Jorge Ferrer - 16/01/14
Categoría: Agua corriente
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Una noticia extraordinaria esta. En su esperpento y su dimensión blanda.
Resulta que en tiempos de las «democracias populares» en la Europa del Este, la Cruz Roja de Baviera, en la República Federal de Alemania, compraba sangre extraída al otro lado del Muro de Berlín y de los muros de las cárceles pobladas por la Stasi. Sangre disidente. Servía, la sangre alemana robada, para salvar otras vidas alemanas. Vidas enfrentadas, disparejas; vidas paralelas, aunque opuestas.
Dice la noticia que se vio en tv y yo apenas leo glosada:
«Las donaciones de sangre eran obligatorias. En algunos casos se disfrazaban de análisis médicos a los presos políticos de la Alemania comunista, pero en la mayoría no se les daban explicaciones. El estado de la RDA, sin embargo, utilizaba esa sangre para venderla al exterior y obtener divisas… Uno de los clientes de esta macabra mercancía fue nada menos que la Cruz Roja de Baviera, en la Alemania occidental».
Es asunto al que sacarle más lascas que a pernil de tiranosaurio crecidito sobre sus cuartos traseros. Asunto asqueroso, sí, pero también foco que alumbra. Siempre lo hace la sangre, su luz roja. Y sobre todo la derramada, pero ahora resulta que también la transfundida.
La impermeable frontera que guardaba el Checkpoint Charlie dejaba pasar riachuelo de sangre. Por la puerta, la vena, de atrás. Ahora queda definir si corría esa sangre por vena endotelial o adventicia. Y si era adventicia la cosa. O femoral. ¡Cuán femoral!
Vale la pregunta también para asuntos del diario acontecer cubiche en otra frontera porosa. Esa sociología de la transfusión, glóbulo a glóbulo.
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Jorge Ferrer - 09/01/14
Categoría: Agua corriente, Cambios en Cuba, Castro & Family
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Sven Creutzmann (1962), autor de las fotografías de Fidel Castro que han circulado hoy, lleva largos años viviendo en Cuba y fotografiando la isla. Con notable acierto las más de las veces.
A Castro lo ha fotografiado en numerosas ocasiones, algunas más solemnes que otras, y es autor de una foto célebre y muy reproducida del dictador.
Pero ayer los dioses quisieron hacerle un regalo mayúsculo al bueno de Creutzmann, premiarlo por su constancia tras el lente y su fervor por los trópicos. Así, le concedieron la suerte de tomar el que tal vez acabe siendo el último retrato «político» de Fidel Castro.
Despojado por una vez de los espantosos trajes deportivos con que se ha dejado fotografiar invariablemente desde 2006, anoche Fidel se asomó al lente de Creutzmann con un atuendo todo lo casual, bufanda de color verde incluida, que se puede permitir un anciano que está tan próximo a su final que parece volver por un instante desde el fondo de la tumba.
No estamos ante una mera fotografía, como las que han ido apareciendo estos años o las otras que tomó Creutzmann en el laboratorio del artista Kcho. Basta observarla para percatarse de que el retratado es consciente de la magnitud de ese retrato y mira fijamente al lente, posa para él. Esta vez no va acompañado por algún visitante extranjero, ni pone esos rostros amables de quien busca dar fe de vida y buena salud. Anoche fue él solo ante y para la cámara que recogió el rostro que quiso mostrarle, donde quiso mostrarlo.
Construyendo su biografía y su iconografía hasta encargarse de lo prepóstumo, veremos alguna vez este, su último retrato, como el del viejo Castro visitando a un artista mientras se despedía de la vida. Formará parte de una secuencia: una foto épica en la Sierra Maestra -aquella del maestro Meneses donde se lo ve meditando entre los helechos, por ejemplo-, un puñado de fotografías subido a la tribuna de la Plaza de la Revolución, seguro que alguna de espaldas con el mar de gente vitoreándolo delante y, finalmente, esta, ya retirado del poder muchos años antes, con ese aire de hombre “común nada común”, convertido en un amante de las artes reverenciado por los jóvenes artistas.
¡Ah, qué historias teje Clío, cuando se la provee de los mimbres necesarios!

La fotografía es de Sven Creutzmann y la distribuye Getty Images.
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Jorge Ferrer - 07/01/14
Categoría: Arte, Poscomunismo, Rusia
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El ilustrador ruso Valeri Barikin (Валерий Барыкин, Vladimir, 1966) se ha servido de la estética y los lemas de los carteles de la propaganda soviética, que cita al pie de la letra, y los ha resemantizado en clave de pin-up.
Su obra carece de nostalgia, mientras se sirve del encanto de la cartelería de la guerra y la posguerra, tan semejante a ambos lados del Telón de Acero.
Barikin opera una deliciosa liaison entre la URSS asexuada y el desbordamiento erótico del poscomunismo ruso, ese otro ‘productivismo’. Viene a decir un ‘Todo ya estaba allí’, trazando una línea de continuidad hilarante.

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