Hoy me fui a comer, bien acompañado de Marc Caellas, al espacio Apocapoc (“green epicurean co-working since 2013”), esto es en el Born tocando ya el peculiar y breve Chinatown de las calles Sant Pere y Trafalgar. Allí se ha instalado en status de residente NyamNyam con el proyecto Cocina Negra. Concretamente, como su onomatopéyico nombre sugiere, se ha instalado en los fogones. Eso cada jueves. Y eso parece una suerte.
Esa Cocina Negra me lució, y así se define, asunto de work-in-progress. O cook-in-progress, más bien. La experiencia en Apocapoc podrá acabar tomando el camino de una pieza teatral –escénica, dicen–, o no. Pero, oigan, qué se yo, si yo fui a comer. Y ya saben que yo soy de comer. Aunque quien me sirva sea muy de Michael Pollan y hasta me deje un libro suyo en la mesa.
Dice NyamNyam que lo suyo son «creaciones comestibles de producto ecológico y platos con poca cocción para mantener al máximos las cualidades nutricionales de los ingredientes. Comida efímera e inmediata… en plan site specific». Es exactamente el tipo de retórica que a mí me suele quitar el hambre, y en días nublados hasta el sueño, pero uno tiene sus horas y su ñamñam.
Cada jueves Iñaki Álvarez cocina un menú distinto que consiste en un plat du jour, un postre y un zumo.
El plato de hoy reunía polenta de verduras gratinada con queso, ensalada de col con manzana y membrillo, calabaza con jengibre y hummus de garbanzos con cúrcuma. El postre fue un pastel de chocolate y algarrobo. El zumo era de manzana, remolacha y jengibre. Zumo de esos prensados en frío, ese cold pressing que anda por ahí.
Nada de carne, eso sí. Eso no. Pero Apocapoc es sitio donde además de ideas se mueven carnes apetitosas. Si se sientan buscando un buen ángulo con la escalera las verán. E intuirán las ideas.
Lléguense por ahí, oigan. Todavía Barcelona y los barceloneses tienen cosas que ofrecer, aunque lleguen tantas señales de que hemos muerto.
Este de ahora, este Marlon Méndez, es una figura muy superior a eliancito en la Commedia dell’arte cubana: ¡Este es un imitador! ¡Un pequeño travesti!
Alguien dio con este niño que tiene en su casa iconostasio con un Fidel recortado a la manera de las cuquitas y se dijo que a la oportunidad la pintan calva. Cabe imaginar las largas horas de pesquisas en torno al niño y sus ancestros hasta, más o menos, los vecinos de Silvestre de Balboa. La DSE rebuscando hasta en el blúmer de su abuela. Asegurándose de que no hubieran gusanos en el perímetro del elástico de la, seguramente ajada, pieza de ropa interior. Buscando en ella con lupa cualquier traza del ¡Ño, que barato!, el arma secreta del ejército rebelde de Hialeah.
Limpios todos, se procedió a invitarlos a Punto Cero. A despecho de Dalia, que desprecia tanto a los cubanos del montón, a todos los cubanos, como Marco Rubio.
Y el resultado es esta fotografía espléndida, entre otras de menor enjundia. ¡Mírenla bien! ¡Admírenla en todo su cándido esplendor!
¡La eternidad de la revolución expuesta en torno a las rueditas que sostienen al dictador! (Ya me ocupé antes de esta cosa rodada.) LQQD porque Un niño bobo regalaba al zombie de Punto Cero el Taj Mahal del continuismo. Eterna la revolución, porque reencarnada en pionerito groupie.
Un niño travestido en Comandante, estrellita en la gorra y un «¡Pa’lo’que’sea’fidel’pa’lo’que’sea!» –el niño que no conoció Birán pero sí los miles de actos «matutinos» en todos los colegios de la Cuba revolucionada–, y un Comandante travestido a su vez en atleta retirado.
Ay, si al final a Fidel se lo deberemos todo. La última excepcionalidad, la miseria, el hambre, el exilio. ¡Y ahora también, y por fin, la risa de esta fiesta de disfraces!
En esa Cuba que sigue derrotero incierto donde dirá este Marloncito, los pies firmes, el gesto adusto/adulto: «¡Pioneros por el comunismo, ¿seremos como el qué?!»
Se fue Juan Formell, una suerte de arquetipo del cubano del último medio siglo largo: mestizo, amante de los placeres aka gozador, espontáneo, sobrado de ingenio, simpatizante de la revolución de 1959.
Músico de talento extraordinario, Formell le encontró otro cauce a la música popular cubana y puso a bailar a todos los cubanos por cuarenta años más lo que quede.
Un chiste muy sobado dice que Fidel Castro pasará a las enciclopedias futuras como un mero político cualquiera de la era de Juan Formell. Muy excesivo, naturalmente. Los acordes de Formell acabarán diluyéndose como lágrimas en la lluvia, mientras que la partición que ha significado la revolución de 1959 en la historia de Cuba y la figura siniestra del dictador perdurarán para siempre en nuestra historia escrita y durante generaciones en nuestra memoria familiar. No obstante, la sola existencia de ese chiste, que es poco probable que haya cubano que no conozca, indica la estatura de Juan Formell en la memoria y la querencia de los cubanos.
Un histriónico Fidel Castro dijo un día aquello de que “la revolución es más grande que nosotros mismos”. Que los cubanos, decía. El chiste nada clandestino sobre el lugar de Fidel y Formell en las enciclopedias del porvenir demuestra que esos mismos cubanos siempre supieron, aun cuando soportaban y bailaban lo que soportaban y bailaban, que al menos la revolución no era más grande que uno solo de ellos: que no era más grande que Juan Formell, el mago, el maestro de Van Van.