Final del Mundial de fútbol: ¿Holanda o España?
Jorge Ferrer - 07/07/10Categoría: Deportes
Imprimir
Imprimir
Imprimir
1) Esta tarde en la portada del digital de El País:

¿De veras no hubo mejores noticias que encadenar?
¿Acaso era difícil reparar en que debajo de noticia sobre mujer arrojada por una ventana se colocaba foto de otra, en Pamplona, volando por los aires?
2) Beckenbauer (en 0:59): «…como europeo ―perdón a los hinchas españoles; perdón a los hinchas uruguayos―, pero una final Holanda – Alemania sería realmente lo máximo».
Evidentemente, el bueno de Franz comparte la vieja idea de que África comienza en los Pirineos.
3) Last but not least, las protestas porque los presos cubanos salgan a Europa o Chile desde las cárceles. Algo que está por ver ahora, aunque ya esté muy visto antes.
Distraídos con el carácter forzoso de esas expatriaciones en algunos pocos casos, quienes protestan tal vía pasan por alto que ella pone en evidencia lo que el régimen cubano entiende es el exilio. A saber, un espacio donde se anula toda la proyección política de los opositores cubanos. Obligar a un disidente a salir de Cuba es condenarlo a una inmediata invisibilidad. De eso vale el exilio como territorio desde el que hacer política que afecte a Cuba. De eso valemos, entienden en La Habana. De nada. He ahí un significado adicional de la decisión de tender tales puentes de plata.
Imprimir
Pocas ocasiones más gratas que el recibo de un texto acabado de salir de las teclas que anotan, párrafo a párrafo, página tras página, la obra de mi estimado Octavio Armand (Guantánamo, 1946). Como suelen llegar acompañados de su generoso ofrecimiento a compartirlos con los lectores de ETDLV, el placer es aún mayor.
Porque compartir con ustedes un ensayo inédito de Armand es, créanme, un privilegio.
Concédanle su tiempo ―también del tiempo y sus hipostasis se ocupa este texto.
Conozco pocos escritores cubanos vivos que nos reciproquen esa donación con la munificencia que lo hace Armand.
Más sobre Octavio Armand, aquí y aquí.
La limosna infinita
Por Octavio Armand
1
En la oscuridad, mientras los demás duermen, todos excepto el lector del 23C y la insomne del 16B, recuerdas el caballo de Troya. Te rodean, devaluados por la comodidad y la rutina inclemente del turista, los héroes griegos. Sin épica ni tragedia, solo un improbable accidente y la certeza del jet lag amenazan las horas. El aburrimiento es el único troyano a vencer.
―¿Había salidas de emergencia en el caballo? ¿colchas? ¿almohadas? Las preguntas sugieren hacer apuestas, rodar dados, inventar juegos. Te levantas, te estiras, bostezas, decides pedir un trago.
Al desplazarte como un punto por el pasillo euclidiano hacia el bar, donde al pie de la cabina la diligente azafata prepara otros vuelos y aterrizajes, adviertes que tu asiento, vacío, va a una velocidad y tú a otra, mayor, siquiera mínimamente.
―¡Es cierto!, te dices al constatar con una satisfacción infantil pero discreta que la velocidad de tu ausencia, en el asiento vacío, es menor, siquiera mínimamente, que la tuya. Vas más rápido que el jet donde vas. Viajas dando pasos, aunque titubeantes y lentos, sobre la velocidad de la marcha.
Como un viejo marino, te orientas por cuatro tenues líneas de luz casi negra que a lo lejos trazan un rectángulo. Es la cortina que ocasionalmente aparta a la tripulación de los pasajeros. O la pantalla de un cine mudo y ciego. Y ahora, a medida que te acercas, un Rothko azul y negro que te regala el trasluz.
Al tacto desaparecen la pantalla y el Rothko; y la cortina, rígida, articulada, se convierte en un biombo. Abres como cenit la noche y como nadir el día. La luz destruye a la realidad. La oscuridad también. Vacilas entre ruinas.
La noche de los apagados a tu alrededor; el mediodía del 23C, cuyo sol se refleja en el creciente del libro; y la constelación 16B, dos huecos negros penetrantes que estuvieron al tanto de tu calistenia y tu bocanada, y que ahora seguramente atraviesan tu espalda, son tan frágiles como sueños. Quizá tú mismo, al trastabillar, entras en la duermevela de la viajera sin número que acabas de despertar bajo la guillotina de Sansón o entre los brazos de un amante casi olvidado, solo para entregarla a otro sueño, o al mismo, pero esta vez contigo, el ininterrumpido coqueteo afilado para ti, como un pulpo.
En su sueño, fantasmal Gallé o Marinot, la luz te rebana agua, te lamina corriente, traspasando el espesor reducido a burbuja; y de inmediato la sombra niega esa gota vacía, la sume en su abismo, negando la magia de las formas y colores opalescentes que bailan en la superficie.
Whisky en mano y dando tumbos, se complican las cosas cuando regresas a tu ausencia. Ahora vas desandando el turbulento camino de la velocidad. Tu paso es el mismo pero contrario a la dirección del vuelo. ¿Acaso vuelves más lento que el jet donde vas? ¿tanto que caes como un fósil en la memoria?
Súbitamente geológico, te bajas del 747 al tren que tomabas entre Penn Central y New Brunswick. Entonces la decisión de recibir o despedir el paisaje desde la ventanilla manchada de edificios y árboles y nubes dependía de tu estado de ánimo. Meditaciones del andén.
Casi siempre optabas por lo que iba quedando atrás, lo que retrocedía, la resaca del paisaje, como si eviscerado de colmos te vaciaras, pero sin jamás olvidar que ese espacio que dibujaba al pasado, y que no tenía fin, era parte, solo parte del varillaje del abanico de la velocidad, y que otro tanto, igualmente fugaz, vertiginoso, que preferías no confrontar, se te venía encima, traspasándote, como si fueras inmaterial, traslúcido, polvillo suspendido en la luz. Menos que un grano de arena o una burbuja. Un vacío en el vacío. Nada en la nada. Mucho menos.
2
El segundo, no el minuto. El minuto, no la hora. La hora, no el día. El día, no el mes. El mes, no el año. Lo humano es lo más breve.
Lo más humano es brevísimo. El instante, no el eón.
Y sin embargo, la memoria recoge al ayer como un fruto maduro y siempre verde, que siempre verde una y otra vez vuelve a madurar; lo exprime, siembra sus semillas, inventa sus sabores. Irresistibles tentaciones del pluscuamperfecto. Pretensiones geológicas. Fiebres de lo remoto.
Cuando no tiene que desempolvar sus archivos para recuperar algún recuerdo, y puede retomarlo en toda su frescura, como si fuera un paso que irreflexivamente lleva a otro, un peldaño que conduce a otro, más alto o más bajo, pero próximo, inminente, de secuencia inmediata, la memoria niega al tiempo, desmintiendo el curso de las aguas que van a dar a la mar con el puente que opone la fijeza al transcurso.
Creemos entonces que se trata de una mentira. Lamentablemente no es así. Y lo sabemos. El tiempo existe. Pasa. Nos humilla, nos ultraja, nos borra. Nunca lo ganamos. Ni siquiera lo perdemos. Porque no es nuestro. Nunca lo ha sido. Pero ¿cómo negar que también existen esos recuerdos que podemos clavar como estacas en su corazón vampiresco? Aunque el padre devorador permanezca ajeno y hostil, esos recuerdos nos afirman, acompañando a la mente que se desliza en las penumbras del pasado como la sombra que acompaña al cuerpo en la luz.
3
¿Cómo no concederle la razón a Nietzsche, de quien tanto se dice que la había perdido, cuando en el diálogo entre Zaratustra y el gnomo deja entrever que “toda verdad es torcida, el tiempo mismo es un círculo,” reiterando así lo que poco antes había llamado “el ansia del anillo?” Hay una eternidad a nuestras espaldas; y el instante, abierto como una puerta, se repite. Continúe leyendo… »