Una torre tatuada en mi piel

- 15/02/21
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El pasado 1 de enero de 2021, alboreando el año, publicó la revista El Estornudo esta pieza sobre el tatuaje que me había hecho un par de semanas antes.

Se publicó con la fotografía del tatuaje, que no había mostrado hasta entonces, como no podía ser menos. Todo lo que habría que decir sobre él ya fue dicho allí, de modo que lo reproduzco aquí para archivo.

El tiempo en su tinta

Por Jorge Ferrer

Cuando Kike Esteras, el artista nacido en el barrio de Guinardó en Barcelona, empezó a inyectarme tinta siguiendo la trama que habíamos diseñado la víspera, pensé con alivio pueril en que por fin me iba a vestir con una piel del tamaño de mi sueño, que es también mi pesadilla más frecuente y acariciada. ¡Y sin mudarla! Supongo que es una sensación de bienestar y deber cumplido, que alcanza a veces al bañista, cuando pasado el invierno se tumba al sol para broncearse la espalda o el envés de los muslos. O a esas orondas muchachas que traspasan la puerta del Solarium que hay a una calle de mi casa, en la esquina de Escorial con San Luis, y salen después relucientes como joyas, y yo las veo pasar empuñando los teléfonos a los que iban llegando las citas, mientras sus cuerpos se doraban bajo el falso sol de puro ultravioleta, un neón con el que salir a cuestas.

«¿Qué es lo que decías que te quieres tatuar?», se había interesado antes Kike saliendo de no sé dónde, mientras yo me explicaba sin demasiado éxito con el recepcionista del estudio. Es probable que yo acabara de pronunciar en ruso la expresión «сторожевая вышка», una manera algo técnica de llamar a las torretas de vigilancia que poblaban el perímetro de los campos de trabajo en cada uno de los islotes del archipiélago Gulag. Kike no me preguntó entonces por qué me quería tatuar algo así, aunque se trate de una figura susceptible de despertar suspicacias. Tal vez porque en los salones de tatuajes guardan la memoria de cuando su arte era un negocio de cárcel, ballenero y buscadores de oro, de forajidos y parias, tipos de arpón y navaja, de calleja y barracón. Un asunto sobre el que callar. Lo que hizo fue dar forma en el iPad a una síntesis de las tres o cuatro imágenes que llevaba yo en el teléfono para dibujar una torre de vigilancia que fuera la reunión de las miles que han cercado a los hombres privados de libertad durante siglos. Una sencilla serie de líneas, sombras, una atalaya con grácil estatura y peso en equilibrio, que unas horas después me llevaría grabada en la piel como una condena perpetua.

Concluido el trabajo sobre el dibujo, depuradas y disciplinadas en una figura definitiva las imágenes, el artista me preguntó: «¿Lo haremos en el lado derecho o el izquierdo?» Por sorprendente que parezca, es algo que no me había preguntado antes. «¿Y cuál es la relevancia exacta que eso tiene?», pregunté. Y él me dijo con la tranquilidad del pedagogo, sin una pizca de suficiencia: «Bueno, Jorge: todo depende del lugar que usted quiere que esta pieza ocupe en el diseño general de su cuerpo como soporte de arte». Ahí pensé que yo ya venía perdido para el museo porque las otras trazas, cicatrices, dibujadas en mi cuerpo lo están como en un cuadro de Tanguy: figuritas inconexas arrojadas aquí o allá sobre un paisaje tirando a rosado. 

Las repasé deprisa. Esas huellas visibles en la carne. Caminitos, bordes protuberantes en torno a un agujero. La carnosidad prieta de los puntos de unos años y un lugar donde a nadie le importaba que los puntos fueran cicatrices perdurables. Un caminito sube en desganado ángulo por la parte baja de mi vientre, del lado derecho. En un hospital soviético clavaron ahí el escalpelo para extirparme el apéndice. Lo hicieron por gusto, se creyó después. Es un sendero largo, que se interpone en la curva bonita de mi barriga, rompiéndola en una suerte de barranco: salvaje orografía biselada por la espuma de la cerveza y la manteca. Hay otras marcas, otros puntos. De sutura. Llevo dos en la muñeca, por dentro. En la derecha. Tendría unos diez años, once tal vez. Robábamos ciruelas en una casa de Los quemados, en Marianao. Salió la dueña, no sé ahora si su rabia era burguesa o cederista. Yo estaba encima del árbol, arrancando las frutas amargas y arrojándolas a mis amigos, que curiosamente se apellidaban, y apellidan, Valiente, pero se habían quedado fuera del huerto cercado. Apareció la mujer, ya te digo que no sé si Fifí o Fefa, salté del árbol y el brazo se me quedó ensartado en la saeta que coronaba uno de los hierros de la valla. Sangré, me desmayé. El padre de los Valiente me socorrió. Hay otras dos: el corte de una chaveta en el pulgar derecho. Segábamos hierba para los conejos de mi abuelo en Bauta, me di un tajo; el viejo cubrió la herida con un puñado de telaraña. Y aún otra incisión, la última, la mordida de una perra cuando era niño. Mordió dos veces con mucha fuerza, pero solo dejó una marca, como esos amores crueles que te pegan mordiscos durante años y después te queda solo una marca, que es unas veces la del odio y otras la del desprecio.

«La tatuaremos en el brazo izquierdo», decidí incapaz de concebirme como un lienzo donde pintaríamos hasta los bordes, como al «hombre ilustrado» de Ray Bradbury. 

Severo Sarduy, que tengo dicho, y quiero pensar que hasta probado, que es el escritor a quien más debí en mis primeros años dedicados al arte de la imitación, esa manera tan esforzada de la creación literaria, tituló Escrito sobre un cuerpo una colección de notas, ensayos breves, sobre la literatura y la pintura que lo rondaban. Lezama, principalmente. El cuerpo en tanto corpus literario, pero siempre el cuerpo, la carne que palpita, se hunde y se hiende. No por gusto Severo se refería sin cesar al tatuaje, la huella, el trazo y acabaría pintando con su propia sangre.

Mi cuerpo, mi piel, mi carne, llevarán desde hoy la marca emblemática del universo concentracionario. No me abandonaba antes esa memoria. Ahora la exhibiré, además. Y no, no es una casualidad que ello suceda al término del año en que el Estado nos ha mantenido encerrados y vigilados por guardias que nos apartan de la peste con las maneras medievales que precedieron y preceden aún a la fiesta de jeringas de Jenner, en la que ya comienzan a bailar los primeros compases bajo las cadenetas de recortados trocitos de ARN. 

Hace muchos años, cuando era un joven en el Moscú que levantó el Telón de Acero a cuya sombra no me doraba, compré en un mercadillo de pulgas unas gafas de pasta que tendrían medio siglo y alguien llevó en los años treinta y cuarenta. Yo no podía saber si las llevó víctima o verdugo. O transeúnte. Pero en aquellos años eran pocos los transeúntes que no caían a uno u otro lado de la senda del horror. Llevé aquellas gafas con cristales graduados durante años y cuando alguien me echaba en cara su feroz fealdad yo explicaba que llevándolas quería denunciar a un Estado que era incapaz de venderme unas que me complacieran.

Ahora, tatuado, me pasearé con el Gulag en el brazo, una sencilla manera de recordar y recordarme que la vigilancia, la represión, la exclusión y la sinrazón viven ahí afuera siempre. Que las casetas de esas torres de antaño, exacto reverso de las barquillas de los globos aerostáticos, son panópticos dispositivos que se reproducen en las cámaras de vigilancia que nos vigilan por millones, en los Estados policiales que proliferan, en la ávida colección de datos por gobiernos y empresas que ya segmentan el paisaje público con nuevas alambradas.  

Me habían dicho que dolía. Que dolía dibujarse el dolor en la piel. También eso era mentira. Lo que duele, en verdad, es el dolor primero del que ahora llevaré siempre escrita esta memoria que se comerán los gusanos. Yo, el primero.

    

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Svetlana Aleksiévich, Lukashenko y la revolución en Bielorrusia

- 15/10/20
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El artículo “Aleksiévich, la revolución y los fármacos” apareció en la versión digital de Letras Libres el 22/09/2020. El original puede consultarse aquí.

Aquí se reproduce para archivo.

 

 

 

Aleksiévich, la revolución y los fármacos

Por Jorge Ferrer

 

Hace unos días escribí a Svetlana Aleksiévich un mensaje de apoyo. Se lo escribí en Telegram, una aplicación de mensajería instantánea que comenzó a utilizar en los días de las protestas que sacuden Minsk desde el verano y, especialmente, tras las sospechas de fraude electoral en las elecciones del 9 de agosto pasado.

Aleksiévich, premio Nobel de literatura en 2015, es miembro del Comité de coordinación que busca, tal vez ya debamos decir «buscaba», trazar los cauces por los que emprender una transición en Bielorrusia, tras una eventual marcha de Aleksandr Lukashenko. A lo largo de esta última semana todos los miembros de ese Comité fueron expulsados del país o detenidos por medio de contundentes dispositivos policiales. A ella aún la protege su nombre, el nombre de pila de su fama, y los diplomáticos europeos en Minsk que acuden a su casa a hacerle compañía para prevenir que se la lleven por la fuerza. Pero quienes conocemos su talante liberal, su manifiesta incapacidad para bajar la cabeza y callar, somos conscientes de que el muro de su celebridad podrá dejar de protegerla el día en que el régimen de Minsk se vea perdido. O, más bien, la noche.

Por eso le escribí desde la tierra firme de mi mesa a las arenas movedizas en las que se encuentra ella, como hace uno en tales circunstancias: alabando el arrojo, pero aconsejando cautela. Acababa de ver a Lukashenko en un canal bielorruso, empuñando un fusil automático y acompañado de su hijo armado hasta los dientes. Las imágenes los mostraban sobrevolando en helicóptero el Palacio de la Independencia y caminando después frente a la mole de mármol blanco, con el aire de quienes van a una guerra concebida para ser emitida por televisión, un reality show bélico. Todo parecía impostado en ellas, salvo, por razones obvias, el helicóptero.

Fuera de Bielorrusia, ese país que llamamos con desdén y un punto de alivio “la última dictadura de Europa”, en esa secuencia muchos vieron al gigante que es Lukashenko (188 cm) como a una suerte de dictatorzuelo africano. Yo que crecí un poco más al este del Este que es Minsk, vi ahí enseguida un artefacto poscomunista. Con el ridículo que ello entraña, sí, pero también con su potencial destructivo.

Lukashenko, el hombre que gobierna Bielorrusia desde 1994, no es lo peor del poscomunismo, ni siquiera lo más letal (¡para eso está el novichok!), pero sí es hoy su cara más desfachatada. Y no parece que los bielorrusos quieran soportar más el régimen autoritario, corrupto y corruptor que les ha impuesto. Sobre todo, cuando llevan años viendo prosperar a las llamadas repúblicas del Báltico, tres países que han sabido sobrevivir a la experiencia soviética e integrarse plenamente en las instituciones y la política económica europeas.

Es siempre complejo situar el momento exacto en el que la gente se ha hartado de una dictadura. ¿Cuánto tiempo pasa desde el día en que reconocen vivir en una, hasta que se deciden a dejar de hacerlo, a intentarlo al menos? Digo de una dictadura de verdad. De las que controlan el edificio social de arriba abajo. Dictaduras técnicamente perfectas y sin aparente fecha de caducidad como la bielorrusa, porque carecen de ideología y se sostienen exclusivamente gracias a un ejercicio muy bien calculado de la fuerza y a un clientelismo que garantiza un relativo bienestar económico. ¿Cómo sacudirse de una dictadura así? ¿Qué está ocurriendo en Minsk? ¿Cómo llamarle a lo que vemos a diario en sus calles creciendo sin parar estas últimas semanas?

La respuesta a esa pregunta me la dio precisamente Svetlana Aleksiévich en su respuesta a mi mensaje: “Te agradezco tus palabras de aliento. Ahora sé que las revoluciones no son sólo hermosas, porque también son terribles”.

Una revolución.

En Bielorrusia lo saben. Lo saben en la calle y lo saben en Palacio. Y saben unos y otros que las revoluciones no siempre triunfan, que hay mucha montaña que acaba pariendo ratón. ¿Se acuerda alguien de aquel Juan Guaidó que parecía tener a Venezuela lista para democrático delivery? Ahí está la tiranía del momentum, del clímax, que es cosa de la física y la política. Y de la noche tras noche en la escaleta del programa de noticias y el día a día del tablero geopolítico, torre allí, peón allá, brava y después lánguida reina acullá.

Con todo, que en medio de la pandemia, en este año de la peste en el que AstraZeneca y su vacuna en ciernes cotizan más en el interés del público que cualquier otro evento, es un fenómeno extraordinario que un pequeño país postcomunista engastado como una joyita de pocos quilates en un rincón de Europa se esté abriendo hueco unas semanas en la fiesta de las noticias.

Resulta aún más interesante, en términos pedagógicos, porque Bielorrusia muestra un retrato cabal de un mundo que parecía distante, el mundo soviético. Es un tableau vivant, un diorama como de Museo de Historia Natural, pero de uno que se ocupe de la historia política. Pero es, a la vez, un ejemplo de revuelta popular sin populismo. Y esa frescura es la vitamina pura de una manera de ver la democracia, ¡y sobre todo anhelarla!, que brilla en tiempos de cancel culture, populismos de izquierda y derecha, nacionalismos xenófobos y desprecio por la democracia representativa.

No menos interesante resulta Bielorrusia en cuanto a su rol en los equilibrios del poder en Europa, donde Rusia no se ha privado en las últimas décadas de atizar el caos y la subversión. La cercanía de Bielorrusia a Rusia, geográfica y también, aunque de manera irregular, política, será un elemento clave en el saldo de las protestas, cualquiera que acabe siendo. Y la posibilidad de que el Kremlin deje caer a Lukashenko con el consiguiente establecimiento en Minsk de un gobierno proeuropeo parece muy remota. Putin, que nunca ha ocultado su disgusto por el saldo de las reformas de Gorbachov en los 80 del siglo pasado, no quiere un Lukashescu, como se le ha venido llamando a Lukashenko en alusión al final del dictador rumano, en una antigua provincia del imperio.

Es curioso que fuera precisamente en Bielorrusia donde se consagró la disolución de la URSS. Ese acto que Vladimir Putin ha llamado “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” tuvo lugar en un pabellón de caza ubicado en los confines del antiguo imperio soviético, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia y en medio de un bosque milenario, Bélaya Vezha o Bialowieza, habitado por urogallos y los últimos bisontes europeos. Allí, bajo la coqueta linterna que remata un pabellón de caza, el 8 de diciembre de 1991 se consumó la implosión del sistema político soviético. La Revolución rusa, una de las grandes revoluciones del s. XX, acabó formalmente en Bielorrusia. ¿Querrá la historia, el futuro relato de la historia, que Rusia le responda ahora con simétrica cancelación, aún antes de que la revolución bielorrusa triunfe?

Hace unos días, Vladimir Putin recibió a Aleksandr Lukashenko en Sochi. Le ha dado dinero, mucho dinero, y le ha dado vacunas contra la peste que asola el mundo. Es difícil imaginar dos palancas contrarrevolucionarias más eficaces en el paisaje de la pandemia y la crisis económica que esta trae a Bielorrusia, como a buena parte del planeta.

Un fármaco y otro fármaco.

Habrá que ver si los bielorrusos están vacunados contra la simetría y el destino.




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El cerco a Leningrado contado por una enfermera

- 09/05/20
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Celebramos el 75 aniversario de la victoria de los ejércitos aliados contra la Alemania nazi, el fin de la Segunda Guerra Mundial. Setenta y cinco años.

Para celebrarlos he recuperado un fragmento de mi traducción inédita del libro El cerco (Blok-ada) de Mijaíl Kuráyev, un extraordinario escritor ruso de quien he traducido otros dos libros, ambos publicados en Acantilado: Ronda nocturna (2007) y Petia camino al Reino de los Cielos (2008).

El cerco, un homenaje de Kuráyev a la ciudad de Leningrado cercada por el ejército alemán incluye el diario que llevó Elizaveta Turnás, una humilde enfermera, durante los días del asedio. La grandeza humana y literaria con la que esa mujer fue llevando nota del día a día en la ciudad acosada con su mente embotada por el miedo, el hambre y el agotamiento es de veras extraordinaria.

Con la publicación de este breve fragmento del libro de Mijaíl Kuráyev rindo homenaje a los hombres y mujeres soviéticos que enfrentaron el fascismo y fueron absolutamente cruciales en su derrota, aun sobreponiéndose al estalinismo, su tragedia vernácula.

El cerco (fragmento)

Mijaíl Kuráyev

(Traducción de Jorge Ferrer, inédita.)

 

 

25 de noviembre.

Hoy ha sido un día como cualquier otro. Uno como tantos de los que he vivido durante estos últimos tiempos. Ya hace tres jornadas que se declara la alarma aérea cuando aún es de día y se prolonga durante tres horas. No hay bombardeos. Parece que los alemanes se limitan a enviar espías a observar la ciudad…

La ciudad continúa siendo blanco de los proyectiles. Hoy tomamos sopa de alforfón, extraído del fondo del lago Ládoga: por lo visto, había unas barcazas con alimentos hundidas. A ver si hay suerte y los alemanes nos dejan dormir un poco esta noche. Es difícil vivir así, y hasta cuesta pensar que se puede soportar todo esto y seguir con vida, pero de todas formas están ocurriendo cosas interesantísimas y dan ganas de esperar a ver en qué acabará todo esto.

27 de noviembre.

Ayer declararon la alarma a las 13 horas y no la levantaron hasta las 19 horas. El bombardeo fue leve, pero se hizo notar. Cuando empezaba a anochecer, los alemanes aparecieron sobre nuestro distrito con sus malvadas intenciones. Las antiaéreas comenzaron a castañetear sobre nosotros con enorme estruendo. Me encontraba en mi habitación y pensé que corría peligro si permanecía en el edificio, así que bajé las escaleras. Al llegar al último peldaño, la puerta se abrió de pronto de par en par y se oyó una potente explosión a la vez que el suelo temblaba bajo mis pies. Una bomba había caído muy cerca de nuestro colegio. Mi destacamento estaba precisamente de guardia y echamos a correr hacia allá para prestar socorro a las víctimas. Un edificio de dos plantas había sido tocado de lleno. Mujeres y niños aplastados gritaban bajo los escombros. Los aviones continuaban volando sobre nosotros, las baterías antiaéreas disparaban sin cesar, ululaban los proyectiles lanzados por piezas de artillería y estallaban muy cerca de nosotros. Era difícil saber si caían bombas o proyectiles de artillería. Por lo visto, su objetivo era el aeródromo [El Aeródromo de la Comandancia, que permaneció operativo durante toda la guerra y era el más antiguo de la ciudad estaba situado a un kilómetro de la calle Gorojovaya], pero los afectados eran los edificios de viviendas. Nos pusimos a sacar a madres e hijos mutilados de debajo de los escombros. Las primeras gritaban: «¡Allí están mis niños!» Los segundos: «¡Mamá! ¡Mamá!» Tras una hora de trabajo dos personas permanecían desaparecidas, es decir, bajo los escombros. El trabajo prometía durar toda la noche. Permanecí junto a mis compañeros. Hacía frío, soplaba el viento del norte, el cielo estaba casi despejado y la luna, indolente y altanera, se asomaba con frecuencia. Los presentes la maldecían. En estos tiempos, la visión de la luna es siempre una mala señal, porque indica que hace buen tiempo para volar. Entretanto, los proyectiles no paraban de silbar. Me estaba helando, así que me refugié en la habitación destinada al puesto sanitario. Estaba abarrotada de mujeres y niños de todas las edades, los inquilinos del edificio derruido. La luz estaba apagada y todos se apretujaban junto a una estufa donde los leños crepitaban alegremente. Los niños lloraban a moco tendido. Los adultos, jóvenes y ancianos, no dejaban de suspirar y rezar, resignados a su suerte, aunque de vez en cuando se oyera maldecir a Hitler. Los niños pedían algo de comer, pero no quedaba ni una migaja de pan. Las minúsculas reservas habían desaparecido con el ataque. Y si los propios combatientes encontraban por casualidad algo comestible entre los escombros, se lo guardaban deprisa en los bolsillos para comérselo después a hurtadillas. El trabajo continuó casi hasta el amanecer. Pasé una noche horrible. Por la mañana, derrengada y hambrienta, volví al cuartel arrastrando los pies a duras penas. Me bebí el bodrio acompañado de cien gramos de pan y así comenzó mi día… Es increíble cómo el hambre ahoga todos los sentimientos. Siento una apatía total hacia todo lo que me rodea. Sólo pienso en una cosa: cómo conseguir algo de comer.

 

El destino, sin embargo, le regalaba a veces días distintos a ese para que la sensibilidad no se le entumeciera del todo.

 

30 de noviembre.

Hoy he tenido gozos para dar y tomar. Primero, me dieron un pase para el día entero. Segundo, pude ver a mi hijo. Está saludable y contento. Me mostró todo lo que lo mantiene ocupado. Está esquiando. Pasé todo el día junto a él. De todos modos, echa de menos su casa, sabe que está en un lugar que no es el suyo. Estuvo muy cariñoso conmigo y todo el rato procuraba que nos quedáramos a solas para transmitirme todas sus impresiones. Se puso muy triste cuando me preparé para marcharme. Mi hijito querido, qué feliz sería de volver a tenerte junto a mí. Es lo único por lo que la vida continúa valiendo la pena: vivirla para ti, para cuidar de tu salud y de tus aficiones… Lo aguantaré todo. Aun cuando las cosas empeoren, apretaré los nervios en un puño y me apretaré el cinturón hasta que no dé más, con tal de conservarte junto a mí. Si me dieran libertad para hacerlo, te sacaría en brazos de aquí para alejarte de los peligros. Y lo haré. Si algo amenaza tu vida, lo haré. Tienes que vivir por ti y por mí, porque a mí ya me queda poco en este mundo. No quiero recordar mi pasado porque no hay en él ni un solo día que me traiga recuerdos gratos. Toda mi vida, de principio a fin, ha sido estéril. Por eso mi hijo vale tanto para mí: es lo único que he creado en la vida. Bueno, parece que me ha dado por ponerme profunda. Debe ser porque hoy he comido bien…

 

El 4 de diciembre la letra es confusa, el trazo amplio debido al apresuramiento.

 

Nos dan la orden de salida. Hoy sufrimos un severo ataque de artillería. Acaso haya llegado el día de mi muerte. Si así fuera, ruego a todos que no olvidéis a mi hijito ni le hagáis nunca daño.

 

Su presentimiento resultó vano. Habría un 5 de diciembre para ella y muchos otros días terribles por delante.

 

5 de diciembre.

No hemos vuelto al cuartel hasta ahora. No ha habido víctimas. Pero qué noche tan terrible hemos pasado. Dos horas seguidas de bombardeo y fuego de artillería. Cada cuatro minutos estallaba un proyectil. Nuestros edificios volaban en pedazos. La población se protegía en las trincheras y así se ponía a resguardo de las piezas de artillería, que no causaron víctimas. Pero las bombas caían sobre las trincheras atestadas convirtiendo a la gente en un amasijo de carne y tierra. Eso es lo que teníamos ante nuestros ojos: mujeres decapitadas y niños partidos por la mitad. Es imposible pensar en una imagen más repugnante. Entretanto, del cielo caían zumbando y silbando por todas partes bombas y proyectiles que traían más muerte y horror. Los nervios no dejaban de estar en tensión ni un instante, así que no había tiempo ni para respirar… Deseaba gritar tan fuerte que se oyera en el mundo entero: «¡Detente, maldito movimiento!» Agotados y exhaustos, regresamos al cuartel a las seis de la mañana. Nos desplomamos sobre las literas. Y en eso resonó una explosión, y después, otra aún más cerca, todo el edificio se estremeció, pero ninguno abandonó la habitación. Todos nos quedamos dormidos y ya no oímos nada más. Con toda probabilidad, esta noche todo se repetirá. Hay que tomarse un respiro.

 

Hasta los errores involuntarios que aparecen en las notas tienen una significación muy especial. Llega el mes de enero y, sin embargo, el día siguiente al 8 de enero aparece anotado como el 9 «de diciembre». Y también el día 11 será «de diciembre» y otra vez el 15.

Vuelven entonces a asomar las asociaciones literarias. Y recordamos el «calendario» de «Diario de un loco». Aquí, sin embargo, no estamos ante la invención de un autor ingenioso, sino ante la evidencia de la trágica descomposición del tiempo y, cuando se leen las notas escritas esos días, uno comprende que el tiempo se había detenido.

 

8 de enero.

A lo largo de los últimos días la ciudad ha vuelto a ser víctima de constante fuego de artillería. Y otra vez son disparos que vienen decerca. Nuestro distrito lleva tres días bajo fuego enemigo. Hace una hora comenzaron a disparar con fuego intenso y fue declarada inmediatamente la alarma química. El ruido de hierros golpeados se oyó por toda la calle, pero no produjo demasiado efecto en la gente. De cualquier modo vamos a morir. Me quedé en casa. Ahora ya todo está en calma y no hemos tenido que hacer ninguna salida. Por lo que parece, los alemanes están intentando tomar la ciudad otra vez, porque puede percibirse que hay duros combates en torno a ella. El rugido de distantes disparos no cesa. Es probable que nuestros días estén contados y que nos dé igual. La gente ha dejado de reaccionar en forma alguna contra lo que acontece a su alrededor. En el rostro de la gente sólo aparece alguna expresión de sensatez cuando se habla de comida. Yo sólo temo por la suerte de mi hijo. Lo más probable es que Kolia ya no regrese jamás. Me da pena Kolia, porque debe de estar sufriendo por la ponzoña que le corroe el alma. Saber que su hijito se quedará sin padre. Aunque con la vida que llevamos hoy en día, no conviene adelantarse a los acontecimientos con suposiciones. Vivamos un poco más, y ya veremos.

 

9 de diciembre [Encima de la palabra diciembre, con lápiz, escribe «enero»].

Fui hasta Leváshovo. Ya no hay trenes que viajen hasta allá. Se acabó el combustible. Los militares están talando todos los postes de telégrafos y las farolas para procurarse combustible. Fui andando desde Stáraia Derevnia y pasando por Kolomiagui y Martínishko hasta llegar a Shuválovo. Salí a primera hora de la mañana. Cuando llegaba al parque Udélninski comenzó a salir el sol. Los árboles estaban completamente cubiertos de espesa escarcha. La nieve cegaba con su blanco fulgor. La naturaleza se mostraba tan bella que parecía burlarse de nosotros, una belleza que destacaba con mayor brillantez aún dado el estado de decrepitud general. Nuestra ciudad se está convirtiendo en un basurero por el que merodean animales hambrientos y feroces dispuestos en cualquier momento a saltarte a la garganta. Hice un alto en Shuválovo…

Llegué por fin a Leváshovo, mi hijito está bien de salud y se alegró de mi visita. Los habitantes de Shuválovo, es decir, Kolia y Shura, viven sobre un volcán a punto de entrar en erupción. A las seis de la mañana emprendí el camino de regreso. Al pasar por Pargólovo, me senté un momento en un portal y me puse a comer un trozo de pan de unos cincuenta gramos que llevaba. De pronto veo cómo la gente se me acerca, forma un semicírculo en torno a mí y me mira a la boca con ojos ávidos. Todas las caras tenían las mejillas hundidas y reflejaban dureza y rabia. Parecían dispuestos a todo. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Estaba oscuro todavía. Yo llevaba una bolsita y en ella una pequeña pata de caballo (para Lenka). Y pensé que esa pequeña pata me iba a costar la vida. Tuve la suerte de que había un grupo de militares comandados por un oficial que viajaban también a la ciudad, y me uní a ellos. Me sentía tan cansada que se me cerraban los ojos. En el camino de vuelta ya no percibí la belleza del entorno natural.

 

Turnás es enfermera y no le cuesta imaginar lo que espera a la ciudad cuando termine ese terrible invierno.

 

11 de diciembre [En el original la fecha no aparece corregida, aunque la anotación se realizó en el mes de enero].

…Si conseguimos sobrevivir a esta hambruna, cuando llegue el calor las epidemias harán estragos en la ciudad, porque es tremenda la cantidad de basura que hay por todos lados. El acueducto está fuera de servicio, al igual que el alcantarillado. Nadie retira la nieve ni las basuras. No hay luz eléctrica y todos los locales están llenos de cenizas y hollín. Es prácticamente imposible lavar la ropa, de ahí la plaga de piojos, que afecta a casi todo el mundo, y su inseparable compañero, el tifus. Los baños públicos han dejado de funcionar, como también las empresas. No hay electricidad y todo el transporte está parado. Las calles están llenas de vehículos cubiertos de nieve y con los tanques de combustible vacíos. Los tranvías llevan dos meses parados. No hay leña. La gente anda por las calles sin apenas avanzar y envuelta en todo tipo de trapos. El hambre alcanza cotas cada vez más altas. El mes pasado no se entregó a la población toda la norma de alimentos establecida y este mes aún no han dado nada. Las tiendas están completamente vacías. Sólo se despacha pan y hay que hacer largas colas para adquirirlo. Fallecen familias enteras. La gente muere en plena calle y pasan semanas antes de que se retiren los cadáveres. Este monstruo enorme y colmado de basuras que es Leningrado se está muriendo. El número de alienados crece sin parar. La actividad delictiva es constante. La gente no sabe cómo llegar a casa con el pan que ha comprado sin ser víctima de atracos. Si esta situación se prolonga un mes más todos acabaremos muertos. Se están montando puestos de alimentación o lazaretos ante las oficinas públicas y las clínicas para tratar a los que ya no pueden más. Pero casi todos los que acuden a esos puestos se mueren allí mismo, porque el organismo agotado no consigue asimilar las sustancias alimenticias que le administran. Dicho claramente, esto no es vida, sino un ataúd con música.

 

Tras monólogo tan doloroso, y tan marcado por la angustia y la desesperación, surge esa ácida broma del «ataúd con música», como una luz en medio de las tinieblas, como la sonrisa que se asoma a un rostro demacrado y moribundo.

Y también están esos «diciembres», y los «eneros» escritos encima con lápiz, como si se asistiera al esfuerzo de alguien a quien arrastran hacia la muerte por aferrarse al no ser de las garras de diciembre. Terrible será enero, y duros serán febrero y marzo, pero el infernal diciembre continuará cobrándose su tributo. Más adelante, el pan conseguirá viajar sobre el lago Ládoga, y avanzará sobre el hielo el flujo de evacuados, aligerando la ciudad de superfluas bocas que alimentar. Comenzarán a aumentar las raciones normadas. Con la llegada de la primavera, la ciudad ganará un poquito de fuerzas, que le permitirán sacudirse de encima la negra sábana que ha dejado diciembre…

 

15 de diciembre. [«Diciembre» aparece tachado y encima, escrito con lápiz, se lee «enero»].

Fui a lavarme a un baño público y me robaron toda la ropa. Un suceso de veras lamentable, sobre todo por las botas de fieltro que me da mucha pena haber perdido, porque el invierno está en su apogeo, y sólo podría comprar otras pagándolas con pan, que es de lo que menos tengo, aunque tampoco tenga dinero. ¡Ya me las arreglaré! ¡Igualmente, quizá tampoco me quede mucho de vida! Pese a todo, lo que más me urge es comer algo. Si me dieran pan, me comería una hogaza entera y después a morirme si es lo que me toca. Temo por mi hijo. Ojalá él no tenga que pasar mucha hambre.

 

Siempre que se refiere a los habitantes de la Ciudad, Elizaveta Turnás escribe Leningradense, con mayúscula. También ahí se hace notar la ortografía de la Ciudad. Porque precisamente así, con mayúscula, habrá llamado la Ciudad a sus habitantes en esos días, en esos años.

Véase este autorretrato de una Leningradense escrito en la primavera de 1942.

Liza viene de Stáraia Derevnia y se dirige a la calle Herzen, donde vive «mi hermana Lena», como se cuida de anotar una y otra vez:

 

El fuego de artillería empezó a caer cuando me estaba aproximando al puente de la Bolsa. Probablemente, el objetivo era el río Neva, donde había varios vapores inmensos…

 

Tropiezo con esa expresión casi infantil acerca de los «vapores inmensos», unos «vapores», entre ellos el acorazado Kírov, anclados en el río casi junto a la plaza del Senado, hacían fuego contra las posiciones alemanas en Krásnoie Seló, Gátchina y Strielná. Las frases que siguen honrarían a cualquier escritor de literatura bélica. Su laconismo. Su precisión. Y más: lo inimaginable que hay en ellas.

 

…El fuego comenzó tan de improviso y con tal intensidad que los estallidos de las explosiones se sucedían sin cesar. La gente corrió a refugiarse en zaguanes y portales. Todo movimiento se detuvo. Me invadió el pánico, cosa que me sorprendió. ¿Qué me había asustado tanto? ¿La muerte, acaso? Que una explosión me destrozara. Y de pronto sentí desprecio por mí misma. Qué poca cosa era, cuán egoísta. «No, cobardica, tú vas a seguir tu camino como si nada», me dije, y eché a andar con deliberada lentitud, mofándome de mí misma. Los proyectiles silbaban y el aire temblaba…

 

¿Habéis oído eso? ¿Lo habéis visto? Seguro que la propia autora se sorprendería si alguien le dijera que esa frase tremenda tiene hondísimas raíces literarias. El silbido y el temblor. El silbido es la llamada de aviso de alguien a quien conocemos bien: el Bandido-Ruiseñor, el monstruo de los bosques, que provoca en todo aquel que oye su silbido el más intenso temblor. Aquí es nada menos que el aire quien tiembla de miedo ante la inminencia de la explosión. Tiembla el aire y, mientras, una mujer tocada con una boina negra y abrigada con una chaqueta enguatada (le robaron el abrigo y las botas de fieltro en los baños), nos dice que se puso en camino «con deliberada lentitud, mofándome de mí misma». Es difícil abstenerse de admirar algo tan soberbiamente expresado, sobre todo cuando ella misma demuestra ser capaz de valorar un trabajo bien hecho.

 

Detrás del Palacio de Invierno se levantaban columnas de polvo y humo. Disparaban tan estupendamente que su precisión te dejaba pasmada.

 

Una mujer, una enfermera, alguien, pues, con una profesión totalmente ajena a la guerra, incapaz incluso de distinguir entre un vapor y un crucero con el casco blindado y adornado para la ocasión con torretas artilladas, va y exclama de pronto con un lenguaje propio más bien de un artillero chamuscado por la pólvora: «¡Disparaban tan estupendamente…!» ¿No será que por su boca habla el artillero Piotr Alexéyevich, asombrado ante el arte de sus maestros forasteros?5

No obstante, la siguiente frase sí es de Liza, aunque no le pertenezca en exclusiva: «Llegué a casa de Lena, y con qué me encuentro: pues con que el edificio se ha quedado sin un solo cristal.»

Sin exagerar ni forzar la verdad, son dos las voces que suenan en el diario. La voz de una mujer, una madre, una blokadnitsa, una combatiente, y la voz de la Ciudad. Y uno no deja de maravillarse cada vez que se producen esas inesperadas a la vez que evidentes salidas de su propio «Yo».

¿Queréis otro ejemplo? Ahí va.

Se trata de la nota fechada el 5 de abril de 1942.

 

A las 19 hrs. declararon la alarma aérea. Se desató el huracanado tableteo de las baterías antiaéreas. El día era claro y soleado. En las alturas, aparecieron los aviones alemanes como bellas mariposas. Y comenzó el bombardeo, el primero que llegaba tras las vacaciones de invierno. El aire se estremeció por el zumbido y el estruendo; la tierra temblaba y vibraba.

 

No ceso de maravillarme ante esos súbitos, y difícilmente explicables, cambios del punto de vista, o mejor, del sistema de medidas, como tampoco ante la capacidad para ver, recordar y registrar cosas que, cabría pensar, no deberían ni verse ni recordarse. Nabokov escribió alguna vez: «Y puedo escuchar cómo Pushkin recuerda todos esos pequeños e inspirados matices y ecos…» Dios está en los detalles, decía Goethe. Los «inspirados matices y ecos» son una presencia constante en este diario. Todavía no había transcurrido un mes desde que pasaron a cuchillo a la familia de su hermano y a su propio hijo de siete años en Leváshovo. Y el 11 de febrero de 1942 anota:

 

Vivir me produce un asco irreprimible. Ojalá me mandaran al campo de batalla, ojalá me mataran pronto; sola, me siento desesperadamente triste. Compré un revólver hace unos días y casi me alivió empuñarlo.

 

Sola, se siente desesperadamente triste; armada con el revólver, casi aliviada. Repárese en esos matices. Inspirados.

El 19 de septiembre de 1942:

 

La noche era oscura. En cuanto sonó la sirena, comenzaron los disparos de las antiaéreas. Parecía que el cielo estallara en mil pedazos. Los motores rugieron sobre nuestra cabeza. La luz de un proyector resplandeció de pronto y pude ver cómo decenas de proyectiles salidos de las bocas de las antiaéreas pasaban por encima de mí. Los trozos de metralla también volaron emitiendo silbidos y quejosos aullidos. Algunos impactaban muy cerca, resonaban al golpear contra los raíles y rebotaban con fuerza… Las olas de aire iban de un lado a otro como si se tratara de un mar encrespado, hacían añicos los vidrios y descoyuntaban las puertas y hasta sus marcos.

 

Esos marcos y puertas arrancados constituyen otro «inspirado matiz», sin el cual las olas de aire se habrían quedado en una suerte de difusa metáfora.

 

No hace mucho uno de nuestros aviones alcanzó con una ráfaga de ametralladora a un avión enemigo y lo derribó. El avión se incendió y el piloto consiguió saltar en paracaídas. Ocurrió de día, cuando comíamos en el comedor. Alguien avisó a gritos: “Paracaidistas”. Salimos y vimos que en efecto había una nubecilla blanca descendiendo. Vino a caer junto a un quiosco de venta de cerveza, y se repuso enseguida. Un policía lo ayudó a levantarse, le sacudió el polvo de la ropa y se lo llevó. El aviador parecía muy sereno, aunque estaba algo pálido. Muy joven todavía, tendría unos 25 años, llevaba la orden de la Cruz de hierro y era muy guapo.

 

Es la primera vez en su vida que alcanza a ver a un asesino, a un criminal condecorado con la orden que recibían los verdugos: guapo, joven, pálido… Supongamos que se expresa así porque habla como una mujer, no obstante resulta difícil de olvidar la imagen del policía sacudiendo el polvo de la ropa del asesino. Tal vez sea por eso por lo que existe el arte.

La atención femenina y el afán de orden generan «ritmos» de veras inesperados. Sacudieron la nieve que cubría al difunto padre de Klávochka, le dieron «la apariencia debida» y lo enterraron. Al fascista le sacudieron el polvo y se lo llevaron.

Veamos aún otro matiz; aparece en la nota del 20 de agosto de 1942.

 

Ayer estuve de guardia veinticuatro horas y al terminarla me eché a descansar, aunque era de día. Mis compañeros armaban mucho jaleo en la habitación y de pronto apareció Vitia y dijo «Bajad la voz, que mamá duerme». Lo oí claramente entre sueños. Después se me acercó, me besó dos veces en los labios y se dispuso a marcharse. Pero me levanté de un salto y repetí su nombre una y otra vez. Sentía sus besos en mis labios y eran húmedos.

 

¿Cuántas sombras no se yerguen sobre el diario?

 

(Este texto no puede ser reproducido salvo autorización expresa del traductor.)

 




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