La élite y sus frases. El pueblo y sus gestos (bruscos). Dijo Castro II la otra tarde ante lo que llaman Asamblea Nacional del Poder Popular: «Limpiémonos la cabeza de tonterías de todo tipo, no olviden que ya concluyó la primera década del siglo XXI, y es hora».
Una expresión sofisticada. Uno se queda con ella dando vueltas. Que si despejar la cabeza, que si los siglos, que si tonterías fuera, que si llegó la hora.
Hay cosas que uno no sabe cómo traducir a imágenes diáfanas.
Pero Cuba, ay, esa partera y paridora de imágenes, te sirve enseguida el estado de la cuestión. Y cuando lo hace insertando pinga y galleta en el parlamento (¿dije Parlamento antes?), clarifica:
Sigo como alelado el goteo de noticias —las más mera especulación— acerca de la estancia de Hugo Chávez en La Habana. La operación quirúrgica, la dilatada convalecencia con fotografías flanqueado por los dos octogenarios Castro… Y la perspectiva de que Chávez acabe ascendiendo al cielo de los venezolanos desde hospital habanero a través de tromba con revolucionaria curva de tornado.
Ah, La Habana, ciudad de los milagros.
¡Imagínenselo por un instante! Hugo Chávez, el epígono vulgar de Castro I, muriendo en La Habana y en los brazos de su mentor. Aunque en nada santas sábanas de hospitales, Castro I posando de mater dolorosa que ve marchar a hijo de dudosa reencarnación.
Ah, La Habana. La mandan dinosaurios, se pasean por ella «el hombre más alto del mundo» y los pequeños de La Colmenita, su historiador oficial es mayúsculo empresario y sus vecinos buscan vivir como hace cuarenta años o largarse a un barrio apenas distante que llamamos La Pequeña Habana. Y a esa ciudad viajaría la muerte con su guadaña a cobrarse pieza que viste camisa roja y se reclama encarnación de Bolívar, un viejo misterio con patillas de hombre.
Ah, La Habana. Castigada por sus amos con saña imperdonable, continúa siendo carne de novela, de leyenda, de chiste a contar en cualquier sobremesa de este mundo.
Es mucho más que una ciudad. Es el mapa de todos los boleros.