Venezuela, como Cuba (en Barcelona)

- 02/05/13
Categoría: Agua corriente, Venezuela
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Esta tarde, de camino al Liceu, nos encontramos a los venezolanos manifestándose en la Plaça Sant Jaume y nos detuvimos un rato con ellos. Gente linda que sabe exactamente lo que no quiere. No es la primera vez que nos vemos en las calles de Barcelona.

Les sucede exactamente lo mismo que nos ha pasado a los cubanos: hemos sabido por más de cincuenta años lo que no queremos, aunque ese conocimiento no nos haya valido de nada.

De nada más que para hacer las maletas y largarnos al exilio, quiero decir.

No dije eso a los amigos venezolanos esta tarde. Los animé.

Tampoco les dije que lo suyo tiene menos remedio que lo nuestro, que es distinto, que es peor, que verán más sangre en el Youtube que nosotros no tuvimos.

Son buena gente y apenas, es un decir, comienzan a andar por este camino. De hecho, los que estaban hoy en Barcelona ya son exiliados de por vida, como nosotros, aunque no lo sepan.

Seguramente no fue una casualidad que se los encontrara y se abrazaran con un cubano que pasaba por allí de camino al teatro.

 

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Unas esquirlas postcomunistas: (de Chechenia a Boston)

- 23/04/13
Categoría: Agua corriente, En El Nuevo Herald, Poscomunismo, Rusia
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Esas malditas esquirlas
Por Jorge Ferrer

Mientras en Boston buscaban dar caza a los hermanos Tsarnaev, muy lejos de allí –más precisamente a 5.341 millas de distancia– Ramzan Kadyrov se ocupaba de otros menesteres. En la cuenta que mantiene en Instagram, el peculiar amo de Chechenia se congratulaba de la premiación de un concurso que inspira a jóvenes chechenos, solo varones, en las que el presidente aliado del Kremlin considera las mayores virtudes imaginables: la hombría, el temor de Dios y la grandeza de espíritu. El concurso consiste en un período de entrenamiento en boxeo, conducción extrema de coches, tiro al blanco, manejo correcto de las armas y técnicas de navegación fluvial. Y enseñanzas coránicas, claro.

La Chechenia que se asomó a los titulares de la prensa norteamericana cuando se estableció el origen de los terroristas de Boston es uno de los rincones del espacio postsoviético más maltratados por la historia. Si la mayoría de nómadas que echaron a rodar por la historia tras el fin de la Guerra Fría encontraron acomodo a sus ansias geopolíticas y su búsqueda de identidad nacional, Chechenia se vio involucrada en dos guerras sucesivas con Rusia que la hacen merecedora de triste récord: no ha habido rincón de Europa que conociera tantos años de guerra en las últimas décadas. Aun cuando es difícil cuantificar el saldo mortífero de esas contiendas –ni Chechenia ni Rusia se caracterizan por el cultivo de la transparencia estadística–, más de un centenar de miles de personas perdieron la vida o fueron arrojadas al exilio. La región del Cáucaso, con Chechenia como epicentro, fue entonces imán del fundamentalismo islámico, pastel apetecido por la secta wahabí y máquina centrífuga que repartió por el mundo odio y desazón. La periodista y columnista Iulia Latynina ha narrado muy bien en Caos en el Cáucaso (Libros del Lince, 2011) el paisaje de corrupción, muerte, mafias y terrorismo que se enseñoreó de la parcela del mundo que vio nacer a los hermanos Tsarnaev.

Hace precisamente diez años, cuando llegaban a España los refugiados que huían de la segunda guerra, yo trabajaba para una de las agencias que los recibían aquí. Niños como Dzhojar o Tamerlán vi muchos. Y también a sus padres: gente ensimismada, dolida y orgullosa; hombres, mujeres y niños de trato difícil. Huían de Rusia, pero su inserción en Occidente era traumática. No me ha sorprendido que los padres de los hermanos Tsarnaev regresaran a Daguestán hace dos años, renunciando a una paz y una libertad a la que no supieron adaptarse.

Dzhojar y Tamerlán son dos esquirlas de la explosión de un imperio. Esquirlas postcomunistas multiplicadas en otras que han traído otra vez el terror a las calles de nuestro bienestar. La criminal escenografía que ensayaron nos confronta con símbolos –el Cáucaso como olla de presión– y tópicos: el duelo migratorio y la búsqueda de una identidad perdida que encontraron en un funesto viaje a semilla identitaria por la que se pasean un Stalin y un Putin –muchos “in”; cero “off”– y se resolvió en el jihadismo como alternativa a la civilización.

Con los Tsarnaev, la Chechenia idealizada en el siglo XIX por Tolstoi o Pushkin, románticos reos del encanto orientalista, ha entroncado con la fantasía postmoderna que Chuck Palahniuk ensayaba en su novela Pigmeo (2009): niños enviados a “América” desde un enclave totalitario para hacerla estallar en pedazos.

Nadie, ni siquiera los Tsarnaev, podrá dar respuesta a la pregunta por “los motivos”. El puñetero río por el que navegamos tiene recodos que a veces esconden emboscadas. Pero “América”, como la llaman en Chechenia, esa “América” que somos todos de este lado del mundo, sabe correr maratones más largos que los que ensangrienta un brote de horror. Como también corren lejos las decenas de miles de refugiados chechenos que han rehecho sus vidas y han superado la pesadilla de ser concursantes en el disparatado teatro de Ramzan Kadyrov.

Mi columna Esas malditas esquirlas aparece en la edición de hoy, 23/04/2013 del diario El Nuevo Herald.

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Universal Cuba

- 19/04/13
Categoría: Exilio
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Dos noticias encadenadas en la prensa de hoy:

1) Cierra la librería Universal, la última librería cubana de Miami;

2) En esa misma ciudad, la policía desvela una trama de conversión de humanos en cubanos.

Ambas noticias se explican por sí solas y, en cierto modo, ni noticias son siquiera.

a) Que la Universal acabaría cerrando era algo que sabía cualquiera que la haya visitado en los últimos años. Yo llevo haciéndolo religiosamente una vez al año durante los últimos doce y cada vez me veía en ella a solas o más a solas, y cada vez, he de admitirlo, compraba menos libros;

b) Que «ser cubano» representa una mayúscula ventaja migratoria en los EE.UU. es igualmente harto sabido. El año-y-un-día proverbial, ya saben. ¿Quién con los pies secos no querría ser cubano en la Florida? ¿Quién no buscaría atarse a la cintura esa toalla que es también botella?

Con todo, que vengan encadenadas las dos -una apellidada “Cuba”; la otra bautizada como “Universal”- en una misma jornada es premio para la improbable ciencia de la Obsolescencia comparada y no es cosa de abstenerse de cobrarlo. Sobre todo, porque llegará el día en que los EE.UU. cerrarán la caja migratoria como cierra pronto la del librero y editor Juan Manuel Salvat.

Pero no ha llegado ese momento y la cosa va de adverbios. Todavía hay quien quiere ser cubano, lo quiere tanto que delinque por serlo. Ya no contamos ni con librería en la calle Ocho de la llamada Capital del Exilio, ni ¡sobre todo!, con una editorial –Ediciones Universal– que publicó mucho libro olvidable, pero también a otros muchos, muchísimos, escritores cubanos de estatura mayúscula. Su desaparición me produce una honda tristeza.

Nada, que asomó hoy a los periódicos un todavía que sobrevive a un ya, porque viven de espaldas, indolentemente.

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