Jorge Ferrer - 21/08/13
Categoría: Memoria
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En la madrugada del 21 de agosto de 1968 dio inicio la invasión soviética a Checoslovaquia. Hoy se cumplen 45 años de aquel momento, uno de los episodios que mostraron con mayor claridad el caracter imperialista del Kremlin y la condición artificial del bloque formado por las llamadas democracias populares y los instrumentos de política exterior de que se servían, como el Pacto de Varsovia.
Cuarenta y cinco años más tarde, la situación geopolítica de Europa, y del mundo, es muy distinta. El bloque del Este ya no existe, Checoslovaquia se partió en dos y esas dos partes son miembros de la Comunidad Europea. La Unión soviética dejó de existir hace más de veinte años.
En cuanto a Cuba, ya saben: la República checa es un fiel aliado de la Cuba democrática en todos los foros europeos e internacionales y, tras años de distanciamiento con Rusia, La Habana y Moscú han retomado sus relaciones en términos beneficiosos para ambos gobiernos.
La “Primavera de Praga” y la subsiguiente invasión soviética sirvieron para redimensionar la pertenencia de Cuba al bloque comunista. Fidel Castro, que tantas veces se ha ufanado de su díscola relación con el Kremlin durante los años de la Guerra fría, mostró su apoyo explícito y sin fisuras a la invasión*. Con ello, no solo refrendaba la actuación del Kremlin, sino que pedía invasión soviética a Cuba en caso de que esta padeciera circunstancia semejante. Su adhesión fue pagada con chorros de oro, en petróleo y créditos.
Esta, su intervención el 23 de agosto de 1968, es uno de los documentos visuales más vergonzosos en la larga historia de vergüenzas que ha sido la de Cuba este último medio siglo. (Comienza en 05:20)
*En el ensayo “Around the Sun: The Adventures of a Wayward Satellite”, incluido en la antología Caviar with Rum. Cuba-USSR and the Post-Soviet Experience (eds. Jacqueline Loss and José Manuel Prieto), Palgrave Macmillan, 2012, me ocupo del relato de esa relación “díscola”.
http://youtu.be/8lICDrlC8IU?t=5m20s

De contra:
Rustem Adagamov ha publicado hoy una espléndida colección de fotografías de la invasión soviética a Checoslovaquia. La recomiendo mucho.
De entre todas, inserto aquí esta, a modo de muestra: el testimonio de la estrategia seguida por los jóvenes de Praga para confundir a los tanques rusos que entraban a la ciudad: destrozar todas las señales que les ayudarían a ocupar posiciones en una ciudad que les era desconocida:

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Jorge Ferrer - 15/08/13
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa, Transición
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Otra vía, otra más
Por Jorge Ferrer
Ya lo conté una vez en esta página. Un colega viajó a Myanmar hace un par de años y a su regreso le pregunté qué había oído decir allá de Aung San Suu Kyi, la líder opositora birmana. Me dijo haber constatado que la adoraban todos: el funcionario de la Junta en liquidación y el taxista, el académico y el barquero. La antigua Birmania se embarcaba por entonces en un proceso de transición que ha continuado profundizándose a lo largo de estos meses. Poco que ver con el ominoso “poco a poco” de Raúl Castro, ese general que vive en una Habana a la que el Trópico de Cáncer le sirve de boina, mientras a Rangún, al otro lado del mundo, le hace las veces de sombrero de copa a Thein Sein, quien renunció en 2010 a su rango de general para liderar la transición y abrir su país al mundo, sin Wojtyla que se lo pidiera. Lo reclamaba una oposición prestigiada en todo el mundo y sobre todo allá. Lo pedía a gritos la memoria de los sucesivos levantamientos estudiantiles contra la Junta y, muy especialmente, la de los millares de muertos en las protestas de agosto de 1988. Altos funcionarios del gobierno asistieron hace unos días a los actos por el 25 aniversario de aquella matanza, por cierto.
La transición en Myanmar vio a Hilton y Coca Cola aplaudiendo la buena nueva, como lo hicieron las multinacionales de la energía y las telecomunicaciones, todas con los ojos apuntando a ese enclave del Sudeste asiático, un país inmenso que pasa a formar parte de este mundo tras medio siglo de cerrazón y ostracismo bajo un régimen militar. La licitación en junio pasado de dos licencias de telecomunicaciones que ganaron la noruega Telenor y la qatarí Ooredoo fue elogiada por todos los consultores y empresas involucrados como un proceso de transparencia (casi) ejemplar.
Por otra parte, las visitas de Barack Obama a Rangún y de Thein Sein a la Casa Blanca, tanto como el viaje de Suu Kyi a Londres, Washington y Oslo, donde recibió por fin el Premio Nobel que le fuera concedido en 1991, han sido muestras espectaculares de que el proceso va en serio. No obstante, es dentro del país, con sus sesenta millones de habitantes, sus explosivos conflictos étnico-religiosos y un subsuelo rico en recursos naturales apetecidos por todos y con especial interés por la China que se juega una buena partida de mahjong con Occidente de invitado que vuela desde lejos a operar en tablero limítrofe, que se decidirá la suerte de un país que abandona a Corea del Norte y a Cuba en la escasa nómina de tiranosaurios dibujados sobre el mapamundi.
Tal vez pocos gestos sean más elocuentes del ambiente de reconciliación que las declaraciones que hizo el pasado mes de abril U Soe Thane, antiguo militar de alto rango y hoy ministro encargado del desarrollo de la economía en el período de transición, al Financial Times: “Aung San Suu Kyi es un icono democrático y Thein Sein es un icono de las reformas”. Así, tejida de esos mimbres se está construyendo la Myanmar del mañana, donde gobierno y oposición comparten un mismo propósito: encauzar al país por la senda de la economía globalizada, aspirar a un crecimiento económico notable suspendido el embargo, ganar la paz social desde la concordia democrática.
La Cuba de Raúl Castro podría mirar a Myanmar, y seguramente lo está haciendo de soslayo, al tiempo que se mira en el espejo de Vietnam, Rusia o China, cuya suerte ansía. Hay una salida birmana. Pero La Habana que se ha visto reunida con Corea del Norte en los titulares estos días no elegirá la vía rápida hacia la Coca Cola. Ya se vio en el Canal de Panamá que lo suyo es derramar guarapo hasta el fin de los días.
La columna “Otra vía, otra más” aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.
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Jorge Ferrer - 15/08/13
Categoría: Castro & Family, Memoria
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La alusión de Fidel Castro a la ayuda de Corea del Norte en los años ’80 que aparece en el esperpéntico artículo que le publica hoy Cubadebate me trajo enseguida a la memoria una anécdota que ya conté una vez aquí: la de una conversación privada que mantuvieron él y Kim Il Sung en 1986.
La conté aquí, decía, pero de eso hará unos cinco años y muchos no la conocerán o recordarán. La copio del post del 13/09/2008, tal cual:
Durante la visita que hizo Fidel Castro a Corea del Norte en marzo de 1986 se produjo uno de esos deliciosos diálogos que generan en la intimidad los dictadores.
(Por cierto, tengo el documental de una hora entera de duración que filmó el Ministerio de Información de Pyongyang de aquellos días. ¡Tremendo! A ver si algún alma piadosa me ayuda un día a subirlo a Youtube, que mi pulsión geek está visto que es más que deficiente.)
Ocurrió, decía, lo que sigue.
A punto de concluir el último encuentro entre Fidel Castro y Kim Il Sung, el segundo – el sungundo, habría escrito mi predilecto Ramoncito F.-L.- se lleva a Castro y su traductor a un aparte.
Y se produjo más o menos el siguiente diálogo:
KIS: Comandante Fidel, ¿qué le ha parecido Corea?
FC: Una maravilla. Estoy impresionado por el nivel de organización que ustedes han conseguido, Mariscal. ¡Esto en Cuba, ni soñarlo!
KIS: Sí, lo he visto muy emocionado. Nuestro pueblo lo admira mucho, Comandante Fidel.
FC: La admiración es mutua.
KIS: Pero, dígame, ¿acaso no hay nada en lo que podamos mejorar? ¿Algo que no le haya gustado demasiado?
FC: (Sonrisa fidelesca y pausa) Bueno, si podemos hablar en confianza, Mariscal…
KIM: Naturalmente, ¿qué no le ha gustado?
FC: Bueno, sucede que por la idiosincrasia de los cubanos, a nosotros no nos gusta mucho esto del culto a la personalidad…
KIM: ¡Y en eso también estamos de acuerdo, Comandante Fidel! ¡A mí tampoco me gusta!
No conocía entonces otra anécdota que me contó un diplomático cubano que participó en la visita que Castro realizara a Bucarest en 1972. Rumanía, como recordarán, se había posicionado en contra de la invasión soviética a Praga para ahogar la revolución de 1968. Un año más tarde, Richard Nixon aterrizaba en Bucarest y era recibido con loas a la amistad entre los pueblos rumano y norteamericano.

Y bien, último día de la visita, como antes en Pyongyang, pero esta vez es el cubano quien pide a Ceaucescu apartarse un instante en el banquete de despedida. Y se produce este diálogo del que el intérprete dio cuenta a mi informador.
Fidel Castro (al intérprete): -¡Dile que es un maricón!
El intérprete queda paralizado, mudo.
FC: -¡Dile que es un maricón!
El intérprete traduce que Fidel considera que el camarada Ceaucescu no se ha comportado como un hombre.
Nicolae Ceaucescu: -¿De qué me habla, comandante?
FC: -¡Tú eres un maricón!
Ceaucescu balbucea algo.
Fidel le da la espalda y se aleja de él, pero se vuelve tres pasos más allá y le avisa:
FC: -¡Y nosotros los cubanos sí que no creemos en Drácula ni en ná de eso, pa’ que tú lo sepas!
Fin de la historia.
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