Arquitectura y socialismo: el Este, urbanismo y hormigón

- 16/08/22
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La reseña del libro Paisajes del comunismo, de Owen Hatherley, se publicó en la revista La Lectura, suplemento del diario El Mundo, el 9 de mayo de 2022.

A la publicación original se puede acceder aquí

 

Casi todos los tonos del gris

Por Jorge Ferrer

De la mucha nostalgia que produjo el colapso del socialismo soviético, una de las más curiosas es la nostalgia prestada. No hay en ella el asiento de la experiencia en el mundo que latía del lado más sombrío del Muro de Berlín o el recuerdo de un lema coreado en una manifestación de Bucarest o Moscú. La nostalgia prestada, un fenómeno que se da en las nuevas generaciones de los países del Este de Europa, donde los milenials heredan la memoria de la infancia de sus padres, se ve también en espacios geográficos y políticos donde no se vivió la realidad de las llamadas “democracias populares”.

Y ocurre que a veces produce loables artefactos que indagan en el pasado. Es lo que sucede con este libro de Owen Hatherley (Southampton, 1981), cuyo combustible es precisamente esa nostalgia y un exhaustivo deambular por las ruinas de un mundo sin ideología, pero con edificios. Un libro que se mueve en varios registros y en casi todos con el aliento de una enorme autenticidad.

Paisajes del comunismo, que en la edición original llevaba el subtítulo de A History Through Buildings, es a la vez un libro de viajes, un manual y un tratado de arquitectura y urbanismo. También una invitación a tratar a las urbes del Este de Europa como una caja de herramientas mnemotécnica que sirvan lo mismo para pensar en la manera en que la utopía “marxista-leninista” construyó ciudades en las que acomodar y, a veces, martirizar a sus habitantes, que para enfrentarnos con la gestión del patrimonio de un mundo que un buen día pareció haber dejado de existir, salvo por la tenacidad de dos elementos distintos, pero igualmente amigos de perdurar: el hormigón y la memoria.

Hatherley, que es a un tiempo turista y académico, y a tiempo completo también simpatizante del mundo que narra, sigue un itinerario que no deja nada de lado. Su recorrido cabal comienza por las avenidas, las Magistrale, el espacio de las marchas y los desfiles, los de la épica militar convertida en ejercicio civil: la Kreschatik de Kiev, la Karl-Marx-Allee en Berlín o la calle Tverskáia de Moscú, donde Pushkin te ve marchar a la Plaza Roja. Después, desparrama su prosa por los microdistritos, los complejos de viviendas donde transcurría la vida socialista. Nowa Huta, la perversa extensión de Cracovia, donde se contrapuso la modernidad socialista a la elegancia gótica, o barrios como Poruba, a las afueras de Ostrava, o el distrito Avtozavod, en Nizhni Nóvgorod, diseñado por norteamericanos como si de una extensión de Detroit con sabor soviético se tratara.

Hatherley, por cierto, escribe este libro desde la periferia del sur de Varsovia, mirando por la ventana lo que teclea con inteligencia y una mirada sobre el proceso de construcción de la ciudad socialista que junta un buen manejo de las fuentes y unas dotes extraordinarias para la observación y la recuperación de la experiencia. Los condensadores sociales, espacios donde se fabricaba al hombre nuevo rodeado de una nueva sociabilidad -clubes, comedores colectivos, centros de ocio- son otro espacio crucial. Hatherley tampoco se olvida de los rascacielos o los memoriales, como no deja de lado la reconstrucción de las ciudades históricas que arquitectos y burócratas emprendieron tras el paso de la Segunda Guerra Mundial o en el Berlín reunificado y el resto de espacios urbanos poscomunistas, aplicando estrategias que recuerdan el adhocismo postmodernista.

Un lugar especial del libro, una suerte de opúsculo dentro de la obra, es la sección dedicada a los sistemas de transporte público y a su estandarte más célebre. “Cuando me dispuse por fin a escribir este libro”, anota Hatherley, “sabía que habría un capítulo en concreto por el que me acusarían de hacer apología”. Es este, donde el metro de Moscú es recorrido en sus salones y en la prosa con la pasión del turista y el candor del fanático.

Por ambiciosa que fuera la utopía, el nivel de la vida cotidiana necesitaba un topos, un lugar donde amar, comer y soñar con el huidizo porvenir. Avenidas, monumentos y casas de cultura servían para que el hombre del socialismo, también él, un solitario que se sabía indemne ante el poder del Estado, encontrara la alegría de la convivencia y la participación, esas palancas del entusiasmo. Hatherley, con su nostalgia prestada y un rigor cartográfico, ha hecho un favor impagable a la memoria de aquel mundo con tonos de gris habitado antaño por los soldaditos de la ilusión.

Paisajes del comunismo

Traducción de Noelia González. Capitán Swing. 704 páginas. 27 euros. Ebook: 11,99 euros. Puedes comprarlo aquí.

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Liudmila Ulítskaya, Premio Formentor: una entrevista

- 15/08/22
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Liudmila Ulítskaya recibió el Premio Formentor 2022. La había entrevistado unos meses antes, cuando estalló la guerra del Estado ruso contra Ucrania. Aquella entrevista se puede leer aquí. El Premio, no obstante, requería y permitía una conversación distinta con una Ulítskaya, además, ya exiliada en Berlín.

La entrevista se publicó en el diario El Mundo el 2 de mayo de 2022. El original se puede consultar aquí.

 

Liudmila Ulítskaya: “Habría sido mejor que me hubiera muerto antes de la guerra”

 

La escritora rusa fue elegida Premio Formentor la semana pasada: un alivio en los meses oscuros que han seguido a la invasión de Ucrania y a su exilio en Berlín.

Liudmila Ulítskaya recibió la pasada semana la noticia del Premio Formentor en su recién estrenado exilio de Berlín. La gran escritora rusa ha novelado a personajes que pueblan un mundo habitado por figuras que vindican la historia grande y la más pequeña: la memoria de un siglo y sus añicos.

Pregunta: ¡Nada menos que el Premio Formentor! ¡Y eso en estos días tan complejos para usted y para la cultura rusa!

Respuesta: Estoy sorprendida; no me lo esperaba para nada. Es un gran honor formar parte de la lista de premiados del Formentor. Yo de estas cosas siempre me alegro tanto como me sorprenden. Me ha pillado en Berlín, en la extraña situación en la que nos hemos visto metidos muchos rusos ahora. Abandonamos nuestro país sin saber cuándo podremos volver.

P. Hablo con muchos lectores de literatura rusa y debo decirle que nadie despierta un entusiasmo tan unánime como usted, tanto en Rusia como aquí en España. ¿Cómo lo consigue?

R. El misterio es muy sencillo. Escribo dirigiéndome a mis amigos, a las personas que quiero, y, por lo visto, mis lectores lo perciben así.

P. Usted se ha movido en muchos registros y ha escrito sobre personajes muy distintos, como si todo le supiera a poco. En Sóniechka, por ejemplo, está la vida de una mujer solitaria, la historia de una de esas personas sin historia, como se suele decir…

R. Detrás de Sóniechka hay varias mujeres que se cruzaron en mi vida. Sóniechka no es una invención pura, digamos. Es el reflejo de mujeres concretas a las que pude observar, un tipo de persona que conocí y me despertó un interés enorme.

P. Algo que dista de ser una excepción en su obra, porque el protagonista de la novela, Daniel Stein, traductor, es también alguien a quien usted conoció…

R. Así es. Fue un hombre que viajaba de Tel Aviv a Minsk y vino a mi casa, donde pasó un día entero. Unas 10 personas acudieron a verlo allí esos días. Pasaron muchos años antes de que me atreviera a escribir ese libro. Tuve que esperar a que él muriera, porque no habría tenido el coraje de escribir ese libro y exponerme a su reacción.

P. Se trata de un gran libro acerca de la religión, de la búsqueda de Dios, del diálogo entre religiones. Cuestiones que a usted nunca la abandonan.

R. Y también sobre la figura del traductor, aquel que traduce de una lengua a otra y, en el caso de Daniel, de la lengua humana a la divina y viceversa. Se trata de una función tremendamente importante. Es raro encontrar a personas con el don de la interpretación, la capacidad de transmitir textos que resultan cruciales para la suerte común de la Humanidad.

P. A los escritores se les suele preguntar por qué escriben. Ante la enormidad de su obra y la sordidez de estos tiempos prefiero preguntarle por qué escribe todavía…

R. Ah, pero si es que yo no escribo ya. Ya no escribo, de veras. Mis textos son cada vez más y más breves. Comencé escribiendo relatos, después escribí un buen número de novelas, antes de volver a los textos breves. Últimamente he estado escribiendo textos que no rebasan la media página. Ese camino hacia el laconismo probablemente acabe conmigo callada ya por fin.

P. Fuera de Rusia se suele pensar que el rol social del escritor en su país y la veneración que les profesan los lectores son enormes

R. Yo diría que ese prestigio ha terminado ya. El rol del escritor como profeta, como alguien cuyas ideas políticas o su estatura como artista importan a la sociedad, fue cosa del siglo XIX y principios del XX, del pasado.

P. Y después está el problema del cisma que ocurre a veces entre los escritores y el pueblo, como sucede ahora en Rusia con la guerra contra Ucrania…

R. Me cuesta mostrarme conforme con eso, porque debo admitir que yo, que he vivido en Moscú en medio de un ambiente muy determinado, de intelectuales y artistas, es probable que conozca muy mal al pueblo ruso. Apenas me relaciono con personas a las que pudiéramos adscribir a esa noción de pueblo. De hecho, ni siquiera sé si esas personas existen. La idea del pueblo ruso es un mito. Y ya es hora de que admitamos que hay mitos que no rebasan esa condición.

P. Fíjese, Liudmila, que en un rato de conversación ya le ha dado tiempo para matar al escritor como portavoz del pueblo y hasta al pueblo mismo. ¡Se nos está muriendo todo el mundo aquí!

R. Todo el mundo se muere, naturalmente, y sin la muerte no existiría la vida. Así que bendita sea la muerte. Todos los grandes poetas sabían que la muerte llena a la vida de contenido. La riqueza y el poder que ostenta la vida se debe a que es finita. Y dado que acabará, a la vida hay que saber capturarla, observarla y, cuando ello es posible, reflejarla. Ese es, esencialmente, el trabajo de todo artista.

P. Hay un libro suyo que opera muy bien en ese registro con la vida y con la tradición. Desafortunadamente, se trata de uno que aún no tenemos en español: La escalera de Yakov. En él dibuja la línea que une a una nieta con su abuelo. Es un gran libro sobre la memoria…

R. Habla de la memoria, sin duda alguna. Cuando hablo con mis lectores sobre este libro siempre les digo que cada persona ha de escribir su propio equivalente de La escalera de Yakov, porque ese es su deber para con sus antepasados y sus descendientes. Todos debemos dibujar esa línea y hacerlo conscientemente y con precisión para así transmitir la memoria de generación en generación. El antepasado más antiguo del que tengo noticia es mi tatarabuelo. Sirvió en el Ejército zarista durante la Guerra de Crimea. Suya es la primera fotografía familiar que conservo. Y el hecho de que la guardemos es tremendamente importante. Saber que esa persona existió. En aquella época, el servicio en el Ejército zarista era de 25 años. A mi tatarabuelo se lo llevaron siendo un niño de 13 años, sirvió otros 25 y después se casó y nacieron sus hijos, mis bisabuelos. Y así hasta mí.

P. Ese recuerdo nos devuelve a la guerra. La última vez que hablamos la llamé a su apartamento en Moscú cuando acababa de estallar la guerra. Han pasado dos meses y estamos atrapados en el pantano al que nos arrastró Putin.

R. El 24 de febrero de 2022 fui consciente de que se había trazado una raya que separaba mi vida pasada y lo que me quedara por vivir. Lo primero que me vino a la mente aquel día fue que habría sido mejor que me hubiera muerto antes de que llegara. Este tramo de vida está siendo increíblemente duro. Nos tuvimos que marchar de Rusia, porque no soy capaz de acomodar mi espíritu a la guerra. Y no la aceptaré jamás.

P. En estos días de cancelación de la cultura rusa en el mundo occidental, la premian.

R. Me emocionó mucho, sí, que mientras la política rusa resulta algo tóxico para el mundo entero, el jurado considerara dar el premio a una autora rusa. Es de veras sorprendente.

P. Tal vez sin quererlo, pero el premio también ha sido para la cultura rusa exiliada.

R. Me encuentro ahora en Berlín. Hace exactamente 100 años, en los años 20 del siglo pasado, Berlín estaba llena de emigrantes rusos que crearon una cultura extraordinaria, una cultura en el exilio. Y décadas después todo aquello retornó a Rusia e integró por derecho propio el tronco de la cultura rusa. Es difícil imaginar hoy el cuerpo de nuestra tradición sin Iván Bunin o Vladímir Nabokov o tantos otros autores obligados a marchar del país. De modo que de esta situación actual saldrán frutos muy jugosos. Será duro, sí, pero al arte le gustan los cataclismos, las conmociones sociales; la cultura responde bien a esos obstáculos.

P. ¿Ya se le ha pegado a la piel la etiqueta de emigrada y refugiada política?

R. Todavía me siento confundida. No acabo de asimilar esa condición. Tengo la esperanza de volver a mi país, aunque resulte imposible mientras esta guerra no pare.

  

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María Stepánova: “Putin y Rusia son dos cosas distintas”

- 14/08/22
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Con el estallido de la guerra del Estado ruso contra Ucrania realicé varias entrevistas a escritores rusos que se publicaron en el diario El Mundo.

Esta es la que hice a María Stepánova, autora de En memoria de la memoria (Acantilado, 2022, tr. de Jorge Ferrer).

Apareció publicada el 6 de marzo de 2022 y el original se puede consultar aquí.

 

María Stepánova: “Putin y Rusia son cosas distintas, la culpa no puede recaer sobre nosotros”

Una entrevista de Jorge Ferrer.

María Stepánova (Moscú, 49 años) es autora del que muchos consideran el libro más importante publicado en Rusia en la última década: En memoria de la memoria. Este volumen, de próxima aparición en la editorial Acantilado, es una indagación en el pasado de su familia, la reconstrucción de un itinerario que atraviesa el siglo XX y expone, desde el archivo y los recuerdos privados, las vidas de quienes padecieron la saña de esos años o consiguieron sortearla.

La guerra desatada por el Kremlin contra Ucrania ha encontrado a María, que es también una notable poetisa, de vuelta en su apartamento de Moscú, después de meses recluida en la dacha desde donde dirigía el portal Colta.ru, uno de los sitios por los que se pasea lo más actual y rompedor de la cultura rusa. Stepánova conversa sobre la guerra de Ucrania, Vladimir Putin, los usos del pasado y lo que el conflicto bélico ha traído y dejará en Rusia.

P. La escritora Liudmila Ulítskaya me comentaba estos días lo abatida que se siente ante toda esta situación. ¿Cómo se siente usted?

R. Estoy desesperada, como supongo que lo estamos todos ahora. Es probable que esté viviendo los días más negros de toda mi vida. Ya no soy precisamente una mujer joven, pero no consigo recordar una angustia como esta. He vivido tiempos en los que he pasado miedo, he conocido la pobreza, me ha faltado confianza en mí misma y también en gobiernos que no elegimos democráticamente. No obstante, en todas esas situaciones, siempre tuve la sensación de que había un futuro por delante. Un futuro en el que algo acabaría cambiando, mutando. Pero la aventura desquiciada y criminal a la que estamos asistiendo estos días va dirigida contra dos países al mismo tiempo y, si bien es Ucrania la que la padece ahora, ya se atisba que Rusia no sufrirá menos, sino mucho más, porque esta guerra ha aniquilado cualquier posibilidad de un futuro para nosotros.

P. A la vista de la crisis actual, algunos hablan de una continuidad en la historia de Rusia. Sostienen que todo el pasado, incluido el soviético, condujo a Rusia a esta guerra. ¿Comparte esa idea fatalista?

R. No estoy nada conforme con ella. Se trata de un punto de vista que rezuma un racismo histórico, un racismo dirigido a sociedades enteras. Es una perspectiva que parte de la idea de que hay países y pueblos que siempre fracasan, porque están destinados a hacerlo. No puedo aceptar esa idea en modo alguno. Mire, si examinamos la historia universal tomando un poco de distancia, es decir, sin sujetarnos a los límites de la historia moderna con sus modelos y motivos recurrentes, si echamos la vista atrás mil o un par de miles de años, veremos desarrollos muy variados de los acontecimientos, veremos destinos y cristalizaciones diversos. Creo que la situación en la que nos encontramos ahora nos muestra otra cosa muy distinta en realidad. No se trata de que Rusia esté constituida de una manera que la obligue a reproducir un mismo guion monstruoso una y otra vez…

P. Tal vez se trate de un juego siniestro entre el pasado y el presente…

R. Putin y las personas que hoy gobiernan nuestro país, sin que las eligiéramos para ello, están llevando a cabo un monstruoso experimento histórico. Y no sólo experimentan con los habitantes de Rusia o de Ucrania, sino con todas las personas que viven en Europa y el mundo. Putin está empeñado en una suerte de juego con la Historia como inspiración. Es una suerte de reconstrucción con la que quiere ver qué sucede si en la Europa del siglo XXI se emprende una guerra real desarrollada de acuerdo a las concepciones y los métodos que estaban vigentes a principios del siglo XX. Por eso ha generado esta terrible situación en la que todos nos vemos confrontados de repente con las reglas de la guerra del año 1939 o el 1942, cuando ocupar y anexionarse un territorio extranjero era algo que podía hacerse sin demasiados dolores de cabeza. Cuando la guerra se hacía en medio de ciudades llenas de gente y las víctimas entre la población civil no escandalizaban demasiado, porque eso entraba en la lógica al uso. Eso es monstruoso. Es como si desde el fondo del pasado una mano se alargara hasta el presente y tirara de todos nosotros. ¡Y no sólo de Rusia! Esa mano tira de Rusia, de Ucrania y de toda Europa, y busca hundirlas en un pasado arcaico, remoto y viscoso, con el que nos obliga a trabar comunicación, a ser partícipes de sus intereses, y nos fuerza a parlamentar con él. Tal es la magnitud del delirio con el que nos hemos dado de bruces estos días.

P. Se aprecia una gran grieta abierta entre, por una parte, el mundo de la cultura y la juventud, y, por otra, el ‘putinismo’ y el régimen del Kremlin. ¿Podríamos estar ante un punto de no retorno en la ruptura entre el poder y el pueblo en la Rusia poscomunista?

R. Me resulta difícil responder a eso. Y habría que ver qué le respondería a eso un joven ruso de 20 o 25 años. Tal vez le diría algo distinto de lo que me pasa a mí por la cabeza. Mire, yo tengo poca fe en que se produzca un cambio de régimen que parta desde el interior del sistema. Imagine una cárcel inmensa en la que los presos permanecen aterrorizados, apenas se les da de comer, están desarmados y hay celadores por todas partes y guardias armados hasta los dientes en las torres de vigilancia… Puede que sean 50 guardias para toda una cárcel, pero esos guardias tienen fusiles automáticos. Luego, a estos mismos presos se les pregunta el por qué no sacan a Putin del poder, se los acusa de ser sumisos, de ser incapaces de rebelarse contra los administradores de la prisión… ¡Eso es injusto!

P. Injusto y miope, ciertamente.

R. Hoy en Rusia hay miles de personas que salen a la calle a manifestarse. En manifestaciones no autorizadas, desde luego. Muchas son apaleadas, algunas acaban en las UCI, como le ha sucedido al politólogo Grigori Yudin. Estas personas son encerradas y condenadas a penas de prisión desproporcionadas. A algunas las han detenido por llevar un folio en el que no hay nada escrito, ¡por un folio en blanco! Hay hasta un chico de 16 años que acabó en la cárcel por señalar un objetivo inadecuado en un videojuego… ¡Esa es la locura que vivimos! Por lo tanto, juzgar a los rusos porque no han sabido unirse y avanzar hacia el Kremlin empuñando adoquines o blandiendo farolas yo creo que no es un sentimiento honesto, aunque pueda comprender que alguien lo albergue.

P. Ahí al lado tienen el caso de Bielorrusia…

R. En efecto. Ahí está la protesta increíblemente hermosa de Bielorrusia, una protesta que despertó una admiración enorme y que aún no se ha apagado del todo. Lo que sí ha hecho es llevar a mucha gente a la cárcel, mientras Lukashenko sigue gobernando. Y apoyando esta guerra ahora. Desafortunadamente, la resistencia a los regímenes autoritarios o totalitarios ha de ser ejercida por cauces muy distintos de los que se usan en los regímenes democráticos. Eso hay que tenerlo siempre presente para, así, evitar comparar magnitudes que son incomparables.

P. Hace unos días vimos a Putin negando el derecho de Ucrania a la existencia como país. Decir que Ucrania es una suerte de invención. ¡De Lenin, nada menos! ¿Qué opinión le merece ese relato del presidente de Rusia y el ‘putinismo’, que no sé si llamar ‘posthistórico’? ¿Qué le parece esa voluntad de reescribir la historia, esa manía de reacomodar los hechos al antojo del déspota?

R. Yo a ese tipo de relato preferiría llamarlo fantasmático, mejor que posthistórico. En el caso de Putin, se trata de la más elemental fantasía de un hombre que ha leído muchos de esos libritos de historia baratos y ha visto una y otra vez rollos y rollos de películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Ese discurso de Putin muestra que es reo de los hechos y las concepciones del pasado, alguien ajeno a las ideas del presente. Muestra que la reforma de las pensiones o la media de la esperanza de vida en Rusia, por ejemplo, le preocupan muchísimo menos que los hechos acaecidos en 1922 o 1940. Y eso, en mi opinión, denota una enfermedad. Hay algo raro ahí, y a la vez terrible, porque, fíjese que, de alguna manera, todos hemos asistido a lo largo de estos últimos 20 o 30 años a una revolución silenciosa, la del retorno triunfal del pasado. Un pasado que ha ido ocupando un lugar cada vez mayor en nuestras vidas. Y como sucede con cualquier otra idea saludable, con cualquier elemento que podamos erigir en parte del zeitgeist, esta revalorización del pasado puede tener también un reverso tremendamente negativo. A medida que el pasado se va convirtiendo en un elemento valioso de nuestra vida presente, adquiere un precio.

P. Y queda sujeto al mercado, puede ser tasado…

R. De repente, el pasado puede ser vendido. Una taza de anticuario deja de costar, qué sé yo, 3.000 rublos y se remata por 20. La historia de la abuela de alguien, una historia que no valía un céntimo, de repente se convierte en un libro que inspira una película de Hollywood. Y la historia de un país puede ser reescrita y sometida a una nueva exposición de hechos, sin más. Ahí aparece toda una industria de la memoria. En ello no hay nada amoral a priori, pero ese proceso crea una cierta tendencia. Y cuando el pasado se convierte en un producto, en una mercancía, comienza a ser manoseado por gente nada honorable, gente funesta que también pretende sacar beneficio, amasar un capital con lo que en otros tiempos se vivió. Asoman los descendientes de los nazis, por ejemplo, o sus simpatizantes. Personas que creen que basta con reescribir el pasado para pasar a ocupar en él el lugar que más les apetece. Y me parece que los sucesos de estos últimos días son el testimonio del monstruoso triunfo de esa lógica. Porque esto ha sido un asalto salvaje al pasado. Discursos como el de Putin parecen decir a los ucranianos: «Ahora os vamos a explicar lo que sucedió en el pasado y, para conjurar cualquier duda sobre nuestro relato, os vamos a invadir con nuestras tropas».

P. La guerra ha traído una ruptura colosal entre Rusia y Europa. Una ruptura en todos los planos -el político, el económico…-, pero también en el de las ideas, en el diálogo entre los intelectuales rusos y europeos. ¿Cuánto tendremos que esperar para suturar esa herida?

R. Puede que no tenga mucho sentido pensar en eso ahora, con la guerra todavía en marcha. No sabemos cuándo acabará. Pero diré algo que me parece importante que consideremos. Estos días el mundo entero está poseído por una justa repugnancia ante tanto horror. Porque la manera en que actúa el Estado ruso es inadmisible. Sin embargo, es tarea de los intelectuales, y una tarea de enorme importancia, recordar a todo el mundo, a los lectores, al taxista que te lleva de un lado a otro, a quien sea, que Putin y Rusia son cosas distintas. Que Putin y los rusos no somos lo mismo. Porque de lo contrario todo el peso de la culpa sobre todo lo que está haciendo Putin, y el pago por ello, recaerá sobre las personas que a lo largo de estas últimas décadas se han opuesto como han podido a la lógica imperial de Putin. Y lo han hecho poniendo en riesgo sus vidas y bajo circunstancias muy alejadas de las ideales. Y no puede ser que ahora el peso general de la culpa repose sobre nosotros.

P. Como si se asumiera la vieja noción de la culpa colectiva…

R. Claro, y es que esa concepción de una culpa colectiva es una cosa que se las trae. Y operar con ella no es pertinente, tanto por su impertinencia general como porque de alguna manera lo que hace es liberar de culpa a quienes realmente inventaron el horror y lo pusieron en marcha. Ese concepto de una culpa diluida, la de los rusos o los alemanes, por ejemplo, reducidos a una abstracción… Eso de que la culpa les viene dada, porque ya se sabe cómo son unos y otros… Hay una lógica de corte nacionalista y hasta xenófoba en todo eso, en esa manera de pensar por medio de generalizaciones, sin aclarar quiénes son los culpables realmente. A fin de cuentas, es una manera de dar rienda suelta a sentimientos primarios que el miedo y la repugnancia despiertan en los testigos de acontecimientos históricos concretos. Y a mí me parece que hay que tener mucho cuidado con eso…

P. ¿Está siguiendo las noticias de estas jornadas sin apartarse de ellas ni un momento o consigue distraer la mente y el ánimo?

R. Estoy pendiente de las noticias todo el tiempo. Y también me repito sin cesar que tengo que parar y ocuparme en otra cosa, pero no lo consigo. Apenas duermo ni hago nada más que estar refrescando una y otra vez los hilos de noticias a ver qué traen de nuevo. No lo puedo evitar…

 

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