ha sabido lidiar con tanta maldición, que en algún lugar cerca de Járkov hay una línea que separa dos cuencas, las de los mares Negro y Báltico. A ambos lados de esa raya los cauces de los ríos corren hacia una u otra masa de agua. A la manera de los eslavófilos y occidentalistas que partieron la clase letrada rusa en el siglo XIX, la tensión por ese doble arrastre marca también a la cultura y la sociedad ucranianas. Una cultura que vacila sobre un plano que se inclina hoy al Este, mañana al Oeste. Un «merodeo fatal a las puertas de Europa». Sin ser de ningún lugar, un personaje de Gregor von Rezzori, el gran escritor nacido en Chernivtsy, la capital de Bucovina que convirtió en un paisaje hiperreal, se reivindica a sí mismo como un «extranjero profesional». Por eso de Ucrania se habla como de un mundo que no existe o de un mundo que solo existirá después de la catástrofe. Sus rincones son descartes de los imperios. Añicos. Sombras. El propio Von Rezzori Bruno Schulz, un misterio de la literatura centroeuropea que vio la luz en Drohobych, o el errante Joseph Roth, todos escritores nacidos en un espacio geográfico dislocado, revuelto y ansioso por constituirse en sujeto de una identidad, fueron empujados por sus biografías y el tiempo histórico hacia la tradición y las lenguas de la literatura occidental. Nikolái GógolVasili Grossman o Mijaíl Bulgákov, por solo nombrar a tres colosos repartidos en el tiempo y la historia de las letras europeas, se volvieron en cambio a la lengua de Pushkin y al mundo ruso o soviético.

Todas esas Ucranias sucesivas y contiguas, atómicas y rebeldes, extranjeras y nacionalistas, coexisten en la tensión por una cultura del porvenir. Y no sólo una cultura literaria. Así, por ejemplo, la Ucrania esperpéntica que el fotógrafo Borís Mikhailov retrató en la serie ‘Historial clínico’ (1997-98), ese fresco de la sociedad roída por el poder soviético a la que el poscomunismo no conseguía sanar: los ‘bomzhi’ con sus cuerpos deformes, los alcohólicos, los genitales y las llagas supurantes expuestos a la lente a cambio de unas monedas, la fealdad de un mundo que intentaba encontrar su lugar en otro mundo, en cualquier mundo. Ahí cabe también, como una ‘performance’ sublime, la Ucrania del Maidán, con su aliento de rebelión posmoderna y mercado oriental. Y a ese porvenir hinchado de pretérito pertenece sobre todo ‘DAU’, el proyecto más alucinante de reedición cinematográfica del pasado soviético, que fue construido y filmado en la Járkov poscomunista. Con su ilusión y su violencia, su cientificismo y su tensión utópica, su miseria y su inhumanidad, su relato inclemente del Human Zoo del totalitarismo, ‘DAU’, como toda Ucrania, mira a un tiempo al pasado y al futuro. Y lo hace con el entumecimiento del terror y la insolencia de la revuelta. Por cierto, el artífice de ‘DAU’, Iliá Krzhanovski, es director artístico también del Memorial Babi Yar, el centro dedicado a la memoria del Holocausto que se ha construido a las afueras de Kiev.

Cuando pienso ahora en la capital de Ucrania me viene a la mente la urdimbre de las catacumbas del Monasterio de las Cuevas. Me veo bajando por unos escalones, los pies resbalando sobre un suelo mohoso, me embarga el olor a humedad. Escribo a la amiga con la que hice aquel viaje. Le pido detalles de su propia experiencia. «No recuerdo que visitáramos esas catacumbas», me dice Elina. Por un instante temo estar ante un recuerdo construido, como tantos otros que usurpan un sitio en mi memoria que no les pertenece, impostores cargados de argumentos verosímiles. ¿Serán el genio y la cifra de Ucrania, esa reunión de retales en el borde de los imperios y el almanaque, los que han fabricado esa experiencia tan vívida como puesta en duda?

Sinceramente, no lo sé. Pero sí que vale mucho la pena que sigamos mirando a dónde quiera que esté Ucrania cada vez que la busquemos en el mapa o el calendario.

Jorge Ferrer (La Habana, 1967) es escritor, periodista y traductor literario

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