Sería muy distinto si consiguiéramos narrar esta historia de uniformes y sotanas, delirios y miserias, enfermedades y resucitaciones, supersticiones e intrigas, como quien recuerda sucesos ocurridos 700 años atrás.
Porque en realidad, fíjense, para casi todos los que hacemos ETDLV, escribiéndolo o leyéndolo, lo que sucede en isla de la que ahora me separan unos pocos kilómetros ―Cuba― en muchas ocasiones suele tener la misma «presencia» que cualquier bucólica estampa precolombina. Guarina de niña espantando a majá con jutía acorralada, por ejemplo. O Guamá mirando a hurtadillas un cemí.
Poner distancia, por un lado, y abstraerse de la maraña mediática. Ello requiere apartar antes las muelles taras que tanto nos solazan, claro, que si no es difícil que lleguemos lejos.
¡Va y así ganamos todos! Al menos lo haremos, creo, en tanto escritores y lectores de prosa historiográfica. Bien visto, y a fuer de que se me tome por trasnochado nietzscheano, hace dos milenios que estamos subidos a noria que no cesa de girar.
…As the awful report of the King’s madness spread, rumors of sorcery and poison were on every tongue, and popular emotion so aroused that the sick chamber had to be kept open to the public. All the tears and grief attending a royal demise filled the room and “all good Frenchmen wept as for an only son, for the health of France was tied to that of her King.” Sobbing clergy conducted prayers, bishops led barefoot processions carrying life-size wax figures of the King to the churches, the people heaped their offerings on relics known for healing powers, and prostrated themselves before Christ and the Saints to beseech a cure.
Few believed the affliction had natural causes. Some saw it as Divine anger at King’s failure to take up arms to end the schism; others, as God’s warning against that very intention; still others, as Divine punishment for heavy taxes. Most believed the cause was sorcery, the most so because a great drought that summer dried up the ponds and rivers so that cattle died of thirst, waterborne transport ceased, and merchants claimed the worst losses in twenty years.
In a morbid time, belief in conspiracy rose to the surface. Whispers circulated against the Dukes. Why had the “phantom of the forest” not been arrested and interrogated? Had he been planted by the Duke of Brittany or by the uncles to cause the King to turn back? Had the King’s excess of anger causes by the Dukes’ delay brought on his madness?…
Podría escribirlo hoy con otras palabras, pero lo publicado aquí hace dos años describe sobradamente un par de sobremesas, y las sensaciones que me inspiraron e inspiran, después de dos días de vuelta en el Sur de la Florida.
Uno de los comentarios al post que subí aquí hace un par de días y que titulé Miami(s) –título facilón de esos que se le escapan a uno cuando tiene que titular un texto a diario, y a veces más de uno- decía:
“Aleccionador el post, sobre todo si se desea olvidar el mal que se llama Cuba. ¡No ir a Miami es la solución! Salud.”
Lleva la firma de “Cristina García”, una de esas lectoras que justifican sobradamente trabajar en uno de estos espacios donde quien escribe se la juega a diario. Quien quiera que sea “Cristina García”, como tantos otros lectores, me obliga a hilar cada vez más fino en la rueca que pare los párrafos que escribo para subir aquí. (Pero ese es otro tema, el de la manera en que la reacción inmediata y libre de los lectores obliga a quien escribe.)
Si reparé en ese comentario en particular y lo comento ahora yo mismo aquí arriba en eso que uno llamaría pedantemente “el cuerpo del post” es porque resume de manera concisa y con saludable ironía una pulsión a la que muchos exiliados cubanos nos rendimos con frecuencia, yo mismo lo hago consciente o, las más de las veces, inconsciente, espontáneamente: repudiar a Cuba, blasonar de ser poscubanos o excubanos, denunciar a Cuba como una suerte de mal irremediable. Huidos de la isla e instalados en lugares distantes y, por decirlo rápido, más confortables, y amigos del orden democrático o civil en el que ahora vivimos, nos rendimos al deporte del denuesto: Cuba, puah: ¡Qué fea y que mala es Cuba!
No se trata de un fenómeno nuevo ni mucho menos. La historia del siglo XX cubano conoce otros episodios en los que la desazón que provoca la Cuba desastrada y maltrecha –uso a propósito una palabra tan propia de esos discursos- mueve a la exaltación de la “cubanidad negativa”, al pesimismo, a la pose nihilista. Y es notable la manera en que el “esas no son cubanas” de antaño se ha ido convirtiendo en un “yo no soy cubano” muy a tono con los ánimos posnacionales de un mundo con fronteras porosas e identidades híbridas.
No va a ser ahora que ahonde en ese asunto. Es materia que requiere de afanes que me cojan más reposado que a estas horas y tras ingesta pantagruélica en The Fish House, en la milla 102 de la US1.
Pero sí quiero anotar, aun a expensas de que quien firma “Cristina García” me vapulee por, dirá, cursi, que conozco un ejercicio que incluso a alguien que como yo ha vivido apenas cuatro años de su vida adulta en Cuba le sirve para reconciliarse con ese país por muy difícil que nos lo ponga su historia, la pasada y la presente.
¿Que cómo se llama esa medicina? Tiene nombre fácil y que evoca tristeza. También veneración. Se llama “Viejitos cubanos”. Los “viejitos” de nuestro exilio. Ese es el fármaco que me administro cada vez que vengo al sur de la Florida. Los “viejitos” anónimos. Escucharlos, discutir con ellos sobre Cuba, su paisaje, su música, sus letras, su historia. Revolver sus recuerdos y sus papeles, sus libros y sus discos. Compartir un tamalito y un proverbio, un güisquicito y una melodía, una sopita de pollo en el Versailles y el relato de una juventud de la que nos separa más de medio siglo. Sin proponérselo, esos “viejitos cubanos” nos devuelven a un espacio nacional.
En definitiva, “Cristina García”, todos somos de alguna manera “viejitos cubanos”. Por lo menos, es seguro que lo seremos mañana.
Buscando imágenes de La Habana en 1967, (más o menos) donde nací hace hoy (eso sí exactamente) los años que suman, Youtube me devuelve esta película de Ron Taylor sobre el VII Campeonato Mundial de Caza Submarina celebrado en Varadero y Cayo Largo. (World Spearfishing Championship – Cuba 1967, se titula.)
Hermosas imágenes de la fauna de la plataforma insular que tienen los mismos años que yo. (Que aparezca la siniestra figura de Ramiro Valdés en la premiación, ya en La Habana, no me afea el paseo subacuático. Que peces igual de horrendos se ven todos los días y también hoy: miren lo que trae el Boston Globe.)
Regalo, pues, que me hizo el Tubo y comparto con ustedes. Curioso evento, ¿no?