Ya saben cuánto disfruto con estos videos filmados por turistas en Cuba, cuánto disfruto cazándolos. Más si son en La Habana. Por aquello de que a falta de pan, casabe, también.
En este, fresquito en Youtube, dos parejas de turistas españoles suben a sendos Cocotaxis que se enzarzan en una competencia, para separarse después cuando el nuestro abandona el Malecón y toma un atajo que lo lleva al Paseo del Prado y más allá…
¡Ese paisaje! ¡Esa ciudad! ¡Esas gentes! La velocidad del vehículo en que viaja la cámara, el cielo plomizo, el aire a pasado que se respira por todos lados, las mujeres orondas que asoman aquí o allá.
La Habana… Alguna vez yo viví allí.
(Recomiendo verlo en función “pantalla completa”.)
Soy muy sensible a esta #francorevolution. A esa excoriación aparecida de repente en la piel de la memoria inscrita en el pellejo de los periódicos —tegumento sobre tegumento. A mí es que llamarle otra cosa que «dictador» a un «dictador» me produce un sarpullido saussureano. Palabras y cosas han de adecuarse como mano y guante, que si no tiemblo imaginando el rostro del último hombre borrándose en la arena, que concluía lo suyo Foucault agitando el espectro del coco.
Al dictador, «dictador», con todas sus pocas letras y sus muchos muertos, como aquello de dar nombres precisos al pan y el vino. Ni Franco fue otra cosa que un dictador, ni lo fueron, en lo que me toca por nacimiento, Machado, Batista y los hermanos Castro, Fidel y Raúl —que parece nombre de dúo regaetonero.
Luego, con la misma que me sumo a la reivindicación del saussureano implante en el Diccionario de marras, ruego a tanto indignado que exige enmienda allí, mientras llama «presidente» o «líder» o «revolucionario» a cualquiera de esos dos hermanos de las Antillas, que también a ellos les llamen siempre por su oficio y ejercicio, el de dictadores. «El dictador Fidel Castro» y «el dictador Raúl Castro». («Dictadores», ya que estamos, no es mal título para tema de regaetón.)
Les ruego, en definitiva, que rompan la geografía, se traguen todas las millas y dejen de practicar el tópico vicio del «kilómetro sentimental» —aquel que hace que, en este caso, mientras más lejos del redactor opere una dictadura, menos le importe el daño infligido a las víctimas.
Atentos siempre a las palabras y las cosas, que vaya cosa que es padecer una dictadura a la que tratan con aquiescencia hoy, mientras tanto justo —subrayo, justo— enojo produce que no se reconozca como tal a una del pasado.
Hoy ha muerto en Miami Nicolás Quintana, arquitecto y hombre extraordinario.
Con Quintana, como antes con Guillermo Cabrera Infante, se va alguien que dedicó su vida a imaginar La Habana en la distancia. Un hombre que no volvió a pisar esa ciudad que dibujó desde lejos, historiándola a la vez que figurándola en su mente y la mesa de dibujo. Quien pensó no en una ciudad fosilizada, mera rea de la nostalgia, sino en La Habana moderna, un paisaje narrado desde una concepción moderna del urbanismo. La Habana que pudo ser y ojalá sea. Havana and its Landscapes es apenas uno de los proyectos que nos lega.
Leer la noticia de su muerte hace apenas unos instantes me produjo una gran desazón.
A modo de homenaje, inserto aquí la que fue una de sus últimas intervenciones públicas. Una conferencia extensa y hermosa, como lo fueron su vida y su obra. Un ensayo de “historia de La Habana” y un repaso de su propia obra y la historia del arte moderno cubano, trufado de anécdotas deliciosas y fundamentales, que todo aquel que ame a esa ciudad hecha a la escala del hombre y a ese país que tanto ha maltratado a muchos de sus mejores hijos debería escuchar. (Hay un momento a partir de 01:16:00 que, si de política y castrismo se trata, les recomiendo. Es apreciable testimonio del porqué de la pérdida.)
No le ahorren tiempo a quien tanto tiempo suyo nos dio y, luego, tanto tiempo de todos merece. Yo acabo de dárselo, el mío, y les aseguro que incluso para quien escuchaba esa conferencia por segunda vez el regalo fue mayúsculo.