Del acarreo foráneo con la música cubana hay tanta huella que la vereda ya hace rato amenaza convertirse en camino de barro.
Aunque hay, claro, auténticas gemas en el barrizal ―entre las más brillantes las que nos regalan de vez en cuando los músicos africanos. ¡Vaya si las hay! Y todavía aparece alguien como Diego El Cigala, que nos deslumbró hace pocos años de la mano de Fernando Trueba, a quien no sé cómo le pagaremos, si alguna vez lo hacemos ―ingratos incurables que somos―, lo que ha hecho por Bebo Valdés y tanta música latina de Nueva York.
Con todo, mi predilección, una que auguro nadie conseguirá superar, sigue estando del lado de Marc Ribot y sus Prosthetic Cubans.
Con él y esa vocación postiza la dimensión folklorizante del aprovechamiento de la música cubana alcanzó cotas de veras sublimes. «Las lomas de New Jersey», gema engarzada en el hermoso camafeo que es Muy divertido!, probablemente sea la canción que escucho más veces al año.
Semana con presos cubanos sobrevolando el Atlántico y encontrándose con los procedimientos que esperan a todos los solicitantes de asilo político que arriban a España. Ellos, ¡mayúscula aporía!, instados a no serlo por el Gobierno de España.
Semana con un desmomificado Castro I paseándose por La Habana. Constatando que la foca Silvia ya murió en el Acuario, que no se alzan hongos atómicos sobre los desiertos de Panarabia ni la franja de Panmunjom, que ―lo habrá visto si no sigue viajando en la furgoneta tapiada y parece que no lo hace― La Habana tiene un no sé qué de Tegucigalpa desmejorada. Castro I regresó para quedarse. No es episodio, oigan. (Ahora mismo, mientras redacto esta nota, me llega desde el salón su diálogo con los embajadores cubanos.)
¡Y la semana que viene! ¡Viene semanita de aúpa!
Visto lo cual y dado que desde el cuartel general de ETDLV no sugeriré a mis lectores lo que parece más aconsejable ―a saber, un largo weekend embobecidos con opio o marihuana―, les propongo otra excursión alucinógena.
Una a espacio que siempre me ha sorprendido y me sorprende que los cubanos hayan frecuentado tan poco. A saber, Wonderwall, la película que sacó a Guillermo Cabrera Infante de España y lo llevó a Londres. Filme de cuyo guión se encargó y firmó en los créditos como G. Caín. Fue de la mano del inefable Joe Massot ―tremendo el tipo― y con música del Beatle George Harrison. La hilarante historia de un voyeur, aunque director y guionista, en privado, habrán hablado de mirahuecos o de «espejuelos de palo».
Y eso es nada. Porque la despampanante cinta contó con la ella sí despampanantísima y simpar Jane Birkin, una mujer que vale una década. O dos.
Para contentos y descontentos, máscontentos, casicontentos y nisésicontentos: digo yo que esta Jane Birkin pasada por manos cubanas les puede servir de hongo no atómico pero sí alucinógeno para enfrentar la semana que viene.