Jorge Ferrer - 24/07/10
Categoría: Agua corriente, Poscomunismo, Transición
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Juventud Rebelde y Granma calientan hoy las expectativas en relación con el discurso que Raúl Castro pronunciará el venidero 26 de julio en Santa Clara. El del año pasado fue el discurso del jarro de agua fría, ¿recuerdan?
Nadie puede asegurar hoy qué traerá el del próximo lunes. Pero los indicios deslizados en la prensa cubana de esta mañana de viernes parecen anunciar menos hielo para enfriar el agua del imaginario jarro.
El tema que abordan uno y otro ―aunque por vías diversas: plomazo de Luis VI (que lo llama C.) y sección de cartas de los lectores― es el de las formas de propiedad. La manera en que se puede conciliar una economía de Estado con ciertas formas de propiedad privada.
¿Les suena?
Aquí como en todo conviene tener memoria. Buena memoria.
El 6 de abril de 2007 el diario Juventud Rebelde se extendió sobre comisión creada para revisar las formas de propiedad en Cuba. Un nombre deslizado en la nota me llamó entonces la atención. Tanto como para que dedicara un post al asunto: «Cierta propiedad»
Ese nombre propio era el de Luis Marcelo Yera, uno de los economistas cubanos que más han trabajado la integración de diversas formas de propiedad dentro de un modelo socialista-estatista. Que Marcelo Yera apareciera implicado en ese debate me pareció saludable y alentador. Véase aquel post para abundar.
Tan solo un detalle me disgustó y me pareció risible, de manera que me mofé de él con ganas.
A saber, que el artículo de Juventud Rebelde concluía con la siguiente estimación de plazo: «Los primeros resultados del amplio y complejo estudio sobre la propiedad en Cuba se conocerán dentro de tres años».
Del 6 de abril de 2007 al verano de 2010 va eso: tres años, más una primavera.
Ya se verá, oigan, y no tiene por qué ser en el propio discurso, pero se non è vero, è ben trovato. (Continúo pensando que alguien se está robando las carretillas.)
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Jorge Ferrer - 20/07/10
Categoría: Agua corriente, Exilio, Oposición, Transición
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Ahora mismo que comienzo a escribir estas líneas, allá lejos, en La Habana, hay un preso cubano a quien le colocan delante un par de zapatos, un pantalón, una camisa de mangas largas y una corbata rutilante antes de subirlo, ya fotogénico, a una furgoneta que lo llevará al Aeropuerto José Martí. Con él viajan ocho presos más.
No me cuesta visualizar la escena, la de actores vestidos con esmero a quienes se empuja a representar la obra de su vida: encontrar la libertad después de siete años en las cárceles de un país que quisieron mejor y que ahora los expulsa. Los vejó una vez y los veja ahora.
Un jet de Iberia ―tal vez el Miguel Hernández o el Luis de Góngora― los espera sin más poesía que el destierro al fondo de un finger donde serán filmados mientras los escoltan sus carceleros para traérselos junto a sus familias y pasaportes en los que la DSE escribió apresuradamente, y con burocrática delectación, «Salida definitiva».
Vuelan a la ciudad de Vallecas con brevísima escala en Madrid. Allí los alojarán en un hostal mucho más cómodo que la cárcel, pero bastante más incómodo que cualquier alojamiento que merezcan hombres traumatizados tras siete años en cárceles crueles e infectas que se reúnen con sus mujeres, sus hijos y sus madres y necesitan de intimidad para superar juntos el duelo. El mismo alojamiento, por cierto, que espera en este país a todo aquel que acuda a solicitar asilo político huyendo de guerras y persecuciones y no tenga medios propios de subsistencia.
La estancia en tales albergues de distribución del dolor suele ser corta. Desde allí la burocracia asistencial española los repartirá por centros para refugiados ―a ellos, curiosamente, no se les recomienda se asuman como tales― y, oye, ¡a integrase se ha dicho! (En este contexto «integrarse» equivale a «olvidarse»)
En dos o tres años, la burocracia gusta de planes a largo plazo, la maquinaria oenegista española quiere que esos hombres y sus familiares sean unos más entre los inmigrantes en España, anónimos ciudadanos que ahorran para comprarse un coche, cenan fuera una vez a la semana y escuchan, en su caso, a Guillermo Portabales o la Orquesta Aragón en estrechos apartamentos de alquiler. Nadie sabrá entonces lo que vivieron, salvo que el History Channel programe algún documental y les regale dos minutos a unos cuantos, como hoy les regalan corbatas en el Combinado del Este.
Ese es el guión.
¿Saben ustedes cuál es la única manera de escribir otro? ¡Claro que lo saben! ¡Como si fuera difícil redactarlo!
¿Pasa por quejarse de lo malo que es Moratinos, de lo penosamente escaso que es el presupuesto que CEAR y Cruz Roja destinan a los refugiados? ¿Pasa por desbarrar del Welcome en Vallecas? ¿Pasa, oigan, por mentarle la madre a Ortega y Alamino? ¿Pasa por, ¡vaya descubrimiento!, revelar que los expatriaron con «salida definitiva»?
En suma, ¿pasa por recrearse en obviedades que cualquiera podía prever? ¿Por mendigar y apuntarse al arte del jirimiqueo?
Los presos cubanos son nuestros presos. Los presos de todos los cubanos y a Moratinos o Zapatero les importan lo que a mí el esperanto. ¿Que ayudaron a que salieran de la cárcel? Yo quería verlos fuera de sus celdas. Todos lo queríamos, ¿no? De modo que gracias por lo que corresponda… Y hasta luego.
Porque, oigan, ahora esos presos son parte del exilio cubano. Del mismo exilio que quiso verlos en libertad. Están aquí hoy: ya atravesaron la cortina de bagazo.
Ahora hay dos posibilidades. La pataleta con que si aún no son libres porque dependen de la caridad española o asumir la responsabilidad que contrajimos con ellos desde que fueron a la cárcel en abril de 2003 por hacer por Cuba lo que pocos hicieron.
Demostrar, por una vez, que al exilio, al próspero exilio cubano, le importan sus presos, le importan de veras.
Hay jornadas en las que uno echa de menos al exilio que ya no es. Al de Jorge Más Canosa, por ejemplo, que se ocupó de tantos cubanos que necesitaban ayuda en la Rusia postsoviética. ¿Lo recuerda alguien mendigando abogados o rublos?
Pero el exilio, por lo visto, ya no es lo que era. Ni nuestros presos son lo que eran cuando estaban en prisión por la Cuba que muchos anhelamos. Ahora son unos próximos muy extraños para los que requerimos atención de los extraños más próximos.
Bah, y todavía queremos que alguien nos tome en serio.
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Jorge Ferrer - 16/07/10
Categoría: Agua corriente, Oposición, Poscomunismo, Transición
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Alguien me pidió hoy le explicara en más detalle qué quise decir en las dos últimas entradas escritas aquí. (Esta y esta.) En particular en qué me baso para afirmar que las excarcelaciones de los presos de conciencia cubanos nos situarán en un nuevo paisaje en lo que a hacer política cubana se refiere.
Como soy renuente a explicar lo que escribo ―doy por hecho que o se explica por sí mismo o el lector ha de trabajar por su cuenta―, pero, aun así, paso por ser un tipo amable, le respondí contándole el delicioso chiste con que Slavoj Žižek abre Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales (Barcelona: Paidós, 2009).
Los atentos vigilantes de una fábrica sospechaban que un obrero robaba. La sospecha se basaba en la circunstancia de que cada tarde, al concluir la jornada laboral, el obrero abandonaba la fábrica empujando una carretilla. Como es natural, los vigilantes inspeccionaban cada vez la carretilla, le daban la vuelta, buscaban un doble fondo, hundían los dedos en los neumáticos… Nunca encontraban nada. Cada tarde, lo constataban, la carretilla iba absolutamente vacía. Y los vigilantes lo dejaban marchar.
Hasta que un buen día, mucho después, caen: lo que robaba el obrero eran carretillas…
Pues, nada. Eso.
(Advertencia para puristas: cito de memoria.)
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