Jorge Ferrer - 15/09/13
Categoría: Agua corriente, Castro & Family
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Cristina Fernández de Kirchner acaba de mostrar en su cuenta en Twitter los regalos que Fidel y Dalia Soto del Valle enviaron a su nieto.
Estos gatunos esperpentos acompañados de, dice ella, “duende”:

Ay, si solo fuera que estos miserables viven en y por la mentira. ¡Hasta eso podría alguien perdonarles al final del día! Pero su mal gusto, su propensión al kitsch, su desprecio por la belleza, ¡eso no! ¡Eso jamás!
Aun si, y démosle ese crédito a Cristina, cuando esta asegura que le “encantó la babita bordada” llegada desde La Habana resume impecable, luminosamente, y en pizca de tweet, el más de medio siglo de oratoria de Fidel Castro, hijo de Lina.
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Jorge Ferrer - 14/09/13
Categoría: Agua corriente
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http://www.youtube.com/watch?v=mTKWmi3DRGo
Leyenda
Leyenda, ii (“separado del sector”)
UPDATE:
El video de la performance de Robertico Carcassés ha sido retirado de Youtube, como apreciarán. No retiro este post, no obstante, porque ese fundido a negro es parte sustancial de la performance mayor en que se inscribió la primera.
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Jorge Ferrer - 12/09/13
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa
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España y Cataluña: senderos que (a ratos) se bifurcan
Por Jorge Ferrer
Por la llamada “zona alta” de Barcelona, cruzando sinuosa el elegante barrio de San Gervasio, transcurre una calle inscrita en el nomenclátor de la ciudad con el nombre de Vía Augusta. No me consta que alguien haya disputado esa inscripción, como sí le sucede a la Ronda del General Mitre con la que esta se cruza dibujando una descoyuntada equis, y que aparece denunciada en minoritarios foros del secesionismo catalán por llevar nombre de argentino en lugar de rememorar las glorias de algún prócer local.
La Vía Augusta, prolongación en la península ibérica de la Vía Domitia, fue construida por los romanos antes de que Cristo partiera en dos la historia de Occidente y unía La Junquera, al norte de Cataluña, con dos de las hoy capitales provinciales catalanas, Gerona y Tarragona, para continuar hasta la hermosa y otrora pujante Cádiz, o “Cai”, si la prefieren cantada por Niña Pastori en delicioso dialecto andaluz. Todavía hoy importantes carreteras españolas y la Autopista del Mediterráneo siguen su trazado.
Muy distinta fue la inspiración de la “Vía Catalana” que ayer sacó a la calle en esta comunidad autónoma española a cientos de miles de ciudadanos para formar una “cadena humana” en favor de la secesión. El gesto carece de originalidad, aunque tal vez no de consecuencias: se trata de una emulación de la Vía Báltica, la “cadena humana” que recorrió los países bálticos en agosto de 1989 reclamando, ellos sí con razón, la independencia. Lituania, Letonia y Estonia habían sido anexionados a la URSS mediante el tristemente célebre pacto entre los soviéticos y los alemanes que antecedió a la guerra. Pocas décadas más tarde y adelantándose a la inminente desaparición de la URSS, esos tres países reclamaban soberanía e independencia. ¿Acaso hay alguna semejanza entre la situación de la Cataluña española y la de los países bálticos arrojados en brazos del totalitarismo soviético por la Alemania de Hitler? La respuesta correcta es que no.
Larga es la historia común de Europa y de las naciones que la componen. Siglos de cultura compartida y dividida, de conflictos territoriales y fronteras serpeando sobre los mapas, de identidades en liza, de guerras dinásticas y crueles contiendas modernas. Compleja es también la historia de España, herida por guerras, la pérdida de su grandeza imperial, asonadas militares, dictaduras, la tensión entre el orden monárquico y el republicano… En definitiva, abundantes fuentes de agravios que estas últimas décadas de ejemplaridad democrática parecían haber resuelto en una virtuosa dinámica económica. A eso el común de la gente le llama historia y lo vive e incorpora a una identidad que en este mundo construido a golpe de identidades superpuestas, contiguas y siempre enriquecedoras, solo unos pocos convierten en estrategia de disrupción, perpetuo encono y, en ocasiones, odio racista. Lo hemos visto con olor a pólvora en los Balcanes y con detestable hedor antidemocrático y excluyente en las decenas de movimientos nacionalistas de la Europa de hoy: en Italia, en Francia, en Hungría u Holanda…
España tiene muchos problemas y uno de ellos, uno importante, es Cataluña. Su obligación, como Estado, es conseguir que el déficit fiscal catalán encuentre una solución que, sin ser en extremo onerosa para el resto de los españoles, de La Junquera a Cádiz, alivie el descontento de muchos ciudadanos de esta próspera región del país. Cataluña también tiene muchos problemas que comparte con España, pero su mayor problema es ella misma. Pocas, si acaso alguna, regiones de un Estado moderno gozan de un mayor margen de autonomía, con prácticamente todas las competencias administrativas transferidas a su exclusivo control, con una capacidad legislativa y normativa enorme.
Que el gobierno autonómico se dedique a incentivar ansias tribales –lo hace por todos los medios a su alcance: adoctrinamiento victimista desde la escuela, subsidios a entidades ferozmente separatistas, cerco a la lengua española en los espacios públicos y audiovisuales, engaño sobre las verdaderas y terribles consecuencias que traería la secesión…– explica que no sea “Augusta” la “vía” que hemos visto hoy. Ni siquiera es “catalana” en verdad, porque Cataluña, la Cataluña y la Barcelona de sus gentes, son mucho, mucho, más que el tóxico “sujeta aquí tu banderita” que preconiza el separatismo.
La columna España y Cataluña: senderos que (a ratos) se bifurcan aparece en la edición de hoy, 12 de septiembre, del diario El Nuevo Herald.
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