Desde Rusia con amor: una traducción de Pushkin

- 07/06/21
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No había traducido antes a Aleksandr Pushkin y he tenido la ocasión, ¡la suerte!, de hacerlo hace unos meses para la barcelonesa editorial Alma. Allí publican unos libros ilustrados estupendos y admira que encarguen traducciones nuevas de los clásicos rusos, y otros, para ellos. Lo hicieron con sendas Antologías de relatos románticos. Una de amores “apasionados”. Otra, de amores “tormentosos”.

Es en la primera donde cupo mi traducción de “La señorita campesina”, que Aleksandr Pushkin escribió los días 19 y 20 de septiembre de 1830 y aquí comparto con ustedes.

Los libros de Alma están a la venta en librerías online y a pie de calle. El catálogo completo se puede consultar en el sitio de la editorial.  

     

 

La señorita campesina

Aleksandr Pushkin

 

Tú, Dúshenka, te ves bonita con el vestido que te pongas.

Bogdánovich

 

En una de nuestras provincias más remotas tenía su hacienda Iván Petróvich Bérestov. En sus años mozos había servido en la Guardia, de la que se licenció a principios de 1797 para retirarse a su aldea de la que no ha vuelto a salir desde entonces. Se había casado en su momento con una mujer noble, aunque pobre, que murió de parto, mientras él se hallaba en campaña. Las ocupaciones domésticas le sirvieron de rápido consuelo. Se hizo construir una casa a partir de planos que él mismo dibujó, montó una fábrica de paños, triplicó sus rentas y comenzó a pensar que era el tipo más listo de todo aquello, una pretensión que no le discutían los vecinos que lo visitaban en su hacienda trayéndose familias y perros. De diario se lo solía ver con una chaqueta plisada y los días de fiesta vestía una levita de paño de su propia producción. Las cuentas las llevaba él mismo y sólo leía el diario Noticias del Senado. En general, era un hombre querido, aunque se lo tenía por orgulloso. El único que no se congraciaba con él era Grigori Ivánovich Múromski, su vecino más próximo. Este Múromski era un señor ruso con todas las de la ley. Después de derrochar en Moscú la mayor parte de su patrimonio y habiendo enviudado, marchó a la última aldea de la que era propietario y allá continuó entregado a las travesuras, aunque ahora eran de otro tipo. Se hizo construir un jardín inglés en el que se gastó toda la renta que le quedaba. Sus mozos de cuadra vestían como jockeys ingleses. Su hija tenía una criada inglesa. Sus campos de cultivo eran explotados con el método de labranza inglés, pero ya se sabe que «el trigo ruso no crece con vestidos extranjeros» y a pesar del significativo ahorro en los gastos, las ganancias de Grigori Ivánovich no aumentaban, y además de que también en la aldea encontraba la manera de incurrir en nuevas deudas. Con todo, no se consideraba un tipo tonto, pues fue el primero de todos los hacendados de la región a quien se le ocurrió colocar su hacienda bajo el amparo del Consejo Tutelar, una movida que en aquella época era considerada en extremo compleja y hasta temeraria. Bérestov era, de entre quienes lo juzgaban, el que lo hacía con mayor severidad. El odio a las innovaciones era un rasgo característico de su manera de ser. Le resultaba imposible mantener un tono impasible cuando hablaba de la anglomanía de su vecino y enseguida encontraba algún motivo para criticarlo. Así, por ejemplo, si mostraba sus dominios a un invitado, cuando este elogiaba su gestión, le replicaba en son de burla: «Sí, claro, es que a mí las cosas no me salen como a mi vecino Grigori Ivánovich. ¡No puedo arruinarme como un inglés! ¡Con tal de que podamos comer como rusos!» Esas y otras bromas semejantes, con el concurso de los vecinos mediante, llegaban a oídos de Grigori Ivánovich enriquecidas con nuevos elementos e interpretaciones. El anglófilo se tomaba la crítica con la misma irritación que nuestros periodistas. Se ponía como una fiera y acusaba a su Zoilo de ser un animal y un paleto de provincias.

            Así estaban las cosas entre estos dos hacendados, cuando el hijo de Bérestov se vino a vivir con su padre a la aldea. El joven había sido educado en la Universidad de *** y se disponía a seguir la carrera militar, algo que a su padre no le hacía ni pizca de gracia. Él mismo no se veía nada apto para el servicio civil, pero como ni el padre ni el hijo cedían, el joven Alekséi comenzó a llevar la vida de un señorito y hasta se dejó bigotes por si acaso.

            Alekséi era un primor de joven. Y habría sido una pena de veras que su fina estampa no se viera ceñida jamás por una guerrera y que en vez de ir por el mundo paseándose a lomos de un caballo desperdiciara su juventud doblado sobre papeles de oficina. Cuando lo observaban en medio de una cacería, cabalgando siempre el primero sin parar mientes en el camino, los vecinos coincidían en que de él no saldría un buen burócrata. Las señoritas lo miraban a hurtadillas y algunas le clavaban los ojos un rato, pero Alekséi les hacía poco caso y ellas suponían que algún amor oculto era la causa de la insensibilidad que mostraba. Y, en efecto, corría de mano en mano la copia de la dirección a la que había enviado una de sus cartas: A Akulina Petrovna Kúrochkina, en Moscú, enfrente del monasterio Alekséyevski, en la casa del calderero Saveliev; le ruego encarecidamente, señora, que haga llegar la presente a A. N. R.

            A mis lectores que no hayan residido nunca en una aldea les costará imaginar lo encantadoras que son las señoritas de provincias. Educadas al aire libre, a la sombra de los manzanos de sus huertos, todo lo que saben de la sociedad y la vida lo han sacado de los libros. El aislamiento, la libertad y la lectura despiertan muy pronto en ellas sentimientos y pasiones que resultan desconocidos a nuestras frívolas bellezas de ciudad. Para cualquiera de estas señoritas de provincias el tañido de una campanilla constituye una aventura, un viaje a la ciudad más próxima es todo un hito en la vida y un invitado en casa deja un recuerdo largo y en ocasiones eterno. Naturalmente, todo el mundo es libre de burlarse de sus rarezas de carácter, pero las bromas de un observador superficial no pueden ensombrecer las virtudes esenciales de estas muchachas, entre las que la principal es la particularidad del carácter, la originalidad (o individualité), sin la que, según Jean Paul, no existe la grandeza humana. Es posible que las mujeres que viven en las capitales reciban una mejor educación, pero el hábito de vivir en sociedad atenúa muy pronto el brillo del carácter y hace que las almas se parezcan tanto entre sí como los sombreros. Y esto queda aquí dicho no con afán de juzgar, ni tampoco de censurar, pero nota nostra manet, como suele escribir un viejo comentarista.

            No es difícil imaginar la impresión que Alekséi tenía que causar en el círculo de nuestras señoritas. Fue el primero que compareció ante ellas con aire sombrío y gesto desencantado, el primero que les habló de las alegrías perdidas y una juventud marchita. Por si ello fuera poco, Alekséi llevaba una sortija negra con el dibujo de una calavera. Todo ello resultaba extraordinariamente nuevo en aquellos confines. Las señoritas perdían la cabeza por él.

            Pero a la que más ocupaba la presencia del joven era a Liza, la hija de nuestro anglófilo. O Betsy, que es como Grigori Ivánovich solía llamarla. Sus padres no se visitaban, de modo que ella aún no había visto a Alekséi en persona, pero el joven estaba en boca de todas sus jóvenes vecinas. Liza tenía diecisiete años. Sus ojos negros inflamaban de vida su rostro moreno y muy agraciado. Como hija única que era, su padre la había mimado en extremo. Su carácter juguetón y las constantes travesuras que hacía maravillaban a su padre tanto como conducían al mayor desconsuelo a su institutriz miss Jackson, una adusta solterona de cuarenta años, que se echaba blanquete en la cara y se teñía las cejas, leía Pamela dos veces al año, recibía sus buenos dos mil rublos por todo ello y se moría de aburrimiento en la bárbara Rusia.

            A Liza la servía una doncella que respondía por Nastia. Era algo mayor que ella, aunque tan frívola como su señorita. Liza la quería mucho y le confiaba todos sus secretos. Juntas montaban todas las diabluras que se le ocurrían. Es decir que Nastia era en Prilúchino un personaje más importante que cualquier confidente en una tragedia francesa.

            —¿Me dejará hoy que libre un rato para hacer una visita? —le preguntó un día Nastia, mientras la vestía.

            —¿Y a dónde vas tú?

            —A Tuguílovo, a casa de los Bérestov. Es el santo de la mujer del cocinero y ayer vino a invitarnos a comer.

            —¡Vaya! Los amos no se dirigen la palabra y sus criados se agasajan unos a otros.

            —¡¿Y a nosotros por qué nos ha de importar que los amos se peleen?! Encima, yo la sirvo a usted y no a su papá. ¿Verdad que usted no se ha tirado los trastos a la cabeza todavía con el joven Bérestov? ¡Qué se peleen los viejos, si les viene en gana!

            —Tú, Nastia, ocúpate de echarle bien el ojo a Alekséi Bésterov y después vienes y me cuentas cómo se comporta y qué clase de persona es.

            Nastia prometió cumplir la encomienda y Liza se pasó el día esperando con impaciencia su regreso. La doncella apareció por fin cuando caía la tarde.

            —Y bien, Lizaveta Grigórievna —dijo enseguida—, he tenido ocasión de ver muy bien al joven Bérestov, porque hemos pasado todo el día juntos.

            —¿Cómo fue? Cuéntame, cuéntalo todo en orden.

            —Ahí voy. Mire, fuimos unas cuantas amigas, estaba yo, estaba Anisia Yegórovna, vinieron Nenila, Dunka…

            —Todo eso lo sé, sí… ¿Qué pasó después?

            —¡Pero déjeme que se lo cuente todo por orden! Llegamos justo a la hora de sentarnos a la mesa. Había un montón de gente allí. Había gente llegada de Kólbino, de Zajárevo, la intendenta con sus hijas, gente de Jlúpino…

         —Y Bérestov, ¿qué?

            —Espérese, oiga. Nos sentamos a la mesa con la intendenta a la cabeza y al lado de ella, sus hijas, dándose importancia, pero a mí esas me importan un pimiento…

            —¡Nastia, por Dios! ¡Qué aburrida eres siempre con todos esos detalles!

            —¡Ay, pero cuánta impaciencia! El caso es que cuando nos levantamos de la mesa… ¡Ah, y la comida estuvo tremenda, casi tres horas estuvimos con ella! Había un pastel blanc manger azul, rojo y a rayas… Decía que nos levantamos de la mesa y nos fuimos al patio a jugar al escondite y ahí fue cuando apareció el joven señor.

            —¿Y qué? ¿Es tan buen mozo como dicen?

            —Muy buen mozo, ciertamente. ¡Guapísimo, incluso! Es esbelto, es alto, tiene las mejillas sonrosadas…

            —¿En serio? Pues, yo pensaba que tenía el rostro pálido. ¿Qué le vamos a hacer? Y dime: ¿se lo ve triste o pensativo?

            —¡Triste, dice! ¡No había visto un loco así jamás en la vida! Y le dio por corretear con nosotras jugando al escondite.

            —¡Al escondite, con vosotras! ¡No puede ser!

            —¡Vaya si fue! ¡Y las que se gastaba! ¡Figúrese que le dio por besar a todas las que atrapaba!

            —¡Eso te lo estás inventando, Nastia! ¡Mientes!

—¡No me invento nada! Ni miento. Me costó horrores sacármelo de encima. Y así se estuvo todo el día con nosotras.

—¡Pero si dicen que está enamorado y no tiene ojos para nadie!

—Pues no sé qué decirle, ¿sabe?, porque a mí no me quitaba ojo y a Tania, la hija de la intendenta, igual. ¡Ah, y a Pasha, la de Kólbino, más de lo mismo! ¡Eso sí, no le hizo nada malo a ninguna el muy pillo, quede claro!

—¡Increíble! ¿Y qué dice de él el servicio de la casa?

—Dicen que es un señor magnífico: es amable, es alegre. Lo único malo es que no para de ir tras las faldas. Pero yo no creo que eso sea malo, pues ya se le pasará con el tiempo.

—¡Ay, me encantaría conocerlo! —confesó Liza y acompañó sus palabras con un suspiro.

—¡Pues eso es muy fácil! Tuguílovo está aquí al lado. Si son tres verstas de nada. Vaya a dar un paseo a pie en esa dirección. O a caballo. Estoy segura de que se lo encontrará. Dicen que todas las mañanas sale a primera hora con la escopeta a cazar algo.

—¡Oh, no! Eso no estaría bien. Podría pensar que le estoy yendo atrás. Y, encima, nuestros padres están disgustados, así que se supone que no puedo relacionarme con él… ¡Ay, Nastia! ¿Sabes qué haré? ¡Me disfrazaré de campesina!

—¡Oh, sí, claro! Póngase una camisa de tela gruesa, un sarafán, y tome sin temor el camino de Tuguílovo. Le aseguro que Bérestov no la dejará pasar inadvertida.

—Me manejo muy bien con el acento de aquí, así que… ¡Oh, Nastia! ¡Nastia querida! ¡Qué ocurrencia más maravillosa hemos tenido! —concluyó Liza y se fue a dormir armada ya del propósito de llevar a cabo su divertido plan.

A la mañana siguiente Liza puso el plan en marcha. Lo primero fue encaminarse al mercado a comprar un trozo de tela gruesa, hilo azul y botones de cobre. Con la ayuda de Nastia se cortó una camisa y enfrascó a todas las criadas de la casa en la costura, de manera que a la caída de la noche la pieza de ropa ya estaba lista. Liza se la probó y tuvo que reconocer ante el espejo que nunca se había visto tan bonita. Ensayó un poco el papel que le tocaría hacer, hizo algunas reverencias sin detener la marcha y cabeceó como hacen los gatos de terracota. También habló con el acento de las campesinas y se cubrió la boca con la manga de la camisa al reír. Todo ello obtuvo la máxima aprobación de Nastia. Una sola dificultad pareció insuperable: intentó atravesar el patio descalza, pero la hierba lastimó sus piececillos delicados y la arena y las piedrecillas le parecieron insufribles. También en esto Nastia acudió en su socorro: tomó las medidas de la planta del pie de Liza y corrió al campo a ver al pastor Trofím, a quien encargó unas sandalias que sirvieran a su señora. Al otro día, Liza se levantó antes de las primeras luces del alba. Toda la casa aún dormía. Nastia esperó al pastor junto a la cancela. Sonó la flauta y el rebaño se estiró bordeando el patio de la casa señorial. Al pasar frente a la doncella, Trofím le entregó las pequeñas sandalias de colores y recibió medio rublo como remuneración. Seguidamente, Liza se vistió de campesina, susurró a Nastia unas instrucciones relativas al manejo de la situación con miss Jackson y salió al patio trasero, atravesó el huerto y al llegar a campo abierto, echó a correr.

El alba resplandecía en el oriente y las doradas hileras de nubes parecían aguardar al Sol, como los pajes esperan a su Zar. El cielo despejado, el frescor de la mañana, la brisa y el canto de los pajarillos llenaban el pecho de Liza de alborozo juvenil. Temiendo el encuentro con algún conocido, más que andar parecía volar. Pero al llegar al bosque que se alzaba en la linde de las posesiones de su padre, aminoró el paso. Aquí es donde debía esperar a Alekséi. Su corazón latía con fuerza, aunque ignorante del por qué. Pero el temor que acompaña nuestras travesuras juveniles es también su principal encanto. Liza se adentró en la penumbra del bosque. El ruido sordo e incesante de la floresta saludó a la muchacha. Su júbilo se apagó ligeramente. Poco a poco se fue entregando a una dulce ensoñación. Pensó que… Aunque bien visto, ¿acaso puede alguien saber lo que pasa por la cabeza de una joven de diecisiete años que se encuentra sola en medio de un bosque sobre las seis de la mañana? El caso es que avanzaba sumida en sus pensamientos por un camino flanqueado a ambos lados por enormes árboles, cuando un hermosísimo perro de caza comenzó a ladrarle. La voz de mando de un joven cazador que salió de detrás de unos arbustos lo acalló enseguida:

Tout beau, Sbogar, ici… —Y añadió dirigiéndose a ella—: No te preocupes, bonita, que mi perro no muerde.

Liza se repuso enseguida del susto y supo aprovechar la circunstancia:

—No, no haga caso, señor —le replicó fingiendo ser una tímida joven que estaba aún un poco asustada—: Pero es que temo que esté tan furioso que me salte encima.

Entretanto, Alekséi (el lector ya habrá comprendido que se trata de él) estudiaba atentamente a la joven campesina.

—Si tienes miedo, te acompañaré —se ofreció—. ¿Te importa que camine a tu lado?

—¿Quién te lo va a impedir? —respondió Liza—. El camino es de todos y caminar por él puede quien quiera.

—¿De dónde eres?

—De Prilúchino. Soy hija de Vasili, el herrero, y he venido a por setas.

Liza llevaba un cesto colgado del hombro para disimular.

—¿Y tú de dónde eres, señor? ¿Acaso de Tuguílovo?

—Exacto —respondió Alekséi—. Soy el ayuda de cámara del joven señor.

Alekséi buscaba que la relación entre ambos pareciera la que se establece entre iguales. Pero Liza lo miró y se echó a reír.

—Mientes —le dijo—, porque te crees que has dado con una tonta. Veo muy bien que el señor eres tú mismo.

—¿Y qué te hace pensar tal cosa?

—¡Pues, todo!

—A ver, ¡explícate!

—¿Cómo va una a confundir al señor con el sirviente? Ni la manera de vestir es la misma, ni la de charlar. ¡Y al perro no le has hablado en ruso!

La atracción que Alekséi comenzaba a sentir por la muchacha no hacía más que crecer. Y habituado a no cortarse un pelo cuando de las guapas lugareñas se trataba, intentó abrazarla. Pero Liza se alejó de un salto y adoptó una postura tan fría y severa que, aunque a Alekséi le pareció algo cómica, sirvió para que se abstuviera de intentar otros acercamientos.

—Si quiere que continuemos siendo amigos —le dijo ella en tono grave—, no se vuelva a permitir tales licencias.

—¿Quién te ha enseñado esas lindezas? —le preguntó Alekséi carcajeándose—. ¿Será acaso que compartes señora con Nástenka, la doncella que conocí el otro día? ¡Fíjate qué caminos tan curiosos sigue la educación pública!

Liza sintió que estaba saliéndose un poco de su papel y se aplicó enseguida.

—¿Acaso te crees que no he entrado nunca en la casa señorial? Pues que sepas que he visto y he oído de todo. Pero ¿sabes una cosa? —zanjó de repente—: Charlando aquí contigo lo tengo difícil para coger setas. Así que tú sigue por tu lado, señor, que yo seguiré por el mío. Con permiso…

Liza quiso escurrir el bulto, pero Alekséi la sujetó de la mano.

—¿Cómo te llamas, cariñito mío? —preguntó.

—Akulina —respondió Liza, mientras intentaba liberar sus dedos del apretón de la mano de Alekséi—. ¡Suéltame, señor! ¡Tengo que volver ya!

—Bien, bien, amiga mía, Akulina, pero has de saber que le haré sin falta una visita a tu papaíto el herrero Vasili.

—¿Qué dices? —protestó ella vivamente—: no te aparezcas por allí, por Dios te lo pido. Como en casa se enteren de que estuve hablando a solas con un señor en medio del bosque, me caerá una buena: el herrero Vasili, mi padre, me golpeará hasta matarme.

—Pero es que tengo muchas ganas de verte otra vez —explicó Alekséi.

—Ah, bueno, va y algún día vuelvo aquí a por más setas.

—¿Cuándo? ¿Cuándo?

—Pues, mañana mismo, fíjate.

—Te cubriría de besos ahora mismo, mi querida Akulina, pero no me atrevo. Entonces, mañana: ¿mañana, a esta hora? ¿Quedamos así?

—Sí, sí.

—¿No me estarás engañando?

—No te engaño, no.

—¡Júramelo por Dios!

—Por el Viernes Santo te lo juro. ¡Vendré!

Y así se despidieron los jóvenes. Liza salió del bosque, atravesó el campo, se metió en el huerto y corrió a la granja, donde la esperaba Nastia. Allí se cambió de ropa precipitadamente, respondiendo como podía a las preguntas de su curiosa confidente, y apareció en el salón. La mesa ya estaba puesta, el desayuno listo y miss Jackson, ya con la cara cubierta de afeites y con el talle tan ceñido que parecía una copa, cortaba finísimas rebanada de pan.

—¡No hay nada más saludable que levantarse a primera hora de la mañana! —la elogió su padre y fundamentó su proposición en varios ejemplos de longevidad extraídos de revistas inglesas y subrayando que todas las personas que habían vivido más de cien años no probaban el vodka y se levantaban con las primeras luces del alba tanto en verano como en invierno.

            Liza no lo escuchaba. El repaso mental de todos los pormenores del encuentro de la mañana, y de la conversación de Akulina con el joven cazador, le provocaban remordimientos de consciencia. Por mucho que se decía a sí misma que el encuentro no había rebasado en ningún momento los límites del decoro y que su atrevimiento no tendría consecuencias, su mala consciencia pisaba más fuerte que sus razonamientos. Y la promesa que había hecho de comparecer la mañana siguiente era lo que más la inquietaba porque había tomado la recia decisión de faltar a su solemne juramento. Claro que entonces Alekséi, tras esperarla en vano, podría encaminarse a la aldea, llegar a la casa del herrero Vasili y encontrarse allí a la verdadera Akulina, una joven regordeta y picada de viruelas, descubriendo así el frívolo engaño del que había sido víctima. Esa idea horrorizó tanto a Liza, que tomó la decisión de acudir nuevamente al bosque a la mañana siguiente haciéndose pasar por Akulina.

            Alekséi, por su parte, había quedado maravillado y se pasó todo el día con su nueva conocida en mente. También en la noche la imagen de la hermosa joven morena se le apareció en sueños. Y apenas asomaban las primeras luces del alba, cuando ya estaba vestido y, sin concederse el tiempo de cargar la escopeta, echó a andar hacia el lugar del prometido encuentro acompañado de su fiel Sbogar. Allí estuvo una media hora en una espera que le pareció insoportable, hasta que vio asomar detrás de unos arbustos el sarafán azul y se precipitó al encuentro de la dulce Akulina. La joven sonrió con júbilo a la vista de su expresión agradecida, pero Alekséi supo descubrir enseguida en su semblante las huellas de la angustia y el desasosiego. Quiso saber qué los motivaba. Liza le confesó que su actuación le parecía frívola y se arrepentía de ella. También le dijo que no había querido faltar a su palabra esta vez, pero que ese sería su último encuentro y le rogó poner fin a una relación que sólo podría acarrearles disgustos. Todo ello, como cabía esperar, fue dicho con acento campesino, aunque las ideas y sentimientos que demostraban, tan extraños en una joven humilde, impactaron a Alekséi. Entonces, echó mano de toda su locuacidad para disuadir a Akulina de su propósito, la intentó convencer de la inocencia de sus intenciones y le prometió no darle jamás motivo para el arrepentimiento, obedecerla en todo y le rogó que no lo privara del placer único que era encontrarse con ella a solas. Aunque fuera día sí y día no o, siquiera, un par de veces por semana. Alekséi le hablaba imbuido de una pasión genuina y no había ninguna duda de que en aquel instante ya estaba enamorado de ella. Liza lo escuchó en silencio.

            —Dame tu palabra de que nunca te presentarás en la aldea buscándome o preguntando por mí —le dijo ella por fin—. Y dame tu palabra también de que no intentarás tener más encuentros conmigo que aquellos que yo misma convenga contigo.

            Alekséi ya iba a jurárselo por el Viernes Santo, pero ella lo interrumpió:

            —No necesito que me lo jures, me basta con tu palabra.

            Acordado esto, charlaron amistosamente y dieron un paseo por el bosque hasta que Liza le dijo que era hora de volver. Cuando se despidieron y Alekséi quedó a solas no pudo evitar preguntarse cómo una humilde joven campesina había conseguido tanto poder sobre él en apenas dos citas. Su trato con Akulina tenía el encanto de la novedad y por mucho que las reglas impuestas por la singular campesina le resultaran onerosas, la idea de faltar a su palabra no cruzó su mente en ningún momento. Lo cierto era que, a pesar del anillo macabro, su misteriosa correspondencia y el aire de sombría decepción que lo rodeaba, Alekséi era un joven noble y apasionado y tenía un corazón puro capaz de disfrutar de los encantos de la inocencia.

            Si me dejara llevar sólo por lo que me apetece, ahora me pondría a describir aquí con todo lujo de detalles las citas de los dos jóvenes, la afición que se fueron tomando uno al otro, la confianza que fue creciendo entre ellos, las ocupaciones que compartían y sus conversaciones. Pero sé que la mayoría de los lectores no encontraría en ello tanto gusto como hallo yo. Esos detalles tienen, además, un punto empalagoso, así que nos los ahorraré limitándome a anotar que antes de que transcurrieran dos meses ya mi Alekséi estaba enamorado hasta las trancas, mientras que Liza, aunque más contenida, estaba animada por similar sentimiento. Ambos se sentían felices de vivir el presente y poco pensaban en el futuro.

            La idea de anudar lazos indisolubles los visitaba a ambos con frecuencia, pero nunca se dijeron una palabra al respecto. Y la razón para ello era evidente: por mucho que Alekséi se sintiera atraído por la dulce Akulina, nunca olvidaba la distancia que mediaba entre él y una humilde campesina. Liza, por su parte, era consciente del odio que separaba a los padres de ambos y no se atrevía a poner esperanzas en una reconciliación. Además, su vanidad era alimentada en secreto por el oscuro y novelesco anhelo de que aquella historia acabara con el hacendado de Tuguílovo rendido a los pies de la hija del herrero de Prilúchino. Pero de repente un importante suceso a punto estuvo de dar un súbito vuelco a la relación entre los dos jóvenes.

            Una de esas mañanas claras y frías, con las que tanto se prodiga el otoño ruso, Iván Petrovich Bérestov salió a dar un paseo a caballo, llevando consigo por si acaso a seis lebreles, al mozo de caballos y a unos cuantos recios chiquillos armados con carracas. A esa misma hora Grigori Ivánovich Múromski, seducido por el buen tiempo, mandó ensillar su potra rabicorta y salió a recorrer al trote sus posesiones de británica apariencia. Cuando llegaba a la linde del bosque, Grigori Ivánovich avistó a su vecino, que con su gorro de piel de zorro estaba sentado con aplomo sobre su caballo a la espera de ver aparecer a la liebre que los chiquillos intentaban sacar, con la ayuda de gritos y carracas, de los arbustos donde se ocultaba. Con toda certeza de haber previsto aquel encuentro, Grigori Ivánovich habría tomado otro camino, pero se había dado de bruces con Bérestov inesperadamente y lo tenía ahora a la distancia de un disparo de pistola. No había nada que remediar ya. Y Múromski, como cualquier europeo educado, dirigió los pasos de su potra hacia su vecino y lo saludó cortésmente. Bérestov respondió al saludo con el mismo énfasis que pone un oso encadenado a la hora de saludar a los señores por orden de su domador. En ese mismo instante saltó la liebre y echó a correr campo a través. Bérestov y el mozo de caballos gritaron a todo pulmón, soltaron a los lebreles y los siguieron al galope. Ello hizo que la yegua de Múromski, que nunca había asistido a una partida de caza, se asustar y se desbocara. Múromski, que se consideraba un experto jinete, la dejó correr y en su fuero interno, se sintió aliviado de que la ocasión lo librara de un interlocutor que no le agradaba. Pero la potra, al encontrarse de repente ante un barranco cuya presencia no había adivinado, se echó a un lado bruscamente y Múromski se vio arrojado fuera de la silla. La caída sobre la tierra helada fue bastante dura y Múromski maldijo a la potra rabicorta que, al percatarse de la pérdida del jinete, se había parado en seco, como si hubiera cobrado consciencia de su enojoso comportamiento. Iván Petrovich galopó hacia él preocupado porque se hubiera podido hacer daño. El mozo de caballos, entretanto, trajo a la culpable potra tomándola de las riendas y ayudó a Múromski a subir de nuevo a la silla. Bérestov lo invitó a su casa, una invitación que Múromski no pudo rehusar, porque se sentía en deuda, de modo que Bérestov volvió a casa con la gloria de haberse cobrado una liebre y conduciendo a su adversario herido y prácticamente prisionero de guerra.

            La conversación entre los vecinos en torno a la mesa del desayuno fue bastante amistosa. El desdichado jinete reconoció que después del golpe no se sentía con fuerzas para volver a caballo y pidió a su vecino una calesa. Cuando Bérestov lo acompaño hasta la puerta de la casa, Múromski se resistió a marchar hasta arrancarle su palabra de honor de que vendría al día siguiente a almorzar como dos buenos amigos a su casa de Prilúchino acompañado de su hijo Alekséi Ivánovich. De ese modo, una vieja y muy enraizada enemistad parecía a punto de llegar a su fin gracias a una rabicorta y asustadiza potra.

            Liza corrió al encuentro de Grigori Ivánovich en cuanto lo vio llegar.

            —¿Qué le ha pasado, papá? —preguntó sorprendida—. ¿Por qué cojea así? ¿Dónde dejó el caballo? ¿De quién es esta calesa?

            —¡No lo adivinarías, my dear! —le respondió Grigori Ivánovich y le contó todo lo ocurrido.

            Liza no daba crédito. Antes de que pudiera asimilarlo, Grigori Ivánovich le anunció que los dos Bérestov vendrían a comer a casa el día siguiente.

            —Pero ¿qué dice? —preguntó ella palideciendo—. ¿Los Bérestov? ¿Padre e hijo? ¡A comer aquí! ¡Usted haga lo que quiera, papá, pero yo no voy a asomarme a esa reunión!

            —¿Has perdido la cabeza? —protestó su padre—. ¿Desde cuándo has sido tú tímida? ¿O acaso le profesas un odio hereditario a los Bérestov, como la protagonista de una novela? ¡Déjate de tonterías, por favor!

            —No y no, papá. Por nada del mundo, ni por los más grandes tesoros, compareceré ante los Bérestov.

Consciente de que nada conseguiría de ella oponiéndosele, Grigori Ivánovich se encogió de hombros y renunció a seguir la discusión, antes de marchar a descansar después de su pintoresco paseo matinal.

Lizaveta Grigórievna corrió a su habitación y convocó a Nastia. Las dos se entregaron a una larga disquisición acerca de la visita del día siguiente. ¿Qué pensaría Alekséi si descubriera en la educada señorita a la campesina Akulina? ¿Qué opinión se haría de su comportamiento, de las normas que guiaban su comportamiento, de su juicio? Por otra parte, a Liza le producía mucha curiosidad ver la reacción que en él podía provocar un encuentro tan inesperado como aquel… Y ahí tuvo una idea de repente. Ni corta ni perezosa se la trasladó a Nastia, se congratularon ambas de aquel golpe de ingenio y se pusieron manos a la obra sin más dilación.

Cuando se sentaron a desayunar a la mañana siguiente, Grigori Ivánovich preguntó a su hija si persistía en la decisión de esconderse de los Bérestov.

—Estoy dispuesta a recibirlos, si eso es lo que usted quiere, papá —comenzó ella—, pero le pongo una condición: sea como sea que yo comparezca ante ellos y sea cual sea mi comportamiento, usted no me reñirá, ni dará señal alguna de sorpresa o incomodidad.

—¡Otra vez con tus ocurrencias! —le respondió su padre entre risas—. Bien, bien, tú haz lo que quieras, mi revoltosa de ojos negros.

A las dos en punto de la tarde, un coche de factura doméstica tirado por seis caballos, entró al patio y rodó en torno a la rotonda de césped verde. El viejo Bérestov subió al portal acompañado por dos lacayos de Múromski vestidos con libreas. Junto a su hijo, que llegaba detrás a caballo, entraron los dos en el comedor, donde la mesa ya estaba puesta. Múromski recibió a sus vecinos con exquisita amabilidad, les ofreció hacer una visita al jardín y el pequeño zoo antes de comer, y los condujo hasta ellos por senderos cuidadosamente barridos y cubiertos de arena. Para sus adentros, el viejo Bérestov se lamentaba de todo el trabajo y el tiempo empleados en afanes tan inútiles, pero callaba por educación. Su hijo no compartía ni el desdén del hacendado calculador, ni la admiración del anglófilo vanidoso. Lo que sí esperaba con impaciencia era la aparición de la hija del anfitrión de la que muchas noticias le habían llegado, y aún cuando su corazón, como bien sabemos, ya estaba ocupado, una hermosa joven siempre sería merecedora de su atención.

De vuelta en el salón, tomaron asiento y mientras los mayores recordaban los viejos tiempos y compartían historias de su vida profesional, Alekséi se preguntaba qué actitud debía adoptar en presencia de Liza. Acabó decidiendo que lo más adecuado sería ensayar un gélido aire distraído y se preparó en consecuencia. La puerta se abrió por fin y él volvió la cabeza con tamaña indiferencia y tal orgulloso desdén que hasta la más empedernida coqueta habría sufrido un estremecimiento. Desafortunadamente, en lugar de Liza quien apareció fue miss Jackson, blanqueada por los polvos, encorsetada, mirando al suelo y haciendo una ligera reverencia, de modo que la estudiada maniobra militar de Alekséi fue en balde. Antes de que consiguiera prepararse otra vez, la puerta se abrió de nuevo y, ahora sí, entró Liza. Todos se pusieron de pie y el padre comenzó precipitadamente las presentaciones antes de quedar paralizado un instante mordiéndose los labios… Liza, su Liza de tez morena, se había blanqueado hasta las orejas y traía las cejas más pintadas que miss Jackson. Además, llevaba unos tirabuzones falsos de un color mucho más claro que el de su propio cabello y cardados como la peluca de Luis XIV, las mangas a l’imbécile las tenía infladas como los miriñaques de Madame de Pompadour, el talle lo llevaba tan ceñido que parecía la letra x, y todos los brillantes de su madre que no habían sido empeñados todavía lucían en sus dedos, el cuello y las orejas. Alekséi no pudo reconocer a su Akulina en aquella señorita tan esplendente como ridícula. Su padre se acercó a la mano que la muchacha presentaba y él también la besó con desgana; cuando rozó sus deditos blancos tuvo la impresión de que temblaban. Entretanto, había tenido tiempo de reparar en el piececito calzado con notable coquetería que la joven había adelantado con toda intención. Y ese pie compensó un poco la impresión dejada por el resto del conjunto. En cuanto al blanquete y las cejas pintadas, hay que reconocer que su inocencia y buen corazón le impidieron percatarse de ellos a primera vista y después tampoco los vio. Grigori Ivánovich honró su promesa y se esforzó por disimular cualquier asomo de sorpresa. Con todo, la travesura de su hija le pareció tan graciosa, que le costó mucho reprimirse. A la adusta inglesa, en cambio, aquello no le hizo ni pizca de gracia. Adivinaba que tanto el blanquete como la pintura de las cejas habían salido de su propia cómoda, y el rubor carmesí del enfado se abría paso a través de la blancura artificial de su rostro. Echaba miradas encendidas sobre la traviesa joven, quien, dejando las explicaciones para un momento más propicio, hacía como que no las notaba.

Cuando se sentaron a la mesa, Alekséi continuó representando el papel de un joven distraído y meditabundo. Liza continúo haciendo remilgos, hablaba con murmullos y como cantando, y sólo lo hacía en francés. Su padre no paraba de mirarla, incapaz de comprender el propósito que animaba su comportamiento, pero bastante divertido con la situación. La inglesa estaba cada vez más enfurecida, pero no decía palabra. Sólo Iván Petróvich estaba encantado: comía por dos, bebía con gusto, se reía de su propia risa y, de tanto en tanto, intervenía en tono jovial y se carcajeaba.

Finalmente, cuando dieron por terminada la comida y los invitados se hubieran marchado, Grigori Ivánovich dio rienda suelta a su risa y sus preguntas.

—¿Cómo se te ha ocurrido tomarles el pelo así? —le preguntó a Liza—. Eso sí, te diré una cosa: esos polvos blancos te sientan de maravilla. No voy a sumergirme yo en los misterios de los afeites femeninos, pero yo en tu lugar seguiría usando blanquete. No mucho, naturalmente, pero un poco sí…

Liza no cabía en sí de contento por el éxito de su ocurrencia. Abrazó a su padre, le prometió meditar sobre el consejo que le acababa de dar y corrió a apaciguar a la irritada miss Jackson, que a duras penas le franqueó el paso a su habitación y aceptó escuchar sus justificaciones. Liza le confió la vergüenza que sintió de aparecer ante los invitados con una tez tan morena y le aseguró que no encontró el aplomo para pedir el blanquete, y eso provocó que… Y añadió que estaba segura de que la dulce y generosa miss Jackson la podría perdonar… Etc., etc. Finalmente, una vez que miss Jackson se convenció de que Liza no había pretendido hacer mofa de ella, se calmó, le dio un beso y hasta le regaló una cajita de polvos blanqueadores ingleses, un presente que Liza aceptó con muestras de sincero agradecimiento.

El lector habrá adivinado que a la mañana siguiente Liza corrió al bosque donde tenían lugar sus citas.

—Me han dicho, señor, que estuviste ayer donde mis señores. ¿Es cierto eso? —le preguntó Liza en cuanto se encontraron—: ¿Qué te pareció la señorita?

Alekséi respondió que no se había fijado en ella.

—¡Oh, qué pena! —se lamentó Liza.

—¿Y eso por qué? —preguntó el joven.

—Ah, porque te habría querido preguntar si es cierta una cosa que dicen por ahí…

—¿Qué es lo que dicen, dime?

—Pues, que me le parezco mucho. ¿Es cierto eso?

—¡Qué disparate! Pero sí comparada contigo es feísima.

—¡Ay, señor, es muy feo que digas esas cosas con lo blanca y lo presumida que es nuestra señorita! ¿Cómo me voy a comparar yo con ella?

Alekséi le juró y le perjuró que ella era más hermosa que cualquier señorita coloreada de polvos y, con afán de convencerla, se puso a describir a su señora usando tales términos que Liza reía a mandíbula batiente.

—Bueno, pero es una señorita como quiera que sea —concluyó Liza— y por muy ridícula que se vea yo a su lado pareceré una pobre analfabeta.

—¡Vaya! ¡Ahí sí tenemos un motivo de preocupación! —admitió Alekséi—. Pero si así lo deseas, puedo comenzar a enseñarte las letras ahora mismo.

—¡Sí! Intentémoslo, va —se animó Liza—. ¿Por qué no?

Tomaron asiento y Alekséi sacó un lápiz y un cuaderno de notas del bolsillo. Akulina aprendió las letras del alfabeto con una celeridad prodigiosa. Alekséi estaba pasmado por la inteligencia de su amiga. A la mañana siguiente Liza quiso escribir y aunque en un primer momento el lápiz se le resistía, al poco rato ya garabateaba todas las letras con notable tino.  

—¡Esto es un milagro! —mostró su sorpresa Alekséi—: Avanzamos más rápido que con el sistema de Lancaster.

En efecto, ya en la tercera lección Akulina leía pasablemente «Natalia, hija de boyardo», punteando la lectura con observaciones que admiraban a Alekséi y llenando la hoja de aforismos que extraía de la propia lectura.

Una semana más tarde los jóvenes ya comenzaron a cruzarse cartas. Un hueco en un viejo roble les servía de improvisado buzón de correos. Nastia hacía las veces de cartero en secreto. Hasta el roble llevaba Alekséi sus cartas escritas con grandes letras y allí se encontraba los folios azules de papel basto y llenos de garabatos que le dejaba su enamorada. Se veía que Akulina iba aprendiendo a expresar mejor sus ideas y que su intelecto se desarrollaba y educaba consecuentemente.

Entretanto, la relación recién anudada entre Iván Petrovich Bérestov y Grigori Ivánovich Múromski se fue fortaleciendo poco a poco y terminó convirtiéndose en una amistad. A Múromski le había dado por pensar que a la muerte de Iván Petróvich toda su hacienda quedaría en manos de Alekséi Ivánovich, que se convertiría de esa manera en uno de los hacendados más ricos de toda la provincia, sin que existiera inconveniente alguno para que se casara con Liza. Por su parte, el viejo Bérestov, aun cuando le reconocía a su vecino cierto nivel de demencia (o, como él mismo decía, de tontería inglesa), no le negaba otras muchas virtudes, como, por ejemplo, una extraordinaria maña para los negocios. Encima, Grigori Ivánovich era pariente cercano del conde Pronski, un hombre muy notable y poderoso, y este conde podía serle de gran utilidad a Alekséi, al tiempo que Múromski, así pensaba Iván Petróvich, probablemente se alegraría de dar a su hija un matrimonio tan ventajoso.

Hasta ahora los dos viejos estas cosas sólo las habían rumiado cada uno para sí, y el día que las conversaron por fin acabaron dándose un abrazo, prometiéndose mutuamente hacer los arreglos necesarios y cada uno se fue a ocupar de su propia parte. Múromski lo tenía difícil: le tocaba convencer a su Betsy para que intimara con Alekséi, a quien no había vuelto a ver desde la comida aquella. Entonces, dio la impresión de que no se habían caído muy bien el uno al otro y lo cierto era que Alekséi no se había dejado ver por Prilúchino desde entonces y que Liza se encerraba en su habitación cada vez que Iván Petróvich los regalaba con su presencia. Con todo, Grigori Ivánovich pensó que si Alekséi comenzaba a venir a visitarlos a diario, Betsy acabaría enamorándose de él. Tal era el orden natural de las cosas. El tiempo lo arregla todo.

Iván Petróvich albergaba menos dudas sobre el éxito de su propósito. Esa misma noche llamó a su hijo a su despacho, encendió una pipa y tras unos instantes de silencio, le dijo:

—¿Cómo es que hace tanto tiempo que nada me dices del ejército, Aliosha? ¿Será que la guerrera del Cuerpo de húsares ya dejó de seducirte?

—No es eso, padre —respondió respetuosamente Alekséi—. Veo que usted no me quiere ver entre los húsares y mi deber es obedecerlo.

—Eso está muy bien —dijo Iván Petróvich—. Veo que eres un hijo obediente y eso me consuela, porque no quiero contrariarte yo también. Por eso tampoco voy a imponerte que ingreses en el servicio civil… Lo que sí me propongo es casarte.

—¿Con quién me pretende casar, padre? —preguntó sorprendido Alekséi.

—Con Lizaveta Grigórievna Múromskaya —respondió Iván Petróvich—. Una novia espléndida, ¿no crees?

—Padre, yo no tengo la menor intención de casarme.

—No la tendrás tú, por eso aquí estoy yo para tenerla por ti y tenerla bien pensada.

—Diga lo que diga, a mí Liza Múromskaya no me gusta nada.

—Ya te irá gustando. Te aguantas y acabarás amándola.

—No me siento capacitado para hacerla feliz, padre.

—Su felicidad no es problema que te haya de apenar a ti. ¿Qué me dices, pues? ¿Así es como acatas la voluntad de tu padre? ¡Basta ya!

—Como usted diga, pero no me quiero casar y no me casaré.

—¡Te casarás o te maldeciré! Y vive Dios que venderé la hacienda y me lo puliré todo. ¡Ni medio rublo te voy a dejar! Te doy tres días para que te lo pienses y guárdate de aparecer ante mi vista hasta entonces.

Alekséi sabía muy bien que cuando a su padre se le metía algo en la cabeza no se lo sacabas ni a martillazos, según la expresión de Taras Skotinin. Pero Alekséi había salido a él, precisamente, y tampoco era hombre que cambiara de idea con facilidad. De vuelta en su habitación se puso a pensar en el alcance del poder paterno, en Lizaveta Grigórievna, en la promesa solemne que había hecho su padre de reducirlo a la pobreza y, por fin, también en Akulina. Ahí fue consciente por primera vez de que la amaba con todo su corazón. La idea novelesca de casarse con una campesina y vivir de lo ganado con el sudor de su frente lo rondó y a medida que ponderaba tomar esa decisión drástica, más razonable le parecía la apuesta. Las citas en el bosque se habían interrumpido tiempo atrás con la llegada de la temporada de las lluvias, así que escribió a Akulina una carta con letra firme y verbo encendido, le notificaba la calamidad que se cernía sobre ellos y le ofrecía su mano. Terminada la carta corrió a dejarla en el buzón y se echó a dormir muy satisfecho consigo mismo.

A la mañana siguiente, Alekséi, todavía firme en su propósito, se dirigió a la casa de Múromski para sincerarse con él. Albergaba la esperanza de aprovecharse de su generosidad y convencerlo de sus intenciones.

—¿Está en casa Grigori Ivánovich? —preguntó al detener su caballo ante el portal del palacio de Prilúchino.

—No se encuentra aquí —le respondió el criado—, porque salió de casa a primera hora de la mañana.

«¡Qué pena!», pensó Alekséi para sus adentros. Y preguntó:

—¿Está, al menos, Lizaveta Grigórievna? —preguntó.

—Ella sí —le respondieron y Alekséi saltó del caballo, dejó las riendas en manos del lacayo y avanzó hacia el salón sin esperar a que lo anunciaran.

«Qué sea lo que tenga que ser», pensó mientras caminaba con paso resuelto: «Se lo explicaré a ella misma».

Al entrar al salón, Alekséi se quedó de piedra. Liza… No: Akulina, la hermosa y morena Akulina no vestía el sarafán azul, sino el vestidito blanco de las mañanas, y estaba sentada junto a la ventana y leía una carta. Tan absorta estaba en la lectura, que no se percató de la irrupción del joven. Alekséi no pudo evitar una exclamación de júbilo. Liza se estremeció, levantó la cabeza, pegó un grito y quiso huir a la carrera. Él se abalanzó a sujetarla:

—¡Akulina! ¡Akulina!

Liza intentó escabullirse.

Mais laissez-moi donc, monsieur ! Mais, êtes-vous fou ?  —repetía ella mientras intentaba zafarse.

—¡Akulina, cariño mío! ¡Akulina! —repetía él besándole las manos.

Miss Jackson, que estaba siendo testigo de la escena, no sabía qué pensar. En ese instante se abrió la puerta y entró Grigori Ivánovich.

—¡Anjá! —exclamó Múromski—. Parece que ya lo tenéis arregladito por aquí…

Los lectores me dispensarán de la superflua obligación de contarles el desenlace.   

Traducción de Jorge Ferrer

Traducido a partir de Obras de A. S. Pushkin en diez volúmenes. Moscú, GIJL, 1960, volumen 5.

© Editorial Alma y Jorge Ferrer. La reproducción de este texto sin autorización expresa de los titulares de los derechos está prohibida.

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Literatura rusa en España: Una charla en el Centro ruso de la Universidad de Granada

- 11/04/21
Categoría: Libros, Literatura, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , ,
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El 7 de marzo de 2021, invitado por el Centro Ruso de la Universidad de Granada, conversé con Enrique Quero y Nina Kressova, director y coordinadora del Centro, respectivamente, acerca de mi carrera como traductor y mi visión del oficio, la literatura rusa que traducimos en España, la promoción de la literatura rusa contemporánea en España y algunos temas conexos. 

Fue una charla estupenda, que comparto aquí para archivo. 

 

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De una soledad…, un monólogo a partir de Svetlana Aleksiévich

- 12/09/20
Categoría: Monólogos, Teatro, Traducciones
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Escribí este monólogo a partir del testimonio de una mujer que traduje antes en el libro El fin del “homo sovieticus” de Svetlana Aleksiévich (Acantilado, 2015), ya en su octava edición.

Requerido por Patricia Jacas, la actriz que representó aquel texto en Barcelona y más allá de ella, entendí que la persona, el personaje de Alisa Z., requería un porvenir. Dediqué mucho tiempo a pensar cuál era. Y ensayé varios. Hasta que vi este.

Lo conversé con la propia Svetlana en Berlín, un encuentro que produjo una entrevista a cuatro manos con Arcadi Espada en El Mundo y una crónica que publiqué en El Estornudo.  Fue en esta última donde abordé la cuestión de este monólogo en el que trabajaba. El encuentro con la escritora bielorrusa me permitió dar con las últimas claves.

Este monólogo se publicó originalmente en la revista Rialta.

 

De una soledad muy parecida a la soledad

Un monólogo

Fotograma de la película Sin amor de Andréi Zvyaguintsev

 

 

Para Patricia Jacas

Por Jorge Ferrer

Quince años después de la charla que mantuvo con Svetlana Aleksiévich recogida en el libro El fin del “homo sovieticus”(Acantilado, 2015) con el título “De una soledad muy parecida a la felicidad”, Alisa Z. mantiene un nuevo diálogo con la autora bielorrusa.

Es un diálogo imaginario, porque esta vez Alisa está sola. La escena transcurre en el salón de una casa lujosa. Al principio, Alisa lleva ropa de calle, un traje largo. Está levemente achispada y con ese punto de excitación y a la vez de melancolía que alcanza tal vez con especial saña a las mujeres maduras que han vuelto de una cena con amigos a la soledad de sus casas.

Para la mejor intelección de este nuevo monólogo los espectadores deberán estar situados en el punto exacto donde quedó el primero escrito por Svetlana. Dado que no hay garantía de que lo hayan leído o lo tengan presente, antes de la representación se proyectará un resumen de noventa segundos de duración de aquel primer monólogo.

Adicionalmente, los espectadores recibirán un programa de mano donde se narrará la historia de esta doble aventura textual y teatral, aunque no hay que contar con que lo lean antes, como tampoco con que lo hagan después.

¿Cuándo me vi yo con usted, Svetlana? ¡Menudo elogio de la soledad que le solté! ¡Es que menuda era yo hace quince años! ¡¿A que no he cambiado nada?! Aunque el tiempo… No sé si el tiempo me ha amansado o si es que ahora lo miro todo de otra manera. Entonces, aquella noche larga en el tren a San Petersburgo, yo había llegado a la cima, a lo que creía que era la cima, y me solazaba allá arriba en mi soledad, en lo que tenía, ¡y tengo!, por una hazaña. ¡Alisa, la alpinista! ¡Como Dora, la exploradora! (Ríe.) El tiempo no me ha vencido, eso no. ¿Será que con el paso de los años me he hecho más rusa? ¿O menos, quién sabe? Habría que ver si ese “más rusa” es hacerme más soviética, en el sentido de ser más como mamá. También puede que pasar tanto tiempo aquí me haya cambiado, no lo sé. ¿A veces me pregunto quién soy en realidad? ¡No! ¡No es que dude de mí! ¿Cómo se le ocurre? Aquí estoy y eso es un hecho. ¿Pero cuánto de lo que fui hay en mí? Eso sí me lo pregunto a veces…

La cuestión es a dónde nos ha conducido el tiempo pasado. Porque yo creía que ya habíamos llegado cuando hablamos entonces, cuando le hablé como situada en el fin del tiempo, en el fin de la historia, sin ser consciente de que apenas estábamos en medio de algo, nel mezzo del cammin di nostra vita

Ahora paso la mitad del año en Moscú y la otra mitad en España. Me compré esta casa aquí en Marbella. Pagué un millón. Un millón exacto. Me fijé ese tope. Un millón. Un chollo lo que conseguí, ¿lo ve? Tuve suerte. Yo tengo suerte siempre, salvo cuando no la tengo. Cuando no la tengo… ¿Sabe por qué me gusta España? Pensará que por la comida y el sol, ¿no es cierto? (Ríe.) Los españoles suponen lo mismo. Pero usted es una mujer soviética, ¡lo decía siempre!, y me comprenderá mejor. La verdad es que la comida y el sol te atraen cuando vienes a pasar unos días, cuando has escapado unos días de Moscú, su frío en invierno, su tórrido calor en verano, cuando no corre una gota de brisa. Cuando vives aquí, en cambio, las ventajas que encuentras son otras. ¡Y fíjese que siempre me gustó mucho Italia, eh! Ya sabe lo que fue Italia para las muchachas soviéticas de los ochenta, los noventa. Celentano, Toto Cutugno, el festival de San Remo… ¿Sabe que cuando eché cuentas salió que fue en San Remo donde me quedé embarazada de Polina? Nunca olvido aquella visita durante mi primer viaje a Italia con el hombre que me enseñó el tamaño inmenso del mundo, primero, para después asombrarme con la enorme pequeñez de su ánimo. El edificio del Casino, la iglesia rusa que mandó levantar la emperatriz María Fiódorovna, las callejuelas del barrio de La Pigna, las miradas lascivas de los muchachos italianos, unos niños casi y ya procaces como piratas… ¿Cuántas veces escuché yo esas canciones? ¡Cientos, miles de veces! Y allí estaba, en San Remo. Pero España, España acabó ganándome… Hay cosas muy distintas del sol y la playa que cautivan a una rusa aquí. La primera, ¿sabe cuál es? La libertad. La sensación de libertad. Me encanta el olor de los jazmines y el azahar, pero el olor de la libertad me fascina absolutamente. Y me recuerda el olor de aquellos primeros años noventa en la Rusia que mutaba. Me devuelve, en cierto modo, a la juventud. Ahora en Rusia no huele a eso, qué va. Ahora Rusia apesta a intolerancia y el hedor del autoritarismo lo ha invadido todo. A veces pienso que lo que nos faltó en Rusia fue un proceso de lustración como los que se implementaron en otros países del Este. En Checoslovaquia o Polonia. ¡O en la misma Ucrania, después de Yanukovich! Haber cerrado el paso a todos los responsables de la miseria y el terror anteriores, haber saneado el ambiente, desinfectado la cloaca. Pero veinticinco años después, ya me da igual. Bueno y ahora que lo pienso: probablemente, la lustración hubiera impedido que Putin llegara al Kremlin. ¡Y no sé yo qué habría sido de Rusia sin Putin!

España es un país tan libre y tolerante, que a veces me indigna que los propios españoles no se den cuenta de ello. Y me gusta también la autenticidad que hay aquí por doquier, lugares que no han cambiado en treinta o sesenta años, o apenas lo han hecho. En Madrid hay muchos lugares así. Y en Andalucía también. Otra cosa que me atrae de España, y ahora se va a sorprender, ya se lo aviso, es que las relaciones humanas, las relaciones sociales, son muy democráticas. Eso pasma a quien viene de Rusia con una sociedad absolutamente estratificada, donde la clase alta a la que yo pertenezco nunca se mezcla con la gente modesta, donde jamás coincidirías en un bar de copas con gente que no pertenezca a tu propia elite. Y, oiga, yo seré quien soy y a mucha honra, pero una sabe distinguir una sociedad sana de otra enferma: o “pachucha”, como dicen aquí, que me parece, por su sonoridad, la más rusa de todas las palabras españolas. Me gusta también la España rural, donde los pueblos aun los ruinosos denotan un mimo que en la Rusia rural no se advierte salvo en contadísimas ocasiones. Hay cosas que no me gustan también, no crea. La que más, la hipocresía de la gente. Las sonrisas falsas. Las zalamerías. La familiaridad del trato, tanto empalago. La peluquera te habla como si te conociera de toda la vida. O el taxista. O el mecánico. Los rusos tendremos muchos defectos, pero siempre vamos de frente y somos transparentes. Nunca sonreímos por gusto. Es más difícil ver a una rusa sonreírle a un extraño que ver un mirlo blanco… O un perro verde, una expresión española que me hace mucha gracia.

Pero España es otra cosa y Marbella… Bueno, a mí es que Marbella me encanta. Comencé viniendo a Puente Romano un par de veces al año. Tomaba el sol hasta ponerme bronceada como un arenque ahumado, Polina se lo pasaba en grande, yo me iba de compras por la Milla de Oro, cenaba en Puerto Banús o en el mismo hotel, en el restaurante de Dani Martín que ya ha cerrado el pobre. Tuve algún que otro romance, nada serio… Y acabé comprándome esta casa. Pero fíjese que con lo que me gusta España, los hombres españoles no me gustan. Parecen blandos. Son fofos de espíritu. Salí con algunos. Un muchacho joven… ¡Sí, es verdad! Antes me gustaban los hombres maduros, pero ahora, con la madurez, los prefiero más jóvenes. ¡Tampoco unos niños, eh! Es que antes idealizaba a los hombres maduros, proyectaba en ellos la seguridad que quería poseer yo misma. Ahora ya nada de eso importa. Ya no tengo nada que alcanzar, porque ya sé que no hay nada más ahí arriba. Ya estuve. Ya estoy. Ya me da lo mismo estar. Desde que Polina desapareció… Desde que Polina se fue… (Calla. Se sirve vino en la copa ya vacía.) A mi hija la llamé Polina. ¿Se lo había mencionado? En esos años se puso de moda recuperar los nombres rusos antiguos, tradicionales, ¿recuerda? ¡De tanto que queríamos parecernos a la nobleza de antes de la Revolución, a los kuptsy y las kupchijas de antaño —que eran los businessmen de la Rusia del zar— acabamos pareciendo aldeanos. Todo lo que oliera a los tiempos anteriores a la Revolución nos volvía como locos. La iglesia, la monarquía, la afectación en el trato. Ahora no sé si la cosa es aún peor… Como cuando nos cogió con lo de importar palabras extranjeras y llenar de ellas la lengua rusa, que es tan hermosa, tan eufónica… Inundarla de esos horribles anglicismos. A mí eso me llegó a enfurecer tanto, que cogí la costumbre de ir corrigiendo a quien los usara obligándolo a utilizar la palabra rusa correspondiente: que si boyfriend y yo молодой человек, que si eich-ar, por human resources, y yo kadrovik, que si mediator y yo posrednikStabilnost, volatilnost… Dale a cualquier Ruslán o Liudmila la palabra extranjera y ellos le sumarán una desinencia rusa y se llenarán la boca con ella… Y así hasta el infinito. ¿Sabe por qué colamos miles y miles de anglicismos en la lengua rusa de los noventa? Porque queríamos vivir en un mundo distinto y creíamos que lo íbamos a construir a base de palabras nuevas. Que las palabras traerían los fenómenos que nombraban. Y así fue en cierta medida. Levantamos un edificio vacío y lo fuimos llenando después. ¡Lo logramos! Ahora, lo que nos ha faltado después es traducirlo al ruso. Hacerlo de verdad nuestro. Y una a veces tiene la sensación de que vivimos en una casa prestada, en un mundo plástico, que vivimos la vida de los otros.

Mis padres murieron hace unos años. Uno tras otro, como suele suceder. Estaban tan apegados el uno al otro, que la muerte de mamá, que murió primero, acabó arrastrando también a papá. Fue una sorpresa, una trágica sorpresa. Papá parecía haber superado bien la falta de mamá, vino un par de veces a España e incluso manejamos la posibilidad de que se instalara una temporada más larga en la Costa del Sol, pero no pudo ser. Le gustaba cómo viven los ancianos aquí. En Rusia, salvo para una clase pequeña, la vejez es una virtual condena a la miseria. No es que Rusia sea un gigante con pies de barro, como dicen a veces en Occidente. ¡Es de barro toda, menos esos dos ojitos brillantes, dos diamantes engastados en sendas cuencas hediondas, que son Moscú y San Petersburgo! Es un gólem, que en lugar de tener la palabra emet, verdad, escrita en la frente, repite la cantinela de la grandeur que nos habría devuelto el nuevo zar. (La sirvienta trae un plato de jamón y canapés. Alisa para de hablar, espera a que se marche.) Sí, ya sé por qué sonríe. Es que de algunas cosas no conviene hablar mucho. ¿Sabe una cosa curiosa? Curiosa y, a la vez, aterradora… En estos últimos años yo percibo en mi comportamiento rasgos que eran propios de mis padres. Esto mismo de bajar la voz cuando hablo de ciertas cosas, por ejemplo. No sería exacto decir que hemos vuelto a los tiempos de la URSS, pero…

Ahora se ha puesto de moda hablar de la soledad de Rusia, especialmente a partir de aquel artículo en Global Affairs que hizo tanto ruido: “La soledad del mestizo”. La Rusia que es a la vez europea y asiática sin ser ninguna de las dos cosas en verdad. La Rusia que ha renunciado a su inútil afán de ser aceptada como una más en el Occidente que la teme y desprecia y sigue su propio camino, su osobi put, sola, oronda, temible. ¿Cómo era aquello que dijo el zar Alejandro III? Rusia sólo tiene dos aliados: su Ejército y su Armada. Yo, lo mismo… Bueno, en mi caso, mis dos aliados serían mis tropecientos tacones de aguja de Christian Louboutin y la Visa Gold del MoraBanc. Yo soy un poco como esa Rusia, soy dos mujeres a la vez, un sujeto con identidad híbrida, que dirían los antropólogos o los pedantes, y sólo ahora he sido capaz de verlo. Antes creía que no había nada soviético en mí, ¿recuerda? ¡Como si una pudiera extirpar la infancia de su ADN! ¡Como si los ardores y las lágrimas de la adolescencia, los sueños y las noches en vela de los quince años no la marcaran a una para siempre! ¡Como si la sombra de tus padres no se proyectara siempre sobre todos tus afanes, tus anhelos, tus manías, tus ansias, tus triunfos, tus decepciones!

A medida que Polina fue creciendo yo me fui dando cuenta de muchas cosas que cambiaban en mí, en mi percepción de las cosas, del dinero, de Rusia. Una parte de ese cambio fue la enorme pasión que puse en mi refinamiento intelectual. Criada entre libros, al verme arrojada a la Rusia de los noventa me asilvestré, porque es lo que tocaba: cerrar bien los puños y mostrar los colmillos. Pero estos últimos años he vuelto con fervor a la lectura, la filosofía, la música… No hay mayor desarrollo en la escala evolutiva que ser rica y cultivada. No lo habrá dicho Darwin, pero se lo digo yo. Polina creció como una niña poscomunista de manual. Sin ideología, sin arraigo. Su idea de la Unión soviética, el país donde creció su madre y vivieron sus abuelos era como la que yo tengo de, no sé, Papua. Un par de imágenes vagas y la certeza de que se trata de un territorio habitado por salvajes. A Polina acabé criándola yo sola. Al padre no lo vio nunca. ¡Porque yo no quise que lo viera! ¿Para qué? Él ya tenía sus hijos; Polina se quedaba para mí. La crié con severidad, no crea. Tal vez con demasiada severidad. Mire, yo sólo tenía una idea fija con ella: que fuera una mujer independiente y poderosa, que se bastara a sí misma como me basto yo. Ahora que no está, ahora que no sé dónde está, a veces me consuelo pensando que su desaparición es el testimonio más rotundo de mi éxito, de mi triunfo: conseguí que fuera tan independiente, tan autosuficiente, que ni siquiera me necesitó ya más a mí. Aunque Polina fue cambiando, ¿sabe? Bueno, ¿qué no cambia ahora? ¿Ha visto lo bello que está Moscú? Es impresionante. La calle Tverskaya, el barrio de Kuznetski most, los Patriarshie prudy, por donde pasearon los personajes de El maestro y Margarita, que fue mi novela preferida. ¡Y la gente! ¡Cómo ha cambiado la gente! ¡Los jóvenes rusos son tremendos! Están imbuidos de la fuerza de quienes están llamados a triunfar. ¡Las muchachas! Yo fui una alondra que avisaba de la nueva primavera, cuando llegué a Moscú con una mano atrás y otra delante, pero convencida de que iba a triunfar. Ahora, tantos años después, mi insolencia y ambición de entonces son la norma. Un amigo me contaba el otro día que se ligó a una muchacha en el Turandot, una putilla recién llegada a Moscú desde Yelabuga. ¡Yelabuga, que si no fuera porque la Tsvetáieva se colgó allá no lo conocería ni Dios! En dos llamadas telefónicas le consiguió citas con las mejores agencias de modelos de la capital, le pagó una cena de 20 000 rublos y, ya de camino a un hotel, paró a comprarle unos pendientes de oro blanco. Pues dice que llegaron a la suite y cuando se desvistió la chica le miró al rabo y va y le dice con total desvergüenza que los había visto más grandes. Él no daba crédito: “¡Y encima quería que tuviera un gran rabo! ¡Si es que ahora estas aldeanas lo quieren todo!”, protestaba entre carcajadas cuando me lo contó. (Enciende un cigarrillo.) No, Putin como hombre no me gusta. Y toda esa manera que tiene de pavonearse me parece bastante cursi y hasta grotesca. Trigo para marujas y borrachuzos. Y para la prensa, también la vuestra, siempre encantada con las extravagancias rusas de Rasputín en adelante.

Putin dijo una vez que quien no recuerde con cariño el pasado soviético no tiene corazón, pero quien aspire a devolvernos a él, lo que no tiene es cerebro. ¡Su último libro tiene mucho de eso, Svetlana, ¿no cree?! Porque una cosa es innegable: jamás los rusos hemos vivido mejor que en estos últimos veinte años. Y me atrevo a decirle más: ¡jamás habíamos sido más libres! Y sí, sí, ya sé que en Occidente nos tienen por unos bárbaros y a Putin por un tirano centroafricano, pero hay que saber de dónde venimos, ¡del Gulag!, y quiénes somos, ¡carceleros o presos, presos o carceleros!, para entender lo que vale Putin, lo que vale lo que hemos conseguido. ¿Que no somos Suiza? ¡Eso ya lo sé! Pero, oiga, asómese a una calle de Voronezh o Tula, a una plaza de Tomsk o Grozny, y póngase a contar suizos a ver si se tropieza alguno.

Ah, Europa, Europa… Con la quiebra de los bancos en Chipre perdí un montón de dinero. Vasia era mi asesor. ¡Y buena fue la que le cayó! Aunque él perdió mucho más, el pobre. ¿Se acuerda de Vasia, Svetlana? Ahora vive en Londres. Le pisó un callo a alguno de los allegados del presidente y ahí acabó su suerte en Rusia. Pero sigue siendo un hombre muy rico, un sibarita y un solterón empedernido. El petróleo nos ha hecho ricos a los rusos, como a los árabes. Pero como nosotros somos tantos, no ha alcanzado para hacernos ricos a todos. Cuando el rublo se desplomó, ¡llegó hasta la mitad de su valor!, de pronto todos los rusos con dinero sentimos que nos habían amputado medio cuerpo. Todos iban por ahí lamentándose de que eran la mitad de ricos que antes. Y yo los miraba, tan apegados a su dinero, tan avaros, tan inflamados de codicia, que me decía que la devaluación los hizo menos ricos, pero también menos hombres. Bueno, ¡yo también me cogí un encabronamiento enorme! Pero, mire, yo desde luego siempre me he sabido ganar la vida muy bien… Y he amasado lo mío, ¿sabe? Ahora todo lo tengo en Andorra. Me gustan los banqueros andorranos, el arte con que disimulan la codicia. Las mañas que se dan para parecer gente honorable. A veces da hasta gracia tanta impostura. Algunos ya chapurrean el ruso y todo. Y no hay joyería de la Avenida Meritxell que no tenga a una dependienta rusa con el talle fino como un junco del Volga y los dientes torcidos que delatan su origen rural. ¡Derevienshina pura! ¡Paletos, como decís aquí!

Uno de esos banqueros andorranos se me ufanaba el otro día de que ya podía leer un poco en ruso y me pidió que le recomendara algún libro sencillo y útil. Enseguida me vino a la cabeza Turgueniev, claro, con su prosa cristalina y firme, pero le di una recomendación mucho más pertinente para su desempeño: “Léase el Código penal ruso”, lo animé: “Ya verá qué prosa más bien trabada”. ¡El tipo puso una cara! Y yo: “En Rusia es un best seller, créame”. Con todo, siento que en Andorra mi dinero está seguro y después del sofoco de la devaluación del rublo y el hundimiento de los bancos chipriotas, eso es lo que más me importa ahora por ese lado, ¿sabe?

En Moscú sigo teniendo una vida profesional muy activa. ¡No vea lo que me ha costado, pero la empresa está ahora entre las tres majors del sector publicitario! Operamos en todos los sectores, menos en la política. Desde que me convertí en socia mayoritaria impuse el criterio de que la política quedaba fuera de nuestra cartera. Algún favor hacemos, claro, porque si no te echan fuera, pero campañas políticas, no. Nuestros mejores clientes son las empresas tecnológicas, un territorio al que accedí por medio del que fue mi gran amor de estos últimos años, un alto ejecutivo del sector de las telecomunicaciones. El único hombre a quien he pedido que nos mudemos juntos, lo que lo coloca de golpe en otra posición igualmente singular: es el único que, ante tal proposición, me ha dicho que no. Me hizo muy feliz, no obstante. Y a Polina, que lo quiso como a un padre, también. Antón se llama. Como Chéjov, que es mi escritor favorito. Le debo el regalo más bonito que me han hecho nunca: bautizar con mi nombre, Alisa, al asistente de voz del buscador Yandex. La Siri rusa se llama Alisa por mí, ¿no le parece un regalo como no hay otro igual? ¡Como regalarle a una la Luna!

Es curioso que en España tengáis el nombre femenino Soledad. Todavía me produce estupor cuando alguien se me presenta como Soledad. La manicura en Puente Romano me la hacía una Sole. Yo pensaba que se llamaba así por el Sol, en italiano, hasta que me enteré de que venía de Soledad. Nadie se llama odinochestvo en Rusia. Es inconcebible. Nadezhda es uno de los nombres más comunes, que es Esperanza. Y Vera, que es Fe. También Liubov, Amor. Pero ¿Soledad? ¡Qué cosa más grande! O Dolores, ya puestos. Una conocida mía que vive aquí, rusa, le puso a su gato Muki, “dolores” en ruso, dolores como los del parto. Es graciosísimo que alguien pueda llamarse Soledad o Dolores. Y es terrible también.

Antes de que Polina desapareciera… Antes de que Polina se fuera, volví a Sochi. Con ella. No había vuelto jamás desde los años soviéticos, desde mi infancia, mi adolescencia. Cuando mamá y papá me llevaban. Volví con ella. Volví a otro mundo, pero al mismo mar. ¿Sabe aquello de que no se entra dos veces al mismo río? No vale para el mar Negro, siempre idéntico, siempre preñado de alma rusa. El agua donde tomó baños de mar lo mejor de Rusia en todas las épocas: nobles y poetas, mariscales y compositores, bailarinas de ballet y obreros destacados. Stajanov y Gagarin, Mandelstam y Zhúkov. La misma agua. ¡Es el mundo afuera el que ha cambiado! Es la tierra firme, esa séptima parte de la tierra firme del planeta que ocupa Rusia, la que ha cambiado… Lo vi con claridad allí. Los buenos salvajes de la época soviética mutaron en salvajes distintos en el poscomunismo. La playa pedregosa, la costa arisca. Los cantos afilados clavándose en los pies. La gente internándose en el agua entre contorsiones y acrobacias, como irritados saltimbanquis. Me tumbé bajo la sombrilla que un empleado del hotel clavó trabajosamente en el suelo y calzó con pedruscos oscuros, Polina se estiró a mi lado boca abajo, lánguida e indolente, su cuerpo bonito brillando al sol, y supe, no sé cómo lo supe, que algo terrible iba a ocurrir, algo irreparable. Y supe también, por paradójico que resulte, que me daría igual, que nada que sucediera, por atroz que fuera, me iba a mover el suelo.

(Se levanta y camina hasta la ventana. Contempla el mar. Después sale del escenario. Volverá con un cambio de vestuario. Ahora con ropa casera, aunque elegante, y desmaquillada. Parecerá mayor, ligeramente abatida. Habrá en ella la fuerza de antes, pero atenuada por el relato que viene.)

¿Quiere más vino? Un día volví a Moscú y Polina no estaba en casa. Llevaba dos días sin aparecer por allí. Pronto hará dos años de aquel día. Fue la víspera de su vigésimo cumpleaños. Yo llevaba cinco días fuera, en Francia. Como cada año, había ido al festival de publicidad de Cannes. En esa edición ganamos un Lion por aquella famosa campaña para Kaspersky Lab… La asistenta la vio salir el miércoles por la mañana con la mochila del gimnasio. Dos días después no había dado señales de vida. Su teléfono no respondía. Su cuenta de Instagram no se había actualizado. ¡Y eso sí indicaba que la situación era extraordinaria! Llamé a sus amigas, una a una. Nada. Llamé a un chico con el que estaba saliendo. Habían roto hacía dos semanas, algo que yo ignoraba. Llamé a Vasia. Pensé que sus contactos podrían ayudar. Pero ya para entonces había comenzado a caer en desgracia con el Kremlin y prefirió mantenerse al margen. Mi círculo de relaciones, por demás estrecho, se reduce a gente del mundo de la publicidad y las finanzas y poco tiene que ver con el sector estatal y mucho menos con la policía o el FSB… A mí los militares no me han atraído jamás y el roce con ellos, que apenas he experimentado en el grupo con el que suelo salir de caza, me causa una incomodidad que está hecha de miedo y repugnancia a partes iguales. No obstante, tenía un par de puertas a las que tocar. Un amante ocasional, uno de esos tipos duros y misteriosos que una enseguida sabe que se dedican a quebrar voluntades e incluso destinos. Un compañero de caza que trabaja en la inteligencia militar. Ambos coincidieron en sus recomendaciones: una, Polina volvería a casa en pocos días y, dos, llamar a la policía sería tan inútil como enojoso… ¿Usted sabe a qué campaña de Kaspersky me refiero, no? Yo es que lo de Kaspersky me lo tomé muy en serio. Como un acto de patriotismo, por decirlo así. En aquellos tiempos todavía era una patriota. Y puede que todavía lo sea un poco. Me molestaba que Rusia, un país con tanto talento en la ingeniería no fuera conocido por su potencial tecnológico. Todo el mundo con un iPhone en la mano y anhelando el modelo más nuevo. Todos los laureles y todos los dineros, casi todos si descontamos a Samsung y a alguna empresa sueca, se los llevan los americanos. Los amerikosi, que es como les llamamos los rusos con desdén, como los mexicanos les llaman gringos. Rusia es el país de los grandes contrastes, con el que el fiel de la balanza siempre acaba inclinado en su desfavor. ¿Se ha puesto a pensar alguna vez en cuáles son las dos palabras rusas más internacionales? Sputnik y pogromo. ¿Qué le parece? Una aventura descomunal del ingenio humano, como fue el lanzamiento del primer satélite que salió al espacio, aquel Sputnik pionero, y una acción violenta, criminal, contra una raza y una religión distintas de la nuestra. Ese es el drama de Rusia, su размах, ¿cómo decirlo?, su amplitud, el diapasón que abarca, desde lo más sublime –el cielo, el fondo del cielo– hasta lo más terrible –la sangre, un tonel lleno de sangre a rebosar–. Por eso me involucré tanto con Kaspersky Lab, que es la compañía tecnológica más famosa de todas las nacidas en Rusia, porque esa es la Rusia que yo quiero ver, porque otra Rusia es posible… ¡No se ría!

Polina lo tenía todo, ¡todo! Pero ese todo, todo eso, para ella era lo mismo que nada. No era feliz conmigo. Ni era feliz consigo misma, supongo. Esperé a que volviera. Porque volvería… Yo creía que iba a volver… Y aquí me tiene todavía esperando. A veces me pregunto si tal vez debí ir a la policía desde el primer momento y poner la denuncia. O contactar con alguna de esas asociaciones ciudadanas que buscan a niños y adolescentes desaparecidos. Que suplen al Estado en lo que él es incapaz de hacer. ¿Vio Sin amor, la última película de Andréi, de Andréi Zvyaguintsev, digo, donde aparece una de esas organizaciones? ¡Es espléndido Andriusha! Pues, eso. Pero no lo hice. Lo dejé correr. Mis padres ya habían muerto, así que… ¿Sabe qué sucede con la novela de una mujer solitaria como yo? ¡Que apenas hay personajes en ella! Ahora yo podría estar contándole qué dijeron mis amigas, cómo reaccionaron los vecinos, qué ayuda me prestaron mis compañeros de trabajo. Pero, oiga, yo de las primeras no gasto. De los vecinos, apenas hay noticia cuando se convocan derramas o alguien raya un coche en el parking. Y en la empresa, Dios me libre de estar contando mi intimidad, de convocar la curiosidad de los empleados, de granjearme su pena, su conmiseración. ¡Me da escalofríos de sólo imaginarlo! A mí que me llamen Alisa Fiódorovna, con nombre y patronímico como ha sido tradición siempre en Rusia, y de mi vida privada, ¡ni la talla de mocasines! ¡Y no se vaya a creer que soy distante o autoritaria con mis subordinados! ¡Qué va, qué va! Mire, si algo he aprendido en este negocio, y en este negocio a fondo perdido que es la vida, es que más vale estar rodeada de talento y competencia si una quiere prosperar, si una quiere ser feliz con lo que hace, si una quiere ver belleza a su alrededor, porque no hay mayor belleza que la de la inteligencia y la eficacia, la sencilla, la humilde y esplendente belleza de las cosas bien hechas… Lo de Polina es que no sé si lo hice bien. Cómo la crié y la eduqué… Cómo la busqué, cuando se marchó… Al final, hubo pesquisas policiales. Mínimas. Creo que sí acudí a la policía, semanas después de que se marchara, fue para evitar que ella me reprochara después no haberlo hecho. Pero los consejos de Vasia y Nikolái habían sido certeros: nadie se tomó en serio la desaparición de una muchacha de veinte años, una joven guapísima de familia rica. Menos aún cuando la familia no la formaba más que su madre. ¿Sabe cuánto mengua en Rusia el poder de una mujer, por mucho dinero que tenga, cuando se halla sola ante un jefe de policía sin un hombre que la respalde? Tiene que ver el spot final de la campaña para Kaspersky, oiga… Yo misma supervisé tanto el guion como el rodaje. Rodamos en la Ciudad de las Estrellas, el centro de entrenamiento de astronautas al norte de Moscú. ¡Muy merecido el Lion en Cannes, ya lo creo! ¡Le mandaré una copia!… Con todo, lo cierto es que yo no me empeñé demasiado en buscarla. Y de hecho me sorprendió mi falta de entusiasmo. Estaba triste, eso sí. Pero supe evitar esa sobreactuación que a veces rodea las desapariciones. A mí es que nunca me ha gustado sobreactuar, fíjese. Yo siempre he dicho que no hay nada más repugnante que una mujer chillona, con la risa fea, muy pintarrajeada o que sobreactúe permanentemente para hacerse notar. Una mujer tiene que tener clase, y más si es rusa, y más si está viviendo una desgracia. ¡Bueno, las rusas, de desgracias, sabemos mucho! Como hay pocas cosas más penosas que un tipo acostado en una cama de hotel lejos de su casa, muy pasada la medianoche, viendo una pelea de boxeo en televisión con una copa de whisky en la mesilla de noche y acariciándose el rabo de tanto en tanto. Yo he estado tumbada al lado de hombres así. Es que es tan largo esto. Es tan larga la vida de una mujer soltera. De una mujer libre. Soltera, solitaria. Cuando hablo con mujeres monógamas siento envidia y repulsión a la vez. Sí, han conseguido una estabilidad de dineros y afectos que es de admirar. Pero a la vez, junto a ese dudoso premio se han llevado la mochila de la rutina, el compromiso, han cambiado la cuerda floja por el hastío, la excitación de la copa bebida con un desconocido en una barra de bar por el vaso de batido de plomo bebido a sorbos en la alcoba con los niños durmiendo en el dormitorio contiguo. Al grupo de conocidas del gimnasio, un grupo de Whatsapp, cada vez, en los cumpleaños, les escribía mensajes deseándoles salud, dinero, sorpresas, aventuras… Con retintín, sabe. Por joder. Porque es evidente que no habría sorpresas en sus vidas organizadas en torno al salón de estar, la compra en Azbuka Vkusa o el supermercado de El Corte Inglés, la espera, la esperanza y, sobre todo, la báscula.

Con la muerte de mamá y papá… Con la muerte… Bueno, todo el que pierde a sus padres, el que los pierde en un tiempo breve, en uno que no le alcanza para acabar de entender la primera muerte cuando la segunda ya se encarama y es todo devastación… Todo el que pasa por eso sabe que… Pero lo que me ha pasado a mí es distinto. Lo que nos ha pasado a nosotros es distinto. Uno ve morir a sus padres, los ha visto envejecer antes, los ha despedido, ha heredado lo que los padres amasaron en la vida… Hay una continuidad. Hay un hilo conductor. Una senda. Mis padres eran mi nexo con el mundo de mi infancia y mi adolescencia, el mundo soviético devorado por el tiempo nuevo, el Cronos del que nos llama a cuidarnos Brodsky en ese poema tan bueno que ahora todo el mundo tiene en los labios… Muertos ellos, evocar su memoria es devolverme a mi infancia en aquel mundo superado, vencido.

Ahora estoy algo apartada del día a día de la empresa. Me ocupo de las líneas maestras y sigo los proyectos de los grandes clientes, pero el desarrollo cotidiano lo llevan otros y así puedo permitirme pasar más tiempo en España. El teletrabajo, que le llaman. Que debe ser una cosa bastante jodida cuando lo haces en un apartamento minúsculo y frío de Cheliabinsk o Ulán-Udé, pero que aquí en Marbella es un lujo maravilloso. Aquí en España llevo una vida más bien discreta. Huyo de la prensa rusa local, siempre a la caza de noticias sobre la comunidad rusa aquí. En la prensa española apenas se me ha mencionado en la económica —ExpansiónCinco días— y cada vez poniendo mi nombre con doble letra ese, Alissa. ¡Qué manía, por favor! ¡Qué paren ya! Bueno, y hace poco una conocida me entrevistó para su blog, dedicado a la literatura infantil. ¡Precisamente recomendé un libro de Marina Tsvetáieva, fíjese! (Bebe un sorbo de vino. Y antes de devolver la copa a la mesa, bebe otro más.) Como a Tsvetáieva al volver del exilio, yo tengo la impresión de que todo me ha ido abandonando: mis padres, mi hija, la ambición, la libido… Antes era una mujer sola que se ufanaba de ello y gozaba de la soledad. Pero ahora sé que eso era sólo porque yo misma me la había construido, aquella soledad. Era parte de la construcción de mí misma que inicié el día en que llegué a Moscú haciendo autostop. Esta soledad de ahora, no. Esta me la han impuesto. Y ya no sé si me siento tan a gusto con ella. Y le hablo de la soledad en el sentido absoluto, metafísico, por así decirlo. Porque en su expresión práctica, cotidiana, la soledad sí me complace. La de estarme días enteros sola, sin cruzar más que dos palabras con la sirvienta o el taxista. La de no tener que molestarme en responder al teléfono. Desde que Polina desapareció… Mire, he estado leyendo mucho acerca de la soledad, ¿sabe? A Kierkegaard, a Montaigne, a Cioran; ¡un día compré las Soledades de Góngora que encontré en una librería de Málaga, pero no entendí mucho!

No es la misma soledad esa que procuras o construyes como quien levanta una casa cuyos muros protejan de las corrientes de aire, que aquella que llega sola, que se adueña de todo y te acecha después en la bañera y la mesa de comer, en la mañana brumosa o el ocaso, donde el aire es más transparente. ¡Son dos soledades muy distintas! ¡Tan distintas!

Hay una soledad que camina hacia adentro, busca el regocijo en la amargura. No era esa la que yo buscaba, naturalmente. Mi soledad era la del orgullo, la soledad satisfecha de quien se vale por sí misma, de quien se hizo a sí misma y no necesita de nadie. La soledad del alpinista: estar sola, pero estar en la cumbre. Yo he hecho mis cumbres, mis ochomiles, y he tenido el mundo a los pies. ¿No decía antes que era un poco alpinista? Pero hay otra soledad, esta en la que me ha sumido la muerte de mis padres y la desapa…, la marcha de Polina. Veo a tantas mujeres, sobre todo a las mujeres de hombres con los que trabajo, llegar a los cuarenta y ser abandonadas… Cómo las que eran ricas y poderosas hace dos días son ahora mujeres dependientes, almas en pena… Criaturas temblorosas… Antes temblaban ante ellas sus chóferes y cocineras; ahora tiemblan ellas porque cumplieron su ciclo como amantes y las muchachas que van llegando a comerse el mundo se llevan a sus maridos como quien captura peces… Polina estaría ahora estudiando en Berna o en Londres como las hijas de las mujeres y los hombres como yo –porque yo soy un poco hombre también además de mujer, soy las dos cosas–, así que estaría sola igualmente, pero no es lo mismo, no es lo mismo, esta soledad es distinta. Una se mira las cosas de otra manera con el paso de los años. Cambian las preocupaciones. Una afinca los pies en el suelo. Cambia las trenzas por el moño bun. El escote corazón por el escote francés. Una piensa en la muerte como algo distante e incontrovertible, pero se desvive por posponer la decadencia de la carne. La decadencia del cuerpo. Hace quince años me podría haber encontrado absorbida en la decisión de si poner en casa suelos italianos o españoles. Si Porcelanosa o Mutina. Hoy, de suelos, ninguno me quita más el sueño que el suelo pélvico. La vejez es otro episodio de la soledad. O viceversa, que también. Es curioso que mientras menos nos interesa la carne, la piel nos interese más. La pasión por la superficie, por lo que dejamos ver. Esto los de las cremas La Prairié lo deben tener muy sabido. ¿Ha olido la White Caviar Crème Extraordinaire que han sacado? Yo es que me la comería a cucharadas.

Hay muchos tipos de soledad, ¡ya le he dicho que me he hecho una experta! La soledad del ermitaño y la de la monja de clausura o la de Robinson Crusoe. Soledades distintas, porque una es buscada y la otra, sobrevenida, un accidente. Y está la soledad de los románticos, la soledad triste y amarga del romántico. El peregrino, el profeta, el paria. La soledad de los anacoretas rusos, como el starets Zósima, el mentor de Aliosha Karamazov. ¿Sabe que ahora leo más poesía que nunca? Tengo el Kindle lleno de poetas. Sobre todo leo a Lermontov. A Lermontov más que a Pushkin, porque Lermontov es el poeta ruso de la soledad. Ahora se va a sorprender. ¿Sabe cuántas veces aparece la palabra “solo” en la obra de Lermontov? 532 veces. “Solitario”, otras 51. Y “soledad” en tres ocasiones. En la de Pushkin, “soledad” aparece siete veces y “solo” figura en unas treinta ocasiones. ¡No me mire así! ¡No las conté yo, claro que no! Lo leí en un paper. En buena medida, este reencuentro con mis padres se ha producido a través de la poesía. Yo me crié en un hogar donde la poesía era una vivencia cotidiana. ¿Recuerda cuánto usted me riñó en nuestra charla del tren por haberme apartado de la cultura? Mis padres recitaban a Pasternak o a Esenin con la misma naturalidad con que en una casa campesina se ordeña a las cabras o en una casa de putas se sacan las sábanas a orear al sol. Y a ese mundo, del que me alejé durante tal vez demasiados años he vuelto después con pasión extraordinaria. Bueno, y leo mucho a Brodsky, como podrá imaginar. No hay poeta de los años soviéticos más perdurable que él, que ahora goza de una fama inmensa en Rusia. Yo me parezco mucho a Brodsky, ya lo creo. Un bon vivant como no hubo otro, un hombre enamoradísimo de la vida, pero a la vez un gran conocedor de la soledad, que es una presencia sutil en su poesía. Yo a veces me encierro días enteros en casa, lo mismo en Moscú que aquí. Siguiendo aquel consejo suyo. Usted, naturalmente, lo conoce bien (Busca en el teléfono y lee.)

Не будь дураком! Будь тем, чем другие не были.
Не выходи из комнаты! То есть дай волю мебели,
слейся лицом с обоями. Запрись и забаррикадируйся
шкафом от хроноса, космоса, эроса, расы, вируса

Lo traduje al español para que lo leyera uno de mis amigos marbellíes. Pero pierde tanto, tanto… Es que como la lengua rusa… Bueno, acaso la francesa también… Déjeme que se lo lea, fíjese (continúa leyendo en la pantalla del teléfono):

¡No seas tonto! No imites a los demás.
¡No salgas de la habitación! Deja que manden en ella los muebles,
Que tu rostro se funda con el papel pintado. Enciérrate y parapétate
Detrás de un armario, a salvo de Cronos, el cosmos, Eros, la raza y los virus.

A Robert Frost le preguntaron una vez qué era exactamente la poesía y dijo que poesía era lo que se perdía cuando un poema era traducido a otra lengua… Puede que tuviera algo de razón, ¿no cree?

Brodsky… La primera vez que viajé a Nueva York me fui de cabeza a Brighton Beach, al sur de Brooklyn, a buscar aquel paisaje de los rusos emigrados donde él se movió. Y al volver a Moscú me di cuenta de que nuestro camino al capitalismo era un intento desesperado de convertirnos en un Brighton Beach. Sin playa. Sin la montaña rusa de Coney Island, como la llaman ellos, que es lo menos ruso que hay en Little Odessa. (Mira al teléfono y lee) “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”. ¿Qué me dice? “Sólo se puede ser totalmente uno mismo mientras se está solo: quien, por tanto, no ama la soledad, tampoco ama la libertad; pues únicamente si se está solo se es libre”. Schopenhauer. Lo adoro. Y a Nietzsche, naturalmente, un gran solitario, el más ruso de todos los filósofos alemanes. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué es tan elevado el número de suicidios en Rusia? No es por el alcoholismo, no, algo en lo que también somos campeones. Es por nuestra propensión a la soledad de la que el suicidio vendría a ser la expresión más acabada, su plenitud, su culminación necesaria. La guinda del pastel.

(Levanta el mentón, que le tiembla ligeramente un instante, antes de hablar.) Al principio creí verla un par de veces. En la calle. Entre la multitud. Me dijeron que es normal que una crea ver a los seres queridos que han desaparecido. Lo que no es tan habitual es que se esconda, cuando ello sucede, como hice yo. No pude evitarlo. Fue instintivo. No sé. Creí verla una vez en Barcelona. Subía por Las Ramblas. Me dí la vuelta y escapé por una calle lateral. Tal vez sea que prefiera dejar las cosas como están. Ella se marchó. Se evaporó. Yo me he quedado sola. Sola antes de tiempo. Y ya no sé si me gusta tanto estar sola. Porque esta soledad se parece demasiado a la soledad. ¿No me dirá que no está sublime este amontillado? Es el Viña AB, cosa deliciosa, 100% palomino fino. ¡Debo ser la rusa que más sabe de estos vinos! ¡Adoro los vinos de Jerez! ¡Sólo por estos vinos, por el fino, por la manzanilla, Andalucía merece el agradecimiento eterno de toda la humanidad! (Alza la copa.) ¡Salud!




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