El estilo retórico de Raúl Castro se va afianzando. Es el del autócrata campechano. Un tipo torpón, de dicción trabajosa, con argumentación de guajiro ilustrado y permanente ademán resolutivo, capaz de reconocer errores propios y descargar los mayores sobre subordinados pusilánimes. Todo ello armado sobre la permanente recurrencia a la autoridad del «Gran Líder», su hermano. Me caben pocas dudas de que se trata de un estilo que sirve a la Cuba castrista como un guante a una mano.
La anunciada limitación del ejercicio de cargos “fundamentales” en la función pública a dos ejercicios consecutivos quinquenales me ha hecho sonreír, como a media Cuba. Y me arrancó carcajada cuando su nieto Raúl Domínguez Castro coló su jeta con la marca «Castro» -de repente y sin que viniera a cuento- en el retrato del discurso (véaselo en 05:55-05:58).
Recordé a Charles Chaplin en la deliciosa Kid Auto Races at Venice. Y recordé claro que la familia Castro lleva más de medio siglo rigiendo los destinos de Cuba, sin haber dado la mínima muestra de tener sentido del humor.
¿Cambios en Cuba? Unos cuantos, sí. Y también que ahora nos hacen reír recordando a los clásicos.
La que sabe es una señora, como casi siempre. Quienes conservan y multiplican su legado, más bien, pero suya es la técnica y suya será la inspiración.
Madame Tussauds es la señora. En el museo que lleva su nombre, en Londres, Muammar el Gadafi y Fidel Castro están uno junto al otro. A unos palmos de distancia y sentado de espaldas espera Robert Mugabe. ¡Qué trío, nene!
Hoy imaginé un magnífico museo allá en La Habana, o en El Cacahual si eso gusta más al inversionista. Expuestos todos allí: Gadafi y Castro I; Mugabe y Lukashenko; Mubarak y Ben Alí…
¡Y no como figuras de cera, como en el museo de Madame Tussauds! ¡No, no! ¡Vivos, zombiescos y discurseantes!
¡Qué espectáculo, oigan! La Cuba que ya es parque temático de la utopía convertida de repente en zoológico de dictadores. Con eso y el embargo levantado, las colas serán kilométricas. ¡Otra vez de cabeza al monocultivo, señores! ¡Otra vez a llenarnos los bolsillos con producto único en el cual nos sobra experiencia: las dictaduras! Un buen museo de dictadores vivos: ¡imagínenselo!
Piensen en las ventajas que ello traería a la isla de Cuba…, asunto en el que no puedo abundar ahora: voy corriendo al teléfono a llamar a ideal inversionista: Silvio Berlusconi, esa figura ya sí de pulida cera.
Uno se levanta en la mañana soñando que ha visto los funerales de Castro I, se encamina a la ducha con media sonrisa dibujada en el rostro —¿lo habré soñado o sucedió de veras?, se pregunta—, siente la tentación de encender el televisor antes —¡va y sí que vi esos funerales anoche!, sueña despierto—, pero prefiere dejar flotar la duda, enjabonarse con ella bajo el chorro de agua tibia…
Uno sale de la ducha, se prepara un café con leche y abre el ordenador sobre la meseta de la cocina para ver las noticias de la mañana. ¡Bah! No, no hubo tal funeral, porque abriría las primeras planas de los periódicos.