La élite y sus frases. El pueblo y sus gestos (bruscos). Dijo Castro II la otra tarde ante lo que llaman Asamblea Nacional del Poder Popular: «Limpiémonos la cabeza de tonterías de todo tipo, no olviden que ya concluyó la primera década del siglo XXI, y es hora».
Una expresión sofisticada. Uno se queda con ella dando vueltas. Que si despejar la cabeza, que si los siglos, que si tonterías fuera, que si llegó la hora.
Hay cosas que uno no sabe cómo traducir a imágenes diáfanas.
Pero Cuba, ay, esa partera y paridora de imágenes, te sirve enseguida el estado de la cuestión. Y cuando lo hace insertando pinga y galleta en el parlamento (¿dije Parlamento antes?), clarifica:
Esta tarde aquí, amanecer en La Habana, dediqué horita y poco al acto de celebración de ya ni me acuerdo cuál aniversario del asalto al Cuartel Moncada. Un acto político-cultural, ya saben. Lo cultural: poemita declamado con lágrimas en los ojos; orquestica para himnos; y unos falsos guajiros repasando tópicos de la música campesina con enojoso mal gusto. Lo político: carta de Hugo Chávez y par de discursos. Del principal, es un decir, se ocupó Machado Ventura. Castro II no habló a micrófono aunque ejerció su habitual campechanía —una forma «simpática» del despotismo— en el hors d’oeuvre, estrechando manos, dejándose palmear los hombros, sonriendo con distancia, halagando (poco) y dejándose halagar (mucho).
Me pareció un acto magnífico porque ejemplificó como ningún otro el divorcio absoluto entre la realidad del país y el teatro del que participan quienes lo gobiernan y los gobernados. Ni unos ni otros dicen lo que quieren en una suerte de pacto entre masa y élite que es propia de regímenes cuya legitimidad pende de un hilo. Y su futuro de una hebra del hilo de marras.
Les faltó poner al fondo del escenario, en lugar de las caritas —y eso digo porque no sé cómo manejarme con el diminutivo de «jeta»— de Martí, José y Castro, Fidel , un mensaje en clave.
A falta de tal, yo creí leer un axioma de la física que parece adecuado también a la política del ocaso del castrismo. Los lectores de Minimal Bildung, de su índice siquiera, saben cuán grato me resulta: «La inercia es la propiedad que tienen los cuerpos de conservar su velocidad si no hay interacción.»
Toda la cantaleta francesa acerca de un Dominique Strauss-Kahn, probo socialista a quien le tendieron una trampa con el propósito de macular su intachable efigie socialdemócrata, no tiene más fundamento que la hipertrofiada idea que algunos franceses tienen de sí mismos. Solo a psicología tan adulterada por los rescoldos de la pasada grandeur como la del francés medio se le puede ocurrir que una camarera de hotel cayera en los brazos del elegante y triunfador francés, encantada de haberlo conocido y feliz de gozar de la suerte de meterse en la boca su francés miembro viril.
Masticar otra versión es demasiado para muchos franceses. Un socialista francés, un hombre de mundo, un mujeriego, sí, pero con estilo de Alain Delon… Cada vez que escucho / leo esas idioteces invoco al Dr. Guillotin.
¿Saben de qué elegancia se trata cuando hablamos de Strauss-Kahn? De la misma de la que se ufanaba un médico que miraba el trasero a una enfermera en la estupenda Machete, de Robert Rodríguez. ¿Recuerdan la escena? Una espectacular enfermera se inclina sobre un paciente, y la corta falda deja ver los muslos, el comienzo de las nalgas, la vulva cubierta por el tanga. Un paisaje de ensueño en el que clava los ojos el médico apostado detrás de ella. Sin darse la vuelta, la enfermera le dice (cito de memoria):
—Doctor, siento que su mirada se me está clavando en el útero.
A lo que el doctor responde:
—He ahí la prueba suprema de que soy un caballero. Si no lo fuera, la tendrías clavada en el colon.
Esa es exactamente la condición de «caballero» de Dominique Strauss-Kahn. En su caso adornada además por la violencia ejercida sobre una mujer que creyó indefensa. Y que probablemente lo sea, a fin de cuentas.