Las sociedades poscomunistas en las que perviven durante décadas rasgos totalitarios constituyen un campo de trabajo apasionante para quienes quieren imaginar la Cuba del mañana. Digo, para todos aquellos que rebasen la pueril e infantiloide creencia en una Cuba que vea súbitamente muerta la rabia, cuando muerto esté el perro. Que conciban transición milagrosa hacia una, digamos, republiquita próspera cuyos ciudadanos se conviertan de repente a la fe democrática y pasen por aquellos suizos que Estrada Palma imaginaba desandando el Paseo del Prado. (Los nuestros absortos en piernas y voz de las María Elvira del mañana.)
Una idea igualmente pueril supone que los jóvenes de sociedades poscomunistas como las del espacio postsoviético muestran un pobre desarrollo de la conciencia cívica y apenas ofrecen contestación a las élites políticas, económicas y policiales que han diseñado democracias de baja intensidad.
Bien al contrario, cualquiera que atienda a los movimientos sociales de Rusia, Ucrania o, en menor medida, Bielorrusia, encuentra centenares de iniciativas disidentes magníficas, provengan o no del mundo del arte. Hace unos meses comenté aquí una acción de las muchachas de FEMEN, un movimiento de jóvenes de Ucrania que se manifiestan con el torso desnudo y constituyen un fenómeno político y performático admirable.
No son las únicas mujeres del espacio poscomunista con arrestos democráticos basados en mañas de género que pasean su disidencia por el paisaje de esas sociedades postransicionales.
El pasado 1 de marzo el Art-Proyect Voiná (Guerra), concretamente una presunta Fracción Militar-Feminista de la que Voiná dice no ser responsable, llevó a cabo en el metro de Moscú, Rusia, la acción «Lamiendo la basura» («Лобзай мусора»). Esta consistió en perpetrar agresiones a las mujeres policías por un breve comando de supuestas lesbianas que se abalanzaban sobre ellas —la «basura» homófoba— y las besaban en la boca con lascivo ánimo de denuncia.
¡No me negarán que las muchachas de Voiná tienen ganas, además de coraje!
De manera que, ¡ánimo, cubiches! No todo está perdido; al menos no lo estará en el subdemocrático mañana.
Abundante testimonio de la acción «Lamiendo la basura» aquí. Sigue un buen recuento en video:
Sans vivió una década en Cuba y allá urdió y puso en marcha The H Magazine, uno de los proyectos artístico-empresariales más sofisticados que haya emprendido un extranjero en esa isla durante los últimos años.
Ahora que ya ha puesto fin a su aventura en una Habana desde la que se trae asuntos aún por eclosionar, expone en Barcelona, cosa de ir haciendo boca, un extraordinario dossier de sus fotografías: Collapse.
Quien haya seguido la aventura de The H Magazine sabe que la Cuba que fue juntando Sans allá dista del paisaje que embelesó a tanto hiperventilado fotógrafo de la decadencia. Un servidor, hastiado como tantos de la «estética de la miseria» de la que tal vez solo Robert Polidori supo sacar algo al engarzarla en cadena con Pripyat y Nueva Orleans, se confiesa gustoso, aunque distante, visitador de la Cuba de Sans. Un país hecho cara a cara, gesto a gesto, más que de figuritas recortadas sobre fondos desconchados. Y una Habana futura porque escapa de la ominosa tiranía del pasado en tanto paisaje, a la vez que ironiza sobre la no menos ominosa tiranía del presente en tanto ideología, ay, reductible al ojo pop. ¡Si es que bastaba tener o, si lo prefieren, poner otro ojo!
De la sobada recurrencia al Impala o al Buick descontextualizados al susto del qué-coño-es-de-esta-Cuba-que-veo que fijó Sans, en estas fotografías que aquí junto, donde el rostro de Juan Miguel Más, bailarín, coreógrafo y director del proyecto Danza Voluminosa, dibujan Cuba abofada, desideologizada porque hiperideologizada, vacía porque llena.
En definitiva, un futuro, cierto futuro que siempre estuvo allí y pulula ahora mismo por blandos desbordamientos y recónditos pliegues. Y a chorros que cada vez cuesta más cegar.