(Sobre las) Cartas quemadas de Guillermo Cabrera Infante

- 30/08/10
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Leo con atención los testimonios sobre Guillermo Cabrera Infante que trae La Gaceta de Cuba (pp. 36-40). Son tres, como los tristes tigres.

Sonso y pico y picúo el de Enrique Pineda Barnet (por no interesar, el pasado de EPB no interesa ni a EPB); atendible el de Pablo Armando Fernández; notable, por infrecuente, el de Marta Calvo, la primera mujer de GCI.

Reparo en las referencias de ambos últimos a las cartas de Cabrera Infante escritas a sus corresponsales en La Habana hasta el desenlace del Caso Padilla. Podrían ser documentos muy interesantes sobre la biografía intelectual de Caín.

Esto es lo que dicen los entrevistados:

Pablo Armando Fernández

«Cuando regresé a Cuba en 1965, no me dieron empleo. Por eso, Guillermito insistía mandándome cartas en las que me decía: “Te estamos esperando en Londres”. No las conservo, porque hubo un momento muy difícil en este país en el año 1971, cuando detuvieron a Padilla, y yo me deshice de todas. Nosotros estuvimos décadas totalmente abandonados. Yo pasé catorce años sin publicar un libro, trece sin pasaporte.»

Marta Calvo

«Una vez cierta profesora me dijo: “¿Tú sabes que te estás escribiendo con un agente de la CIA?” Le contesté que no sabía si Guillermito era agente de la CIA o no, que lo que sí sabía era que se trataba del padre de mis hijas y que tenía que escribirle para saber cómo estaban ellas. Ahora yo tendría muchísimas cartas, sentí miedo y las rompí todas.»

Y no me sorprende, ni a nadie: era previsible que esas cartas hubieran sido destruidas por miedo a la policía política castrista.

Lo que no deja de maravillarme es el hábito que han adquirido a lo largo del último quinquenio tantas víctimas de la represión de los sesenta y setenta para hablar del castrismo en pasado. Del miedo, en pretérito. De la represión, como quien manosea las cuitas de Juan Clemente Zenea.

La manera en que aluden abierta o veladamente a un parteaguas. La manera, lo peor, en que ese presunto parteaguas asociado a un Abel Prieto / Moisés baldará las memorias que algunos, cabe suponer, escriben y engavetan.

Y que leeremos, claro, si es que no les llega el momento de incinerarlas como aquellas cartas, que el show, aunque pretendan ignorarlo, no ha acabado. La lucha por la memoria es su última batalla.

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Periódicos para envolver pescado…

- 15/05/10
Categoría: Actualidad, Media | Etiquetas:
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La cuestión es calcular si esos «El País», «extrema derecha», «acoso», «Garzón» y «franquismo», si la tinta con que se imprimen en las 400.000 copias de este sábado alcanzarían para ahogar ―ahogar, he dicho― a los fusiladores de entonces ―los de ambos bandos― y el rencor más bien postizo de ahora.

¡Por supuesto que no! ¡No habría tinta pa’ tanta sangre!

He ahí otra prueba, si alguna faltaba, de que la función definitiva de los periódicos y aquella donde sí muestran una total eficacia es la de envolver el pescado de hoy.

De que la prensa apenas consigue ―¿qué digo?: ¡nunca consigue!―, resolver (sobre) pasados tintos en sangre.

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Todos somos (algo) seminolas

- 14/05/10
Categoría: Oposición, Poscomunismo | Etiquetas:
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Los españoles, se sabe, evacuaron la Florida en 1763, tras cedérsela a los ingleses a cambio de recuperar La Habana. La península quedó entonces virtualmente despoblada, porque no sólo los españoles bajaron a Cuba.

También lo hicieron quienes con ese viaje se convirtieron en los primeros norteamericanos que visitaron la Isla: los indios seminola que acompañaron a los colonizadores en su viaje.

Poco se sabe de la suerte de aquellos pioneros norteamericanos y su avatar cubano. No eran turistas; iban a asentarse en aquella isla española. Sin embargo, parece que muchos regresaron más tarde a los Cayos de la Florida y desconozco qué no les gustó en Cuba como desconozco si lo hicieron en embarcaciones precarias y fueron entonces los primeros balseros en enfrentar las corrientes del Golfo. Cabe suponer que abominaron de los mismos españoles a los que siguieron.

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Quienes ahora pensamos desde fuera de Cuba en cómo debe ser la Cuba futura, quienes le diseñamos futuros, como quien talla en el aire, deberíamos, se me ocurre, recordar más a menudo aquel episodio con viaje de ida y vuelta.

Atraídos súbitamente a Cuba por un cataclismo político, los seminolas volvieron a casa en cuanto olieron barracón. En cuanto se apartaron de aquel delicioso olor a vainilla, que según Chateaubriand despedían las tierras de la Florida.

Ni nosotros ni nuestros hijos vivirán ya en aquella isla para la que diseñamos futuros perfectos. No se olvide ese detalle. Y actúese en consecuencia.

Y no, no se trata, como creerá el lector apresurado, de renunciar a pensar en Cuba y actuar por Cuba.

Simplemente, se trata de hacerlo asumiendo que todos somos, cuando menos, seminolas.

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