Desde Rusia con amor: una traducción de Pushkin

- 07/06/21
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No había traducido antes a Aleksandr Pushkin y he tenido la ocasión, ¡la suerte!, de hacerlo hace unos meses para la barcelonesa editorial Alma. Allí publican unos libros ilustrados estupendos y admira que encarguen traducciones nuevas de los clásicos rusos, y otros, para ellos. Lo hicieron con sendas Antologías de relatos románticos. Una de amores “apasionados”. Otra, de amores “tormentosos”.

Es en la primera donde cupo mi traducción de “La señorita campesina”, que Aleksandr Pushkin escribió los días 19 y 20 de septiembre de 1830 y aquí comparto con ustedes.

Los libros de Alma están a la venta en librerías online y a pie de calle. El catálogo completo se puede consultar en el sitio de la editorial.  

     

 

La señorita campesina

Aleksandr Pushkin

 

Tú, Dúshenka, te ves bonita con el vestido que te pongas.

Bogdánovich

 

En una de nuestras provincias más remotas tenía su hacienda Iván Petróvich Bérestov. En sus años mozos había servido en la Guardia, de la que se licenció a principios de 1797 para retirarse a su aldea de la que no ha vuelto a salir desde entonces. Se había casado en su momento con una mujer noble, aunque pobre, que murió de parto, mientras él se hallaba en campaña. Las ocupaciones domésticas le sirvieron de rápido consuelo. Se hizo construir una casa a partir de planos que él mismo dibujó, montó una fábrica de paños, triplicó sus rentas y comenzó a pensar que era el tipo más listo de todo aquello, una pretensión que no le discutían los vecinos que lo visitaban en su hacienda trayéndose familias y perros. De diario se lo solía ver con una chaqueta plisada y los días de fiesta vestía una levita de paño de su propia producción. Las cuentas las llevaba él mismo y sólo leía el diario Noticias del Senado. En general, era un hombre querido, aunque se lo tenía por orgulloso. El único que no se congraciaba con él era Grigori Ivánovich Múromski, su vecino más próximo. Este Múromski era un señor ruso con todas las de la ley. Después de derrochar en Moscú la mayor parte de su patrimonio y habiendo enviudado, marchó a la última aldea de la que era propietario y allá continuó entregado a las travesuras, aunque ahora eran de otro tipo. Se hizo construir un jardín inglés en el que se gastó toda la renta que le quedaba. Sus mozos de cuadra vestían como jockeys ingleses. Su hija tenía una criada inglesa. Sus campos de cultivo eran explotados con el método de labranza inglés, pero ya se sabe que «el trigo ruso no crece con vestidos extranjeros» y a pesar del significativo ahorro en los gastos, las ganancias de Grigori Ivánovich no aumentaban, y además de que también en la aldea encontraba la manera de incurrir en nuevas deudas. Con todo, no se consideraba un tipo tonto, pues fue el primero de todos los hacendados de la región a quien se le ocurrió colocar su hacienda bajo el amparo del Consejo Tutelar, una movida que en aquella época era considerada en extremo compleja y hasta temeraria. Bérestov era, de entre quienes lo juzgaban, el que lo hacía con mayor severidad. El odio a las innovaciones era un rasgo característico de su manera de ser. Le resultaba imposible mantener un tono impasible cuando hablaba de la anglomanía de su vecino y enseguida encontraba algún motivo para criticarlo. Así, por ejemplo, si mostraba sus dominios a un invitado, cuando este elogiaba su gestión, le replicaba en son de burla: «Sí, claro, es que a mí las cosas no me salen como a mi vecino Grigori Ivánovich. ¡No puedo arruinarme como un inglés! ¡Con tal de que podamos comer como rusos!» Esas y otras bromas semejantes, con el concurso de los vecinos mediante, llegaban a oídos de Grigori Ivánovich enriquecidas con nuevos elementos e interpretaciones. El anglófilo se tomaba la crítica con la misma irritación que nuestros periodistas. Se ponía como una fiera y acusaba a su Zoilo de ser un animal y un paleto de provincias.

            Así estaban las cosas entre estos dos hacendados, cuando el hijo de Bérestov se vino a vivir con su padre a la aldea. El joven había sido educado en la Universidad de *** y se disponía a seguir la carrera militar, algo que a su padre no le hacía ni pizca de gracia. Él mismo no se veía nada apto para el servicio civil, pero como ni el padre ni el hijo cedían, el joven Alekséi comenzó a llevar la vida de un señorito y hasta se dejó bigotes por si acaso.

            Alekséi era un primor de joven. Y habría sido una pena de veras que su fina estampa no se viera ceñida jamás por una guerrera y que en vez de ir por el mundo paseándose a lomos de un caballo desperdiciara su juventud doblado sobre papeles de oficina. Cuando lo observaban en medio de una cacería, cabalgando siempre el primero sin parar mientes en el camino, los vecinos coincidían en que de él no saldría un buen burócrata. Las señoritas lo miraban a hurtadillas y algunas le clavaban los ojos un rato, pero Alekséi les hacía poco caso y ellas suponían que algún amor oculto era la causa de la insensibilidad que mostraba. Y, en efecto, corría de mano en mano la copia de la dirección a la que había enviado una de sus cartas: A Akulina Petrovna Kúrochkina, en Moscú, enfrente del monasterio Alekséyevski, en la casa del calderero Saveliev; le ruego encarecidamente, señora, que haga llegar la presente a A. N. R.

            A mis lectores que no hayan residido nunca en una aldea les costará imaginar lo encantadoras que son las señoritas de provincias. Educadas al aire libre, a la sombra de los manzanos de sus huertos, todo lo que saben de la sociedad y la vida lo han sacado de los libros. El aislamiento, la libertad y la lectura despiertan muy pronto en ellas sentimientos y pasiones que resultan desconocidos a nuestras frívolas bellezas de ciudad. Para cualquiera de estas señoritas de provincias el tañido de una campanilla constituye una aventura, un viaje a la ciudad más próxima es todo un hito en la vida y un invitado en casa deja un recuerdo largo y en ocasiones eterno. Naturalmente, todo el mundo es libre de burlarse de sus rarezas de carácter, pero las bromas de un observador superficial no pueden ensombrecer las virtudes esenciales de estas muchachas, entre las que la principal es la particularidad del carácter, la originalidad (o individualité), sin la que, según Jean Paul, no existe la grandeza humana. Es posible que las mujeres que viven en las capitales reciban una mejor educación, pero el hábito de vivir en sociedad atenúa muy pronto el brillo del carácter y hace que las almas se parezcan tanto entre sí como los sombreros. Y esto queda aquí dicho no con afán de juzgar, ni tampoco de censurar, pero nota nostra manet, como suele escribir un viejo comentarista.

            No es difícil imaginar la impresión que Alekséi tenía que causar en el círculo de nuestras señoritas. Fue el primero que compareció ante ellas con aire sombrío y gesto desencantado, el primero que les habló de las alegrías perdidas y una juventud marchita. Por si ello fuera poco, Alekséi llevaba una sortija negra con el dibujo de una calavera. Todo ello resultaba extraordinariamente nuevo en aquellos confines. Las señoritas perdían la cabeza por él.

            Pero a la que más ocupaba la presencia del joven era a Liza, la hija de nuestro anglófilo. O Betsy, que es como Grigori Ivánovich solía llamarla. Sus padres no se visitaban, de modo que ella aún no había visto a Alekséi en persona, pero el joven estaba en boca de todas sus jóvenes vecinas. Liza tenía diecisiete años. Sus ojos negros inflamaban de vida su rostro moreno y muy agraciado. Como hija única que era, su padre la había mimado en extremo. Su carácter juguetón y las constantes travesuras que hacía maravillaban a su padre tanto como conducían al mayor desconsuelo a su institutriz miss Jackson, una adusta solterona de cuarenta años, que se echaba blanquete en la cara y se teñía las cejas, leía Pamela dos veces al año, recibía sus buenos dos mil rublos por todo ello y se moría de aburrimiento en la bárbara Rusia.

            A Liza la servía una doncella que respondía por Nastia. Era algo mayor que ella, aunque tan frívola como su señorita. Liza la quería mucho y le confiaba todos sus secretos. Juntas montaban todas las diabluras que se le ocurrían. Es decir que Nastia era en Prilúchino un personaje más importante que cualquier confidente en una tragedia francesa.

            —¿Me dejará hoy que libre un rato para hacer una visita? —le preguntó un día Nastia, mientras la vestía.

            —¿Y a dónde vas tú?

            —A Tuguílovo, a casa de los Bérestov. Es el santo de la mujer del cocinero y ayer vino a invitarnos a comer.

            —¡Vaya! Los amos no se dirigen la palabra y sus criados se agasajan unos a otros.

            —¡¿Y a nosotros por qué nos ha de importar que los amos se peleen?! Encima, yo la sirvo a usted y no a su papá. ¿Verdad que usted no se ha tirado los trastos a la cabeza todavía con el joven Bérestov? ¡Qué se peleen los viejos, si les viene en gana!

            —Tú, Nastia, ocúpate de echarle bien el ojo a Alekséi Bésterov y después vienes y me cuentas cómo se comporta y qué clase de persona es.

            Nastia prometió cumplir la encomienda y Liza se pasó el día esperando con impaciencia su regreso. La doncella apareció por fin cuando caía la tarde.

            —Y bien, Lizaveta Grigórievna —dijo enseguida—, he tenido ocasión de ver muy bien al joven Bérestov, porque hemos pasado todo el día juntos.

            —¿Cómo fue? Cuéntame, cuéntalo todo en orden.

            —Ahí voy. Mire, fuimos unas cuantas amigas, estaba yo, estaba Anisia Yegórovna, vinieron Nenila, Dunka…

            —Todo eso lo sé, sí… ¿Qué pasó después?

            —¡Pero déjeme que se lo cuente todo por orden! Llegamos justo a la hora de sentarnos a la mesa. Había un montón de gente allí. Había gente llegada de Kólbino, de Zajárevo, la intendenta con sus hijas, gente de Jlúpino…

         —Y Bérestov, ¿qué?

            —Espérese, oiga. Nos sentamos a la mesa con la intendenta a la cabeza y al lado de ella, sus hijas, dándose importancia, pero a mí esas me importan un pimiento…

            —¡Nastia, por Dios! ¡Qué aburrida eres siempre con todos esos detalles!

            —¡Ay, pero cuánta impaciencia! El caso es que cuando nos levantamos de la mesa… ¡Ah, y la comida estuvo tremenda, casi tres horas estuvimos con ella! Había un pastel blanc manger azul, rojo y a rayas… Decía que nos levantamos de la mesa y nos fuimos al patio a jugar al escondite y ahí fue cuando apareció el joven señor.

            —¿Y qué? ¿Es tan buen mozo como dicen?

            —Muy buen mozo, ciertamente. ¡Guapísimo, incluso! Es esbelto, es alto, tiene las mejillas sonrosadas…

            —¿En serio? Pues, yo pensaba que tenía el rostro pálido. ¿Qué le vamos a hacer? Y dime: ¿se lo ve triste o pensativo?

            —¡Triste, dice! ¡No había visto un loco así jamás en la vida! Y le dio por corretear con nosotras jugando al escondite.

            —¡Al escondite, con vosotras! ¡No puede ser!

            —¡Vaya si fue! ¡Y las que se gastaba! ¡Figúrese que le dio por besar a todas las que atrapaba!

            —¡Eso te lo estás inventando, Nastia! ¡Mientes!

—¡No me invento nada! Ni miento. Me costó horrores sacármelo de encima. Y así se estuvo todo el día con nosotras.

—¡Pero si dicen que está enamorado y no tiene ojos para nadie!

—Pues no sé qué decirle, ¿sabe?, porque a mí no me quitaba ojo y a Tania, la hija de la intendenta, igual. ¡Ah, y a Pasha, la de Kólbino, más de lo mismo! ¡Eso sí, no le hizo nada malo a ninguna el muy pillo, quede claro!

—¡Increíble! ¿Y qué dice de él el servicio de la casa?

—Dicen que es un señor magnífico: es amable, es alegre. Lo único malo es que no para de ir tras las faldas. Pero yo no creo que eso sea malo, pues ya se le pasará con el tiempo.

—¡Ay, me encantaría conocerlo! —confesó Liza y acompañó sus palabras con un suspiro.

—¡Pues eso es muy fácil! Tuguílovo está aquí al lado. Si son tres verstas de nada. Vaya a dar un paseo a pie en esa dirección. O a caballo. Estoy segura de que se lo encontrará. Dicen que todas las mañanas sale a primera hora con la escopeta a cazar algo.

—¡Oh, no! Eso no estaría bien. Podría pensar que le estoy yendo atrás. Y, encima, nuestros padres están disgustados, así que se supone que no puedo relacionarme con él… ¡Ay, Nastia! ¿Sabes qué haré? ¡Me disfrazaré de campesina!

—¡Oh, sí, claro! Póngase una camisa de tela gruesa, un sarafán, y tome sin temor el camino de Tuguílovo. Le aseguro que Bérestov no la dejará pasar inadvertida.

—Me manejo muy bien con el acento de aquí, así que… ¡Oh, Nastia! ¡Nastia querida! ¡Qué ocurrencia más maravillosa hemos tenido! —concluyó Liza y se fue a dormir armada ya del propósito de llevar a cabo su divertido plan.

A la mañana siguiente Liza puso el plan en marcha. Lo primero fue encaminarse al mercado a comprar un trozo de tela gruesa, hilo azul y botones de cobre. Con la ayuda de Nastia se cortó una camisa y enfrascó a todas las criadas de la casa en la costura, de manera que a la caída de la noche la pieza de ropa ya estaba lista. Liza se la probó y tuvo que reconocer ante el espejo que nunca se había visto tan bonita. Ensayó un poco el papel que le tocaría hacer, hizo algunas reverencias sin detener la marcha y cabeceó como hacen los gatos de terracota. También habló con el acento de las campesinas y se cubrió la boca con la manga de la camisa al reír. Todo ello obtuvo la máxima aprobación de Nastia. Una sola dificultad pareció insuperable: intentó atravesar el patio descalza, pero la hierba lastimó sus piececillos delicados y la arena y las piedrecillas le parecieron insufribles. También en esto Nastia acudió en su socorro: tomó las medidas de la planta del pie de Liza y corrió al campo a ver al pastor Trofím, a quien encargó unas sandalias que sirvieran a su señora. Al otro día, Liza se levantó antes de las primeras luces del alba. Toda la casa aún dormía. Nastia esperó al pastor junto a la cancela. Sonó la flauta y el rebaño se estiró bordeando el patio de la casa señorial. Al pasar frente a la doncella, Trofím le entregó las pequeñas sandalias de colores y recibió medio rublo como remuneración. Seguidamente, Liza se vistió de campesina, susurró a Nastia unas instrucciones relativas al manejo de la situación con miss Jackson y salió al patio trasero, atravesó el huerto y al llegar a campo abierto, echó a correr.

El alba resplandecía en el oriente y las doradas hileras de nubes parecían aguardar al Sol, como los pajes esperan a su Zar. El cielo despejado, el frescor de la mañana, la brisa y el canto de los pajarillos llenaban el pecho de Liza de alborozo juvenil. Temiendo el encuentro con algún conocido, más que andar parecía volar. Pero al llegar al bosque que se alzaba en la linde de las posesiones de su padre, aminoró el paso. Aquí es donde debía esperar a Alekséi. Su corazón latía con fuerza, aunque ignorante del por qué. Pero el temor que acompaña nuestras travesuras juveniles es también su principal encanto. Liza se adentró en la penumbra del bosque. El ruido sordo e incesante de la floresta saludó a la muchacha. Su júbilo se apagó ligeramente. Poco a poco se fue entregando a una dulce ensoñación. Pensó que… Aunque bien visto, ¿acaso puede alguien saber lo que pasa por la cabeza de una joven de diecisiete años que se encuentra sola en medio de un bosque sobre las seis de la mañana? El caso es que avanzaba sumida en sus pensamientos por un camino flanqueado a ambos lados por enormes árboles, cuando un hermosísimo perro de caza comenzó a ladrarle. La voz de mando de un joven cazador que salió de detrás de unos arbustos lo acalló enseguida:

Tout beau, Sbogar, ici… —Y añadió dirigiéndose a ella—: No te preocupes, bonita, que mi perro no muerde.

Liza se repuso enseguida del susto y supo aprovechar la circunstancia:

—No, no haga caso, señor —le replicó fingiendo ser una tímida joven que estaba aún un poco asustada—: Pero es que temo que esté tan furioso que me salte encima.

Entretanto, Alekséi (el lector ya habrá comprendido que se trata de él) estudiaba atentamente a la joven campesina.

—Si tienes miedo, te acompañaré —se ofreció—. ¿Te importa que camine a tu lado?

—¿Quién te lo va a impedir? —respondió Liza—. El camino es de todos y caminar por él puede quien quiera.

—¿De dónde eres?

—De Prilúchino. Soy hija de Vasili, el herrero, y he venido a por setas.

Liza llevaba un cesto colgado del hombro para disimular.

—¿Y tú de dónde eres, señor? ¿Acaso de Tuguílovo?

—Exacto —respondió Alekséi—. Soy el ayuda de cámara del joven señor.

Alekséi buscaba que la relación entre ambos pareciera la que se establece entre iguales. Pero Liza lo miró y se echó a reír.

—Mientes —le dijo—, porque te crees que has dado con una tonta. Veo muy bien que el señor eres tú mismo.

—¿Y qué te hace pensar tal cosa?

—¡Pues, todo!

—A ver, ¡explícate!

—¿Cómo va una a confundir al señor con el sirviente? Ni la manera de vestir es la misma, ni la de charlar. ¡Y al perro no le has hablado en ruso!

La atracción que Alekséi comenzaba a sentir por la muchacha no hacía más que crecer. Y habituado a no cortarse un pelo cuando de las guapas lugareñas se trataba, intentó abrazarla. Pero Liza se alejó de un salto y adoptó una postura tan fría y severa que, aunque a Alekséi le pareció algo cómica, sirvió para que se abstuviera de intentar otros acercamientos.

—Si quiere que continuemos siendo amigos —le dijo ella en tono grave—, no se vuelva a permitir tales licencias.

—¿Quién te ha enseñado esas lindezas? —le preguntó Alekséi carcajeándose—. ¿Será acaso que compartes señora con Nástenka, la doncella que conocí el otro día? ¡Fíjate qué caminos tan curiosos sigue la educación pública!

Liza sintió que estaba saliéndose un poco de su papel y se aplicó enseguida.

—¿Acaso te crees que no he entrado nunca en la casa señorial? Pues que sepas que he visto y he oído de todo. Pero ¿sabes una cosa? —zanjó de repente—: Charlando aquí contigo lo tengo difícil para coger setas. Así que tú sigue por tu lado, señor, que yo seguiré por el mío. Con permiso…

Liza quiso escurrir el bulto, pero Alekséi la sujetó de la mano.

—¿Cómo te llamas, cariñito mío? —preguntó.

—Akulina —respondió Liza, mientras intentaba liberar sus dedos del apretón de la mano de Alekséi—. ¡Suéltame, señor! ¡Tengo que volver ya!

—Bien, bien, amiga mía, Akulina, pero has de saber que le haré sin falta una visita a tu papaíto el herrero Vasili.

—¿Qué dices? —protestó ella vivamente—: no te aparezcas por allí, por Dios te lo pido. Como en casa se enteren de que estuve hablando a solas con un señor en medio del bosque, me caerá una buena: el herrero Vasili, mi padre, me golpeará hasta matarme.

—Pero es que tengo muchas ganas de verte otra vez —explicó Alekséi.

—Ah, bueno, va y algún día vuelvo aquí a por más setas.

—¿Cuándo? ¿Cuándo?

—Pues, mañana mismo, fíjate.

—Te cubriría de besos ahora mismo, mi querida Akulina, pero no me atrevo. Entonces, mañana: ¿mañana, a esta hora? ¿Quedamos así?

—Sí, sí.

—¿No me estarás engañando?

—No te engaño, no.

—¡Júramelo por Dios!

—Por el Viernes Santo te lo juro. ¡Vendré!

Y así se despidieron los jóvenes. Liza salió del bosque, atravesó el campo, se metió en el huerto y corrió a la granja, donde la esperaba Nastia. Allí se cambió de ropa precipitadamente, respondiendo como podía a las preguntas de su curiosa confidente, y apareció en el salón. La mesa ya estaba puesta, el desayuno listo y miss Jackson, ya con la cara cubierta de afeites y con el talle tan ceñido que parecía una copa, cortaba finísimas rebanada de pan.

—¡No hay nada más saludable que levantarse a primera hora de la mañana! —la elogió su padre y fundamentó su proposición en varios ejemplos de longevidad extraídos de revistas inglesas y subrayando que todas las personas que habían vivido más de cien años no probaban el vodka y se levantaban con las primeras luces del alba tanto en verano como en invierno.

            Liza no lo escuchaba. El repaso mental de todos los pormenores del encuentro de la mañana, y de la conversación de Akulina con el joven cazador, le provocaban remordimientos de consciencia. Por mucho que se decía a sí misma que el encuentro no había rebasado en ningún momento los límites del decoro y que su atrevimiento no tendría consecuencias, su mala consciencia pisaba más fuerte que sus razonamientos. Y la promesa que había hecho de comparecer la mañana siguiente era lo que más la inquietaba porque había tomado la recia decisión de faltar a su solemne juramento. Claro que entonces Alekséi, tras esperarla en vano, podría encaminarse a la aldea, llegar a la casa del herrero Vasili y encontrarse allí a la verdadera Akulina, una joven regordeta y picada de viruelas, descubriendo así el frívolo engaño del que había sido víctima. Esa idea horrorizó tanto a Liza, que tomó la decisión de acudir nuevamente al bosque a la mañana siguiente haciéndose pasar por Akulina.

            Alekséi, por su parte, había quedado maravillado y se pasó todo el día con su nueva conocida en mente. También en la noche la imagen de la hermosa joven morena se le apareció en sueños. Y apenas asomaban las primeras luces del alba, cuando ya estaba vestido y, sin concederse el tiempo de cargar la escopeta, echó a andar hacia el lugar del prometido encuentro acompañado de su fiel Sbogar. Allí estuvo una media hora en una espera que le pareció insoportable, hasta que vio asomar detrás de unos arbustos el sarafán azul y se precipitó al encuentro de la dulce Akulina. La joven sonrió con júbilo a la vista de su expresión agradecida, pero Alekséi supo descubrir enseguida en su semblante las huellas de la angustia y el desasosiego. Quiso saber qué los motivaba. Liza le confesó que su actuación le parecía frívola y se arrepentía de ella. También le dijo que no había querido faltar a su palabra esta vez, pero que ese sería su último encuentro y le rogó poner fin a una relación que sólo podría acarrearles disgustos. Todo ello, como cabía esperar, fue dicho con acento campesino, aunque las ideas y sentimientos que demostraban, tan extraños en una joven humilde, impactaron a Alekséi. Entonces, echó mano de toda su locuacidad para disuadir a Akulina de su propósito, la intentó convencer de la inocencia de sus intenciones y le prometió no darle jamás motivo para el arrepentimiento, obedecerla en todo y le rogó que no lo privara del placer único que era encontrarse con ella a solas. Aunque fuera día sí y día no o, siquiera, un par de veces por semana. Alekséi le hablaba imbuido de una pasión genuina y no había ninguna duda de que en aquel instante ya estaba enamorado de ella. Liza lo escuchó en silencio.

            —Dame tu palabra de que nunca te presentarás en la aldea buscándome o preguntando por mí —le dijo ella por fin—. Y dame tu palabra también de que no intentarás tener más encuentros conmigo que aquellos que yo misma convenga contigo.

            Alekséi ya iba a jurárselo por el Viernes Santo, pero ella lo interrumpió:

            —No necesito que me lo jures, me basta con tu palabra.

            Acordado esto, charlaron amistosamente y dieron un paseo por el bosque hasta que Liza le dijo que era hora de volver. Cuando se despidieron y Alekséi quedó a solas no pudo evitar preguntarse cómo una humilde joven campesina había conseguido tanto poder sobre él en apenas dos citas. Su trato con Akulina tenía el encanto de la novedad y por mucho que las reglas impuestas por la singular campesina le resultaran onerosas, la idea de faltar a su palabra no cruzó su mente en ningún momento. Lo cierto era que, a pesar del anillo macabro, su misteriosa correspondencia y el aire de sombría decepción que lo rodeaba, Alekséi era un joven noble y apasionado y tenía un corazón puro capaz de disfrutar de los encantos de la inocencia.

            Si me dejara llevar sólo por lo que me apetece, ahora me pondría a describir aquí con todo lujo de detalles las citas de los dos jóvenes, la afición que se fueron tomando uno al otro, la confianza que fue creciendo entre ellos, las ocupaciones que compartían y sus conversaciones. Pero sé que la mayoría de los lectores no encontraría en ello tanto gusto como hallo yo. Esos detalles tienen, además, un punto empalagoso, así que nos los ahorraré limitándome a anotar que antes de que transcurrieran dos meses ya mi Alekséi estaba enamorado hasta las trancas, mientras que Liza, aunque más contenida, estaba animada por similar sentimiento. Ambos se sentían felices de vivir el presente y poco pensaban en el futuro.

            La idea de anudar lazos indisolubles los visitaba a ambos con frecuencia, pero nunca se dijeron una palabra al respecto. Y la razón para ello era evidente: por mucho que Alekséi se sintiera atraído por la dulce Akulina, nunca olvidaba la distancia que mediaba entre él y una humilde campesina. Liza, por su parte, era consciente del odio que separaba a los padres de ambos y no se atrevía a poner esperanzas en una reconciliación. Además, su vanidad era alimentada en secreto por el oscuro y novelesco anhelo de que aquella historia acabara con el hacendado de Tuguílovo rendido a los pies de la hija del herrero de Prilúchino. Pero de repente un importante suceso a punto estuvo de dar un súbito vuelco a la relación entre los dos jóvenes.

            Una de esas mañanas claras y frías, con las que tanto se prodiga el otoño ruso, Iván Petrovich Bérestov salió a dar un paseo a caballo, llevando consigo por si acaso a seis lebreles, al mozo de caballos y a unos cuantos recios chiquillos armados con carracas. A esa misma hora Grigori Ivánovich Múromski, seducido por el buen tiempo, mandó ensillar su potra rabicorta y salió a recorrer al trote sus posesiones de británica apariencia. Cuando llegaba a la linde del bosque, Grigori Ivánovich avistó a su vecino, que con su gorro de piel de zorro estaba sentado con aplomo sobre su caballo a la espera de ver aparecer a la liebre que los chiquillos intentaban sacar, con la ayuda de gritos y carracas, de los arbustos donde se ocultaba. Con toda certeza de haber previsto aquel encuentro, Grigori Ivánovich habría tomado otro camino, pero se había dado de bruces con Bérestov inesperadamente y lo tenía ahora a la distancia de un disparo de pistola. No había nada que remediar ya. Y Múromski, como cualquier europeo educado, dirigió los pasos de su potra hacia su vecino y lo saludó cortésmente. Bérestov respondió al saludo con el mismo énfasis que pone un oso encadenado a la hora de saludar a los señores por orden de su domador. En ese mismo instante saltó la liebre y echó a correr campo a través. Bérestov y el mozo de caballos gritaron a todo pulmón, soltaron a los lebreles y los siguieron al galope. Ello hizo que la yegua de Múromski, que nunca había asistido a una partida de caza, se asustar y se desbocara. Múromski, que se consideraba un experto jinete, la dejó correr y en su fuero interno, se sintió aliviado de que la ocasión lo librara de un interlocutor que no le agradaba. Pero la potra, al encontrarse de repente ante un barranco cuya presencia no había adivinado, se echó a un lado bruscamente y Múromski se vio arrojado fuera de la silla. La caída sobre la tierra helada fue bastante dura y Múromski maldijo a la potra rabicorta que, al percatarse de la pérdida del jinete, se había parado en seco, como si hubiera cobrado consciencia de su enojoso comportamiento. Iván Petrovich galopó hacia él preocupado porque se hubiera podido hacer daño. El mozo de caballos, entretanto, trajo a la culpable potra tomándola de las riendas y ayudó a Múromski a subir de nuevo a la silla. Bérestov lo invitó a su casa, una invitación que Múromski no pudo rehusar, porque se sentía en deuda, de modo que Bérestov volvió a casa con la gloria de haberse cobrado una liebre y conduciendo a su adversario herido y prácticamente prisionero de guerra.

            La conversación entre los vecinos en torno a la mesa del desayuno fue bastante amistosa. El desdichado jinete reconoció que después del golpe no se sentía con fuerzas para volver a caballo y pidió a su vecino una calesa. Cuando Bérestov lo acompaño hasta la puerta de la casa, Múromski se resistió a marchar hasta arrancarle su palabra de honor de que vendría al día siguiente a almorzar como dos buenos amigos a su casa de Prilúchino acompañado de su hijo Alekséi Ivánovich. De ese modo, una vieja y muy enraizada enemistad parecía a punto de llegar a su fin gracias a una rabicorta y asustadiza potra.

            Liza corrió al encuentro de Grigori Ivánovich en cuanto lo vio llegar.

            —¿Qué le ha pasado, papá? —preguntó sorprendida—. ¿Por qué cojea así? ¿Dónde dejó el caballo? ¿De quién es esta calesa?

            —¡No lo adivinarías, my dear! —le respondió Grigori Ivánovich y le contó todo lo ocurrido.

            Liza no daba crédito. Antes de que pudiera asimilarlo, Grigori Ivánovich le anunció que los dos Bérestov vendrían a comer a casa el día siguiente.

            —Pero ¿qué dice? —preguntó ella palideciendo—. ¿Los Bérestov? ¿Padre e hijo? ¡A comer aquí! ¡Usted haga lo que quiera, papá, pero yo no voy a asomarme a esa reunión!

            —¿Has perdido la cabeza? —protestó su padre—. ¿Desde cuándo has sido tú tímida? ¿O acaso le profesas un odio hereditario a los Bérestov, como la protagonista de una novela? ¡Déjate de tonterías, por favor!

            —No y no, papá. Por nada del mundo, ni por los más grandes tesoros, compareceré ante los Bérestov.

Consciente de que nada conseguiría de ella oponiéndosele, Grigori Ivánovich se encogió de hombros y renunció a seguir la discusión, antes de marchar a descansar después de su pintoresco paseo matinal.

Lizaveta Grigórievna corrió a su habitación y convocó a Nastia. Las dos se entregaron a una larga disquisición acerca de la visita del día siguiente. ¿Qué pensaría Alekséi si descubriera en la educada señorita a la campesina Akulina? ¿Qué opinión se haría de su comportamiento, de las normas que guiaban su comportamiento, de su juicio? Por otra parte, a Liza le producía mucha curiosidad ver la reacción que en él podía provocar un encuentro tan inesperado como aquel… Y ahí tuvo una idea de repente. Ni corta ni perezosa se la trasladó a Nastia, se congratularon ambas de aquel golpe de ingenio y se pusieron manos a la obra sin más dilación.

Cuando se sentaron a desayunar a la mañana siguiente, Grigori Ivánovich preguntó a su hija si persistía en la decisión de esconderse de los Bérestov.

—Estoy dispuesta a recibirlos, si eso es lo que usted quiere, papá —comenzó ella—, pero le pongo una condición: sea como sea que yo comparezca ante ellos y sea cual sea mi comportamiento, usted no me reñirá, ni dará señal alguna de sorpresa o incomodidad.

—¡Otra vez con tus ocurrencias! —le respondió su padre entre risas—. Bien, bien, tú haz lo que quieras, mi revoltosa de ojos negros.

A las dos en punto de la tarde, un coche de factura doméstica tirado por seis caballos, entró al patio y rodó en torno a la rotonda de césped verde. El viejo Bérestov subió al portal acompañado por dos lacayos de Múromski vestidos con libreas. Junto a su hijo, que llegaba detrás a caballo, entraron los dos en el comedor, donde la mesa ya estaba puesta. Múromski recibió a sus vecinos con exquisita amabilidad, les ofreció hacer una visita al jardín y el pequeño zoo antes de comer, y los condujo hasta ellos por senderos cuidadosamente barridos y cubiertos de arena. Para sus adentros, el viejo Bérestov se lamentaba de todo el trabajo y el tiempo empleados en afanes tan inútiles, pero callaba por educación. Su hijo no compartía ni el desdén del hacendado calculador, ni la admiración del anglófilo vanidoso. Lo que sí esperaba con impaciencia era la aparición de la hija del anfitrión de la que muchas noticias le habían llegado, y aún cuando su corazón, como bien sabemos, ya estaba ocupado, una hermosa joven siempre sería merecedora de su atención.

De vuelta en el salón, tomaron asiento y mientras los mayores recordaban los viejos tiempos y compartían historias de su vida profesional, Alekséi se preguntaba qué actitud debía adoptar en presencia de Liza. Acabó decidiendo que lo más adecuado sería ensayar un gélido aire distraído y se preparó en consecuencia. La puerta se abrió por fin y él volvió la cabeza con tamaña indiferencia y tal orgulloso desdén que hasta la más empedernida coqueta habría sufrido un estremecimiento. Desafortunadamente, en lugar de Liza quien apareció fue miss Jackson, blanqueada por los polvos, encorsetada, mirando al suelo y haciendo una ligera reverencia, de modo que la estudiada maniobra militar de Alekséi fue en balde. Antes de que consiguiera prepararse otra vez, la puerta se abrió de nuevo y, ahora sí, entró Liza. Todos se pusieron de pie y el padre comenzó precipitadamente las presentaciones antes de quedar paralizado un instante mordiéndose los labios… Liza, su Liza de tez morena, se había blanqueado hasta las orejas y traía las cejas más pintadas que miss Jackson. Además, llevaba unos tirabuzones falsos de un color mucho más claro que el de su propio cabello y cardados como la peluca de Luis XIV, las mangas a l’imbécile las tenía infladas como los miriñaques de Madame de Pompadour, el talle lo llevaba tan ceñido que parecía la letra x, y todos los brillantes de su madre que no habían sido empeñados todavía lucían en sus dedos, el cuello y las orejas. Alekséi no pudo reconocer a su Akulina en aquella señorita tan esplendente como ridícula. Su padre se acercó a la mano que la muchacha presentaba y él también la besó con desgana; cuando rozó sus deditos blancos tuvo la impresión de que temblaban. Entretanto, había tenido tiempo de reparar en el piececito calzado con notable coquetería que la joven había adelantado con toda intención. Y ese pie compensó un poco la impresión dejada por el resto del conjunto. En cuanto al blanquete y las cejas pintadas, hay que reconocer que su inocencia y buen corazón le impidieron percatarse de ellos a primera vista y después tampoco los vio. Grigori Ivánovich honró su promesa y se esforzó por disimular cualquier asomo de sorpresa. Con todo, la travesura de su hija le pareció tan graciosa, que le costó mucho reprimirse. A la adusta inglesa, en cambio, aquello no le hizo ni pizca de gracia. Adivinaba que tanto el blanquete como la pintura de las cejas habían salido de su propia cómoda, y el rubor carmesí del enfado se abría paso a través de la blancura artificial de su rostro. Echaba miradas encendidas sobre la traviesa joven, quien, dejando las explicaciones para un momento más propicio, hacía como que no las notaba.

Cuando se sentaron a la mesa, Alekséi continuó representando el papel de un joven distraído y meditabundo. Liza continúo haciendo remilgos, hablaba con murmullos y como cantando, y sólo lo hacía en francés. Su padre no paraba de mirarla, incapaz de comprender el propósito que animaba su comportamiento, pero bastante divertido con la situación. La inglesa estaba cada vez más enfurecida, pero no decía palabra. Sólo Iván Petróvich estaba encantado: comía por dos, bebía con gusto, se reía de su propia risa y, de tanto en tanto, intervenía en tono jovial y se carcajeaba.

Finalmente, cuando dieron por terminada la comida y los invitados se hubieran marchado, Grigori Ivánovich dio rienda suelta a su risa y sus preguntas.

—¿Cómo se te ha ocurrido tomarles el pelo así? —le preguntó a Liza—. Eso sí, te diré una cosa: esos polvos blancos te sientan de maravilla. No voy a sumergirme yo en los misterios de los afeites femeninos, pero yo en tu lugar seguiría usando blanquete. No mucho, naturalmente, pero un poco sí…

Liza no cabía en sí de contento por el éxito de su ocurrencia. Abrazó a su padre, le prometió meditar sobre el consejo que le acababa de dar y corrió a apaciguar a la irritada miss Jackson, que a duras penas le franqueó el paso a su habitación y aceptó escuchar sus justificaciones. Liza le confió la vergüenza que sintió de aparecer ante los invitados con una tez tan morena y le aseguró que no encontró el aplomo para pedir el blanquete, y eso provocó que… Y añadió que estaba segura de que la dulce y generosa miss Jackson la podría perdonar… Etc., etc. Finalmente, una vez que miss Jackson se convenció de que Liza no había pretendido hacer mofa de ella, se calmó, le dio un beso y hasta le regaló una cajita de polvos blanqueadores ingleses, un presente que Liza aceptó con muestras de sincero agradecimiento.

El lector habrá adivinado que a la mañana siguiente Liza corrió al bosque donde tenían lugar sus citas.

—Me han dicho, señor, que estuviste ayer donde mis señores. ¿Es cierto eso? —le preguntó Liza en cuanto se encontraron—: ¿Qué te pareció la señorita?

Alekséi respondió que no se había fijado en ella.

—¡Oh, qué pena! —se lamentó Liza.

—¿Y eso por qué? —preguntó el joven.

—Ah, porque te habría querido preguntar si es cierta una cosa que dicen por ahí…

—¿Qué es lo que dicen, dime?

—Pues, que me le parezco mucho. ¿Es cierto eso?

—¡Qué disparate! Pero sí comparada contigo es feísima.

—¡Ay, señor, es muy feo que digas esas cosas con lo blanca y lo presumida que es nuestra señorita! ¿Cómo me voy a comparar yo con ella?

Alekséi le juró y le perjuró que ella era más hermosa que cualquier señorita coloreada de polvos y, con afán de convencerla, se puso a describir a su señora usando tales términos que Liza reía a mandíbula batiente.

—Bueno, pero es una señorita como quiera que sea —concluyó Liza— y por muy ridícula que se vea yo a su lado pareceré una pobre analfabeta.

—¡Vaya! ¡Ahí sí tenemos un motivo de preocupación! —admitió Alekséi—. Pero si así lo deseas, puedo comenzar a enseñarte las letras ahora mismo.

—¡Sí! Intentémoslo, va —se animó Liza—. ¿Por qué no?

Tomaron asiento y Alekséi sacó un lápiz y un cuaderno de notas del bolsillo. Akulina aprendió las letras del alfabeto con una celeridad prodigiosa. Alekséi estaba pasmado por la inteligencia de su amiga. A la mañana siguiente Liza quiso escribir y aunque en un primer momento el lápiz se le resistía, al poco rato ya garabateaba todas las letras con notable tino.  

—¡Esto es un milagro! —mostró su sorpresa Alekséi—: Avanzamos más rápido que con el sistema de Lancaster.

En efecto, ya en la tercera lección Akulina leía pasablemente «Natalia, hija de boyardo», punteando la lectura con observaciones que admiraban a Alekséi y llenando la hoja de aforismos que extraía de la propia lectura.

Una semana más tarde los jóvenes ya comenzaron a cruzarse cartas. Un hueco en un viejo roble les servía de improvisado buzón de correos. Nastia hacía las veces de cartero en secreto. Hasta el roble llevaba Alekséi sus cartas escritas con grandes letras y allí se encontraba los folios azules de papel basto y llenos de garabatos que le dejaba su enamorada. Se veía que Akulina iba aprendiendo a expresar mejor sus ideas y que su intelecto se desarrollaba y educaba consecuentemente.

Entretanto, la relación recién anudada entre Iván Petrovich Bérestov y Grigori Ivánovich Múromski se fue fortaleciendo poco a poco y terminó convirtiéndose en una amistad. A Múromski le había dado por pensar que a la muerte de Iván Petróvich toda su hacienda quedaría en manos de Alekséi Ivánovich, que se convertiría de esa manera en uno de los hacendados más ricos de toda la provincia, sin que existiera inconveniente alguno para que se casara con Liza. Por su parte, el viejo Bérestov, aun cuando le reconocía a su vecino cierto nivel de demencia (o, como él mismo decía, de tontería inglesa), no le negaba otras muchas virtudes, como, por ejemplo, una extraordinaria maña para los negocios. Encima, Grigori Ivánovich era pariente cercano del conde Pronski, un hombre muy notable y poderoso, y este conde podía serle de gran utilidad a Alekséi, al tiempo que Múromski, así pensaba Iván Petróvich, probablemente se alegraría de dar a su hija un matrimonio tan ventajoso.

Hasta ahora los dos viejos estas cosas sólo las habían rumiado cada uno para sí, y el día que las conversaron por fin acabaron dándose un abrazo, prometiéndose mutuamente hacer los arreglos necesarios y cada uno se fue a ocupar de su propia parte. Múromski lo tenía difícil: le tocaba convencer a su Betsy para que intimara con Alekséi, a quien no había vuelto a ver desde la comida aquella. Entonces, dio la impresión de que no se habían caído muy bien el uno al otro y lo cierto era que Alekséi no se había dejado ver por Prilúchino desde entonces y que Liza se encerraba en su habitación cada vez que Iván Petróvich los regalaba con su presencia. Con todo, Grigori Ivánovich pensó que si Alekséi comenzaba a venir a visitarlos a diario, Betsy acabaría enamorándose de él. Tal era el orden natural de las cosas. El tiempo lo arregla todo.

Iván Petróvich albergaba menos dudas sobre el éxito de su propósito. Esa misma noche llamó a su hijo a su despacho, encendió una pipa y tras unos instantes de silencio, le dijo:

—¿Cómo es que hace tanto tiempo que nada me dices del ejército, Aliosha? ¿Será que la guerrera del Cuerpo de húsares ya dejó de seducirte?

—No es eso, padre —respondió respetuosamente Alekséi—. Veo que usted no me quiere ver entre los húsares y mi deber es obedecerlo.

—Eso está muy bien —dijo Iván Petróvich—. Veo que eres un hijo obediente y eso me consuela, porque no quiero contrariarte yo también. Por eso tampoco voy a imponerte que ingreses en el servicio civil… Lo que sí me propongo es casarte.

—¿Con quién me pretende casar, padre? —preguntó sorprendido Alekséi.

—Con Lizaveta Grigórievna Múromskaya —respondió Iván Petróvich—. Una novia espléndida, ¿no crees?

—Padre, yo no tengo la menor intención de casarme.

—No la tendrás tú, por eso aquí estoy yo para tenerla por ti y tenerla bien pensada.

—Diga lo que diga, a mí Liza Múromskaya no me gusta nada.

—Ya te irá gustando. Te aguantas y acabarás amándola.

—No me siento capacitado para hacerla feliz, padre.

—Su felicidad no es problema que te haya de apenar a ti. ¿Qué me dices, pues? ¿Así es como acatas la voluntad de tu padre? ¡Basta ya!

—Como usted diga, pero no me quiero casar y no me casaré.

—¡Te casarás o te maldeciré! Y vive Dios que venderé la hacienda y me lo puliré todo. ¡Ni medio rublo te voy a dejar! Te doy tres días para que te lo pienses y guárdate de aparecer ante mi vista hasta entonces.

Alekséi sabía muy bien que cuando a su padre se le metía algo en la cabeza no se lo sacabas ni a martillazos, según la expresión de Taras Skotinin. Pero Alekséi había salido a él, precisamente, y tampoco era hombre que cambiara de idea con facilidad. De vuelta en su habitación se puso a pensar en el alcance del poder paterno, en Lizaveta Grigórievna, en la promesa solemne que había hecho su padre de reducirlo a la pobreza y, por fin, también en Akulina. Ahí fue consciente por primera vez de que la amaba con todo su corazón. La idea novelesca de casarse con una campesina y vivir de lo ganado con el sudor de su frente lo rondó y a medida que ponderaba tomar esa decisión drástica, más razonable le parecía la apuesta. Las citas en el bosque se habían interrumpido tiempo atrás con la llegada de la temporada de las lluvias, así que escribió a Akulina una carta con letra firme y verbo encendido, le notificaba la calamidad que se cernía sobre ellos y le ofrecía su mano. Terminada la carta corrió a dejarla en el buzón y se echó a dormir muy satisfecho consigo mismo.

A la mañana siguiente, Alekséi, todavía firme en su propósito, se dirigió a la casa de Múromski para sincerarse con él. Albergaba la esperanza de aprovecharse de su generosidad y convencerlo de sus intenciones.

—¿Está en casa Grigori Ivánovich? —preguntó al detener su caballo ante el portal del palacio de Prilúchino.

—No se encuentra aquí —le respondió el criado—, porque salió de casa a primera hora de la mañana.

«¡Qué pena!», pensó Alekséi para sus adentros. Y preguntó:

—¿Está, al menos, Lizaveta Grigórievna? —preguntó.

—Ella sí —le respondieron y Alekséi saltó del caballo, dejó las riendas en manos del lacayo y avanzó hacia el salón sin esperar a que lo anunciaran.

«Qué sea lo que tenga que ser», pensó mientras caminaba con paso resuelto: «Se lo explicaré a ella misma».

Al entrar al salón, Alekséi se quedó de piedra. Liza… No: Akulina, la hermosa y morena Akulina no vestía el sarafán azul, sino el vestidito blanco de las mañanas, y estaba sentada junto a la ventana y leía una carta. Tan absorta estaba en la lectura, que no se percató de la irrupción del joven. Alekséi no pudo evitar una exclamación de júbilo. Liza se estremeció, levantó la cabeza, pegó un grito y quiso huir a la carrera. Él se abalanzó a sujetarla:

—¡Akulina! ¡Akulina!

Liza intentó escabullirse.

Mais laissez-moi donc, monsieur ! Mais, êtes-vous fou ?  —repetía ella mientras intentaba zafarse.

—¡Akulina, cariño mío! ¡Akulina! —repetía él besándole las manos.

Miss Jackson, que estaba siendo testigo de la escena, no sabía qué pensar. En ese instante se abrió la puerta y entró Grigori Ivánovich.

—¡Anjá! —exclamó Múromski—. Parece que ya lo tenéis arregladito por aquí…

Los lectores me dispensarán de la superflua obligación de contarles el desenlace.   

Traducción de Jorge Ferrer

Traducido a partir de Obras de A. S. Pushkin en diez volúmenes. Moscú, GIJL, 1960, volumen 5.

© Editorial Alma y Jorge Ferrer. La reproducción de este texto sin autorización expresa de los titulares de los derechos está prohibida.

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Una torre tatuada en mi piel

- 15/02/21
Categoría: Letra impresa, Memoria, Periodismo, Rusia | Etiquetas: , , , , , , , ,
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El pasado 1 de enero de 2021, alboreando el año, publicó la revista El Estornudo esta pieza sobre el tatuaje que me había hecho un par de semanas antes.

Se publicó con la fotografía del tatuaje, que no había mostrado hasta entonces, como no podía ser menos. Todo lo que habría que decir sobre él ya fue dicho allí, de modo que lo reproduzco aquí para archivo.

El tiempo en su tinta

Por Jorge Ferrer

Cuando Kike Esteras, el artista nacido en el barrio de Guinardó en Barcelona, empezó a inyectarme tinta siguiendo la trama que habíamos diseñado la víspera, pensé con alivio pueril en que por fin me iba a vestir con una piel del tamaño de mi sueño, que es también mi pesadilla más frecuente y acariciada. ¡Y sin mudarla! Supongo que es una sensación de bienestar y deber cumplido, que alcanza a veces al bañista, cuando pasado el invierno se tumba al sol para broncearse la espalda o el envés de los muslos. O a esas orondas muchachas que traspasan la puerta del Solarium que hay a una calle de mi casa, en la esquina de Escorial con San Luis, y salen después relucientes como joyas, y yo las veo pasar empuñando los teléfonos a los que iban llegando las citas, mientras sus cuerpos se doraban bajo el falso sol de puro ultravioleta, un neón con el que salir a cuestas.

«¿Qué es lo que decías que te quieres tatuar?», se había interesado antes Kike saliendo de no sé dónde, mientras yo me explicaba sin demasiado éxito con el recepcionista del estudio. Es probable que yo acabara de pronunciar en ruso la expresión «сторожевая вышка», una manera algo técnica de llamar a las torretas de vigilancia que poblaban el perímetro de los campos de trabajo en cada uno de los islotes del archipiélago Gulag. Kike no me preguntó entonces por qué me quería tatuar algo así, aunque se trate de una figura susceptible de despertar suspicacias. Tal vez porque en los salones de tatuajes guardan la memoria de cuando su arte era un negocio de cárcel, ballenero y buscadores de oro, de forajidos y parias, tipos de arpón y navaja, de calleja y barracón. Un asunto sobre el que callar. Lo que hizo fue dar forma en el iPad a una síntesis de las tres o cuatro imágenes que llevaba yo en el teléfono para dibujar una torre de vigilancia que fuera la reunión de las miles que han cercado a los hombres privados de libertad durante siglos. Una sencilla serie de líneas, sombras, una atalaya con grácil estatura y peso en equilibrio, que unas horas después me llevaría grabada en la piel como una condena perpetua.

Concluido el trabajo sobre el dibujo, depuradas y disciplinadas en una figura definitiva las imágenes, el artista me preguntó: «¿Lo haremos en el lado derecho o el izquierdo?» Por sorprendente que parezca, es algo que no me había preguntado antes. «¿Y cuál es la relevancia exacta que eso tiene?», pregunté. Y él me dijo con la tranquilidad del pedagogo, sin una pizca de suficiencia: «Bueno, Jorge: todo depende del lugar que usted quiere que esta pieza ocupe en el diseño general de su cuerpo como soporte de arte». Ahí pensé que yo ya venía perdido para el museo porque las otras trazas, cicatrices, dibujadas en mi cuerpo lo están como en un cuadro de Tanguy: figuritas inconexas arrojadas aquí o allá sobre un paisaje tirando a rosado. 

Las repasé deprisa. Esas huellas visibles en la carne. Caminitos, bordes protuberantes en torno a un agujero. La carnosidad prieta de los puntos de unos años y un lugar donde a nadie le importaba que los puntos fueran cicatrices perdurables. Un caminito sube en desganado ángulo por la parte baja de mi vientre, del lado derecho. En un hospital soviético clavaron ahí el escalpelo para extirparme el apéndice. Lo hicieron por gusto, se creyó después. Es un sendero largo, que se interpone en la curva bonita de mi barriga, rompiéndola en una suerte de barranco: salvaje orografía biselada por la espuma de la cerveza y la manteca. Hay otras marcas, otros puntos. De sutura. Llevo dos en la muñeca, por dentro. En la derecha. Tendría unos diez años, once tal vez. Robábamos ciruelas en una casa de Los quemados, en Marianao. Salió la dueña, no sé ahora si su rabia era burguesa o cederista. Yo estaba encima del árbol, arrancando las frutas amargas y arrojándolas a mis amigos, que curiosamente se apellidaban, y apellidan, Valiente, pero se habían quedado fuera del huerto cercado. Apareció la mujer, ya te digo que no sé si Fifí o Fefa, salté del árbol y el brazo se me quedó ensartado en la saeta que coronaba uno de los hierros de la valla. Sangré, me desmayé. El padre de los Valiente me socorrió. Hay otras dos: el corte de una chaveta en el pulgar derecho. Segábamos hierba para los conejos de mi abuelo en Bauta, me di un tajo; el viejo cubrió la herida con un puñado de telaraña. Y aún otra incisión, la última, la mordida de una perra cuando era niño. Mordió dos veces con mucha fuerza, pero solo dejó una marca, como esos amores crueles que te pegan mordiscos durante años y después te queda solo una marca, que es unas veces la del odio y otras la del desprecio.

«La tatuaremos en el brazo izquierdo», decidí incapaz de concebirme como un lienzo donde pintaríamos hasta los bordes, como al «hombre ilustrado» de Ray Bradbury. 

Severo Sarduy, que tengo dicho, y quiero pensar que hasta probado, que es el escritor a quien más debí en mis primeros años dedicados al arte de la imitación, esa manera tan esforzada de la creación literaria, tituló Escrito sobre un cuerpo una colección de notas, ensayos breves, sobre la literatura y la pintura que lo rondaban. Lezama, principalmente. El cuerpo en tanto corpus literario, pero siempre el cuerpo, la carne que palpita, se hunde y se hiende. No por gusto Severo se refería sin cesar al tatuaje, la huella, el trazo y acabaría pintando con su propia sangre.

Mi cuerpo, mi piel, mi carne, llevarán desde hoy la marca emblemática del universo concentracionario. No me abandonaba antes esa memoria. Ahora la exhibiré, además. Y no, no es una casualidad que ello suceda al término del año en que el Estado nos ha mantenido encerrados y vigilados por guardias que nos apartan de la peste con las maneras medievales que precedieron y preceden aún a la fiesta de jeringas de Jenner, en la que ya comienzan a bailar los primeros compases bajo las cadenetas de recortados trocitos de ARN. 

Hace muchos años, cuando era un joven en el Moscú que levantó el Telón de Acero a cuya sombra no me doraba, compré en un mercadillo de pulgas unas gafas de pasta que tendrían medio siglo y alguien llevó en los años treinta y cuarenta. Yo no podía saber si las llevó víctima o verdugo. O transeúnte. Pero en aquellos años eran pocos los transeúntes que no caían a uno u otro lado de la senda del horror. Llevé aquellas gafas con cristales graduados durante años y cuando alguien me echaba en cara su feroz fealdad yo explicaba que llevándolas quería denunciar a un Estado que era incapaz de venderme unas que me complacieran.

Ahora, tatuado, me pasearé con el Gulag en el brazo, una sencilla manera de recordar y recordarme que la vigilancia, la represión, la exclusión y la sinrazón viven ahí afuera siempre. Que las casetas de esas torres de antaño, exacto reverso de las barquillas de los globos aerostáticos, son panópticos dispositivos que se reproducen en las cámaras de vigilancia que nos vigilan por millones, en los Estados policiales que proliferan, en la ávida colección de datos por gobiernos y empresas que ya segmentan el paisaje público con nuevas alambradas.  

Me habían dicho que dolía. Que dolía dibujarse el dolor en la piel. También eso era mentira. Lo que duele, en verdad, es el dolor primero del que ahora llevaré siempre escrita esta memoria que se comerán los gusanos. Yo, el primero.

    

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Ecos de ‘Días de coronavirus’: diálogos, entrevistas

- 26/01/21
Categoría: COVID-19, Crónicas, Días de coronavirus, Entrevistas, Letra impresa, Libros, Literatura, Periodismo | Etiquetas: , , , , , ,
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A propósito de la publicación de ‘Días de coronavirus. Un itinerario’ (Editorial Hypermedia, 2020) han ido apareciendo reseñas y entrevistas en diversos medios. A efectos de archivo, las voy reuniendo unas y otras aquí en sendos posts.

Hace unos días reunía las reseñas.

Ahora en este van los diálogos y entrevistas. 

1. Presentación de ‘Días de coronavirus. Un itinerario’ el 18 de septiembre de 2020 en un coloquio en el que participaron Ricardo Cayuela, Carlos Manuel Álvarez, Ladislao Aguado y el autor, Jorge Ferrer

 

2. Entrevista en el diario digital 14ymedio por Yaiza Santos. Publicada el 10 de octubre de 2020 

“El Muro de Berlín no se cayó solo, lo empujaron” – 14ymedio

3. Entrevista en Diario de Cuba publicada en ese portal el 19 de octubre de 2020

 

 

  

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