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Jorge Ferrer - 04/04/11Categoría: Crisis | Etiquetas: Agua corriente
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¡Y pensar que si se tratara de jugarlo en una lotería este número tendría todas las papeletas para que lo consideraramos un “número bonito”!
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¡Y pensar que si se tratara de jugarlo en una lotería este número tendría todas las papeletas para que lo consideraramos un “número bonito”!
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A partir de la encuesta sobre el «hombre del año» que inserté aquí hace unos días anduve rumiando la posibilidad de hacer algunas listas de esas propias de fin de año. Noticias y fotografías relevantes, mejores libros leídos, etc.
Pero vuelta la vista desde esta cumbre de diciembre sobre la ladera que ha sido el 2010 lo que oteo es más bien despeñadero. Escasos motivos para la rememoración entusiasta y muchas buenas razones para mirar con disgusto año tan desgraciado.
En ninguno de los años que cuento recuerdo haber visto como en este a tanta gente acariciando el desamparo y la desesperanza. Amigos y conocidos que pierden el trabajo o ven recortado el sueldo, amigos y conocidos que pierden empresas o ven frustrados los proyectos de crearlas, amigos y conocidos que pierden casas que tenían en propiedad o se ven obligados a buscar otras cuya renta puedan pagar. Profesionales extremadamente capaces a los que las políticas y también los bancos han ido arrinconando en este 2010, empujándolos hacia un 2011 en el que apenas confían.
Ese es el paisaje, aunque lo pueblen también muchos otros amigos cuyos trabajos y empresas se sostienen y aun prosperan. ¡Enhorabuena a esos!
En España, donde vivo, y en el Sur de la Florida, donde pasé tres semanas recientemente, el sentimiento de rabia, desesperación y hartazgo no deja lugar a dudas de que hemos atravesado un año durísimo. Un año para olvidar, diría alguien. Creo que más bien uno que recordar.
El entusiasmo de hace una década con el siglo XXI que sumaba la historia moderna se ha transformado en panoplia de miedos, abanico de amenazas y ramillete de descréditos.
Así que la lista que me gustaría anotar aquí es la de todos los jodidos durante este 2010 que se acaba mañana. Y la de todo lo que habrá que enmendar para que el 2011 sea año venturoso.
Bah, pero si me diera por hacerlas no terminaría antes de que concluya, en unas horas, este annus horribilis.
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Hace una media hora, paseando a Bruno, me llama un tipo desde la puerta del cajero automático de La Caixa en la calle Escorial, esquina a Fraternitat —más escorial que fraternidad, como se verá.
Me le acerco.
—Me han cerrado la puerta —me dice con acento esteeuropeo. El tipo lleva una camiseta sin mangas, pantalón de chándal y pantuflas.
Dentro del cajero, lo veo perfectamente a través de los cristales, hay un saco de dormir, una manta, una mochila y un tetrabrik de vino.
—Salí a mear y estos me lo han quitado todo —explica y a la vez denuncia.
Intento abrir la puerta. En efecto, está cerrada. El tipo, moreno y de unos treinta y cinco años, tiene los ojos húmedos.
—Me parece que estos hijos de puta cierran las puertas mediante un sistema informático —le digo—. Y no creo las vuelvan a abrir hasta las cinco o las seis.
—¿Qué puedo hacer? ¡Me han robado lo único que tengo! —insiste. Parece suponer que alguien «del país» que sale a pasear a un perro a medianoche tiene solución para situación tan enojosa.
Se equivoca.
—Voy a buscarte ropa, porque creo que vas a tener que pasar la noche aquí afuera —le digo, sin darle tiempo para la réplica.
Regreso cinco minutos más tarde. Le traigo un abrigo viejo, un suéter, un pantalón que me parece abriga más que el suyo y un par de calcetines gruesos. Cuando me voy acercando veo que no está solo. Hay un joven a su lado hablando por el teléfono móvil, una muchacha con aire de «pasaba por aquí» y otra mujer que, como yo antes, paseaba al perro y se encontró al pobre tipo esquilmado de repente por un banco en el que jamás tuvo cuenta; banco que le quitó su casa —su saco de dormir—, sin que mediara hipoteca impagada.
Llego justo a tiempo para escuchar al joven explicando lo que acababan de decirle en el número de información de La Caixa. Sí, cierran las puertas para evitar que se meta gente a dormir en los cajeros. Y, naturalmente, no iban a abrir ése para que un «sense sostre» —un «sin techo»— recuperara sus cosas.
Somos tres los que dedicamos frases más o menos idénticas a la madre del imaginario dueño del banco, sus ejecutivos, etc. El afectado, en cambio, permanece en silencio y mira al suelo —o a sus pantuflas. «¿Quién coño me habrá mandado a salir a mear?» —se estaría preguntando en algún dialecto caro a Von Rezzori.
—Vete al cajero del BBVA —sugiero, señalándoselo. Está al otro lado de la calle—. Y mañana recoges tus cosas.
—Ya está ocupado —me dice—. No me van a dejar entrar.
—¿Quieres que vaya hasta allí y hable con ellos? —me ofrezco.
El tipo me mira con afecto. Ya se ha puesto el abrigo que le traje, de manera que se parece vagamente a mí en fotografías de hace unos años.
—Nunca hable con gente como nosotros a estas horas —me aconseja. Y ahí sonríe por única vez. Sus colmillos son de oro. Los dos.
Regreso a casa despacio. Escribo estas líneas y me vuelvo —lo hago ahora mismo…— al sofá de la sala, vacío y caliente.
Y rehúyo las preguntas que asoman a las yemas de mis dedos. ¿A quién me parezco más? ¿A ese pobre tipo al que acabo de despedir en la calle con un abrigo viejo o al hijoputa que activó un botón y lo dejó a la intemperie por toda una noche?