(Parodia sobre el tema): «El problema de Cuba…

- 21/04/10
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…lo tienen que decidir los cubanos de la Isla.»

Esa ubicua muletilla… (Por cierto, ¿las «mulas» son Isla, son Exilio o solo mulas son?)

supermarkettreew.com

Ayer en Supermarket TREEW, una empresa con base en Canadá que lleva comida a los cubanos de la Isla pagada por los cubanos del exilio, reparé en un acápite que no había visto antes: «Cenas a la carta».

Veamos.

Resulta que la asociación entre el supermercado de marras y el restaurante El Palenque, propiedad de la que se siente muy ufano el Estado cubano, permite ya no que desde el exilio enviemos muslos de pollo o «Combos de congelados» a nuestros parientes en Bauta, Placetas o Consolación del Sur.

No, ahora la sofisticación de las relaciones entre «la nación y la emigración» hasta nos permite decidir plato a plato, desde el entrante hasta los postres ―pasando por si pan con mantequilla sí o no―, qué come quien invitamos a cenar allá. Literalmente.

Llega familia cubana, se sienta a la mesa y no ve la Carta. La «carta» llegó antes por e-mail a la cocina.

«¿Qué van a tomar los señores?», preguntará el solícito camarero. «La Orden 3445 de Hialeah» o la «8971 de Madrid», responderán los comensales.

Veamos más. Atendamos a qué tal una cena para cuatro personas encargada por gusano para revolucionario completo, a medias o a regañadientes. Revolucionario bien hecho, medio hecho o poco hecho, para decirlo en jerga aplicada al caso.

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Et voilà !

Por 107,69 euros o 144,82 dólares, Ud., estimado exiliado desprovisto de todos los derechos civiles en su país, ha decidido minuciosamente qué comerán en Cuba sus invitados, los cubanos que dizque deciden. Los únicos cubanos que decidirán y deciden, al decir de la muletilla.

¡Aplíquese, exiliado! ¡Cuando le tomen nota, no olvide decidir que les sirvan postre! Y sobre todo: ¡qué les sea dulce!

Oiga: ¡parece que Ud. sí decide!

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Dice Silvio Rodríguez que Cuba no es un país normal…

- 28/03/10
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Silvio Rodríguez ―«uno que toca la guitarra», Lezama Lima dixitlanza disco en la Habana.

En la rueda de prensa sale, claro, ¡de qué hablar allí si no es de eso!, la palabra «Cuba» y dice de ese trozo de tierra el autor de Ojalá:

«[Cuba] no es un país normal, normal entre comillas, tanto por lo que ha pretendido ser como por el tratamiento que se nos ha dado…»

A su diestra, Roberto Fernández Retamar, quien ha pontificado ya antes sobre la «anormalidad» de Cuba. Una anormalidad que asocia con la «enormidad» a la que aludía Unamuno para España.

Ay, la tan bien urdida falacia de la excepcionalidad de Cuba. Una Cuba anormal, porque vórtice o epicentro de los tiempos. Porque jamás medianita.

Excepcional, porque distinta, porque ajena, porque superior, porque ulterior.

¡Otra vez la cantaleta de la «anormalidad» de Cuba! La edad de la impostura de la excepcionalidad cubana, ¿no se cayó –aunque no se calle― con la misma rapidez y al mismo tiempo que el «Millenium Bug», al menos?

A estas alturas, ¡a estas honduras!, para excepción cantada con fondo de guitarra, me basta con el punk rock de Paramore.

A mí, oye, que me cante esta bella muchacha sin complejos de culpa, sin complejos revolucionarios.

Me basta y me sobra.

Porque de los padres y de la excepción, los desahuciados cantan desde una casa vacía de engañosas metáforas. Y punto.

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