(Coro de voces infantiles:) ¡A Pepinho le gusta Reagan!

- 04/12/10
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Una huelga de controladores aéreos brutal —por sus dimensiones en su momento más álgido; por la fecha elegida— y José Blanco, un ministro socialista, qué digo socialista, requetesocialista, militarizando el sector, amenazando a los trabajadores civiles, poniéndose duro reduro, vaya. Talante ramboide en cuerpo romboide, oigan.

Ah, estos socialistas españoles de la Edad de Zapapajiedra. ¡Qué sorpresas nos regalan! A veces, pero solo a veces, solo de Pascuas a San Juan, demuestran que alguna idea de gobernar tienen y que sus viajes a los Estados Unidos, país del que suelen mofarse ante los ojos de mosca de los micrófonos, les trae provecho. ¡Y cuánto!

Miren si no a Carme Chacón, esa muchachita del PSC que se nos ha convertido en española del montón. ¡Qué maravilla!

Pero sobre todo reparen en Pepinho Blanco actuando como todo un Ronald Reagan. Por aquella huelga de controladores en los EE.UU. y verano de 1981—remember?

Ah, estos socialistas que a medida que modifican discursos y gestos generan también una nueva iconografía por la que recordarlos, si alguien lo hiciera en puñadito de años.

Al mismo Pepinho, para ceñirnos al reaganesco zapatazo de hoy, ¿alguien lo podrá separar ya de esta bonita instantánea cuando es evidente que ha mamado lo que mamó?

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El Imperio y el oro

- 07/10/10
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De todas las formas en que hemos visto morir a un imperio, ninguna se promete más vulgar que la que parece nos ofrecerá el fin del imperio norteamericano.

No será, mírese atrás, el primer imperio suicida. Pero seguramente sí el que nos ofrezca imágenes más patéticas de sus estertores, el que gimotee en forma más ridícula, el que implote levantando la más espesa nube de polvo. Y, muy probablemente, el que más humille a sus bravos y sufridos valedores.

Aun cuando los EE.UU. tienen por delante década o tres lustros de penosa agonía, basta atender a fenómeno tan propio de la imagen imperial como los anuncios que interrumpen sus programas de televisión, esa Diosa tutelar del consumo, el pollo del arroz con pollo del Imperio, para advertir tristes indicios.

Como devueltos al Medioevo, los súbditos del Imperio hoy miran embelesados a las pantallas de sus televisores desde las que los anunciantes que antes les vendían lujosos automóviles o rutilantes vacaciones, les ofrecen comprar oro. Monedas de oro. ¡Oh, ese último refugio del «inversionista»! Compre oro, señora, que todo lo demás es barro. (Un anuncio que vi esta mañana recomendaba especialmente las monedas de oro europeas.)

Barro son las tarjetas de crédito que anunciaban y regalaban antes. Barro son las acciones compradas en Bolsa. Barro es todo lo que alguna vez alimentó la ilusión de felicidad que compartían los súbditos. Ya nada de eso se ofrece en las tandas de anuncios que se cuelan en las salas de estar de Norteamérica. ¡Compren oro, siervos!, es la consigna.

Eso sí, los llamados a la acumulación del «vil metal» son interrumpidos de tanto en tanto por recordatorios de la calamidad de los seguros médicos de los súbditos. ¡Compren oro, antes de que enfermen, siervos!, es el trasfondo de la consigna.

Las epidemias que asolaban a pueblos enteros durante el Medioevo eran todavía más horrorosas porque se desconocía su origen. No así la epidemia que está asolando hoy al Imperio americano. Pero da igual. ¿De qué nos vale conocerles los rostros a las ratas?

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La Jamància y otras luchas por la jama…

- 28/09/10
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No, no se trata de club de fans de aquel Pánfilo ―¿lo recuerda alguien?― en el barrio de Gràcia, Barcelona. Tampoco de restaurante cubano, que mira que el nombre me parece más que adecuado para una paladar con mañas de astillero: una que sirva «buques» de arroz-con-frijoles en lugar de platos.

Nada de eso.

La Jamància ―que viene de jamar― es foco de «resistencia anti-capitalista» a unas manzanas de mi casa. He entrado alguna que otra vez. Hablando ese catalán arcaizante que Dios y algunas lecturas me concedieron. Ofrecen revistas y libros con títulos muy guerreros. Y los muchachos que pasan sus horas en La Jamància luchando porque no olvidemos a Lenin o a Trotsky se acercan solícitos al visitante. He sostenido allí charlas la mar de divertidas.

Estos días animan a la Huelga General de mañana día 29. La huelga que quiere paralizar a este país marmolizado. Huelga que busca «lo más paralizado que lo paralizado», a la manera de «lo más real que lo real», que decía el bueno de Jean Baudrillard ―¿lo recuerda alguien?; ¿los recuerda alguien a él y a Pánfilo, reunidos tal vez en el mismo bulímico olvido?

Un servidor no irá a la huelga. Porque servidor de mí mismo, hacer huelga sería como colarme Shabbat en medio de la semana.

Con todo, respeto a mis muchos amigos que la harán. Porque de lo que sí no hago huelga jamás es de la lealtad debida a quienes defienden sus derechos ―cualesquiera que sean― en democracia y por ella.

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