Svetlana Aleksiévich, Lukashenko y la revolución en Bielorrusia

- 15/10/20
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El artículo “Aleksiévich, la revolución y los fármacos” apareció en la versión digital de Letras Libres el 22/09/2020. El original puede consultarse aquí.

Aquí se reproduce para archivo.

 

 

 

Aleksiévich, la revolución y los fármacos

Por Jorge Ferrer

 

Hace unos días escribí a Svetlana Aleksiévich un mensaje de apoyo. Se lo escribí en Telegram, una aplicación de mensajería instantánea que comenzó a utilizar en los días de las protestas que sacuden Minsk desde el verano y, especialmente, tras las sospechas de fraude electoral en las elecciones del 9 de agosto pasado.

Aleksiévich, premio Nobel de literatura en 2015, es miembro del Comité de coordinación que busca, tal vez ya debamos decir «buscaba», trazar los cauces por los que emprender una transición en Bielorrusia, tras una eventual marcha de Aleksandr Lukashenko. A lo largo de esta última semana todos los miembros de ese Comité fueron expulsados del país o detenidos por medio de contundentes dispositivos policiales. A ella aún la protege su nombre, el nombre de pila de su fama, y los diplomáticos europeos en Minsk que acuden a su casa a hacerle compañía para prevenir que se la lleven por la fuerza. Pero quienes conocemos su talante liberal, su manifiesta incapacidad para bajar la cabeza y callar, somos conscientes de que el muro de su celebridad podrá dejar de protegerla el día en que el régimen de Minsk se vea perdido. O, más bien, la noche.

Por eso le escribí desde la tierra firme de mi mesa a las arenas movedizas en las que se encuentra ella, como hace uno en tales circunstancias: alabando el arrojo, pero aconsejando cautela. Acababa de ver a Lukashenko en un canal bielorruso, empuñando un fusil automático y acompañado de su hijo armado hasta los dientes. Las imágenes los mostraban sobrevolando en helicóptero el Palacio de la Independencia y caminando después frente a la mole de mármol blanco, con el aire de quienes van a una guerra concebida para ser emitida por televisión, un reality show bélico. Todo parecía impostado en ellas, salvo, por razones obvias, el helicóptero.

Fuera de Bielorrusia, ese país que llamamos con desdén y un punto de alivio “la última dictadura de Europa”, en esa secuencia muchos vieron al gigante que es Lukashenko (188 cm) como a una suerte de dictatorzuelo africano. Yo que crecí un poco más al este del Este que es Minsk, vi ahí enseguida un artefacto poscomunista. Con el ridículo que ello entraña, sí, pero también con su potencial destructivo.

Lukashenko, el hombre que gobierna Bielorrusia desde 1994, no es lo peor del poscomunismo, ni siquiera lo más letal (¡para eso está el novichok!), pero sí es hoy su cara más desfachatada. Y no parece que los bielorrusos quieran soportar más el régimen autoritario, corrupto y corruptor que les ha impuesto. Sobre todo, cuando llevan años viendo prosperar a las llamadas repúblicas del Báltico, tres países que han sabido sobrevivir a la experiencia soviética e integrarse plenamente en las instituciones y la política económica europeas.

Es siempre complejo situar el momento exacto en el que la gente se ha hartado de una dictadura. ¿Cuánto tiempo pasa desde el día en que reconocen vivir en una, hasta que se deciden a dejar de hacerlo, a intentarlo al menos? Digo de una dictadura de verdad. De las que controlan el edificio social de arriba abajo. Dictaduras técnicamente perfectas y sin aparente fecha de caducidad como la bielorrusa, porque carecen de ideología y se sostienen exclusivamente gracias a un ejercicio muy bien calculado de la fuerza y a un clientelismo que garantiza un relativo bienestar económico. ¿Cómo sacudirse de una dictadura así? ¿Qué está ocurriendo en Minsk? ¿Cómo llamarle a lo que vemos a diario en sus calles creciendo sin parar estas últimas semanas?

La respuesta a esa pregunta me la dio precisamente Svetlana Aleksiévich en su respuesta a mi mensaje: “Te agradezco tus palabras de aliento. Ahora sé que las revoluciones no son sólo hermosas, porque también son terribles”.

Una revolución.

En Bielorrusia lo saben. Lo saben en la calle y lo saben en Palacio. Y saben unos y otros que las revoluciones no siempre triunfan, que hay mucha montaña que acaba pariendo ratón. ¿Se acuerda alguien de aquel Juan Guaidó que parecía tener a Venezuela lista para democrático delivery? Ahí está la tiranía del momentum, del clímax, que es cosa de la física y la política. Y de la noche tras noche en la escaleta del programa de noticias y el día a día del tablero geopolítico, torre allí, peón allá, brava y después lánguida reina acullá.

Con todo, que en medio de la pandemia, en este año de la peste en el que AstraZeneca y su vacuna en ciernes cotizan más en el interés del público que cualquier otro evento, es un fenómeno extraordinario que un pequeño país postcomunista engastado como una joyita de pocos quilates en un rincón de Europa se esté abriendo hueco unas semanas en la fiesta de las noticias.

Resulta aún más interesante, en términos pedagógicos, porque Bielorrusia muestra un retrato cabal de un mundo que parecía distante, el mundo soviético. Es un tableau vivant, un diorama como de Museo de Historia Natural, pero de uno que se ocupe de la historia política. Pero es, a la vez, un ejemplo de revuelta popular sin populismo. Y esa frescura es la vitamina pura de una manera de ver la democracia, ¡y sobre todo anhelarla!, que brilla en tiempos de cancel culture, populismos de izquierda y derecha, nacionalismos xenófobos y desprecio por la democracia representativa.

No menos interesante resulta Bielorrusia en cuanto a su rol en los equilibrios del poder en Europa, donde Rusia no se ha privado en las últimas décadas de atizar el caos y la subversión. La cercanía de Bielorrusia a Rusia, geográfica y también, aunque de manera irregular, política, será un elemento clave en el saldo de las protestas, cualquiera que acabe siendo. Y la posibilidad de que el Kremlin deje caer a Lukashenko con el consiguiente establecimiento en Minsk de un gobierno proeuropeo parece muy remota. Putin, que nunca ha ocultado su disgusto por el saldo de las reformas de Gorbachov en los 80 del siglo pasado, no quiere un Lukashescu, como se le ha venido llamando a Lukashenko en alusión al final del dictador rumano, en una antigua provincia del imperio.

Es curioso que fuera precisamente en Bielorrusia donde se consagró la disolución de la URSS. Ese acto que Vladimir Putin ha llamado “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” tuvo lugar en un pabellón de caza ubicado en los confines del antiguo imperio soviético, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia y en medio de un bosque milenario, Bélaya Vezha o Bialowieza, habitado por urogallos y los últimos bisontes europeos. Allí, bajo la coqueta linterna que remata un pabellón de caza, el 8 de diciembre de 1991 se consumó la implosión del sistema político soviético. La Revolución rusa, una de las grandes revoluciones del s. XX, acabó formalmente en Bielorrusia. ¿Querrá la historia, el futuro relato de la historia, que Rusia le responda ahora con simétrica cancelación, aún antes de que la revolución bielorrusa triunfe?

Hace unos días, Vladimir Putin recibió a Aleksandr Lukashenko en Sochi. Le ha dado dinero, mucho dinero, y le ha dado vacunas contra la peste que asola el mundo. Es difícil imaginar dos palancas contrarrevolucionarias más eficaces en el paisaje de la pandemia y la crisis económica que esta trae a Bielorrusia, como a buena parte del planeta.

Un fármaco y otro fármaco.

Habrá que ver si los bielorrusos están vacunados contra la simetría y el destino.

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Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre Chernobyl, la serie de HBO

- 08/08/19
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Esta entrevista apareció publicada en la edición del 21 de julio de 2019 de la revista Fashion & Arts Magazine, tanto en papel como en la versión digital con el título “Svetlana Aleksiévich: el precio de la verdad”. Esta última versión puede consultarse en la web de la revista.

La entrevista aparece aquí para archivo con el añadido de que esta es la primera versión, sin los recortes editoriales que le hice después para ajustarme al espacio disponible en la edición en papel.

La conversación con Svetlana la mantuve el día 26/06/2019 por vía telefónica, ella en Minsk, yo en Barcelona.

Svetlana Aleksiévich: “Chernobyl es una serie estupenda”

Por Jorge Ferrer

Tuve a Svetlana Aleksiévich muy presente mientras veía la serie Chernobyl que Craig Mazin creó para HBO. No recuerdo que habláramos antes de ese libro en concreto, pero sí recordaba la honda huella que me dejó su lectura en el cierre del milenio.
La serie ha sido un éxito mundial. Alabada por tantos, ha despertado también recelos en Rusia, donde anuncian respuesta contundente a la manera soviética. Una deliciosa manera de honrar a esta serie que reconstruye los años soviéticos con deliciosa minuciosidad.
No hablaba con ella desde hace meses y ahora en esta larga charla por teléfono vuelvo a encontrar a la interlocutora ágil y generosa. La llamo a Minsk un mediodía de este verano. Ha venido unos pocos días a la capital desde la dacha donde trabaja estas semanas, a pesar del calor del que se queja.

Todo el mundo habla de la serie, de Chernobyl. ¿A quién se le hubiera ocurrido que nos íbamos a ver en esto tantos años después? Toda Europa, el mundo entero con los ojos en Chernobyl. ¿Qué le ha parecido a usted?

Estoy muy contenta de que se haya hecho por fin una serie sobre Chernobil. Es una serie estupenda. Llevo muchos años intentando encontrar creadores lo suficientemente talentosos como para hacer algo así. Ha habido otras aventuras cinematográficas que no carecen de aciertos, pero pasaron inadvertidas. Esta serie sí que ha tenido una gran resonancia. Acabo de estar en Alemania y Polonia donde los jóvenes la están viendo y no paran de hablar de ella. También las ventas de mis libros se han disparado, así que estamos ante un gran éxito sin duda alguna.

¿Es la historia de Chernobil la mejor historia que usted ha escrito?

Es uno de mis libros preferidos, sí, junto con La guerra no tiene rostro de mujer.

¿Cómo ha sido recibida la serie Chernobyl en su país, Bielorrusia, en Ucrania y Rusia?

La ha visto mucha gente, sobre todo los jóvenes que han descubierto el tema, como ha sucedido con jóvenes de toda Europa. En Rusia, en cambio, han comenzado a atacar mi libro desde las posiciones de este nuevo patriotismo que cunde allá. Lo ha dicho muy bien el creador de la serie: él no entiende qué es lo que defienden los rusos, porque le parece que es como si los alemanes se pusieran a defender las ideas del nacionalsocialismo. Algo así está sucediendo con la recepción de la serie en Rusia. A él lo acusan de todos los pecados posibles. Y a mí lo mismo. Porque la serie incluye muchas de las historias de mi libro y también su espíritu, su filosofía, algo que han manifestado sus responsables. Y como a mí me tildan de rusófoba, pues dicen que era de esperar que una serie llena de calumnias saliera de un libro escrito por alguien como yo.

Y parece que se disponen a responder…

¡Eso es lo más gracioso! Han anunciado que ahora Rusia prepara su propia película con una historia que me dejó estupefacta. Se ve que en ella agentes soviéticos capturan a un espía norteamericano en Chernobil y cosas así. Yo me dije: “Dios mío, ¡han pasado 30 años y pareciera que después de la perestroika vivimos durante unos años en democracia, que hoy vivimos tiempos distintos, pero las ideas que esta gente enarbola son las mismas del pasado! Es lo mismo que ves en Facebook donde te encuentras muchas opiniones positivas acerca de la serie, pero también hay mucha gente tildándola de basura, de propagar calumnias. Algo parecido vimos en la prensa, por cierto, donde durante la primera semana encontramos reseñas muy entusiastas y después por lo visto cundieron las consignas salidas del Kremlin. Comenzaron los reproches, las reseñas negativas. Las acusaciones de inexactitud. Se olvidan de que Chernobyl, la serie, es a la vez una película de ficción y un documental.

Me encontraba en Rusia cuando comenzaron a emitirla y cada noche cuando iba al hotel encendía la televisión y no daba crédito a lo que veía. El mismo gobierno que asume “por la izquierda” la herencia del legado de la sociedad socialista, los mismos que son los responsables de la mentira de Chernobil, ahora se golpean el pecho, se rasgan las vestiduras exigiendo la verdad. La verdad sobre Chernobil. Es increíble. ¿Usted ha hablado con los medios rusos sobre la serie? ¿Qué relación mantiene con ellos?

Me han llamado, pero me he negado a viajar a Moscú a participar en esos shows, porque yo sé en qué se convierte todo eso. En puro fango. En un catálogo de ofensas. No tenía ningún sentido para mí viajar allá: nadie me habría escuchado, no me hubieran dejado decir lo que tenía que decir.

Cuando hablamos de la guerra o de la historia del socialismo todo está claro, porque se percibe la acción del hombre en la historia. Cuando hablamos de Chernobil, en cambio, surge enseguida la palabra “accidente” y los accidentes son algo que sucede al margen de la historia, se asocian con una mera casualidad…

Decir que lo que sucedió en Chernobil fue un accidente es pasar por alto lo principal: Chernobil fue una catástrofe. Una catástrofe de nuestra concepción del rol del hombre en este universo inmenso que habitamos, una catástrofe que afectó a nuestras antiguas ideas, a nuestra comprensión de la ciencia y hasta a la propia idea del curso de la civilización humana que teníamos. Chernobil sacudió todas esas nociones con una catástrofe brutal. Me ha dado mucha pena que en la serie tenga un mayor predominio la línea argumental que privilegia el rechazo a la mentira y al régimen que existía entonces en la URSS y no fueran capaces de subir al peldaño siguiente y explicar que con Chernobil entramos en la época de una nueva realidad, una realidad que todavía no somos capaces de comprender de manera cabal. Hoy en día nuestras capacidades tecnológicas están por encima de nuestra moral y carecemos de respuestas para las principales preguntas del presente. Por ejemplo, las primeras ocasiones en que yo visité Chernobil también experimenté esa sensación de catástrofe, pero me costaba explicarla, comprenderla, encontrar las palabras para describir la catástrofe. La literatura no podía ayudarme a hacerlo. La historia tampoco. Ahora es distinto, porque ya hubo Chernobil. Y cuando visité Fukushima, en Japón, todos repetían sin parar que aquello era como en Chernobil, que los engañaban como en Chernobil, que se evacuó a la gente como en Chernobil. Nosotros carecíamos de una experiencia previa, porque Chernobil fue la primera catástrofe global de ese tipo. Por eso no pudo haber una recepción intelectual de lo que estaba ocurriendo allí. Los filósofos no supieron comprender de qué se trataba exactamente aquello y lo mismo le sucedió a la literatura, al arte: el mundo de la cultura pasó por alto aquel suceso y no hizo sonar la alarma y plantear la pregunta por el camino que habíamos tomado y si acaso la civilización no había emprendido una vía suicida.

Un momento crucial, crítico, en el que se ponía en cuestión la noción misma de progreso.

¡Claro! Habíamos llegado a un punto en el que el progreso era equiparable a la guerra. Recuerdo cuando en Chernobyl subían a la gente en autobuses para evacuarla. Había una anciana que se resistía a marcharse, se había hincado de rodillas y no había quien la moviera. Y entonces me vio en medio de todos aquellos militares y se dirigió a mí: “Aquí no puede estar pasando nada, hijita. Mira como brilla el sol, como pían los pajarillos. Yo pude sobrevivir a una guerra, rodeada de gente extraña. Y ahora son mis soldados los que están aquí, es la vida como tal”. Y entonces me di cuenta de que no había otra respuesta para sus preguntas que explicarle que aquello era una guerra, hacerle entender que veíamos el resultado de nuestra guerra contra la naturaleza, de una guerra que librábamos contra nosotros mismos, contra la humanidad. Que las ideas que nos movían como civilización habían entrado en conflicto con lo que éramos y que la naturaleza también comenzaba a golpearnos y que cada vez nos veríamos confrontados con mayores catástrofes como aquella. Por eso titulé mi libro sobre Chernobil “Crónicas del futuro”.

¿Qué nos enseñó Chernobyl?

No puedo decirle con certeza qué nos enseñó Chernobyl. Hace poco estuve en Fukushima y da la impresión de que allí se ha repetido exactamente lo mismo: la misma mentira y la misma fe de la gente en que conseguirán tirar adelante, su total impotencia ante lo que les está sucediendo… No sabemos qué se está arrojando allí al océano. No conocemos la verdad hasta el fondo y nadie nos la dice. En Fukushima hay prohibiciones todavía más severas que las que hubo en Chernobyl. Es imposible acercarse a una distancia menor de 10 km de la estación atómica, mientras que a Chernobil se conseguía hacerlo provisto del permiso especial. Visitar el territorio de la central de Fukushima, en cambio, es totalmente imposible. De Chernobil no se extrajeron las experiencias debidas, no. ¡Ojalá que esta serie ayude a las jóvenes generaciones a cultivar un pensamiento ecológico más activo, que las obligue a reflexionar sobre todo esto!

A muchos espectadores les ha sorprendido la manera en que la serie refleja de una manera muy precisa el mundo soviético. A mí mismo, sin ir más lejos, que estaba en Moscú en aquellos años, en el año de Chernobil, me impresionó mucho la manera en que la serie refleja todo aquel mundo.

Sí, lo hicieron tremendamente bien. ¡Tuvieron asesores magníficos, eso se lo puedo asegurar! Y esa representación fidedigna del entorno material es algo magnífico porque dota de mayor credibilidad a la historia. Uno piensa que si se fue fiel al decorado, se fue fiel al relato de lo que allí sucede, a las palabras que allí se pronunciaron. Ésa es una premisa muy importante.

¿Cuánto de su libro sobre Chernobil ve usted en los capítulos de la serie de HBO? Buena parte de la narrativa acerca de Chernobil surge precisamente en su libro, porque antes de él nadie había hablado de algo así. Yo tuve enseguida la impresión de que asistía a la plasmación cinematográfica de la filosofía de su libro.

Ahí se produjo un fallo. Los artífices de la serie firmaron un contrato conmigo. Me pagaron unos buenos honorarios. Me dijeron que tomarían unas cinco o seis historias de mi libro, no recuerdo exactamente cuántas. Pero es cierto que aparte de las historias, el propio creador de la serie se mantuvo siempre atento a mi libro, alimentándose de su belleza y de su tristeza. Él mismo lo ha manifestado así con total precisión y es muy importante que él lo haya percibido así. Que haya prestado oídos a la filosofía del libro, al hecho de que cuando pensamos en Chernobil nos situamos un poco fuera de todo, más allá del bien y del mal, en una dimensión realmente distinta. Chernobil está más allá del Holocausto, más allá de la guerra, porque es algo con lo que tendremos que convivir durante millones de años. Pero es verdad que cuando salió la serie mi nombre no aparecía en los títulos de crédito y muchos periodistas y mi propio agente literario protestaron por eso. Entonces los creadores de la serie nos presentaron sus disculpas y dijeron que aunque ello les acabe costando caro harán constar mi nombre reconociendo así que cometieron un error.

Son muchos los que han visto esta serie como un monumento al valor de todos estos hombres, Legasov, Scherbina, mucha gente sencilla que se dejaron la vida por Europa, por la civilización.

Esta serie constituye la primera reflexión seria de lo que Chernobil significa, de la nueva realidad que nos espera y en la que ya estamos instalados. Hay que tener una respuesta honesta a la pregunta que Chernobil planteó y aprender a convivir con ello. Seguramente necesitaremos una nueva escala de valores, una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la inteligencia artificial. Aclararnos en el debate entre nuestras posibilidades tecnológicas y nuestras normas morales. Alcanzando el equilibrio entre ambas del que no somos dueños hoy en día. En ello tendrás que pensar los filósofos, los sociólogos, los artistas… No tengo dudas de que esta serie es la primera que se plantea estos enormes conflictos que hemos provocado.

Por cierto, ¿qué opinión le merece a usted el uso pacífico de la energía atómica?

El uso de la energía atómica constituye un callejón sin salida, porque no sabemos qué hacer con los residuos que genera. Se trata de un problema inmenso, porque esos residuos no paran de acumularse. Confío en que la humanidad consiga desarrollar formas más ecológicas de producción de energía.

De contra:

La publicación en Fashion & Arts Magazine llevaba la siguiente coda sobre las circunstancias en que se trabajó sobre el texto, como es habitual en esa publicación:

“Hacía un calor intenso en Minsk y en Barcelona la mañana en que hice esta entrevista. Svetlana me dijo que se volvía enseguida al campo huyendo del bochorno. Mientras hablábamos, Bruno, mi frenchie, resoplaba a mi lado dejando su rastro en la grabación, y pidiendo también fresco y campo”

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(El rostro de la voz): Desde Sochi, en el Mundial de fútbol FIFA Rusia 2018

- 22/06/18
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Tras el partido entre España y Portugal, el primero de La Roja en el Mundial de fútbol de Rusia 2018, mandé este breve comentario desde el estadio Fisht en Sochi, Rusia, al programa de televisión A fondo, presentado por Pedro Sevcec en AméricaTeVé, Miami.

 

 

 

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